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CAPÍTULO V

Ilustración de Sergio Bleda para el quinto capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

 

Con gesto mecánico se tocó el pequeño aro que llevaba en la oreja derecha. Siempre lo hacía cuando se encontraba tenso. Y en esos momentos lo estaba. Matías Cortés solía ponerse inquieto y malhumorado cuando tenía que acompañar a su padre a la consulta del psiquiatra. El anciano, de 85 años de edad, padecía una demencia senil galopante, que hacía difícil la convivencia con él. Aunque, a decir verdad, esa convivencia nunca había resultado nada fácil.

Matías Cortés era hijo único. Estudió Filología Hispánica en la Gran Ciudad, no porque tuviera ninguna vocación, sino como una buena excusa para abandonar el hogar familiar, harto de soportar las peleas entre sus padres y, sobre todo, harto de aguantar a su progenitor. Al poco de terminar la carrera, Adán, su padre, cayó gravemente enfermo, por lo que Matías se vio obligado a volver a San Roque y a preparar una oposición para trabajar en la Biblioteca Pública.

Desde el momento en que volvió a su ciudad natal, se incrementó aún más el fuerte resentimiento que tenía hacia su padre, y consideró una penosa obligación, un castigo, tener que renunciar a su vida en la Gran Ciudad, para cuidarlo. Si volvió no fue por él, sino por su madre. Matías se sentía muy unido a ella. Entre ambos se había establecido una especie de complicidad para hacer frente común y defenderse del fuerte carácter y la agresividad de su padre.

Eva —pues así se llamaba su madre, por alguna broma del destino— era 20 años más joven que su marido. Contrajeron matrimonio cuando Adán había superado la cuarentena, y un sinfín de frustradas relaciones sentimentales. Ella, sin embargo, era aún una joven inexperta cuando se enamoró perdidamente de aquel hombre maduro, que la encandiló con su verborrea.

El noviazgo apenas duró, y se casaron enseguida. Adán tenía prisa, al fin y al cabo era ya una persona mayor y con la vida resuelta. No había necesidad de esperar, dado que, años atrás, había comenzado a trabajar como funcionario en el Ayuntamiento de San Roque. Al poco de casarse, Eva se dio cuenta de su error, perdió de golpe su inocencia juvenil y, de la noche a la mañana, se vio metida en un matrimonio que no sólo no cumplía sus expectativas sino que, además, la hacía muy desgraciada.

Al darse cuenta de su error, tuvo tentaciones de separarse de su marido, pero era tanto el miedo que le tenía, que nunca se atrevió a planteárselo en serio ni a él ni a su familia, y optó por la resignación. Al fin y al cabo, como le repetía su madre cuando Eva intentaba refugiarse en ella para ahogar su pena: “el matrimonio es para toda la vida, y ¡ya se sabe cómo son los hombres! Adán puede resultar inaguantable por su carácter, pero no se emborracha ni te pega. Y lo más importante —añadía—, es funcionario, tiene asegurado su porvenir y las penas con pan son menos”.

Una vez decidido que seguiría con Adán, hasta que la muerte los separase, Eva puso todas sus esperanzas en tener un hijo. Pero tampoco fue fácil quedarse embarazada. Transcurrieron diez años desde la boda hasta el nacimiento de Matías. Durante ese tiempo, las relaciones del matrimonio se deterioraron cada vez más. Adán le echaba en cara a Eva su esterilidad y le recordaba, una y otra vez, que si se había casado con ella era, simplemente, porque quería tener hijos.

Después de muchas visitas al ginecólogo y de numerosas pruebas, se determinó que Eva estaba perfectamente dotada para concebir y que, posiblemente, el problema estuviera en Adán. Pero éste se negaba a aceptarlo, y ni siquiera consentía en ir al médico para los exámenes pertinentes. Alegaba que su virilidad no podía ponerse en entredicho.

