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CAPÍTULO VI

Paula se miró en la luna de un
escaparate antes de entrar a la Biblioteca Pública de San Roque. Se
atusó el pelo con los dedos y ratificó, con satisfacción, que por
fin habían dado con el tinte que a ella le iba bien. Había cambiado
su habitual color rojizo por un tono rubio oscuro que, no sólo le
sentaba de maravilla, sino que la hacía parecer más joven. Algo a lo
que también contribuía ese corte a lo chico, tan atrevido, que
realzaba los ángulos de sus facciones y resaltaba el verde de sus
ojos.
“Chica —dijo para sus adentros—
estás genial, pareces una cría pecosilla”. Con un taconeo y un
movimiento de nalgas, que consideró impropio para su edad, pero que
le encantaba, Paula subió las escaleras de la Biblioteca y, tras
comprobar un panel informativo, se encaminó a la sala de préstamos.
Se acercó al mostrador y preguntó a un joven, con aspecto de
estirado, que tenía un aro en la oreja derecha, dónde podía
encontrar los libros de Sara Bermúdez. Este le indicó un ordenador
para que ella misma los buscara.
—Ya —dijo Paula— pero es que no sé
cómo se hace. Tendría la bondad de indicarme...
De mala gana, el joven salió de
detrás del mostrador y le dijo a Paula que debía teclear el nombre
de la autora, o el título de alguno de sus libros, y el ordenador le
daría un número de referencia. Con ese número, tenía volver a hablar
con él, y se le proporcionaría el libro.
Paula apenas pudo darle las gracias
porque cuando fue a hacerlo se dio cuenta de que el joven ya se
había marchado, dejándola con la palabra en la boca. “Qué grosero”,
pensó mientras sonreía mirando a su alrededor. Al ver que nadie la
observaba, se dispuso a seguir las instrucciones que le habían dado.
Pero la cosa no le resultaba nada fácil. Era la primera vez en su
vida que se las tenía que ver con un ordenador, y no sabía cómo
hacerlo.
Con gran dificultad, tecleando con
un solo dedo letra a letra, puso el nombre de Sara Bermúdez en un
espacio en blanco, pero luego no supo cómo tenía que trasladarse a
otro espacio que había más abajo, y que también debía rellenar. Con
gran apuro, empezó a tocar teclas y, sin saber cómo, consiguió
borrar lo que había escrito con anterioridad, y cambiar el fondo de
pantalla. Al darse cuenta, le salió un grito ahogado que, en el
silencio de la Biblioteca, sonó como la llamada de Tarzán en la
selva.Todo el mundo levantó la cabeza, aunque volvió a lo suyo casi
de inmediato. Todos menos el bibliotecario, que cada vez la miraba
con más mala cara, y que ya no le quitaba el ojo de encima. Paula se
volvió hacia él, y realizó gestos con la mano, para indicar que no
sabía cómo hacerlo. Él, entre cabreado y divertido, le dijo en un
tono bajo y forzado: “El ratón. Utilice el ratón”.
Paula, miró rápidamente al suelo con
cara de susto, y dando saltitos, gritó: “¡Qué ratón! ¿Dónde hay un
ratón?”
La carcajada de las personas que la
escucharon alrededor no se hizo esperar, incluyendo la del
bibliotecario. “Por lo menos —pensó Paula— ya no está de mal humor”.
Con paso decidido, el joven se dirigió a ella. Sin poder contener la
risa le indicó el ratón que había sobre la mesa. Paula abrió sus
enormes ojos verdes:
—¿Eso es el ratón? — preguntó a modo
de disculpa—. Pues vaya nombre. Es que yo no tengo ni idea de estas
cosas, sabe usted.
—Me llamo Matías —dijo él más
relajado— y, por favor, no me hable de usted.
—Pues tú a mí tampoco —respondió
Paula coqueteando descaradamente— no soy tan vieja.
