|
COMPRAR AQUÍ El Camino de Los Locos MÁS BARATO QUE EN LAS
LIBRERÍAS
CAPÍTULO VIII

Matías Cortés salió precipitadamente
de la Biblioteca donde trabajaba. Tenía ganas de llegar a la calle y
respirar aire fresco. Aunque el ambiente de la sala de préstamos era
silencioso y tranquilo, a él a veces le agobiaba. Además, estaba
cansado. Menos mal que al día siguiente era la Virgen del Pilar, y
no tenía que ir a trabajar. Le venía muy bien esa fiesta a mitad de
semana, para recuperarse un poco de la tensión interna que sufría en
los últimos días.
Se notaba tenso, con ansiedad. Por
las noches sufría insomnio y se levantaba ya cansado. Una compañera
de la Biblioteca le dijo que quizás estuviera cayendo en una
depresión, pero Matías no lo creía. Lo que le deprimía era su
situación familiar. Estaba seguro de que, si viviera en algún otro
sitio, y no tuviera que hacerse cargo de su padre, su vida sería
totalmente distinta.
Nada más salir de la Biblioteca vio a
Susana en la acera de enfrente, haciéndole señas con la mano. Sin
poder evitarlo, Matías torció el gesto. Intentó disimular su
fastidio, saludándola él también con la mano. Fue ella la que cruzó,
acercándose hasta él con una amplia sonrisa. Le dio un beso en la
mejilla, para decir a continuación:
—¡¡Sorpresa!!
—Sí, ha sido una sorpresa, no te
esperaba. Pensaba pasarme ahora por la farmacia —mintió.
—Pues ya ves que no ha hecho falta.
Como mañana nos toca guardia, mi jefa me ha dicho que podía irme
antes, y he pensado venir a recogerte.
—Muy bien — dijo Matías, con poco
entusiasmo.
—¿Dónde me vas a llevar? —preguntó
Susana risueña, mientras se colgaba de su brazo.
Matías estuvo a punto de decirle que
él no la iba a llevar a ningún sitio, que en todo caso irían los
dos, que ella ya era mayorcita para ir sola sin que nadie la
llevara. En lugar de dar voz a sus pensamientos, se limitó a
responder.
—Podemos ir a donde tú quieras, sin
que se nos haga muy tarde. He dormido fatal, estoy muy cansado y me
gustaría irme pronto a casa...
—¡Pero si mañana es fiesta y no
tienes que trabajar! —le interrumpió ella, un tanto decepcionada—.
Había pensado que fuéramos a cenar a un chino y después al cine,
¿qué te parece?
En realidad Matías no tenía ganas de
ir a ningún sitio, pero sabía que no iba a ser tan fácil
escabullirse. Titubeó un poco, y respondió:
—Podemos ir a cenar a un chino, y
dejamos el cine para otro día. De verdad que me encuentro muy
cansado.
—¡Vaaale! —se conformó Susana— Es que
me gustaría mucho ver la película que han seleccionado para los
Oscar...
—Pues ve a verla —la interrumpió
Matías con cierto mal humor— cenamos, te dejo en el cine, y yo me
voy a mi casa.
—¿Cómo voy a ir yo sola al cine?
—preguntó Susana— No me parece lógico.
Lo que menos le apetecía a Matías en
esos momentos, era enfrascarse en una discusión bizantina con su
novia. Estuvo a punto de responderle que ir al cine solo no tenía
nada que ver con la lógica, pero como no tenía ganas de enzarzarse
en una disputa, que ya le resultaba conocida, respondió secamente:
—Pues no vayas, haz lo que quieras.
Yo después de cenar me voy a casa porque no me encuentro con ganas
de fiesta.
—Bueeeno —dijo ella, apretándole
cariñosamente el brazo— pero no gruñas, que te pasas la vida
quejándote por todo, como si estuvieras amargado. Te pareces a
Gruñón, el enanito cascarrabias del cuento de Blancanieves.
