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CAPÍTULO V

Con gesto mecánico se tocó el pequeño
aro que llevaba en la oreja derecha. Siempre lo hacía cuando se
encontraba tenso. Y en esos momentos lo estaba. Matías Cortés solía
ponerse inquieto y malhumorado cuando tenía que acompañar a su padre
a la consulta del psiquiatra. El anciano, de 85 años de edad,
padecía una demencia senil galopante, que hacía difícil la
convivencia con él. Aunque, a decir verdad, esa convivencia nunca
había resultado nada fácil.
Matías Cortés era hijo único. Estudió
Filología Hispánica en la Gran Ciudad, no porque tuviera ninguna
vocación, sino como una buena excusa para abandonar el hogar
familiar, harto de soportar las peleas entre sus padres y, sobre
todo, harto de aguantar a su progenitor. Al poco de terminar la
carrera, Adán, su padre, cayó gravemente enfermo, por lo que Matías
se vio obligado a volver a San Roque y a preparar una oposición para
trabajar en la Biblioteca Pública.
Desde el momento en que volvió a su
ciudad natal, se incrementó aún más el fuerte resentimiento que
tenía hacia su padre, y consideró una penosa obligación, un castigo,
tener que renunciar a su vida en la Gran Ciudad, para cuidarlo. Si
volvió no fue por él, sino por su madre. Matías se sentía muy unido
a ella. Entre ambos se había establecido una especie de complicidad
para hacer frente común y defenderse del fuerte carácter y la
agresividad de su padre.
Eva —pues así se llamaba su madre,
por alguna broma del destino— era 20 años más joven que su marido.
Contrajeron matrimonio cuando Adán había superado la cuarentena, y
un sinfín de frustradas relaciones sentimentales. Ella, sin embargo,
era aún una joven inexperta cuando se enamoró perdidamente de aquel
hombre maduro, que la encandiló con su verborrea.
El noviazgo apenas duró, y se casaron
enseguida. Adán tenía prisa, al fin y al cabo era ya una persona
mayor y con la vida resuelta. No había necesidad de esperar, dado
que, años atrás, había comenzado a trabajar como funcionario en el
Ayuntamiento de San Roque. Al poco de casarse, Eva se dio cuenta de
su error, perdió de golpe su inocencia juvenil y, de la noche a la
mañana, se vio metida en un matrimonio que no sólo no cumplía sus
expectativas sino que, además, la hacía muy desgraciada.
Al darse cuenta de su error, tuvo
tentaciones de separarse de su marido, pero era tanto el miedo que
le tenía, que nunca se atrevió a planteárselo en serio ni a él ni a
su familia, y optó por la resignación. Al fin y al cabo, como le
repetía su madre cuando Eva intentaba refugiarse en ella para ahogar
su pena: “el matrimonio es para toda la vida, y ¡ya se sabe cómo son
los hombres! Adán puede resultar inaguantable por su carácter, pero
no se emborracha ni te pega. Y lo más importante —añadía—, es
funcionario, tiene asegurado su porvenir y las penas con pan son
menos”.
Una vez decidido que seguiría con
Adán, hasta que la muerte los separase, Eva puso todas sus
esperanzas en tener un hijo. Pero tampoco fue fácil quedarse
embarazada. Transcurrieron diez años desde la boda hasta el
nacimiento de Matías. Durante ese tiempo, las relaciones del
matrimonio se deterioraron cada vez más. Adán le echaba en cara a
Eva su esterilidad y le recordaba, una y otra vez, que si se había
casado con ella era, simplemente, porque quería tener hijos.
Después de muchas visitas al
ginecólogo y de numerosas pruebas, se determinó que Eva estaba
perfectamente dotada para concebir y que, posiblemente, el problema
estuviera en Adán. Pero éste se negaba a aceptarlo, y ni siquiera
consentía en ir al médico para los exámenes pertinentes. Alegaba que
su virilidad no podía ponerse en entredicho.