—Claro que no, eso salta a la vista
—concluyó Matías sin poder evitar que sus ojos se posasen en el
escote de Paula.
Ella notó la mirada del joven
clavándose en sus pechos. Y aunque no se veía la cara, estaba segura
de que se había puesto colorada como un tomate. Sin saber muy bien
cómo reaccionar, sonrió a Matías estúpidamente, intentando que la
mueca en su cara pudiera disimular el cosquilleo que sentía en la
boca del estómago y... un poco más abajo.
“Dios santo —pensó— hacía siglos que
nadie me miraba de esa manera”. Casi sin darse cuenta, se vio
fantaseando una tórrida escena en la que aquel joven tan simpático
se abalanzaba sobre ella y la besaba apasionadamente.
La voz de Matías interrumpió su
fantasía:
—De acuerdo, nos tutearemos —dijo
sin quitarle ojo al escote— ¿Cómo me has dicho que te llamas?
—No te lo he dicho; me llamo Paula.
—Bien, Paula, ¿cómo se llama la
autora?
—¿Qué autora? —preguntó ella con
cara de despiste.
—La del libro que quieres buscar —le
explicó él sin borrar la sonrisa.
—¡Ah, ya! Sara Bermúdez. Sí, así se
llama, Sara Bermúdez. Yo vivo en la que fue su casa ¿sabes? la
compré hace poco tiempo.
—¿En serio? —dijo él, tecleando con
rapidez el nombre de la escritora, y apuntando las referencias de
sus libros en un papel.
Mientras se acercaban al mostrador,
Paula, que por alguna extraña razón no podía dejar de hablar, le
contó a Matías que era viuda y vivía en Rossal desde hacía un mes,
en la casa que había pertenecido a Sara Bermúdez. Le dijo que la
había comprado a su hijo, tras la muerte de la escritora.
Casi sin darse cuenta, ambos
establecieron una animada conversación, en voz baja, como si fueran
viejos amigos. A ratos, las risas ahogadas de Paula, que sonaban
como estruendosas carcajadas en el silencio de la sala de lectura,
obligaban a las personas que estaban allí a levantar la vista de sus
lecturas.
Momentos después, Paula salió de la
Biblioteca con una sonrisa de oreja a oreja, la autoestima por las
nubes, y la promesa de Matías de que, cuando devolvieran algún libro
de Sara Bermúdez, ya que todos estaban prestados, él mismo la
llamaría para comunicárselo.
Sin saber muy bien por qué,
siguiendo un impulso, Paula le dio su teléfono e invitó a Matías a
visitarla en su casa.
—Tengo una terraza con vistas al mar
—le dijo— desde donde se ven unas magníficas puestas de sol.
Para su asombro, Matías no sólo no
puso ningún reparo, sino que se ofreció a visitarla y a llevarle,
personalmente, alguna novela de Sara Bermúdez.
La posibilidad de ver a Matías en su
casa, a solas, desbordó la imaginación de Paula, quien se vio con el
joven metido en su cama, después de haber practicado numerosos y
variados juegos eróticos en el salón. Estas ensoñaciones sexuales,
la excitaron hasta el punto de que se sorprendió a sí misma andando
por la calle, sonriendo como una boba, sin saber a dónde se dirigía.
Tuvo que pararse, mirar alrededor, y preguntarse: “¿Pero adónde
voy?”
Paula hizo varias respiraciones
profundas, puso nuevamente los pies en la tierra y recordó que
deseaba ir a un vivero a comprar plantas para su futuro jardín. Más
sosegada, y pensando que debía controlar su imaginación, se dirigió
a una parada de taxis y subió en el primer vehículo que había en la
cola.
El coche la esperó mientras ella
realizaba sus compras y, momentos después, con el maletero lleno de
macetas, semillas y un nuevo libro sobre plantas y jardines, pidió
al taxista que la llevase hasta Rossal.
