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CAPÍTULO III

Ilustración de Sergio Bleda para el tercer capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

 

Con pulso seguro empuñó la pluma que le ofrecía el notario y firmó sin pensarlo. Paula acababa de vender su casa. Aquella en la que había pasado la mayor parte de su vida. La que había compartido con Paco. La misma casa en la que habían crecido sus hijos, de la que sólo habían salido para casarse y formar sus propios hogares.

A pesar de los años que había vivido entre esas paredes, Paula no se sentía mal al abandonarla. Al contrario, experimentaba una especie de alivio. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Como si el tiempo vivido en esa casa y los recuerdos pesasen demasiado para seguir llevándolo a cuestas.

Vender su casa de toda la vida era un requisito imprescindible para poder comprar la otra, en la que fijaría su nuevo hogar. Aunque esto significase que debía abandonar la ciudad que la había visto nacer, y en la que Paula había decidido que no quería morir.

Desde que tomó la resolución de marcharse a vivir a otro sitio, las cosas no le habían resultado nada fáciles, al topar con la incomprensión de sus hijos. Sobre todo de Fernando, que se oponía tajantemente a una idea que él consideraba totalmente descabellada, por parte de su madre.

Y si la decisión de irse a vivir sola a otro lugar, le parecía a su hijo disparatada, cuando Paula le comunicó que pensaba instalarse en un pueblo perdido de la costa gallega, Fernando llegó a la conclusión de que su madre, definitivamente, había perdido el juicio. Pero ella se encontraba más cuerda que nunca y, por primera vez en su vida, se sentía dueña de su destino.

No había sido la suya una decisión precipitada sino, por el contrario, muy meditada. Era cierto que, al principio, la idea de abandonar Sahala y de irse a vivir a otro lugar le había venido de repente. Pero cuando dejó de ser una hipótesis para convertirse en una seguridad, Paula meditó mucho sobre este traslado, hasta que en su fuero interno se instaló la certeza indiscutible de que este cambio era necesario para romper con su vida anterior, y emprender una nueva etapa en su existencia.

Cuando le asaltaban las dudas, se repetía a sí misma que ella no tenía la culpa de que su marido hubiera muerto repentinamente de un infarto. Esa posibilidad no entraba para nada en sus planes. Siempre pensó que Paco y ella envejecerían juntos, que recogerían a sus nietos del colegio. Pero la vida había tomado sus propias decisiones, sin consultar a nadie. Y ella tenía que continuar viviendo por su cuenta.

 

Mientras salía del notario y se dirigía a su casa, para pasar la última noche en ella, Paula volvió a pensar en lo mal que habían digerido sus hijos la venta del piso. “Y no sé por qué —dijo para sus adentros—, al fin y al cabo parte del dinero ha ido a parar a sus manos. ¡Nadie le hace ascos a una cantidad tan importante!”.

Quiso enfadarse con ellos por todas las dificultades que le habían puesto para llevar a cabo sus proyectos. Pero no pudo. Sabía que la preocupación de Fernando y de Elena por ella era sincera.”Los pobres están desconcertados, creen que me he vuelto loca. Y en cierto modo llevan razón —continuó pensando de buen humor— es una locura abandonar todo lo conocido y querer vivir una nueva vida a mi edad. ¡Pero qué coño —rectificó— no soy ninguna vieja! Tengo derecho a ser feliz. Sea cual sea mi edad”.

Paula llegó a su casa y contempló nuevamente aquellas habitaciones. Esa noche dormiría allí por última vez, entre aquellas paredes casi vacías. Aunque aún conservaba algunos de sus muebles —que había vendido junto con la vivienda— se notaba que la casa ya no tenía alma. Las pocas cosas que quería conservar de su pasado, ya estaban instaladas en Rossal, el pueblo de la costa gallega en el que establecería su nuevo hogar.

Desmontar la casa de Sahala, llena de recuerdos, había sido toda una catarsis para Paula. Como no quería arrastrar cosas del pasado, decidió vender o regalar casi todo lo que había en la vivienda. Incluyendo la mayoría de su propia ropa y enseres personales. Pensó que ya era hora de cambiar de look. Con el dinero que le iban a pagar por la venta, podía permitirse el lujo de amueblar la casa de Rossal a su gusto. Y eso era justamente lo que había estado haciendo durante las últimas semanas.

Desde el día en que decidió irse de Sahala, toda su energía había estado al servicio de una sola causa: la de encontrar un nuevo hogar donde vivir. La tarea no había sido nada fácil, pero Paula estaba convencida de que el sitio que había encontrado, al fin, era su lugar y allí pensaba vivir hasta el final de sus días.