Una noche, cuando Adán se disponía a
mantener relaciones sexuales con su mujer, Eva se armó de valor, se
encerró en el cuarto de baño y le dijo que jamás volvería a
acostarse con él hasta que no permitiera que le examinasen. Adán se
encogió de hombros y se acostó solo, dando voces y echando pestes
sobre su mujer.
A la mañana siguiente, cuando se
levantó para ir a trabajar al Ayuntamiento, ella continuaba
encerrada en el cuarto de baño, por lo que Adán no pudo pasar y tuvo
que asearse en el fregadero de la cocina, al tiempo que no dejaba de
despotricar e insultar a Eva. En cuanto éste salió por la puerta,
ella abandonó su reclusión voluntaria, con aspecto cansado pero con
una sonrisa de triunfo reflejada en el rostro. Decidió que comería y
volvería a su encierro cuando él estuviera a punto de regresar del
trabajo.
Así fue, cuando Adán volvió a la hora
de comer, la comida no estaba hecha para él, y Eva seguía encerrada
en el baño. Adán golpeó la puerta con saña y soltó por la boca todo
lo que se le ocurrió contra su mujer. Pero ésta se mantuvo en sus
trece. Con la voz temblando por el miedo, pero intentando aparentar
calma le anunció:
“No pienso salir de aquí hasta que
vayas al médico. Si no tenemos hijos es por tu culpa, y yo estoy ya
harta de que me responsabilices a mí”.
En un arranque de lucidez, Adán
comprendió que, en esta ocasión, su mujer no pensaba ceder. Dando un
portazo salió de su casa y, después de vagar un rato por la ciudad,
se fue directamente a la consulta del médico. No regresó hasta
pasada la media noche. Se dirigió al cuarto de baño y, golpeando con
suavidad la puerta, dijo:
—Eva, tengo hambre, ¿puedes
prepararme algo de cenar?
Ella, que ya se había acomodado para
pasar la noche en su encierro, no se molestó en contestarle. Tras un
pesado silencio, Adán añadió, con un tono de enfado:
—Ya he ido al médico. Me han dado
cita para volver mañana... Me someteré a las pruebas que hagan
falta.
Al escuchar a su marido, Eva salió
del cuarto de baño y le preguntó, como si no hubiera pasado nada:
—¿Qué quieres cenar?
El nacimiento de Matías no trajo paz
ni felicidad al matrimonio, sino todo lo contrario. Desde el primer
momento Eva volcó todo su cariño y su atención en el niño, y Adán se
sintió, cada vez más, como un extraño en su propia casa. Aquel crío
lo había despojado de su lugar preferente como cabeza de familia, y
le había arrebatado el amor de su mujer, si es que ella le había
querido alguna vez —según solía repetirse.
No era extraño que Matías fuera
considerado por su padre como un suceso molesto en su vida, algo que
había venido a enturbiar todavía más la ya escasa paz y estabilidad
familiar. Por ello, se negó rotundamente a tener más hijos. Para
justificarse ante su mujer, alegó que ya era muy mayor y que Matías
había llegado a una edad en la que otros hombres ya tenían nietos.
Este razonamiento no engañó a Eva,
que estaba muy al tanto de la animadversión que Adán sentía hacia su
hijo. Pero a ella no le importaba. Era evidente que el niño no iba a
salvar su matrimonio, pero al menos la salvaría a ella. Por eso
centró en el cuidado de ese niño su razón de ser y su motivo para
vivir, alejándose emocionalmente por completo de su marido.
Sobre todo desde que Adán, para
evitar la posibilidad de un nuevo embarazo, dejó de mantener
relaciones íntimas con ella, y se dedicó a frecuentar la compañía
sexual de otras mujeres, a las que pagaba por sus servicios, y no le
complicaban la existencia. A Eva, estas infidelidades de su marido,
no sólo no la molestaron, sino que experimentó un profundo alivio al
poder dedicarse en cuerpo y alma, al objeto de su amor: su hijo.
