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CAPÍTULO IX

Ilustración de Sergio Bleda para el noveno capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

“El camino de los locos”, leyó Paula en voz alta. Pero su corazón se aceleró cuando vio el nombre de la autora de aquel libro escrito a mano:

—¡¡Sara Bermúdez!! Esto sí que es una sorpresa. ¡He encontrado enterrado un manuscrito de Sara Bermúdez! ¡No me lo puedo creer! —dijo inspeccionando el cuaderno de tapas rojas, con incredulidad.

Paula pensó que eran demasiadas emociones juntas para un solo día. Esa misma mañana había conocido a un joven encantador, había encontrado un libro enterrado en su jardín, su hija le había contado el drama que vivía en su matrimonio, su nuera le había anunciado que iba a tener una nieta adoptiva, chinita, probablemente y, por último, descubría que el manuscrito que había encontrado enterrado había sido escrito por Sara Bermúdez, la mujer, fallecida, a la que perteneció su casa con anterioridad.

—¡¡Increíble, increíble!! —repetía en voz alta— Si todos los días fueran igual de intensos que éste, no se podría aguantar.

Con el manuscrito aferrado a su pecho, como si se tratase de un tesoro a proteger, Paula se trasladó a su dormitorio, se puso rápidamente el pijama, se aseó en su baño y se metió en la cama para examinarlo con tranquilidad. Lo hojeó y comprobó que todas las páginas estaban escritas a mano, con pluma, con una tinta de color violeta.

La letra de Sara era bastante clara, no había ninguna dificultad para entenderla. El papel del manuscrito era grueso, de color crema.

—¡Qué cosa más rara! —dijo Paula, sin dejar de examinarlo—¿Por qué lo enterraría? No tiene ninguna lógica, salvo que se trate del plano de un tesoro —bromeó— Pero aquí no se ve ningún plano de nada. Habrá que leerlo —concluyó.

Antes de iniciar la lectura, Paula cerró el manuscrito y se fijó otra vez en la figura que había en la portada. Era un arcano conocido como “El Loco”. Ella conocía esa figura porque una vez fue con una amiga a que le echasen las cartas del Tarot. ¡Menuda armó Paco cuando se enteró! Aún hoy recordaba la bronca que le echó su marido. Entre otras cosas, la llamó “enajenada” y “bruja loca”.

Paula se rio ahora al rememorar la discusión, aunque por dentro no pudo evitar sentir cierta rabia. En aquella época de su vida ella sentía atracción hacia lo oculto, hacia el misterio y, sin saber por qué, las cartas del Tarot, con sus símbolos, formas y colores, le llamaban mucho la atención. Pero después de la bronca de Paco, ya no se atrevió ni a leer el horóscopo en el periódico, porque le daba la impresión de que incumplía alguna ley sagrada.

Sin querer profundizar en su matrimonio, que hasta hacía poco le parecía idílico, Paula se fijó detenidamente en la figura de “El Loco”.

Se trataba de un hombre joven, vestido con un gorrito y cascabeles, como lo hacían los bufones, que caminaba ayudándose de un bastón, sostenido con la mano derecha, mientras que con la izquierda llevaba un hatillo al hombro. Tras él aparecía un perrito, que le había hecho un roto en el pantalón, y parecía empujarle con sus patas delanteras.

La figura le resultaba muy agradable. Le daba la sensación de ser un personaje dotado de movimiento y libertad. Un viajero con poco equipaje, que caminaba mirando hacia delante, sin saber muy bien a dónde se dirigía. Pero, por la cara de satisfacción que llevaba, parecía importarle poco.

Paula comprendió que el extraño título del manuscrito: “El camino de los locos”, estaba relacionado con ese arcano. Al volver la página, y después de una hoja en blanco, se encontró con la siguiente dedicatoria:

 

“A todos los locos que tienen el valor de seguir su propio camino, aunque no sea el más transitado.

A los que saben que la línea recta no siempre es el camino más corto para llegar al interior de sí mismos.

A los que intuyen que ya están dónde tienen que estar y ya han llegado a donde tienen que llegar.

A los que prefieren el camino a la meta.

A  los que saben que el suyo es el camino sin camino.

A los que reconocen que todos los caminos son el suyo.