Las palabras de Susana enturbiaron
aún más el ánimo de Matías. Prefirió no decir nada, aunque su rostro
reflejaba lo molesto que se sentía. Ella se dio cuenta de la
situación, y un penoso silencio se interpuso entre ambos.
Finalmente, Susana optó por ignorar el mal humor de Matías y, como
si no hubiera pasado nada, empezó a contarle chismes intrascendentes
que había oído en la farmacia.
Cuando llegaron al restaurante chino
al que solían ir, aún era temprano y apenas había gente. A pesar de
eso, casi todas las mesas tenían el letrero de “reservado”, dado que
al día siguiente era festivo. Las camareras, que ya los conocían,
les buscaron una mesa en un rincón.
Mientras ella miraba la carta —aunque
siempre terminaba pidiendo lo mismo— Matías dejó en el respaldo de
su silla la chaqueta de pana que llevaba y fue al servicio de
caballeros a lavarse las manos. Al volver, vio que Susana había
sacado de su bolsillo un libro, que estaba hojeando. Esta
intromisión en su chaqueta le molestó.
—¿Qué haces? ¿Por qué me registras
los bolsillos? —le preguntó de mala gana, arrancándole el libro de
las manos y volviendo a ponerlo donde estaba.
—Desde luego, hoy estás imposible
—dijo ella, bastante molesta— No te he registrado la chaqueta, el
libro asomaba un palmo por el bolsillo, y lo he cogido por
curiosidad. ¡No creo que sea para tanto!
—Eso depende —respondió Matías que,
de pronto, tenía ganas de gresca— Imagínate que yo cojo tu bolso y
empiezo a mirar lo que llevas dentro.
—¡Pues cógelo! Toma, ¿quieres verlo?
—preguntó Susana mientras le extendía el bolso—. Vamos, adelante, a
mi me da igual —dijo cada vez más molesta—. Yo no tengo nada que
esconder.
—Yo tampoco tengo nada que esconder
—se apresuró a responder Matías, en un tono más calmado, porque
odiaba dar el espectáculo en un sitio público—. Es simplemente que
no me gusta que me mires los bolsillos.
La presencia de la camarera, para
tomar nota del menú, suavizó la tensión entre ellos y Susana se
esforzó especialmente por no molestar a Matías, a la vista de que
estaba más irascible de la cuenta.
El restaurante se fue llenando de
gente, y la cena transcurrió casi en silencio, sólo con comentarios
intrascendentes. Susana observaba a Matías, y éste se mostraba
totalmente ausente, mirando de vez en cuando el reloj y tocándose el
pendiente de la oreja, con nerviosismo. Era evidente que no estaba a
gusto. Más que un encuentro entre enamorados, aquello parecía un
trámite que había que pasar cuanto antes.
Viendo que no podía enderezar la
situación, por mucha buena voluntad que pusiera por su parte, Susana
suspiró profundamente antes de atreverse a preguntar:
—¿Qué nos está pasando, Matías?
—No sé a que te refieres —respondió
él, sabiendo perfectamente a lo que se refería.
—¿De verdad no sabes lo que quiero
decir? Llevamos un año saliendo juntos y apenas nos conocemos. Yo
diría que en este tiempo la relación ha sido más bien superficial
y... bastante fría.
—¿Qué quieres decir con “bastante
fría”? —preguntó de mala gana.
—Pues eso, fría, que a ti se te ve
poco interés. Yo diría que no tienes ganas de estar conmigo...
—Si no tuviera ganas no estaría —dijo
Matías, con poca convicción.
—Sí, eso es lo que yo me repito a mi
misma cuando veo tu falta de interés. No tengo mucha experiencia, tú
eres mi primer novio, pero esta relación tiene poco que ver con la
idea que yo tengo del amor entre dos personas.