En los veinte minutos aproximados
que duraba el trayecto, Paula no dejó de pensar en Matías. El joven
parecía tímido, pero teniendo en cuenta cómo la había mirado, ella
dedujo que debía ser muy apasionado en la cama. Este pensamiento la
hizo asombrarse y ruborizarse. “¡Quién te ha visto y quién te ve!
—pensó mientras soltaba una sonora carcajada— debe ser mi nuevo look
el que me hace ser tan atrevida”.
—¿Decía usted algo? —preguntó el
taxista al oírla reír.
—No, no —se apresuró a responder
Paula— iba pensando en mis cosas... Me pasa a menudo, ¿sabe? Que
hablo yo sola —apostilló a modo de explicación.
—Ya —respondió el taxista— mirándola
de reojo por el espejo retrovisor, como si estuviera mal de la
cabeza.
Sin dejar de sonreír, Paula continuó
pensando en Matías y concluyó que era un joven atractivo. “Pero
joven, demasiado joven. ¿Cuántos años tendrá? —se preguntó para sus
adentros— Dios mío, seguro que yo podría ser su madre”— suspiró,
revolviéndose en el asiento... “Pero no lo eres” —escuchó con
nitidez una voz en su interior.
—¡Claro que no lo soy! —gritó— Al
darse cuenta de que había levantado nuevamente la voz, sonrió al
taxista. El hombre se limitó a mirarla de nuevo por el espejo
retrovisor, con cara de incredulidad, pero con la certeza de que
estaba loca.
Dispuesta a no verbalizar ni una
sola palabra más, Paula recordó la sonrisa de Matías y visualizó su
rostro para retenerlo en la memoria y que no se le olvidara. Con los
ojos cerrados se vio a sí misma acariciándole su pelo corto y moreno
y asomándose a esos ojos azul claro, cuya mirada franca y
transparente la había hipnotizado.
Tan ensimismada estaba con su
ensoñación, que no se dio cuenta de que habían llegado ya a la
puerta de su casa. Fue la voz del taxista la que la sacó de su
fantasía.
—¡Señora! ¡Señora! Que ya hemos
llegado —dijo el hombre, con cara de pocos amigos.
—¡Qué pronto! —respondió Paula
sobresaltada— ha venido tan deprisa que se me ha pasado el tiempo
volando.
Como respuesta, el taxista se limitó
a mirarla de arriba abajo, preguntándose de dónde habría salido
semejante personaje. Después de que Paula le pagase, el hombre vació
el maletero, dejó las macetas en la puerta y se fue a toda prisa,
murmurando algo ininteligible.
—Vaya hombre más antipático —dijo
Paula en voz alta, mientras trasladaba las plantas al interior de la
casa— podía haberme ayudado a entrarlas.
Con un apetito inusual, Paula dio
buena cuenta de un gran plato de caldo gallego que se recalentó en
el microondas. Como estaba sola, no cocinaba todos los días y,
cuando lo hacía, siempre preparaba más cantidad, guardaba las sobras
en el congelador, y tenía comida para dos o tres días.
Cuando terminó con el café, decidió
que empezaría a preparar su jardín esa misma tarde. Como no tenía ni
idea, hojeó el libro que había comprado en el vivero y se dispuso a
seguir sus instrucciones. Había adquirido también las herramientas
necesarias y el tipo de macetas que podía plantar en esa época del
año. Según decidió, ella misma haría todo el trabajo. Así ocuparía
su tiempo y le serviría de distracción.
El día era cálido y luminoso,
“demasiado cálido para esta época otoñal”, pensó. El aire estaba
limpio, olía a mar. Paula aspiró profundamente varias veces,
mientras limpiaba el terreno de malas hierbas.
Cuando estuvo limpio, hincó la
rodilla en tierra y se puso a cavar. Casi de inmediato empezó a
caerle el sudor por la frente. La tierra estaba más dura de lo que
parecía, y no era fácil hacer un agujero lo suficientemente hondo
como para introducir la planta. Aún así, no se dio por vencida, y
continuó cavando.