A todos los locos solitarios, sin cuya presencia el mundo sería triste y estéril”.

 

A Paula le gustó la dedicatoria. La releyó varias veces y, sin saber por qué, se acordó de su vecino Jano. Quizás porque tenía ojos de loco. Un poco inquieta, recordó lo que éste le había contado sobre su extraño nombre y sobre las dos caras que tenía el personaje al que había aludido.

—¿Cómo ha dicho? —se interrogó a sí misma en voz alta— ¿que era el dios de las puertas?

Esta reflexión la llevó a levantarse rápidamente de la cama, para comprobar que todas las puertas de la casa estaban bien cerradas con llave.

De vuelta a su dormitorio, pensó que era muy raro que el tal Jano tuviera dos caras.

—¡No entiendo nada! —afirmó de viva voz— ¿a qué viene tanta cara? Mi vecino es un tío raro y, me parece a mí que la tal Sara era también un poco rarita. ¡Qué extraño que Jano no la haya mencionado! Sin duda fueron vecinos durante mucho tiempo y se conocerían. ¡Digo yo!

Acomodada bajo el fino edredón que cubría su cama y la protegía en la madrugada del fresco del otoño, Paula se dispuso a leer el manuscrito de Sara Bermúdez. Antes de hacerlo lo hojeó una vez más y comprobó que lo que tenía entre las manos no era ninguna novela ni un libro de relatos. Más bien parecía una especie de diario.

—Bueno, vamos a ver qué es esto —dijo— y empezó a leer sin más dilación.

 

Conocí a Daimon en la Plaza del Obradoiro, delante de la Catedral de Santiago. Aunque en realidad sería más correcto decir que fue en ese lugar donde se presentó ante mí y me habló, dado que ya veníamos coincidiendo, a lo largo de todo el Camino de Santiago. La primera vez que lo vi  fue en el albergue de Roncesvalles, donde ambos iniciamos la ruta de las estrellas.

Esa noche, la primera que pasé en un albergue antes de comenzar el Camino al día siguiente, se dirigió a mí para indicarme, con un gesto, que cogiera  yo la litera de abajo y que él se instalaría en la de arriba. Todo esto lo dijo sin hablar. Yo le contesté que muchas gracias. Su respuesta consistió en una leve inclinación con la cabeza. Antes de que pudiera darme cuenta, había saltado a la litera de arriba, con una agilidad felina y nada propia de su edad.

A partir de ese momento, fui encontrándomelo durante todo el mes que tardé en recorrer el Camino desde Roncesvalles a Santiago. Siempre iba un paso por delante o por detrás de mí, misterioso, sin hacer ruido. A veces me daba la impresión de que me vigilaba. Cualquier intento que yo hacía por hablarle era en vano. Con total amabilidad sonreía a mis palabras. Siempre sonreía, pero nunca decía nada.

Su silencio me hizo llegar a la conclusión de que era extranjero y no entendía nada de español. Por eso me extrañó cuando, en la Plaza del Obradoiro, junto a la concha del suelo, que marca el kilómetro cero, se dirigió a mí en perfecto castellano.

Fue en el atardecer, las últimas luces del sol acababan de dejar su halo dorado en las agujas de las torres de la Catedral. Desde arriba, varias imágenes de Santiago, vestido de peregrino, nos contemplaban. Yo estaba tumbada en el suelo, de espaldas a la Catedral, viendo toda la mole de piedra al revés, incrustada en un cielo azul intenso, despejado de nubes.

Embebida en aquel precioso panorama, inquietante, mágico, no me di cuenta de que se me acercaban unas sucias botas de peregrino y se detenían ante mí, hasta que vi su rostro entre la Catedral y el mío. Le sonreí sin moverme, pero me incorporé de un salto cuando escuché su voz que me decía:

—Así es como tienes que ver el mundo a partir de ahora, al revés. Tienes que invertir tu visión porque ya nada será lo mismo.

El impacto de sus palabras me dejó atónita. Pero no por lo que había dicho, ya que apenas le presté atención, sino porque me estaba hablando. Un tanto desconcertada le pregunté:

—¿Puede hablar, conoce mi idioma?

—¡Claro que conozco tu idioma! —respondió, disfrutando con mi confusión— también es el mío. ¿Tengo pinta de guiri? —preguntó con una sonrisa.