Una noche, cuando Adán se disponía a mantener relaciones sexuales con su mujer, Eva se armó de valor, se encerró en el cuarto de baño y le dijo que jamás volvería a acostarse con él hasta que no permitiera que le examinasen. Adán se encogió de hombros y se acostó solo, dando voces y echando pestes sobre su mujer.

A la mañana siguiente, cuando se levantó para ir a trabajar al Ayuntamiento, ella continuaba encerrada en el cuarto de baño, por lo que Adán no pudo pasar y tuvo que asearse en el fregadero de la cocina, al tiempo que no dejaba de despotricar e insultar a Eva. En cuanto éste salió por la puerta, ella abandonó su reclusión voluntaria, con aspecto cansado pero con una sonrisa de triunfo reflejada en el rostro. Decidió que comería y volvería a su encierro cuando él estuviera a punto de regresar del trabajo.

Así fue, cuando Adán volvió a la hora de comer, la comida no estaba hecha para él, y Eva seguía encerrada en el baño. Adán golpeó la puerta con saña y soltó por la boca todo lo que se le ocurrió contra su mujer. Pero ésta se mantuvo en sus trece. Con la voz temblando por el miedo, pero intentando aparentar calma le anunció:

“No pienso salir de aquí hasta que vayas al médico. Si no tenemos hijos es por tu culpa, y yo estoy ya harta de que me responsabilices a mí”.

En un arranque de lucidez, Adán comprendió que, en esta ocasión, su mujer no pensaba ceder. Dando un portazo salió de su casa y, después de vagar un rato por la ciudad, se fue directamente a la consulta del médico. No regresó hasta pasada la media noche. Se dirigió al cuarto de baño y, golpeando con suavidad la puerta, dijo:

—Eva, tengo hambre, ¿puedes prepararme algo de cenar?

Ella, que ya se había acomodado para pasar la noche en su encierro, no se molestó en contestarle. Tras un pesado silencio, Adán añadió, con un tono de enfado:

—Ya he ido al médico. Me han dado cita para volver mañana... Me someteré a las pruebas que hagan falta.

Al escuchar a su marido, Eva salió del cuarto de baño y le preguntó, como si no hubiera pasado nada:

—¿Qué quieres cenar?

 

El nacimiento de Matías no trajo paz ni felicidad al matrimonio, sino todo lo contrario. Desde el primer momento Eva volcó todo su cariño y su atención en el niño, y Adán se sintió, cada vez más, como un extraño en su propia casa. Aquel crío lo había despojado de su lugar preferente como cabeza de familia, y le había arrebatado el amor de su mujer, si es que ella le había querido alguna vez —según solía repetirse.

No era extraño que Matías fuera considerado por su padre como un suceso molesto en su vida, algo que había venido a enturbiar todavía más la ya escasa paz y estabilidad familiar. Por ello, se negó rotundamente a tener más hijos. Para justificarse ante su mujer, alegó que ya era muy mayor y que Matías había llegado a una edad en la que otros hombres ya tenían nietos.

Este razonamiento no engañó a Eva, que estaba muy al tanto de la animadversión que Adán sentía hacia su hijo. Pero a ella no le importaba. Era evidente que el niño no iba a salvar su matrimonio, pero al menos la salvaría a ella. Por eso centró en el cuidado de ese niño su razón de ser y su motivo para vivir, alejándose emocionalmente por completo de su marido.

Sobre todo desde que Adán, para evitar la posibilidad de un nuevo embarazo, dejó de mantener relaciones íntimas con ella, y se dedicó a frecuentar la compañía sexual de otras mujeres, a las que pagaba por sus servicios, y no le complicaban la existencia. A Eva, estas infidelidades de su marido, no sólo no la molestaron, sino que experimentó un profundo alivio al poder dedicarse en cuerpo y alma, al objeto de su amor: su hijo.