Al cabo de un buen rato, decidió que
era mejor mojarla y entró en la casa para coger la manguera. Cuando
salió nuevamente, casi se muere del susto. Un hombre la miraba
fijamente. Paula no pudo reprimir un grito:
—¡Ahhh! ¡Dios, qué susto me ha dado!
—añadió al comprobar que se trataba de su misterioso vecino, que la
observaba desde la verja de su casa, en el terreno que lindaba con
el de Paula.
—Lo siento, no era mi intención
asustarte —dijo el hombre— Te estaba observando y he visto las
dificultades que tenías para cavar en la tierra. Te iba a sugerir
que la mojases. El agua siempre ablanda.
—Ah, pues muchas gracias, pero ya se
me había ocurrido a mí. Eso sí, después de romperme dos uñas y de
tragar una buena cantidad de polvo —respondió Paula, queriendo
mantener una conversación.
Pero él continuó allí, mirándola
fijamente, sin añadir palabra. Paula se puso nerviosa, su cuerpo se
estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La
mirada de aquel hombre era terrible, poderosa, penetrante. Por
alguna extraña razón sintió miedo y pensó que no le gustaba un pelo
tenerlo de vecino. La sensación de que podía estar espiándola desde
su casa, la hizo estremecer.
Como hipnotizada por su mirada,
Paula intentó entablar conversación con él, pero no le salían las
palabras. Y no sólo eso, en realidad ni siquiera podía pensar.
Estaba bloqueada, atrapada en el fondo de aquéllos ojos negros, que
la tenían paralizada. Esa sensación de inmovilidad duró sólo un
instante, pero fue muy intensa.
De pronto, cedió. Paula notó como si
la mirada del hombre se aflojara, como si la soltara, y sus ojos ya
no le parecieron terribles, sino amigables y bondadosos. Tuvo que
parpadear rápidamente dos o tres veces. Cuando volvió a mirarle
aquel hombre que le había dado miedo, apareció ante ella como un
anciano inofensivo. Un tanto desconcertada, Paula se acercó a la
verja que separaba ambas casas, se limpió la mano derecha en un
delantal que llevaba puesto y se la tendió.
—Me llamo Paula y soy su vecina...
Bueno, qué tontería —añadió sonriendo— eso ya lo sabe.
—Yo me llamo Jano —dijo el hombre
apretándole la mano con vigor.
—¿Jano? Qué nombre tan raro. ¿Es
Juan en catalán, en valenciano o algo así?
—No, en principio no tenía nada que
ver con Juan, aunque la iglesia católica lo reconvirtió en este
santo. O mejor dicho, en dos santos, dos juanes, el bautista y el
evangelista.
—¡Qué interesante! —dijo Paula,
aunque en realidad no le interesaba nada. Sólo quería mostrarse
amable con su vecino.
—¿Quieres saber algo del origen del
nombre de Jano? —preguntó el anciano con un brillo especial en los
ojos.
—Sí, claro —respondió ella,
aparentando un gran interés.
El hombre soltó una carcajada, que
Paula no supo como interpretar, antes de decir en tono ceremonial:
—Jano es el nombre de un dios
romano. Un dios que tenía dos caras, por eso lo llamaban Jano “el
bifronte”. Se decía que representaba a las dos polaridades de este
mundo. Miraba a la vez a la luz y a la oscuridad y se le consideró
el dios de los solsticios: el de invierno y el de verano.
En aquella época —añadió— el 21 de
junio y de diciembre se celebraban grandes fiestas paganas. Como la
iglesia católica no pudo eliminarlas, se las adjudicó a dos de sus
santos más importantes. San Juan Bautista, que se celebra en torno
al solsticio de verano, y San Juan Evangelista, en torno al
solsticio de invierno.
Paula le escuchaba con la boca
abierta, pensando para sus adentros: “Está como un cencerro”. Sin
saber muy bien qué decir, respondió.
—Ah, qué bien. No lo sabía.