Inquieto, Matías volvió a tocarse el
pequeño aro que colgaba del lóbulo de su oreja derecha. De forma
automática, miró su reloj. Ya llevaba más de media hora esperando
para entrar en la consulta. No le hacía gracia pedir permiso en la
Biblioteca para acompañar a su padre al médico. Tenía derecho. Sabía
que no le estaban haciendo ningún favor, que era algo a lo que tenía
derecho, pero no le gustaba. Aunque si era sincero consigo mismo, en
realidad lo que le desagradaba no era faltar al trabajo, sino tener
que acompañar a su padre, que cada vez estaba más insoportable.
Con la edad, la agresividad y la
intolerancia de Adán se habían agudizado. Matías pensó que, si nunca
había sido fácil convivir con él, al envejecer, Adán había caído en
una especie de paranoia, en un universo ficticio, en el que no sólo
él y su madre, sino todo el mundo, estaban en su contra y pretendía
hacerle la vida imposible.
Absorto en estos pensamientos, Matías
apenas se dio cuenta de que su padre se había levantado de su
asiento, y se estaba encarando con un señor que también estaba en la
sala de espera. El hombre, de unos cuarenta años, miraba con
perplejidad a Adán, sin entender lo que estaba pasando.
—¡Le he dicho que deje de mirarme!
—chillaba el anciano.
—Pero si yo no le estaba mirando
—intentaba justificarse el hombre.
Como una flecha, Matías salió
disparado hacia el otro lado de la sala y cogió a su padre
fuertemente del brazo, intentando llevárselo junto a él.
—Disculpe —dijo Matías al hombre— es
que no se encuentra bien.
—Me encuentro estupendamente —gritó
Adán— ¿quién le ha enviado para espiarme? Vamos, dígamelo si tiene
huevos. Salgamos a la calle y peleemos como dos hombres —añadió,
mientras levantaba los puños en actitud de pelea.
—¡Ya está bien, Adán! —le recriminó
Matías, que siempre llamaba a su padre por su nombre, llevándoselo
literalmente a empujones hacia su asiento.
Un poco más tranquilo, Adán se volvió
hacia su hijo y le dijo:
—No creas que me engañas, sé que tu
madre y tú me espiáis. Seguro que habéis pagado a ese hombre para
que me siga.
—No seas ridículo —respondió Matías
en voz baja y de mala gana— para qué iba a pedirle a nadie que te
espíe cuando estoy aquí contigo y puedo ver lo que haces.
El psiquiatra les había aconsejado
que no llevasen la contraria a Adán y, en la medida de lo posible,
le siguieran la corriente. Por eso Matías intentaba con él
razonamientos lógicos, como el que acababa de emplear, en lugar de
decirle que ese complejo de persecución que padecía era sólo fruto
de su imaginación. A pesar de eso, Adán seguía en sus trece y
mirando a su hijo a los ojos, le dijo:
—No creas que me engañas, traidor.
—Vale, lo que tú digas —respondió
Matías suspirando profundamente, acomodándose de nuevo en el sillón
de cuero de la sala de espera.
Con desgana, volvió a mirar el reloj.
De pronto se sintió muy cansado, agotado. “Mejor estarías muerto”,
se dijo para sus adentros. Era la primera vez que se atrevía a dar
voz a este pensamiento, aunque fuera para sí mismo y, según comprobó
con curiosidad, no le produjo ningún tipo de remordimiento. Su padre
le había amargado la vida desde que él tenía uso de razón para
recordar, y ya estaba harto.
Por su cabeza pasó, una vez más, la
idea de irse de su casa, de San Roque, de abandonar su trabajo, de
pedir una excedencia, de concederse un respiro, porque ya no podía
más. Estaba llegando al límite. Pero, también una vez más, rechazó
de plano esa posibilidad. No podía dejar a su madre sola en esos
momentos. Eva lo necesitaba más que nunca.
La melodía de una canción de moda
sonó en el bolsillo de su pantalón y Matías sintió un cosquilleo en
el muslo con la vibración de su teléfono móvil. Lo cogió y comprobó
en la pantalla que era Susana. “La que faltaba” —dijo para sus
adentros—. Dudó unos instantes y, finalmente, apretó el botón que
establecía la conexión.
—Hola ¿dónde estás?