 

Inquieto, Matías volvió a tocarse el pequeño aro que colgaba del lóbulo de su oreja derecha. De forma automática, miró su reloj. Ya llevaba más de media hora esperando para entrar en la consulta. No le hacía gracia pedir permiso en la Biblioteca para acompañar a su padre al médico. Tenía derecho. Sabía que no le estaban haciendo ningún favor, que era algo a lo que tenía derecho, pero no le gustaba. Aunque si era sincero consigo mismo, en realidad lo que le desagradaba no era faltar al trabajo, sino tener que acompañar a su padre, que cada vez estaba más insoportable.

Con la edad, la agresividad y la intolerancia de Adán se habían agudizado. Matías pensó que, si nunca había sido fácil convivir con él, al envejecer, Adán había caído en una especie de paranoia, en un universo ficticio, en el que no sólo él y su madre, sino todo el mundo, estaban en su contra y pretendía hacerle la vida imposible.

Absorto en estos pensamientos, Matías apenas se dio cuenta de que su padre se había levantado de su asiento, y se estaba encarando con un señor que también estaba en la sala de espera. El hombre, de unos cuarenta años, miraba con perplejidad a Adán, sin entender lo que estaba pasando.

—¡Le he dicho que deje de mirarme! —chillaba el anciano.

—Pero si yo no le estaba mirando —intentaba justificarse el hombre.

Como una flecha, Matías salió disparado hacia el otro lado de la sala y cogió a su padre fuertemente del brazo, intentando llevárselo junto a él.

—Disculpe —dijo Matías al hombre— es que no se encuentra bien.

—Me encuentro estupendamente —gritó Adán— ¿quién le ha enviado para espiarme? Vamos, dígamelo si tiene huevos. Salgamos a la calle y peleemos como dos hombres —añadió, mientras levantaba los puños en actitud de pelea.

—¡Ya está bien, Adán! —le recriminó Matías, que siempre llamaba a su padre por su nombre, llevándoselo literalmente a empujones hacia su asiento.

Un poco más tranquilo, Adán se volvió hacia su hijo y le dijo:

—No creas que me engañas, sé que tu madre y tú me espiáis. Seguro que habéis pagado a ese hombre para que me siga.

—No seas ridículo —respondió Matías en voz baja y de mala gana— para qué iba a pedirle a nadie que te espíe cuando estoy aquí contigo y puedo ver lo que haces.

El psiquiatra les había aconsejado que no llevasen la contraria a Adán y, en la medida de lo posible, le siguieran la corriente. Por eso Matías intentaba con él razonamientos lógicos, como el que acababa de emplear, en lugar de decirle que ese complejo de persecución que padecía era sólo fruto de su imaginación. A pesar de eso, Adán seguía en sus trece y mirando a su hijo a los ojos, le dijo:

—No creas que me engañas, traidor.

—Vale, lo que tú digas —respondió Matías suspirando profundamente, acomodándose de nuevo en el sillón de cuero de la sala de espera.

 

Con desgana, volvió a mirar el reloj. De pronto se sintió muy cansado, agotado. “Mejor estarías muerto”, se dijo para sus adentros. Era la primera vez que se atrevía a dar voz a este pensamiento, aunque fuera para sí mismo y, según comprobó con curiosidad, no le produjo ningún tipo de remordimiento. Su padre le había amargado la vida desde que él tenía uso de razón para recordar, y ya estaba harto.

Por su cabeza pasó, una vez más, la idea de irse de su casa, de San Roque, de abandonar su trabajo, de pedir una excedencia, de concederse un respiro, porque ya no podía más. Estaba llegando al límite. Pero, también una vez más, rechazó de plano esa posibilidad. No podía dejar a su madre sola en esos momentos. Eva lo necesitaba más que nunca.

 

La melodía de una canción de moda sonó en el bolsillo de su pantalón y Matías sintió un cosquilleo en el muslo con la vibración de su teléfono móvil. Lo cogió y comprobó en la pantalla que era Susana. “La que faltaba” —dijo para sus adentros—. Dudó unos instantes y, finalmente, apretó el botón que establecía la conexión.