A Matías no le gustaba nada el cariz
que estaba tomando la conversación. Lo que menos le apetecía
escuchar en esos momentos era la idea que Susana tenía del “amor
entre dos personas”. Francamente, no estaba de humor para ello.
Estuvo tentado de levantarse y marcharse, pero le pareció demasiado
duro. Intentó desviar la conversación:
—Escucha —le dijo mirándola fijamente
a los ojos— no estoy precisamente en mi mejor momento. Anímicamente
no me encuentro muy bien y hoy es un día en el que me siento
especialmente cansado. Desde luego, nada lúcido para mantener esta
conversación. Tendrás que tener paciencia conmigo —concluyó.
—Yo estoy dispuesta a tener toda la
paciencia que haga falta, y sé que te sientes agobiado con tu
situación familiar, pero eso pasará —afirmó Susana mientras le
apretaba una mano por encima de la mesa—. Lo que me preocupa es que
no me siento querida por ti, y eso no me parece algo pasajero, sino
un problema de fondo.
—Pero eso es una percepción tuya. Yo
no puedo hacer nada —dijo Matías, retirando la mano.
—¿No puedes? ¿Es sólo cosa mía? —dijo
Susana con lágrimas en los ojos— Me pregunto por qué cuando nos
despedimos me siento tan vacía y con ganas de llorar.
—Pues no lo sé, Susana, no tengo ni
idea. No puedo responder a esas preguntas. Tendrás que responderlas
tú.... Y ahora, si te parece, pido la cuenta y nos vamos. De verdad
que estoy muy cansado.
—Vale, pero tendremos que seguir en
otro momento con esta conversación —dijo ella, limpiándose
disimuladamente los ojos.
—Sí, sí, en otro momento, aunque dudo
que tenga respuesta para tus preguntas.
Apenas hablaron por el camino,
mientras se dirigían a casa de Susana. Ella iba cabizbaja, en algún
momento se le escapaba una lágrima. Matías se daba cuenta, pero no
hacía nada por consolar a su novia. Caminaba a su lado con las manos
en los bolsillos del pantalón, sin entender muy bien a qué venía
tanto drama.
Al llegar al portal, él la besó
ligeramente en los labios, a modo de despedida, y ella le preguntó:
—¿Pero tú me quieres?
—Pues claro —respondió él de mala
gana— Venga, acuéstate pronto y descansa, que mañana te toca guardia
y estarás todo el día de pie.
—¿Y tú que vas a hacer? —preguntó
Susana con impaciencia, al ver que Matías había dado ya media vuelta
para marcharse.
—Estaré en casa, leyendo y
descansando, que buena falta me hace —dijo él, saludándola con la
mano, mientras se alejaba.
De camino hacia su casa, Matías se
preguntó por qué había mentido a Susana. En realidad no pensaba
quedarse en casa. Tenía previsto acercarse con el coche a Rossal y
llevarle a Paula la novela de Sara Bermúdez, “El color de las
palabras”, que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.
La habían devuelto esa misma tarde y,
siguiendo un impulso, la había sacado en préstamo a su nombre, con
la intención de llevársela a Paula. No entendía muy bien por qué de
pronto, esa mujer que era una total desconocida, tenía tanto
protagonismo en su vida.
Desde que la había visto esa misma
mañana, no había dejado de pensar en ella. O mejor dicho, no había
dejado de excitarse sexualmente pensando en ella. Lo cual era una
auténtica novedad para él.
Últimamente, apenas tenía relaciones
sexuales con Susana. Sólo algún achuchón en el coche, de vez en
cuando. Ella no quería ir a ningún hotel, por lo que las condiciones
no eran muy favorables para mantener contactos íntimos prolongados.
De todas maneras, él no los echaba
mucho de menos. Casi siempre estaba muy cansado, con un tono vital
bajo y con escasa energía para dedicarla al sexo. Por eso estaba tan
asombrado de que una auténtica desconocida, que además tenía edad
suficiente como para ser su madre, no se le fuera de la cabeza. Sólo
pensar que al día siguiente iba a verla de nuevo, le producía una
gran excitación.