—Sí; bueno, no. Tiene pinta rara —le respondí cogiendo la mano que me tendía para levantarme del suelo, donde permanecía sentada.

—Él se empezó a reír y dijo que a lo largo de su vida le habían llamado muchas cosas, pero nunca le habían confundido con un guiri.

 

Por unos momentos me detuve a observarlo y recapitulé mentalmente sobre la cantidad de veces que me lo había encontrado a lo largo del Camino, siempre cerca de donde yo estaba. Me vino a la memoria el salto felino que había dado, la primera noche que le vi, para subirse a la litera en Roncesvalles. Deduje que, aunque parecía mayor, se movía como una persona joven.

—Te gustaría saber mi edad ¿verdad? —dijo como si estuviera al tanto de mis pensamientos.

Un tanto avergonzada, le respondí:

—Bueno, me ha pillado, estaba pensando que se le ve muy ágil para su edad.

Inmediatamente me di cuenta de que había metido la pata y quise arreglarlo.

—Lo que quiero decir es que por un lado parece mayor, por las facciones y las canas, pero por otro parece un hombre joven.

Él se rio abiertamente de mi ocurrencia y se tocó la coleta que recogía su pelo canoso, en un gesto de coquetería. Luego, como si quisiera mostrarme el buen estado de su dentadura, enseñó unos dientes blancos y bien alineados, para decirme a continuación:

 

—No te fíes, son postizos.

Yo no sabía si hablaba en serio o en broma, pero él no dejaba de reír. Me tendió la mano para estrechármela y dijo:

—Mi nombre es Daimon.

—¿Daimon? —pregunté yo, extrañada.

 

—¿Daimon? ¿Eso no significa demonio? —dijo Paula en voz alta, antes de continuar leyendo con interés.

 

—Sí, Daimon. Ya sé que no es un nombre muy corriente, pero es el que he elegido para que tú me conozcas —dijo mirándome con sus penetrantes ojos negros.

—No entiendo — afirmé yo, un poco aturdida por su mirada.

—Digamos que para ti, mi nombre es Daimon. Y no te asustes, porque no significa demonio. O al menos no significa sólo eso. Fue el cristianismo oficial el que le dio esa acepción siniestra al concederle el significado de demonio. Por cierto, aprovecho para decirte que ese cristianismo al uso, no tiene nada que ver con las auténticas enseñanzas de Jesús —concluyó como esperando una respuesta.

 

—Y entonces ¿qué significa Daimon? —preguntó Paula, como si estuviera conversando en la Plaza del Obradoiro con los personajes de aquel manuscrito.

 

—¿Qué significa Daimon para ti? —pregunté tuteándolo de pronto.

—Bien, iba a decirte que me llames de tú, pero veo que ya no hace falta —dijo con una sonrisa—. En cuanto al significado de mi nombre, te diré que Daimon es una palabra griega que se identifica con el espíritu y también con el destino. Para los pitagóricos el Daimon actuaba como lazo de unión entre los hombres y los dioses. Sócrates ubicaba al Daimon en su interior. Decía que gracias a él, los hombres podían ponerse en contacto individual con la divinidad, sin intermediarios.

Yo estaba fascinada escuchando todo lo que él me decía, sin darme cuenta de que la noche nos estaba envolviendo en sus sombras y la fachada de la Catedral ya había sido iluminada con potentes focos. Él continuó:

 

—En griego clásico, Daimon no significa demonio, sino ángel bueno, protector. Sócrates le llamaba “voz profética””señal de Dios”. Por obra y gracia del cristianismo oficial, en su confusión y afán de confundir, pasó de ser un ángel bueno a un demonio.

 

Sus palabras me trasladaron a mi infancia, a los dibujos que veía en el catecismo escolar donde había un niño de mirada ingenua, con un ángel de la guarda de color azul a su derecha, y un horrible demonio pintado de rojo a su izquierda. Ambos le susurraban a los oídos buenas y malas acciones, respectivamente. Como si hubiera leído mis pensamientos, Daimon me dijo:

 

—Sí, el ángel y el demonio representan la mejor imagen de la dualidad que opera en este universo. Pero ambos son los símbolos de una misma energía que todos llevamos en nuestro interior.