—Hola ¿dónde estás?

Esa era siempre la primera pregunta que le hacía Susana, y a él le sacaba de quicio. ¿Por qué tenía que darle explicaciones? —se decía a sí mismo—. A pesar de todo respondió de mala gana:

—Estoy con Adán en la consulta del psiquiatra.

—¿Qué le ha dicho?

—Todavía no hemos entrado, así que no le han dicho nada —contestó Matías recalcando la última frase.

—¡Ah, bueno, creí que ya lo había visto!... Pues entonces te llamo luego. ¿Estás bien?

Esta era la segunda pregunta que siempre hacía Susana y que también le ponía de los nervios. Lo bastante que ella le preguntara si estaba bien, para que él se pusiera de mala leche. Suspiró profundamente, y dijo en un tono de mal humor:

—Estoy todo lo bien que se puede estar cuando llevo a Adán al médico y me monta un pollo con un señor, como el que me acaba de montar...

—Vaya, lo siento —afirmó Susana con su habitual tono comprensivo, que tanto molestaba a Matías— No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está bien...

—Oye, ahora no puedo hablar —la cortó él bruscamente—. Luego te lo cuento, ¿vale?

—Sí, sí, claro, luego hablamos. Ya te llamaré cuando...

—No, no me llames —volvió a interrumpirla sin contemplaciones— cuando lo vea el médico y deje a Adán en casa voy a la Biblioteca. No quiero faltar al trabajo toda la mañana. Yo te llamaré esta tarde —concluyó antes de colgar, y sin dar tiempo a escuchar la respuesta de Susana.

 

Visiblemente nervioso volvió a tocarse el aro que llevaba en la oreja derecha y nuevamente miró el reloj. Ya sólo quedaban él y su padre en la sala de espera, los otros pacientes, incluyendo el señor con el Adán se había encarado, ya se habían marchado.

Después de la bronca, el anciano se había tranquilizado y dormitaba en el sillón que había junto al suyo. Matías suspiró profundamente y se preguntó, una vez más, por qué Susana lo sacaba tanto de quicio. Llevaba un año saliendo con ella, pero la irritación que le provocaba no era algo que se hubiera generado con el tiempo o la convivencia. Siempre, desde el primer momento, había estado ahí.

Susana trabajaba como empleada en la farmacia cercana a su casa, donde Matías compraba las medicinas de su padre. Era 13 años menor que él, pero su inocencia natural la hacían parecer aún más joven de los 22 años que tenía en esos momentos. Había empezado a estudiar Farmacia, pero la repentina muerte de su padre y la escasa pensión que le había quedado a su madre, había provocado que Susana tuviera que dejar la carrera a medio para ponerse a trabajar.

Ella siempre decía que la iba a terminar, pero lo cierto es que ya llevaba dos años trabajando en la farmacia y en ese tiempo no se había matriculado de ninguna asignatura de los dos cursos que le quedaban. Mucho se temía Matías que Susana se conformase con su puesto de trabajo, y no tuviera intención de terminar sus estudios. Cosa que él no entendía. Cuando Matías se lo recordaba, Susana siempre decía lo mismo. Que no le metiera prisa y que, al fin y al cabo, ya estaba ejerciendo de farmacéutica, que es lo mismo que haría con la carrera terminada.

En realidad, Susana era una persona encantadora. A Eva le caía muy bien y Matías se preguntaba hasta qué punto la simpatía de su madre hacia la chica, había propiciado el que empezasen a salir juntos. Siempre había tenido la extraña sospecha de que entre Susana y su madre existía una especie de complicidad oculta para favorecer el noviazgo.

—¿Somos novios? —le había preguntado Susana cuando llevaban varios meses saliendo juntos.

Un tanto perplejo por la pregunta, Matías respondió:

—Yo diría que ése es un término algo pasado de moda.

—Entonces ¿qué somos? —insistió ella.