Matías entró en su casa sin hacer
ruido, por si su padre dormía. Así era, en la sala de estar se
encontraba sólo su madre, planchando unas camisas. Eva se alegró al
ver llegar a su hijo.
—No te esperaba tan temprano. ¿No te
habrás peleado con Susana?
—No mamá, no me he peleado con nadie.
Susana tiene mañana guardia en la farmacia y nos hemos recogido
pronto, eso es todo —respondió Matías después de darle un beso en la
frente.
—Menos mal, ¡es tan buena chica! Has
tenido mucha suerte encontrándote con ella, con tanta pelandusca
como hay suelta.
—Mamá, por favor, no empieces. No
hace falta que me hagas propaganda de Susana —dijo, tras dejarse
caer en el sofá y coger el mando a distancia de la televisión.
—No te estoy haciendo propaganda
—insistió su madre— lo único que te recuerdo es que es muy buena
chica... No te veo muy entusiasmado con este noviazgo...
—Es que no lo estoy — la interrumpió
Matías, aunque se arrepintió inmediatamente de sus palabras.
—Ya me olía yo que algo pasaba y, la
verdad, no lo entiendo. Es una chica estupenda y está muy enamorada
de ti.
Viendo el cariz que estaba tomando la
conversación, Matías intentó cortarla, procurando que su madre no se
sintiera herida.
—Mamá, estoy cansadísimo, me duele la
cabeza y no tengo ganas de discutir sobre Susana. ¿De dónde te has
sacado que tenemos algún problema? ¿Te ha dicho ella algo?
—preguntó, porque tanta coincidencia con la conversación que acababa
de mantener con su novia, le resultaba sospechosa.
—¿De dónde lo voy a sacar? Eres mi
hijo y te conozco, sólo tengo que mirarte para saber si te pasa
algo, y llevas unos meses que no eres tú, has perdido la alegría.
Matías se quedó pensativo ante las
palabras de su madre. Llevaba razón, sin saber cómo ni por qué,
había perdido la alegría de vivir. Recordó también lo que Susana le
había dicho unos momentos antes: que siempre estaba gruñendo, que
parecía un amargado. ¿Estaba realmente amargado? —se preguntó— Pero
en lugar de responderse a sí mismo, insistió en preguntarle a su
madre:
—No has respondido a mi pregunta: ¿Te
ha comentado algo Susana?
Eva se mostró indecisa a la hora de
responder. Finalmente optó por decir la verdad:
—Algo me ha comentado, pero no es lo
que tú supones —añadió, planchando con fuerza el cuello de una
camisa.
—¿Cómo sabes lo que yo supongo, mamá?
—preguntó Matías, visiblemente enfadado.
—¿Ves? Ya sabía yo que te ibas a
enfadar.
—¡Cómo no me voy a enfadar si mi
madre y mi novia se dedican a cuchichear sobre mí y a criticarme a
mis espaldas! —dijo, arrojando el mando a distancia sobre el sofá.
—No cuchicheamos sobre ti, y tampoco
te criticamos. Sólo estamos preocupadas —subrayó Eva.
—¿Estamos? ¿Estamos? ¿Habéis creado
alguna sociedad o alguna secta en mi defensa, o qué? —preguntó
Matías con cierta perplejidad.
—¿Tan raro te parece que dos personas
que te quieren se preocupen por ti?— respondió su madre.
—Mamá, hay amores que matan —afirmó
Matías con tono tajante, dispuesto a no continuar con aquella
conversación.
Eva siguió planchando camisas, con
mala cara, y Matías continuó haciendo záping con el mando de la
tele. Transcurridos unos minutos de silencio, Matías preguntó:
—¿Y Adán, como se ha portado esta
noche?