Esa era siempre la primera pregunta
que le hacía Susana, y a él le sacaba de quicio. ¿Por qué tenía que
darle explicaciones? —se decía a sí mismo—. A pesar de todo
respondió de mala gana:
—Estoy con Adán en la consulta del
psiquiatra.
—¿Qué le ha dicho?
—Todavía no hemos entrado, así que no
le han dicho nada —contestó Matías recalcando la última frase.
—¡Ah, bueno, creí que ya lo había
visto!... Pues entonces te llamo luego. ¿Estás bien?
Esta era la segunda pregunta que
siempre hacía Susana y que también le ponía de los nervios. Lo
bastante que ella le preguntara si estaba bien, para que él se
pusiera de mala leche. Suspiró profundamente, y dijo en un tono de
mal humor:
—Estoy todo lo bien que se puede
estar cuando llevo a Adán al médico y me monta un pollo con un
señor, como el que me acaba de montar...
—Vaya, lo siento —afirmó Susana con
su habitual tono comprensivo, que tanto molestaba a Matías— No se lo
tengas en cuenta, ya sabes que no está bien...
—Oye, ahora no puedo hablar —la cortó
él bruscamente—. Luego te lo cuento, ¿vale?
—Sí, sí, claro, luego hablamos. Ya te
llamaré cuando...
—No, no me llames —volvió a
interrumpirla sin contemplaciones— cuando lo vea el médico y deje a
Adán en casa voy a la Biblioteca. No quiero faltar al trabajo toda
la mañana. Yo te llamaré esta tarde —concluyó antes de colgar, y sin
dar tiempo a escuchar la respuesta de Susana.
Visiblemente nervioso volvió a
tocarse el aro que llevaba en la oreja derecha y nuevamente miró el
reloj. Ya sólo quedaban él y su padre en la sala de espera, los
otros pacientes, incluyendo el señor con el Adán se había encarado,
ya se habían marchado.
Después de la bronca, el anciano se
había tranquilizado y dormitaba en el sillón que había junto al
suyo. Matías suspiró profundamente y se preguntó, una vez más, por
qué Susana lo sacaba tanto de quicio. Llevaba un año saliendo con
ella, pero la irritación que le provocaba no era algo que se hubiera
generado con el tiempo o la convivencia. Siempre, desde el primer
momento, había estado ahí.
Susana trabajaba como empleada en la
farmacia cercana a su casa, donde Matías compraba las medicinas de
su padre. Era 13 años menor que él, pero su inocencia natural la
hacían parecer aún más joven de los 22 años que tenía en esos
momentos. Había empezado a estudiar Farmacia, pero la repentina
muerte de su padre y la escasa pensión que le había quedado a su
madre, había provocado que Susana tuviera que dejar la carrera a
medio para ponerse a trabajar.
Ella siempre decía que la iba a
terminar, pero lo cierto es que ya llevaba dos años trabajando en la
farmacia y en ese tiempo no se había matriculado de ninguna
asignatura de los dos cursos que le quedaban. Mucho se temía Matías
que Susana se conformase con su puesto de trabajo, y no tuviera
intención de terminar sus estudios. Cosa que él no entendía. Cuando
Matías se lo recordaba, Susana siempre decía lo mismo. Que no le
metiera prisa y que, al fin y al cabo, ya estaba ejerciendo de
farmacéutica, que es lo mismo que haría con la carrera terminada.
En realidad, Susana era una persona
encantadora. A Eva le caía muy bien y Matías se preguntaba hasta qué
punto la simpatía de su madre hacia la chica, había propiciado el
que empezasen a salir juntos. Siempre había tenido la extraña
sospecha de que entre Susana y su madre existía una especie de
complicidad oculta para favorecer el noviazgo.
—¿Somos novios? —le había preguntado
Susana cuando llevaban varios meses saliendo juntos.
Un tanto perplejo por la pregunta,
Matías respondió:
—Yo diría que ése es un término algo
pasado de moda.
—Entonces ¿qué somos? —insistió ella.