 

Aunque estábamos en verano y la noche era cálida, me froté los brazos. Daimon pareció darse cuenta entonces de que la luz solar nos había abandonado, y el cielo se había transformado en un techo oscuro, aunque tachonado de estrellas resplandecientes. Sugirió que nos trasladásemos a algún sitio a cenar algo. Así lo hicimos, sentándonos en la terraza del Hostal de los Reyes Católicos.

Yo estaba algo inquieta. No era nada habitual mantener una conversación como la que estaba teniendo con aquel hombre. Por una parte me encontraba muy a gusto. Por otra me sentía un poco asustada y con la extraña sensación de que aquello no era real. Así se lo hice saber a mi acompañante. Después de pedir unos bocadillos y unas cervezas, me respondió:

—Tienes razón. Nada de esta conversación es real. Al menos no es real en el sentido que tú quieres darle. Nada de lo que vivimos es real. La realidad sólida que todos pretendemos conocer, no existe. Todo lo que vivimos son proyecciones de nuestra mente. Se podría decir que, si ahora estoy aquí contigo, es porque tú misma me has convocado.

 

Si con sus palabras pretendía tranquilizarme, me asustó aún más.

 

—¿Cómo que yo te he convocado? —pregunté incrédula— si ni siquiera te conocía hasta hace un rato, aunque te haya visto a lo largo del Camino. Por cierto, ¿me vigilabas?

Daimon se echó a reír y respondió:

—¿Qué pasaría si yo te dijera que sí, que te he estado vigilando durante todo este mes?

—Que me asustaría muchísimo —dije con cara de asombro—. Es decir, que me estás asustando ya. ¿Quién eres en realidad? —pregunté sin estar muy segura de querer saber la respuesta.

—¿Quién soy? Lleva muchas vidas saber quien eres —dijo, con la mirada perdida.

—¿Tú crees en la reencarnación? —pregunté por decir algo, aunque no me gustaba un pelo el cariz que tomaba la conversación.

—¡Claro que creo en la reencarnación! He vivido muchas vidas. Y  tú también.

—¿Cómo puedes saber si he vivido muchas vidas, cuando ni yo misma lo sé? —dije un poco alterada.

—¡Vamos, no te engañes, tú también lo sabes! Otra cosa es que tu mente racional no te permita aceptarlo.

 

Sus palabras me hicieron reflexionar y me vinieron a la cabeza todos esos momentos en los que, al llegar a un sitio, no sólo tenía la sensación de que ya había estado allí, sino que recordaba cosas de cómo se encontraba ese lugar en un lejano pasado. Sin saber explicarlo, a veces me sorprendía a mí misma diciendo para mis adentros: “Allí había una puerta, o aquello no estaba pintado de ese color”.

Algo en mi interior me decía que Daimon llevaba razón, y que nuestras almas, o lo que fuera, ya habían vivido muchas vidas antes de ésta. Sin embargo, a pesar de mi certeza interna, quise seguir interrogándole porque mi razón se negaba a creerlo.

 

—¿Tú sabes quién has sido en otras vidas?

—En algunas sí lo sé.

—¿Y eso te sirve de algo? ¿Conocer otras vidas de tu pasado, te ayuda a vivir mejor en ésta? —pregunté.

—Eso depende.

—¿De qué depende?

—De tu nivel de conciencia. Si tienes un nivel bajo, ese conocimiento podría hacerte mucho daño. Pero yo creo que nadie sabe lo que no tiene que saber, hasta que no está preparado.

 

Daimon miró mi cara de escepticismo, sonrió, e intentó explicármelo:

 

—Tu no darías de comer un plato de lentejas a un recién nacido, ¿verdad?

—No, claro que no —respondí adivinando su razonamiento.

—Pues el conocimiento es el plato más fuerte que existe y sólo lo pueden aguantar los estómagos muy curtidos.  Por eso se nos va dando con cuentagotas, conforme estamos preparados. No sólo para recibirlo sino, lo que es más importante, para poder digerirlo.

 

Tras escuchar estas palabras me quedé callada. Aquella conversación me parecía cada vez más irreal y, sin embargo, era la más trascendental e importante que había tenido en mi vida. Estaba emocionada y tenía ganas de llorar.