Esa noche, mientras se tomaba un sándwich y una cerveza que había comprado en la cafetería de abajo, sonrió al recordar la cara que pusieron sus hijos cuando vieron por primera vez la casa que iba a comprar en Rossal. Aunque no tuvieron más remedio que reconocer que era muy bonita, sus rostros no podían disimular la preocupación que sentían por el traslado de su madre, a aquel pueblo perdido junto al Atlántico.

Sus hijos, su nuera y su nieta, viajaron con ella un fin de semana para conocer la casa. Su yerno no había podido ir, “tenía guardia”, como siempre, y Paula agradeció una vez más su ausencia. Bastante tenía con soportar las pegas que iban a poner Fernando y Elena, como para tener que aguantar encima las ironías de su yerno.

Sonriendo, mientras tomaba su frugal cena, Paula rememoró el penoso viaje que hizo con su familia, en el coche de Fernando. Ella no paró de hablar durante todo el recorrido sobre las bondades del sitio tan precioso que había elegido para vivir, a la orilla del bravío mar, y las vistas espectaculares que se divisaban desde la terraza. Pero su locuacidad externa no conseguía disimular la inquietud que sentía por dentro, al suponer que sus hijos no aprobarían que se instalase en un lugar tan aislado.

Cuando llegaron a Rossal, Paula les enseñó la casa entusiasmada, pero los reproches no se hicieron esperar:

—Pero mamá, ¿cómo vas a vivir en un sitio tan alejado dónde apenas hay nada? —dijo Elena angustiada— ¿Y si te pones enferma? ¡Aquí no hay médico, hasta dudo de que haya una farmacia!

—¡Esto es un disparate! —interrumpió Fernando a su hermana.

Intentando quitar hierro al asunto, Paula respiró hondo antes de responder a sus hijos, sin perder la sonrisa.

—Bueno, bueno, vayamos por partes. Ya sabía yo que ibais a poner muchas pegas. Vamos a ver —dijo poniéndose en medio de ambos, cogiendo a cada uno de un brazo, mientras les hacía recorrer el luminoso salón— ¿Os gusta la casa o no? ¡No me diréis que no es una maravilla! Dime Elena, ¿este sitio no te parece un sueño?

—La casa es preciosa, mamá. Pero no estamos hablando de eso. Lo que yo digo es que éste no me parece el sitio indicado para que viva una mujer sola, tan lejos de nosotros.

—Ya, una mujer ¿Y si fuera un hombre? Me puedo operar —se atrevió a bromear Paula.

—¡Esto es el colmo! —añadió Fernando, visiblemente enfadado— Si fueras un hombre estarías mal de la cabeza. Pero siendo una mujer mayor, una abuela, lo que demuestras es que estás rematadamente loca... porque hace falta estar loca para venirte a vivir aquí tú sola...

Fernando interrumpió la bronca a su madre, ante las miradas recriminatorias que le lanzaba Amalia. Ésta, en tono conciliador, suavizó el ambiente y dijo:

—Deberíamos dejar que Paula se exprese. Seguro que ella ya ha pensado en cómo va a resolver todos esos problemas de aislamiento. Yo no creo que estés loca —añadió dirigiéndose a Paula—. Siempre me has parecido una mujer muy sensata —concluyó, mirando suplicante a su marido, para que dejara hablar a su madre.

—Gracias, Amalia— dijo Paula, haciendo un guiño de complicidad a su nuera.

Un tenso silencio se instaló en el ambiente, interrumpido sólo por las carreras de Clara, que corría de una habitación a otra, ajena a la discusión de los mayores. Tras un profundo suspiro, Paula empezó a hablar con voz solemne:

—Esta es mi casa, y aquí es donde viviré. No os he traído para recibir vuestra conformidad, sino para enseñárosla. Creo que soy lo suficientemente mayorcita como para decidir por mí misma lo que quiero hacer y cómo y dónde quiero vivir.

—¡¡Pero...!!—intentó cortarla Fernando, sin lograrlo.

—No me interrumpas, por favor —le rogó Paula, antes de continuar— Los inconvenientes de vivir aislada, sí, sí, he dicho aislada —reconoció— ya los he tenido en cuenta. Pero creo que las ventajas los superan y, además, el aislamiento es más formal que real. Ya no estamos en la Edad Media. Es verdad que en este pueblo no hay médico, pero también viven otras personas. Por lo tanto, no estoy sola. Y existen unos aparatos que se llaman teléfonos, que te comunican con el resto del mundo...

Fernando intentó interrumpirla de nuevo, pero Paula le hizo un movimiento con la mano para que se callase.

—Puedo comprar, ir al médico, a la peluquería, al cine... Qué sé yo. Tengo todos los servicios que necesite en el pueblo de al lado, San Roque, que sólo está a 15 kilómetros de aquí. ¡Sólo 15 kilómetros! Seguro que tu recorres esa distancia muchas veces al día viviendo en la Gran Ciudad —añadió dirigiéndose a su hija— ¡Está tan cerca que hasta podría ir andado o en bicicleta! Pero no, no lo haré —se apresuró a rectificar con un gesto teatral, al ver la cara de sus hijos— iré y vendré en el autobús que pasa diariamente, en taxi, o en el coche que me pienso comprar.