Matías era consciente de que la
pregunta no tenía nada de inocente y que estaba pisando un terreno
resbaladizo. Por eso midió sus palabras.
—Somos dos personas que, de momento,
están juntas.
—Y que se quieren —añadió Susana.
—Sí claro —dijo él con escasa
convicción.
En realidad ésa era la pregunta del
millón. La que Matías evitaba hacerse, por miedo a la respuesta que
podía encontrar. Sin embargo en esos momentos, sentado en el sillón
de aquella consulta, se atrevió a preguntarse para sus adentros:
“¿Quiero a Susana? ¿Compartiría mi vida con ella? ¿Estoy enamorado?
¿Cuáles son mis sentimientos hacia esta mujer?”
Abrumado por tanto interrogante,
pensó que estaba demasiado cansado para responderse y, como
queriendo justificarse, empezó a enumerar las virtudes de la joven.
Empezó por el físico. No había duda de que era una mujer guapa. Casi
tan alta como él, rubia, delgada, con ojos castaños y una permanente
sonrisa en la cara.
Al llegar a este punto se dio cuenta
de que esa sonrisa persistente y esa continua amabilidad, en
realidad lo sacaban de quicio. Se sorprendió, malhumorado, al ver
que estaba considerando como defectos las aparentes virtudes de
Susana. “Y es que ahí está lo malo —pensó— su buen carácter, su
comprensión y su eterna amabilidad es lo que me pone enfermo. No la
aguanto”.
Esta última frase: “no la aguanto”,
resonó una y otra vez en su interior. Si no la aguantaba, ¿cómo iba
a compartir su vida con ella? ¿Cómo se puede querer a alguien a
quien no soportas? Si cuando pasaban juntos una tarde entera, estaba
deseando dejarla en su casa. ¿Cómo iba a casarse con ella? Porque
estaba claro que Susana ya se veía entrando en la iglesia, a los
acordes de la marcha nupcial, y a él vestido de chaqué, esperándola
junto al altar.
Así se lo hizo saber ella la primera
vez que hicieron el amor. Le dijo que había estado reservando su
virginidad para el hombre con el que compartiría su vida. El se
quedó tan perplejo, que no supo qué decir. Creyó que era una broma y
sonrió. Luego resultó que era verdad, que Susana era virgen, que fue
él quien la desvirgó y que, desde ese momento, ella se le pegó como
una lapa, dando por hecho que con aquel acto habían sellado su unión
para siempre.
—Es como si nos hubiéramos casado ya
—le dijo ella.
Adán seguía dormitando en el sillón.
Era producto de la medicación. Tan pronto se ponía irascible, o se
quedaba dormido, como si estuviese sedado. Matías, tras mirar
nuevamente el reloj, se levantó de un salto y comenzó a pasearse por
la aséptica sala de espera, con las manos en la espalda. “¿Por qué
todas las consultas médicas son iguales?”, se preguntó.
Como si algo en su interior le
obligase a pensar en Susana, evocó aquélla primera relación sexual
con ella. Ocurrió después del cine, a las pocas semanas de empezar a
salir juntos, en los asientos traseros de su coche. Aunque fue un
auténtico desastre y Susana no dejó de quejarse por el dolor que
sentía, lo cierto es que, al terminar, parecía sentirse muy feliz. Y
estaba guapísima.
Sus ojos castaños tenían un brillo
especial. La coleta que siempre llevaba atrás, para recogerse el
pelo, se había deshecho. Y allí, en aquel descampado, con el reflejo
de la luna sobre su rostro, el cabello suelto y alborotado, estaba
muy guapa.
Él también se fue contento a su casa
aquélla noche. Llevaba mucho tiempo sin hacer el amor con nadie. No
era fácil allí en San Roque. Cuando estudiaba la carrera en la Gran
Ciudad era distinto. Tuvo varias relaciones, ninguna seria. Para qué
engañarse, en aquellos años de universitario, ningún chico se
planteaba otra cosa que no fuera dar rienda suelta a las hormonas.
Ya habría tiempo para compromisos.