—Como siempre —respondió su madre de
mala gana— primero no quería cenar, luego no quería tomarse las
pastillas y después no quería acostarse. En medio de todo eso se ha
dedicado a insultarme, como siempre, y a decir que tú y yo estamos
compinchados para amargarle los últimos años de su vida. ¡Tiene
gracia!
Matías escuchó a su madre, aunque ya
sabía lo que ésta iba a contarle, porque era lo mismo todos los
días. Le daba pena. Decidió no enfadarse con ella por su complicidad
con Susana. ¡Bastante tenía la pobre con aguantar a su padre! A
pesar de sus buenos propósitos, no pudo evitar decirle en un tono
cariñoso:
—Lo siento, mamá. Sé que lo estás
pasando muy mal. A los dos nos tiene muy alterados el estado en que
se encuentra Adán. A mi me influye mucho, hasta el punto de que
repercute en mi relación con Susana. ¿Cómo voy a pensar en una vida
futura con ella, viendo el ejemplo de matrimonio que he tenido en
esta casa?
Eva suspiró profundamente antes de
responder. Sabía que algún día su hijo diría lo que ahora estaba
diciendo. Pero ella tenía preparada y meditada la respuesta:
—Que tu padre y yo no hayamos sido
felices en nuestro matrimonio, no quiere decir que Susana y tú no lo
seáis. Cada caso es distinto, no tiene nada que ver.
Matías no estaba tan seguro de eso,
pero no respondió. Se limitó a seguir en silencio, mientras Eva
continuaba hablando:
—A mí me encantaría que Susana y tú
os casarais cuanto antes. Ella aún es joven, pero tú ya no lo eres
tanto. Eres trece años mayor que ella, y ya tienes 35, edad para
formar una familia... Estoy deseando tener nietos —concluyó Eva, con
una sonrisa.
Las últimas palabras de su madre,
hicieron que a Matías se le pusieran los pelos de punta. ¡¡No sólo
lo veía ya casado, sino también con hijos!!
—No corras tanto, no corras tanto
—dijo mientras se levantaba del sofá, con ánimo de irse a la cama—
creo que no estoy preparado para ir a tanta velocidad. Que pases
buena noche, mamá. Ah, y mañana no comeré aquí, casi se me olvida
decírtelo.
—¿Comerás con Susana? —preguntó su
madre.
—Susana tiene guardia, ya te lo he
dicho —respondió Matías, sin querer dar más explicaciones a Eva.
Sobre todo ahora que sabía cómo ésta se había aliado con la joven
para controlarle física y emocionalmente.
Con esa sensación interna de sentirse
controlado y acosado, Matías se metió en su habitación y cerró la
puerta con cerrojo. Allí se sentía a salvo, lejos de las miradas de
los demás, de la intromisión de su madre en su vida privada. Era
difícil convivir con la familia cuando uno había dejado de ser
adolescente, y se tenía su edad.
Pensó que quizás debería alquilar un
piso. Así podría compaginar la atención y el cuidado de su padre,
con mantener su intimidad. Tal y como estaba la situación familiar,
no veía factible abandonar San Roque para irse a vivir a otro sitio,
pero sí podría trasladarse a otra casa y llevar, en la medida de lo
posible, una vida más independiente.
Con el pijama puesto y después de
haberse aseado, se metió en la cama. Era una cama estrecha, de 90
centímetros, demasiado pequeña para su estatura. Como se movía mucho
durmiendo, los pies le colgaban y siempre sacaba las sábanas y las
mantas.
Sentado en la cama, con la novela de
Sara Bermúdez que llevaría a Paula, en la mesilla de noche, Matías
observó su dormitorio. Estaba igual que cuando era un muchacho,
antes de irse a estudiar la carrera a la Gran Ciudad. En una pequeña
estantería conservaba aún algunos libros juveniles de Julio Verne y
Mark Twain, junto a una copa que ganó en un torneo escolar de tenis.