Fue Elena la que la interrumpió en ese momento:

—¡¡Pero si hace siglos que no conduces!!

—Sí, es verdad, pero volveré a conducir. No se trata de lanzarme a la autovía a velocidad de vértigo —dijo Paula con convicción—. Se trata de conducir un coche pequeñito para hacer los pocos kilómetros que me separan de San Roque, por una carretera secundaria, donde no hay ningún peligro, porque no pasan ni las águilas.

—Tú lo has dicho —afirmó Fernando de mal humor— aquí no vienen ni las águilas.

 

Rememorando ahora esos momentos, tan cercanos y, sin embargo, tan lejanos, a Paula le vino a la memoria el día en que vio la casa de Rossal por primera vez. Llevaba más de un mes visitando inmobiliarias. Las había visto todas y había conocido multitud de ofertas. Pero ninguna le acababa de convencer. Estaba segura de que cuando viera la casa en la que habría de vivir, la reconocería al momento. Y eso fue lo que pasó cuando le enseñaron una fotografía de aquella casa.

Nada más verla se enamoró de ella, y conforme iba conociendo detalles, le iba gustando más. Estaba ubicada en un recóndito pueblo de escasos habitantes, Rossal, situado en la costa gallega, junto al mar Atlántico. Le dijeron que, cerca de allí, discurría el Camino de Santiago en su paso hacia Fisterra, y que la casa había pertenecido a una escritora: Sara no sé qué. En aquellos momentos no se fijó en su apellido.

El hecho de que aquella casa hubiera pertenecido a una escritora—pensó— era una señal del destino dirigida a ella. Aunque no había dicho nada a sus hijos, pensaba retomar su vieja afición por la escritura, ahora que nadie podía impedírselo. No es que fuera a dedicarse a la literatura de forma profesional, ni nada por el estilo. Simplemente quería volcar su intimidad sobre el papel, tal como había hecho muchos años atrás. Aquella casa y su nueva vida le invitaban a ello. ¡Tenía tanto tiempo que recuperar y tantas cosas que escribir!

De forma inmediata se interesó por el precio de la vivienda y cuando comprobó que era asequible para su bolsillo, a condición de vender la casa de Sahala, empezó a indagar sobre el sitio donde estaba ubicada, y decidió hacer un viaje por su cuenta, sin decir nada a nadie, para conocerla in situ.

Si ya se había enamorado al verla en fotografía, cuando estuvo ante la puerta, y se adentró entre aquellas paredes, no tuvo la menor duda de que viviría allí el resto de su existencia. En realidad, sintió que aquella casa se había construido para que ella la habitara. Era su casa y aquel era el lugar en el que quería vivir.

Con esta certidumbre, inició los trámites para comprarla. Fue entonces cuando conoció a Rodrigo, el único hijo de la escritora, y actual propietario. Rodrigo estaba relacionado con el mundo del cine, y vivía en Barcelona. Le dijo que había heredado la casa tras el fallecimiento de su madre.

Fueron los abogados los que se encargaron de la compra-venta, y Paula sólo vio a Rodrigo en una ocasión. Le pareció un joven guapo y muy amable, que no tendría más de 30 años. Éste le contó que vendía la casa porque necesitaba el dinero y porque le quedaba demasiado lejos de Barcelona como para poder disfrutarla.

—“Además —le dijo— mi madre sentía debilidad por ella y no me gusta ver cómo se va deteriorando al estar vacía. A ella le encantaría saber que va a ser una mujer sola la que la ocupe”.

En poco tiempo todos los trámites y papeleos estuvieron superados, y Paula empezó a hacerse a la idea de que un ciclo de su vida se había cerrado para siempre, y otro nuevo se abría. A pesar de todo, esa noche, aún en Sahala, cuando se acostó por última vez en la que había sido su cama matrimonial, que dejaría allí con su pasado, sintió una especie de pánico.

Todo había ocurrido tan rápido, y ella había estado tan ocupada con la venta del piso y con el traslado, que casi no había tenido tiempo para pensar. Sólo para actuar, con la convicción de que estaba haciendo lo correcto. En esos momentos, sin embargo, un torrente de dudas acudió a su mente.

—¿Y si me he equivocado? —se preguntó en voz alta.

Inquieta, se revolvió en la cama y encendió la luz, como si con ese gesto quisiera alumbrar mejor sus pensamientos.

—¿Pero qué estás diciendo? —se respondió a sí misma— Ahora ya no puedes volverte atrás. Este es un camino sin retorno. ¿De qué tienes miedo?