Durante un mes había recorrido a pie el Camino de Santiago, llevada por un fuerte impulso, y había tenido experiencias internas que no podían comprenderse a la luz de la razón. Pero que me habían marcado de una forma poderosa.

En mi vida habitual era una escritora bastante conocida. Me consideraba afortunada. No tenía problemas económicos y mantenía una buena relación con mi hijo, mi ex marido y mi hermana, que vivía en Brasil. Tenía amistades y una buena salud. Aparentemente vivía una existencia feliz.

Sin embargo, en el último año,  una poderosa voz interna me había demandado un cambio radical  en mi vida. Me faltaba algo, aunque no sabía muy bien el qué. Una fuerza interior tiraba de mi hacia no sabía dónde. Me sentía conducida, y esa fuerza me llevó a emprender la marcha a pie por el Camino de Santiago.

A lo largo de la ruta de las estrellas descubrí que la llamada interior que escuchaba era para volver a casa. A mi auténtico hogar, a mi misma. A mi esencia. Y ahora, en la Plaza del Obradoiro, frente a la Catedral de Santiago, aparecía un ser tan irreal como Daimon, del que, sin embargo, no me quería separar. Aunque apenas le conocía, ya era más importante para mí que mis amistades más íntimas. ¿Qué significaba todo aquello?

 

Daimon pagó la consumición y me invitó a pasear por la monumental Plaza. Dijo que quería enseñarme algo, y yo le seguí dócilmente. Nada más abandonar la terraza del Hostal de los Reyes Católicos, hizo que me girara hacia el oeste. Allí, detrás de donde estábamos sentados había una iglesia barroca, la de San Fructuoso. Me hizo mirar cuatro estatuas que estaban colocadas en la parte de arriba, en la fachada orientada a la Plaza del Obradoiro.

—Mira esas estatuas, ¿te recuerdan algo?

Las observé unos instantes y le dije que se parecían a las sotas de la baraja.

—Para la iglesia católica representan las virtudes cardinales...

—Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza —le interrumpí.

—Buena chica, veo que te aprendiste bien el catecismo. Bien, son las virtudes cardinales, relacionadas con los cuatro puntos en que se divide el globo terráqueo: norte, sur, este y oeste, y con los cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra.

Daimon me observó unos momentos, y continuó:

—Los puntos cardinales y los elementos forman un círculo de magnetismo y poder, dentro del que se encuentra el globo terráqueo. El primer punto cardinal es el Este, que es por donde sale el sol, y se corresponde con el elemento Aire. El segundo es el Sur, y se corresponde con el Fuego. El tercero es el Oeste, por donde se pone el sol, cuyo elemento es el agua. El cuarto punto es el norte, cuyo elemento es Tierra. Pero esas figuras que ves ahí, no representan sólo eso —añadió— Como tú dices, parecen las sotas de nuestra baraja española, pero su origen es mucho más antiguo. Son los pajes de los arcanos menores del Tarot

 

—¿Las sotas de la baraja? ¿Los pajes del Tarot? ¡Qué interesante! —dijo Paula removiéndose en su cama.

Recordó nuevamente aquélla vez en que le echaron las cartas del Tarot y en esta ocasión se acordó de que le pronosticaron que su vida sufriría en el futuro un cambio muy drástico.

—¡Mira qué curioso! No me acordaba —se dijo a sí misma antes de continuar leyendo, a pesar de que el sueño la rendía.

 

—¿El Tarot? Es curioso que me nombres el Tarot. Antes de empezar el Camino de Santiago me compré una baraja del Tarot de Marsella, aunque no tengo ni idea de cómo se echan las cartas.

—Sí la tienes —afirmó rotundamente Daimon— sólo que no te acuerdas.

—¿Cómo puedes hacer esas afirmaciones tan categóricas? —pregunté un poco enfadada.

—Todo a su debido tiempo. Vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador

Al ver mi cara de asombro, matizó:

—Lo del destripador es broma, lo de ir por partes va totalmente en serio. Para llegar de Roncesvalles a Santiago has tardado un mes, pasito a pasito, no quieras dar saltos en el vacío. Sigamos con la explicación.