Pero desde que volvió a vivir a San
Roque, hasta que hizo el amor con Susana, no había “mojado”, como se
decía vulgarmente en el argot varonil, y sus desahogos eran en
solitario. Por eso aquella noche volvió satisfecho a su casa. Sus
manos habían acariciado de nuevo una piel de mujer. Estaba tan
excitado que, ya en la cama, recordando el cuerpo de Susana, se
masturbó antes de quedarse dormido.
Al día siguiente, cuando ella le
llamó por teléfono, comprobó que la experiencia de la noche anterior
había tenido un significado distinto para ambos. Fue en esa
conversación en la que Susana le confesó que, para ella, era “como
si ya estuviesen casados”. Matías no supo qué responder y optó por
el silencio. Para él, aquello sólo había sido “un polvo”. Un bendito
“polvo” que ya le iba haciendo buena falta.
Ella le dijo que le quería. Y él
pensó que cómo se podía querer a una persona a la que apenas se
conocía. No obstante, para no herir sus sentimientos, le respondió
con un lacónico “yo también”. Ahora, después de un año juntos, pensó
que lo mejor para él de su relación con Susana, eran los esporádicos
contactos sexuales que mantenía con ella. Aunque una vez satisfechos
sus instintos, estaba deseando despedirse y sentía un gran alivio
cuando la dejaba en su casa.
Como no era ningún ingenuo, se daba
cuenta de que las malas relaciones de sus padres habían marcado
profundamente su personalidad, hasta el punto de que experimentaba
una gran alergia a todo lo que significase un compromiso con las
mujeres. Quizás por eso a sus 35 años todavía permanecía soltero. “O
quizás no he encontrado aún a la persona adecuada” —pensó con cierto
aire de cinismo, pues no creía que realmente existiera la “persona
adecuada”.
Hacía mucho tiempo que no evaluaba
sus creencias con tanta intensidad como lo estaba haciendo en ese
momento. Pensó que, en realidad, hacía mucho tiempo que no evaluaba
nada de nada. Su vida se limitaba a un pasar los días, sin metas,
sin horizontes, sin ilusiones.
La noche que podía se escapaba de
quedar con Susana, con la excusa de que había tenido muy mal día en
la Biblioteca, o culpando al estado senil de su padre, que le
obligaba a permanecer en casa. Pero en su interior sabía que sólo
eran excusas. A veces iba a dar una vuelta solo o se metía en el
cine. Pero esto último dejó de hacerlo cuando, en más de una
ocasión, tuvo que ver la misma película dos veces, porque Susana
quería verla y él no se atrevía a decirle que ya la había visto.
Tampoco tenía muchos amigos. San
Roque era un pueblo de viejos y de gente joven que salía huyendo de
allí en cuanto podía. Los pocos conocidos que quedaban de su edad
estaban casados y tenían hijos pequeños. Si alguna vez quedaba con
alguno, se sentía completamente fuera de lugar. Al principio de
volver a su casa, solía escaparse los fines de semana a la Gran
Ciudad. Pero también dejó de hacerlo porque poco a poco fue
perdiendo el contacto con sus amistades de la universidad.
Recapitulando en esos momentos sobre
su vida, Matías experimentó una gran tristeza por dentro. Aunque la
luz del sol entraba a raudales en aquella aséptica y pulcra sala de
espera, sintió en su interior y a su alrededor una gran oscuridad.
Una imagen sombría se instaló en su cabeza, como si las paredes se
juntasen y a él no le quedase espacio vital para respirar.
Consciente de que aquello no era
bueno, pensó: “Vaya hombre, como siga por este camino, el psiquiatra
tendrá que tratarme a mí en lugar de a Adán. Tengo que hacer algo.
Tengo que salir de este túnel...”
La voz fría y profesional de una
enfermera interrumpió los pensamientos de Matías, al anunciar en voz
alta, como si quedase alguien más en la sala de espera:
—Adán Cortés, puede pasar.
Matías despertó a su padre, le ayudó
a incorporarse, mientras el anciano balbuceaba algo ininteligible, y
ambos pasaron a la consulta del psiquiatra.
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