En la pared había colgado un banderín
del equipo de fútbol local, y otro del colegio mayor donde estuvo
interno el primer año de carrera, antes de irse a vivir a un piso
compartido con otros compañeros. En el pequeño armario empotrado,
que completaba el mobiliario de la habitación, apenas si cabía su
ropa de adulto. Y la colcha de cuadros que cubría su cama, era la
misma que tenía en su infancia.
Matías pensó que aquel cuarto era muy
impersonal y daba la impresión de que allí dormía todavía un
adolescente. Su madre nunca le dejó poner posters en la pared, para
no estropearla. Sólo aquellos dos antiguos banderines habían tenido
el privilegio de alegrar ese dormitorio de luz mortecina, cuya
ventana daba a un patio interior.
Nunca como aquella noche se sintió
Matías tan extraño en su cama. Se preguntó cómo había podido
aguantar en aquella habitación tantos años, sin experimentar ningún
deseo de cambiarla. Cuando volvió a San Roque y aprobó las
oposiciones para trabajar en la Biblioteca, pensó que su vuelta a la
casa familiar sería algo totalmente provisional. Pero no había sido
así. Ahora, por primera vez en los últimos años, experimentó una
gran necesidad de abandonar esa casa y tener su propio hogar.
Lo más curioso es que no estaba
pensando en un hogar para compartirlo con Susana. Lo que le apetecía
era estar solo. No tener a nadie a su lado que pudiera controlarlo.
Que le interrogase sobre dónde y con quién había estado. Qué es lo
que pensaba hacer o a qué lugar pensaba ir. “Todo el mundo tiene
derecho a su intimidad” —se dijo para sus adentros.
Suspirando profundamente, cogió la
novela “El color de las palabras”, que tenía en la mesilla de noche,
y leyó su argumento en la contraportada. Luego continuó con la frase
que figuraba al principio, cuyo autor desconocía:
“Conocí el bien
y el mal
pecado y virtud,
justicia e infamia;
juzgué y fui
juzgado
pasé por el
nacimiento y por la muerte,
por la alegría y
el dolor, el cielo y el infierno;
y al fin
reconocí
que yo estoy en
todo
y todo está en
mí”
Era una bonita frase, pero a él no le
decía nada. No había pasado por todo eso que allí se expresaba.
Quizás había conocido los aspectos más negativos de la vida, pero no
los positivos. Eso al menos le parecía a él. Últimamente creía que
estaba desperdiciando su vida. Hacía años que pensaba que su
situación era provisional. Como mucho, duraría hasta el día en que
faltase su padre pero ¿quién le decía que él no iba a morir antes
que Adán?
Y aunque no fuera así —razonó— ¿quién
le decía que su vida no iba a continuar tan seca y estéril como lo
era en esos momentos? La conversación que acababa de mantener con su
madre había sido muy clarificadora. Ella y Susana ya estaban
decidiendo por él. Habían previsto boda ¡y hasta hijos!
—Si no tienes cuidado, Matías —se
dijo a si mismo en voz alta— te van a organizar la vida hasta el día
en que te mueras.
Sus propias palabras le asustaron y
allí, en la penumbra de su dormitorio juvenil, Matías decidió
aquélla noche que no lo iba a permitir.
Después dejó el libro en la mesilla,
apagó la luz y se acurrucó en la cama bajo las sábanas y aquella
colcha de cuadros que tanto conocía. Amparado en la oscuridad,
empezó a pensar en Paula. En sus ojos verdes, en su sonrisa
infantil, en sus pecas. En su cuerpo, sobre todo en sus pechos. Se
imaginó desabrochándole el sujetador, acariciándolos. ¡Dios, cómo le
gustaba aquella mujer, cómo le excitaba!
¿Por qué Susana no le excitaba así?
—se preguntó fugazmente en su interior. Pero no quería pensar en su
novia, sólo en Paula, en acariciar su cuerpo...
—Paula, Paula —repitió su nombre con
los ojos cerrados mientras se masturbaba en silencio, para que su
madre no lo oyera.
|