Matías era consciente de que la pregunta no tenía nada de inocente y que estaba pisando un terreno resbaladizo. Por eso midió sus palabras.

—Somos dos personas que, de momento, están juntas.

—Y que se quieren —añadió Susana.

—Sí claro —dijo él con escasa convicción.

En realidad ésa era la pregunta del millón. La que Matías evitaba hacerse, por miedo a la respuesta que podía encontrar. Sin embargo en esos momentos, sentado en el sillón de aquella consulta, se atrevió a preguntarse para sus adentros: “¿Quiero a Susana? ¿Compartiría mi vida con ella? ¿Estoy enamorado? ¿Cuáles son mis sentimientos hacia esta mujer?”

Abrumado por tanto interrogante, pensó que estaba demasiado cansado para responderse y, como queriendo justificarse, empezó a enumerar las virtudes de la joven. Empezó por el físico. No había duda de que era una mujer guapa. Casi tan alta como él, rubia, delgada, con ojos castaños y una permanente sonrisa en la cara.

Al llegar a este punto se dio cuenta de que esa sonrisa persistente y esa continua amabilidad, en realidad lo sacaban de quicio. Se sorprendió, malhumorado, al ver que estaba considerando como defectos las aparentes virtudes de Susana. “Y es que ahí está lo malo —pensó— su buen carácter, su comprensión y su eterna amabilidad es lo que me pone enfermo. No la aguanto”.

Esta última frase: “no la aguanto”, resonó una y otra vez en su interior. Si no la aguantaba, ¿cómo iba a compartir su vida con ella? ¿Cómo se puede querer a alguien a quien no soportas? Si cuando pasaban juntos una tarde entera, estaba deseando dejarla en su casa. ¿Cómo iba a casarse con ella? Porque estaba claro que Susana ya se veía entrando en la iglesia, a los acordes de la marcha nupcial, y a él vestido de chaqué, esperándola junto al altar.

Así se lo hizo saber ella la primera vez que hicieron el amor. Le dijo que había estado reservando su virginidad para el hombre con el que compartiría su vida. El se quedó tan perplejo, que no supo qué decir. Creyó que era una broma y sonrió. Luego resultó que era verdad, que Susana era virgen, que fue él quien la desvirgó y que, desde ese momento, ella se le pegó como una lapa, dando por hecho que con aquel acto habían sellado su unión para siempre.

—Es como si nos hubiéramos casado ya —le dijo ella.

 

Adán seguía dormitando en el sillón. Era producto de la medicación. Tan pronto se ponía irascible, o se quedaba dormido, como si estuviese sedado. Matías, tras mirar nuevamente el reloj, se levantó de un salto y comenzó a pasearse por la aséptica sala de espera, con las manos en la espalda. “¿Por qué todas las consultas médicas son iguales?”, se preguntó.

Como si algo en su interior le obligase a pensar en Susana, evocó aquélla primera relación sexual con ella. Ocurrió después del cine, a las pocas semanas de empezar a salir juntos, en los asientos traseros de su coche. Aunque fue un auténtico desastre y Susana no dejó de quejarse por el dolor que sentía, lo cierto es que, al terminar, parecía sentirse muy feliz. Y estaba guapísima.

Sus ojos castaños tenían un brillo especial. La coleta que siempre llevaba atrás, para recogerse el pelo, se había deshecho. Y allí, en aquel descampado, con el reflejo de la luna sobre su rostro, el cabello suelto y alborotado, estaba muy guapa.

Él también se fue contento a su casa aquélla noche. Llevaba mucho tiempo sin hacer el amor con nadie. No era fácil allí en San Roque. Cuando estudiaba la carrera en la Gran Ciudad era distinto. Tuvo varias relaciones, ninguna seria. Para qué engañarse, en aquellos años de universitario, ningún chico se planteaba otra cosa que no fuera dar rienda suelta a las hormonas. Ya habría tiempo para compromisos.