Con una amistosa sonrisa, Jano
continuó:
—Seguro que tampoco sabes que Jano
era el dios de las puertas, no sólo de las solsticiales, sino de los
ciclos vitales que marcan la evolución de los hombres. Es el
protector de todas las transformaciones. Cualquier cosa que
signifique un cambio o un comienzo, está bajo el amparo de Jano.
Transcurrieron unos segundos sin que
ninguno de los dos dijera nada. El hombre la miraba con curiosidad,
como esperando que fuera ella la que hablara, pero Paula no sabía
qué decir, y aquel silencio le resultaba incómodo. Finalmente, se
decidió:
—Bueno, pues encantada de conocerle.
Es muy interesante todo lo que me ha contado. Yo voy a seguir con mi
tarea...
—Estupendo, debería empezar por
mojar la tierra de aquel rincón, y cavar hondo. Tiene pinta de ser
el lugar más fértil de todo el terreno —dijo el anciano mientras le
señalaba una esquina, antes de darse media vuelta para meterse en su
casa.
Obediente, Paula se dirigió hacía
donde le había indicado Jano, con la manguera. Cuando se volvió para
darle las gracias, el hombre ya no estaba. Aún así, y por si la
observaba desde las ventanas de su casa, Paula no se atrevió a
cambiarse de sitio. “Vaya tío más raro”, pensó.
Durante un buen rato estuvo
empapando el trozo que le había dicho su vecino, hasta que se
formaron pequeños charcos, que la tierra absorbía con rapidez, como
si tuviera sed. Después, Paula empezó a cavar un agujero con las
herramientas que había comprado ese mismo día, para introducir una
de las plantas. Lo intentó, pero no cabía, el hueco debía ser aún
más hondo. Resopló, se limpió el sudor de la frente con la manga de
la camisa, y continuó cavando.
De pronto dio con algo duro. Esto la
intrigó y, mientras seguía profundizando el agujero, su imaginación
se disparó y empezó a fantasear con la posibilidad de encontrar un
tesoro. Sin dejar de sacar tierra, se vio a sí misma en una
fotografía publicada en la primera página del periódico local, en la
que posaba junto a un cofre. El titular, a cinco columnas, decía:
“Una vecina de Rossal encuentra un tesoro en su jardín”.
Pero aquello no parecía un tesoro.
Lo que había encontrado era una arqueta de madera, algo mayor que
una caja de zapatos y, desde luego, nada que ver con el enorme cofre
que ella acababa de representarse en su imaginación. “A lo mejor es
un animal muerto”, pensó.
Esta sospecha le hizo retenerse a la
hora de coger la caja y abrirla. Dudó, y miró hacia atrás, hacia las
ventanas de su vecino, para ver si éste la espiaba. Pero las
ventanas estaban cerradas. Allí no había nadie, o eso parecía. Ni
siquiera se veía ninguna luz ni señales de vida adentro. Tenía que
tomar una decisión.
Sin saber qué hacer, y como para
darse tiempo, se metió en la cocina de su casa, abrió el frigorífico
y bebió agua fresca a morro directamente de la botella.
—¿Y si es una broma de mi vecino?
—dijo en voz alta— Puede ser un gato muerto.
De pronto le vino a la memoria una
película en la que unos gamberros matan al gato de una joven pareja,
recién llegada al pueblo, y cuelgan al animal de la cadena que
encendía la luz dentro de un armario empotrado.
—“Perros de paja”, así se llamaba la
película —continuó con su monólogo— ¡¡Menudo susto de muerte le dan
al pobre Dustin Hoffman!!Lo recuerdo perfectamente... Claro que yo
no tengo gato... Pero podría ser el del vecino. Al fin y al cabo, él
es quien me ha dicho que debía cavar en ese rincón. Puede que se le
muriera el animal y como esta casa estaba vacía, lo enterró aquí en
lugar de hacerlo en su terreno —concluyó con satisfacción.