La pregunta quedó sin contestar. La sintonía en su móvil, sacada de un anuncio de Coca cola, le avisó que tenía una llamada. Antes de responder miró en la pantalla y comprobó que era de su hijo.

—Hola Fernando, ¿qué tal?

—¿Te he despertado? ¿Estabas durmiendo?

—No, no —dijo Paula— estoy en la cama, pero no dormía.

—Quería despedirme de ti...

—Pero si ya nos hemos despedido a la hora de comer —le interrumpió Paula.

—Ya, bueno, quería despedirme otra vez. He estado intentando que me cambiasen la hora del juicio de mañana, para poder acompañarte a la estación de autobuses, pero ha sido imposible.

—No te preocupes, Fernando. Ya te he dicho que sólo llevo un bolso de mano. Cogeré un taxi. Creí que había quedado claro...

—Sí, sí, ya lo sé, pero es que me da no sé qué no acompañarte. Si te hubieras esperado al fin de semana, Amalia y yo te habríamos llevado a Rossal en el coche. Pero como parece que tienes tanta prisa… —recalcó con tono de reproche.

—No tengo ninguna prisa, hijo. En realidad no tengo nada que hacer ni aquí ni allí —dijo Paula con cierta tristeza— pero han sido unas semanas muy duras, de mucho ajetreo, y ya tengo ganas de ubicarme y de descansar en mi casa. No tiene ningún sentido que me quede en Sahala unos días más, en esta casa medio vacía, que ya ni siquiera es mía. Los nuevos dueños querrán sus llaves cuanto antes. Y, además, eso sólo supondría retrasar lo inevitable.

Hubo un silencio y Paula sintió cierta lástima por su hijo. Sabía que en el fondo de su alma, Fernando se culpaba a sí mismo por no haber sido capaz de retener allí a su madre y evitar que se marchase a vivir tan lejos de él. Era su forma de ser. En eso, como en tantas otras cosas, se parecía mucho a su padre. Paco también quería tenerlo todo bajo su control y que todo el mundo hiciera lo que él quería, si no, no era feliz.

Comprendiendo el drama interno que vivía su hijo, Paula continuó hablándole en un tono cariñoso:

—Escucha, Fernando, no quiero que te preocupes por mí. Estaré estupendamente. Te prometo que si me siento mal allí, que si me encuentro sola, volveré a Sahala y me quedaré contigo, en tu casa.

—¿Lo juras? —preguntó Fernando con impaciencia en la voz.

A Paula esta pregunta le trajo recuerdos de la infancia de su hijo. Cuando ella se comprometía a algo con él, Fernando siempre le hacía jurar que cumpliría su palabra. Al escucharle ahora, no pudo evitar cierta emoción. Era como si no hubieran pasado los años y su hijo reclamaba ahora la misma sinceridad que cuando era pequeño. Sonriendo con cariño, le respondió como lo hacía entonces:

—Lo juro, palabrita del niño Jesús.

Al escucharla, fue Fernando quien sonrió antes de decirle:

—¡Mamá, que ya no soy un niño!

Paula no dijo nada, pero pensó que sí lo era y que ella no rompería su palabra. Entre otras cosas porque estaba segura de que viviría en Rossal, en aquella casa, hasta el final de sus días.

Después de un rato más de conversación intrascendente, Paula se despidió de su hijo y le agradeció su llamada, comprometiéndose a mantener contacto telefónico, hasta que Amalia y él fueran a visitarla.

Cuando terminó de hablar se sintió repentinamente cansada, pero el miedo que había experimentado momentos antes se había esfumado como por arte de magia, dando paso a una gran seguridad interior. En esos momentos estaba absolutamente segura de que había obrado correctamente.

Atrás quedaban 55 años en Sahala. Toda una vida. Dejando volar la imaginación, se vio cogiendo el autobús al día siguiente, sin mirar atrás. Después de varias horas de viaje, se vio llegando a San Roque, primero, y después, en un taxi, a Rossal. Se contempló entrando en su nueva casa, deshaciendo el equipaje, y llenándola con su presencia.

Después vio cómo se dirigía a la terraza, desde donde se podía contemplar la puesta de sol. Sí, en el atardecer del día siguiente, aún llegaría a tiempo para ver cómo el océano Atlántico se tragaba al astro rey. Y se vio allí, contemplando cómo los rayos sumergidos en el mar, otorgaban un tono anaranjado y violeta a la franja del horizonte, y a todo el paisaje a su alrededor.

Con los ojos cerrados, proyectó esas bellas imágenes en su imaginación, y sonrió satisfecha. Antes de caer en un tranquilo y profundo sueño, sólo le dio tiempo a pensar que al día siguiente, por fin, experimentaría de forma real todo lo que acababa de imaginar. Al despertar, comenzaría una nueva vida para ella. 

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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