Abrí exageradamente los ojos para aparentar que ponía interés. Daimon se rió y continuó:

—Verás, ésta es la Plaza del Obradoiro, que quiere decir Obra de Oro. Los antiguos alquimistas, como sabrás, transformaban los metales viles en oro. Pero la auténtica transformación era interna. Ellos seguían un camino para lograr la Piedra Filosofal y, curiosamente, a ese camino lo llamaban el Camino de Santiago. Metafóricamente hablando, había que recorrer todo ese camino para llegar a la Plaza del Obradoiro. Pero esta no es la meta final del Camino de Santiago.

Daimon hizo una breve pausa para estudiar mi reacción. Yo ni pestañeaba.

—Éste es un antiguo Camino iniciático, anterior al cristianismo y cuyo origen, por cierto, es pagano.

—¿Entonces aquí no está enterrado el apóstol Santiago?

—Naturalmente que no. Pero eso ya lo reconocen hasta los mismos católicos.

—No todos —dije con convicción.

—Efectivamente, no todos, pero eso es lo de menos. La iglesia católica se ha dedicado a plantar sus templos en los lugares donde antes se ubicaban altares paganos, pero eso da igual. Lo importante es el lugar, no la clase de iglesia que se instale. Todo es válido y sucede por algo.

Aunque lo que acababa de decir ya lo sabía, el hecho de escucharlo de sus labios dio solidez a lo que yo pensaba.

—Cuando llegas a la catedral de Santiago, llegas a una tumba y, si has hecho el Camino con cierta consciencia, se habrá producido en tu interior una muerte iniciática a lo que era tu personalidad anterior. Pero el Camino sigue hasta el mar, hasta lo que los antiguos conocían como el fin de la tierra, Fisterra, o Finisterre, como quieras. Las figuras que ves allí arriba son las guardianas de un umbral. El que marca el Camino hacia Fisterra que sale desde aquí, desde el kilómetro cero de la Plaza del Obradoiro.

—El lugar donde nos hemos encontrado —dije satisfecha.

—Así es, el lugar dónde debíamos encontrarnos —matizó.

—Y dónde nos encontramos —dije yo de forma obstinada.

—Y dónde nos encontramos —subrayó él tras soltar una carcajada. ¿Recuerdas lo que estabas haciendo cuando aparecí yo? —preguntó.

—Sí, claro. Estaba tumbada en el suelo viendo la catedral del revés.

—Y yo te dije que así es como tendrías que ver el mundo a partir de ahora. Que tendrías que invertir tu visión. ¿Lo recuerdas?

—No me acordaba —reconocí— fue tan impactante verte y que me hablases, que no me fijé mucho en tus palabras. Aunque ahora que lo dices...

—Este lugar donde nos encontramos es simbólico, y lo que tú estabas haciendo, también. Aunque no fueras consciente de ello. Estabas adoptando la postura de “El Colgado”, la carta número doce del Tarot.

 

Hice memoria y me vino a la cabeza la extraña figura de un hombre, colgado del pie izquierdo de una rama, con la pierna derecha cruzada por detrás, y las manos atadas a la espalda, entre dos árboles que también estaban boca abajo, con las copas verdes en el suelo.

Le dije a Daimon que yo me había tumbado en la Plaza porque algún peregrino me había dicho que era algo que se hacía habitualmente, pero no sabía por qué.

 

—Tu razón no lo sabía, pero tu inconsciente sí. Al adoptar la postura de “El Colgado” en este lugar, y después de haber recorrido a pie el Camino de Santiago, te has situado en la misma posición que ese arcano —subrayó— Para empezar, es el número doce, lo que significa que un ciclo de tu vida ha terminado. El doce es un número de final de ciclo, por eso los años tienen doce meses, los apóstoles de Jesús eran doce, como los signos del zodíaco...  etc.

—¿Y así me encuentro yo, al final de un ciclo? —pregunté muy interesada.

—Sí, al final de uno de los muchos ciclos que tiene la vida, pero uno muy importante —recalcó— Como “El Colgado”, estás suspendida en el vacío, atada de manos y obligada a cambiar tus puntos de vista, a verlo todo con otra visión. Estás boca abajo, como se colocan los niños en el útero antes del parto. Porque de eso se trata, de tu nacimiento al mundo del espíritu.

—¿Qué quieres decir? —pregunté un poco asustada.