Pero desde que volvió a vivir a San Roque, hasta que hizo el amor con Susana, no había “mojado”, como se decía vulgarmente en el argot varonil, y sus desahogos eran en solitario. Por eso aquella noche volvió satisfecho a su casa. Sus manos habían acariciado de nuevo una piel de mujer. Estaba tan excitado que, ya en la cama, recordando el cuerpo de Susana, se masturbó antes de quedarse dormido.

Al día siguiente, cuando ella le llamó por teléfono, comprobó que la experiencia de la noche anterior había tenido un significado distinto para ambos. Fue en esa conversación en la que Susana le confesó que, para ella, era “como si ya estuviesen casados”. Matías no supo qué responder y optó por el silencio. Para él, aquello sólo había sido “un polvo”. Un bendito “polvo” que ya le iba haciendo buena falta.

Ella le dijo que le quería. Y él pensó que cómo se podía querer a una persona a la que apenas se conocía. No obstante, para no herir sus sentimientos, le respondió con un lacónico “yo también”. Ahora, después de un año juntos, pensó que lo mejor para él de su relación con Susana, eran los esporádicos contactos sexuales que mantenía con ella. Aunque una vez satisfechos sus instintos, estaba deseando despedirse y sentía un gran alivio cuando la dejaba en su casa.

Como no era ningún ingenuo, se daba cuenta de que las malas relaciones de sus padres habían marcado profundamente su personalidad, hasta el punto de que experimentaba una gran alergia a todo lo que significase un compromiso con las mujeres. Quizás por eso a sus 35 años todavía permanecía soltero. “O quizás no he encontrado aún a la persona adecuada” —pensó con cierto aire de cinismo, pues no creía que realmente existiera la “persona adecuada”.

Hacía mucho tiempo que no evaluaba sus creencias con tanta intensidad como lo estaba haciendo en ese momento. Pensó que, en realidad, hacía mucho tiempo que no evaluaba nada de nada. Su vida se limitaba a un pasar los días, sin metas, sin horizontes, sin ilusiones.

La noche que podía se escapaba de quedar con Susana, con la excusa de que había tenido muy mal día en la Biblioteca, o culpando al estado senil de su padre, que le obligaba a permanecer en casa. Pero en su interior sabía que sólo eran excusas. A veces iba a dar una vuelta solo o se metía en el cine. Pero esto último dejó de hacerlo cuando, en más de una ocasión, tuvo que ver la misma película dos veces, porque Susana quería verla y él no se atrevía a decirle que ya la había visto.

Tampoco tenía muchos amigos. San Roque era un pueblo de viejos y de gente joven que salía huyendo de allí en cuanto podía. Los pocos conocidos que quedaban de su edad estaban casados y tenían hijos pequeños. Si alguna vez quedaba con alguno, se sentía completamente fuera de lugar. Al principio de volver a su casa, solía escaparse los fines de semana a la Gran Ciudad. Pero también dejó de hacerlo porque poco a poco fue perdiendo el contacto con sus amistades de la universidad.

Recapitulando en esos momentos sobre su vida, Matías experimentó una gran tristeza por dentro. Aunque la luz del sol entraba a raudales en aquella aséptica y pulcra sala de espera, sintió en su interior y a su alrededor una gran oscuridad. Una imagen sombría se instaló en su cabeza, como si las paredes se juntasen y a él no le quedase espacio vital para respirar.

Consciente de que aquello no era bueno, pensó: “Vaya hombre, como siga por este camino, el psiquiatra tendrá que tratarme a mí en lugar de a Adán. Tengo que hacer algo. Tengo que salir de este túnel...”

 

La voz fría y profesional de una enfermera interrumpió los pensamientos de Matías, al anunciar en voz alta, como si quedase alguien más en la sala de espera:

—Adán Cortés, puede pasar.

Matías despertó a su padre, le ayudó a incorporarse, mientras el anciano balbuceaba algo ininteligible, y ambos pasaron a la consulta del psiquiatra.

 

 

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