Pero la explicación que se había
dado no la convenció y Paula empezó a pasearse por la cocina,
nerviosa, sin saber qué hacer. Al cabo de un rato, se dijo en voz
alta:
—Mira Paula, que te conozco. Que
tienes mucha fantasía. ¿Y si ahí no está enterrado ningún animal, ni
el vecino ha tenido gato en su vida? —se preguntó.
Dándose unos segundos para
responderse, continuó:
—Puede que el hombre me haya
indicado ese sitio con la mejor intención. Ha dicho que parecía el
lugar más fértil. Tiene pinta de haber vivido en el campo y de
entender de esas cosas. La verdad es que ha sido mucho más fácil
cavar allí que en el sitio donde yo había empezado. Claro que...
¿Cómo sabía él que era más fácil cavar ahí, si no había cavado antes
para enterrar al gato?
Bebió otro trago de agua de la
botella, y continuó su monólogo en voz alta.
—¿Y si no es un gato? También puede
ser un hámster, o un perro... No, un perro no, sería demasiado
pequeño, aunque no hay que descartarlo. Por el tamaño de la caja,
puede ser un perro recién nacido... ¡¡O un niño!! —chilló— Dios mío,
puede ser un niño recién nacido enterrado para tapar la vergüenza de
su nacimiento ilícito.
Al escuchar sus propias palabras,
Paula empezó a reírse a carcajadas, hasta que se le saltaron las
lágrimas. Sin poder parar de reír, se dirigió al salón, se dejó caer
en un sofá y dijo:
—¡Santo Dios, estoy mal de la
cabeza! Menudo peliculón me he montado yo sola.
Permaneció sentada unos momentos,
intentando sopesar la situación sin dejarse arrastrar por sus
fantasías. Se le pasó por la cabeza llamar a alguno de sus hijos
para contarles lo que le estaba pasando y pedirles consejo. Pero lo
desechó casi de inmediato. “Sólo faltaba que les fuera con este
cuento, para que definitivamente pensasen que me he vuelto loca”.
Otra opción era tapar el agujero y
“aquí no ha pasado nada. La caja y su misterio permanecerían ahí
para siempre”. Pero no, eso tampoco era solución. Por una parte
sentía una inmensa curiosidad y, por otra, no podría volver a pegar
ojo por la noche sabiendo que tenía allí algo enterrado. Su
imaginación se desbordaría y sería mucho peor el remedio que la
enfermedad.
De pronto se dio cuenta de que el
sol estaba a punto de ponerse. Dentro de poco sería de noche y
cualquier cosa que decidiera hacer, debía hacerla ya. Suspiró
profundamente y, con decisión, se dirigió de nuevo al jardín,
mientras en su interior se repetía: “Sea lo que Dios quiera”.
Con rapidez se dirigió hacia donde
estaba el agujero, y asomó la cabeza, con cierta prevención, para
ver la caja. Allí estaba. No parecía muy vieja, de un azul oscuro
algo descolorido. Se puso de rodillas e introdujo las manos en el
agujero para sacarla. Antes de hacerlo se giró hacia las ventanas de
la casa de su vecino, para ver si había alguien. Seguían sin luz y,
aparentemente vacías. Claro que podía estar observándola...
“No empieces —pensó— y saca la caja
de una puñetera vez”. Como si su reflexión hubiera sido una orden,
Paula metió las manos en el agujero y sacó la caja. Para su
sorpresa, pesaba menos de lo que ella había esperado. Estuvo a punto
de agitarla para ver cómo sonaba, pero no lo hizo por si había algún
cadáver dentro.
Cuando la hubo sacado fuera del
agujero, sopló la tierra que tenía encima y, cogiéndola con ambas
manos, pero alejada de su cuerpo, la metió en su casa y la dejó
sobre la mesa de la cocina. Volvió sobre sus pasos y cerró con llave
la puerta que daba al jardín.
Afuera estaba anocheciendo.
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