—Que ya no te queda tiempo para estupideces, Sara —dijo con firmeza, pero con ternura.

 

Al escucharle decir mi nombre, caí en la cuenta de que yo no se lo había dicho. Había ocurrido todo tan deprisa y de una forma tan irreal, que no le había dicho cómo me llamaba.

 

—¿Cómo sabes mi nombre? —le pregunté—. Yo no te lo he dicho.

—Sé muchas cosas de ti, Sara. Llevo observándote durante un mes. Desde que coincidimos en Roncesvalles ¿no lo recuerdas? En realidad ya te lo he dicho antes, pero no prestas atención cuando te hablan.

 

Su confesión me cayó como un jarro de agua fría. Era cierto, me lo había dicho antes, pero yo creía que estaba de broma. Así se lo hice saber.

—Yo no bromeo —afirmó— no hay tiempo para bromas ni para tonterías. Esta Edad se está acabando y no hay tiempo para seguir haciéndonos los tontos. Ya no te queda tiempo, Sara —dijo mirándome fijamente a los ojos— Como “El Colgado”, tienes que realizar una inversión de tu mirada y centrarte en tu interior. Tienes que desprenderte de la visión del mundo que te han suministrado tu educación y tu cultura. Tienes que abandonar las ilusiones de tu ego para centrarte en lo real, en tu propia esencia.

 

Sus palabras actuaron como un revulsivo en mi interior y comencé a llorar. Daimon me consoló con una tierna mirada, pero no dijo nada. Me senté en el suelo, junto a la concha que marca el kilómetro cero. Él se sentó a mi lado sonriendo y dijo que, una vez más, estaba haciendo lo que tenía que hacer.

 

—Sabes mucho más de lo que crees que sabes. Este kilómetro cero ha sido el punto de llegada y también será el de partida. Vamos a seguir en el Tarot. Hay un arcano que tiene nombre, pero no número, su número es el cero. ¿Sabes cual es?

—No —respondí sorbiéndome los mocos.

—Es “El Loco”. Este arcano simboliza al Peregrino que inicia su camino. Es un arcano muy, muy poderoso, el más poderoso de todos. Ya hablaremos de él.

—¿Quieres decir que tendré que hacer la peregrinación a Finisterre? —pregunté por decir algo, sin entender muy bien qué es lo que me quería decir.

—Por supuesto que tendrás que ir a Fisterra, y a otros muchos sitios. Pero para eso tendrás que decidir qué hacer. Esas estatuas —dijo señalando a las virtudes cardinales— son los pajes del Tarot que representan una incertidumbre entre la acción y la inacción, el dualismo que todos llevamos dentro. Simbólicamente, el ángel y el demonio que siempre nos acompañan. Míralas, son los pajes de oros, bastos, copas y espadas.

—¿Y yo tengo algo que decidir? —dije sin mucha convicción.

—Claro. Los oros simbolizan el deseo de vivir. Los bastos el de crear. Las copas el de amar, y las espadas el de ser. ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión —concluyó sonriendo.

Yo no sabía qué decir, estaba confusa. Finalmente, me atreví a preguntar:

—¿Tú me ayudarás? ¿Serás mi maestro?

—Tú serás tu maestra —respondió con fuerza y rapidez— Yo sólo puedo mostrarte las señales de un camino que he hecho antes que tú, pero no puedo enseñarte nada. Entre otras cosas porque todo está ya en tu interior. El problema es que no lo recuerdas. Y porque, además, lo que vas a iniciar es el camino de los locos, y en este camino cada uno es su propio guía.

 

Paula leyó estas últimas palabras, a duras penas. El sueño la estaba rindiendo, pero no podía dejar de leer. El manuscrito la tenía atrapada. Al llegar a este final, de lo que parecía ser un capítulo, dejó el libro de tapas rojas sobre la mesilla de noche y apagó la luz.

El reflejo de la luna se colaba por la claraboya situada sobre su cama. Aunque el sueño la rendía, aún le dio tiempo a pensar que en esa misma habitación durmió Sara Bermúdez. Y que las estrellas que ella contempló, eran las mismas que ahora ella tenía sobre su cabeza.

Esbozó una sonrisa, cerró los ojos, y se acurrucó bajo el edredón.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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