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CAPÍTULO III

Con pulso seguro empuñó la pluma que
le ofrecía el notario y firmó sin pensarlo. Paula acababa de vender
su casa. Aquella en la que había pasado la mayor parte de su vida.
La que había compartido con Paco. La misma casa en la que habían
crecido sus hijos, de la que sólo habían salido para casarse y
formar sus propios hogares.
A pesar de los años que había vivido
entre esas paredes, Paula no se sentía mal al abandonarla. Al
contrario, experimentaba una especie de alivio. Como si se hubiera
quitado un peso de encima. Como si el tiempo vivido en esa casa y
los recuerdos pesasen demasiado para seguir llevándolo a cuestas.
Vender su casa de toda la vida era un
requisito imprescindible para poder comprar la otra, en la que
fijaría su nuevo hogar. Aunque esto significase que debía abandonar
la ciudad que la había visto nacer, y en la que Paula había decidido
que no quería morir.
Desde que tomó la resolución de
marcharse a vivir a otro sitio, las cosas no le habían resultado
nada fáciles, al topar con la incomprensión de sus hijos. Sobre todo
de Fernando, que se oponía tajantemente a una idea que él
consideraba totalmente descabellada, por parte de su madre.
Y si la decisión de irse a vivir sola
a otro lugar, le parecía a su hijo disparatada, cuando Paula le
comunicó que pensaba instalarse en un pueblo perdido de la costa
gallega, Fernando llegó a la conclusión de que su madre,
definitivamente, había perdido el juicio. Pero ella se encontraba
más cuerda que nunca y, por primera vez en su vida, se sentía dueña
de su destino.
No había sido la suya una decisión
precipitada sino, por el contrario, muy meditada. Era cierto que, al
principio, la idea de abandonar Sahala y de irse a vivir a otro
lugar le había venido de repente. Pero cuando dejó de ser una
hipótesis para convertirse en una seguridad, Paula meditó mucho
sobre este traslado, hasta que en su fuero interno se instaló la
certeza indiscutible de que este cambio era necesario para romper
con su vida anterior, y emprender una nueva etapa en su existencia.
Cuando le asaltaban las dudas, se
repetía a sí misma que ella no tenía la culpa de que su marido
hubiera muerto repentinamente de un infarto. Esa posibilidad no
entraba para nada en sus planes. Siempre pensó que Paco y ella
envejecerían juntos, que recogerían a sus nietos del colegio. Pero
la vida había tomado sus propias decisiones, sin consultar a nadie.
Y ella tenía que continuar viviendo por su cuenta.
Mientras salía del notario y se
dirigía a su casa, para pasar la última noche en ella, Paula volvió
a pensar en lo mal que habían digerido sus hijos la venta del piso.
“Y no sé por qué —dijo para sus adentros—, al fin y al cabo parte
del dinero ha ido a parar a sus manos. ¡Nadie le hace ascos a una
cantidad tan importante!”.
Quiso enfadarse con ellos por todas
las dificultades que le habían puesto para llevar a cabo sus
proyectos. Pero no pudo. Sabía que la preocupación de Fernando y de
Elena por ella era sincera.”Los pobres están desconcertados, creen
que me he vuelto loca. Y en cierto modo llevan razón —continuó
pensando de buen humor— es una locura abandonar todo lo conocido y
querer vivir una nueva vida a mi edad. ¡Pero qué coño —rectificó— no
soy ninguna vieja! Tengo derecho a ser feliz. Sea cual sea mi edad”.
Paula llegó a su casa y contempló
nuevamente aquellas habitaciones. Esa noche dormiría allí por última
vez, entre aquellas paredes casi vacías. Aunque aún conservaba
algunos de sus muebles —que había vendido junto con la vivienda— se
notaba que la casa ya no tenía alma. Las pocas cosas que quería
conservar de su pasado, ya estaban instaladas en Rossal, el pueblo
de la costa gallega en el que establecería su nuevo hogar.
Desmontar la casa de Sahala, llena de
recuerdos, había sido toda una catarsis para Paula. Como no quería
arrastrar cosas del pasado, decidió vender o regalar casi todo lo
que había en la vivienda. Incluyendo la mayoría de su propia ropa y
enseres personales. Pensó que ya era hora de cambiar de look. Con el
dinero que le iban a pagar por la venta, podía permitirse el lujo de
amueblar la casa de Rossal a su gusto. Y eso era justamente lo que
había estado haciendo durante las últimas semanas.
Desde el día en que decidió irse de
Sahala, toda su energía había estado al servicio de una sola causa:
la de encontrar un nuevo hogar donde vivir. La tarea no había sido
nada fácil, pero Paula estaba convencida de que el sitio que había
encontrado, al fin, era su lugar y allí pensaba vivir hasta el final
de sus días.
Esa noche, mientras se tomaba un
sándwich y una cerveza que había comprado en la cafetería de abajo,
sonrió al recordar la cara que pusieron sus hijos cuando vieron por
primera vez la casa que iba a comprar en Rossal. Aunque no tuvieron
más remedio que reconocer que era muy bonita, sus rostros no podían
disimular la preocupación que sentían por el traslado de su madre, a
aquel pueblo perdido junto al Atlántico.
Sus hijos, su nuera y su nieta,
viajaron con ella un fin de semana para conocer la casa. Su yerno no
había podido ir, “tenía guardia”, como siempre, y Paula agradeció
una vez más su ausencia. Bastante tenía con soportar las pegas que
iban a poner Fernando y Elena, como para tener que aguantar encima
las ironías de su yerno.
Sonriendo, mientras tomaba su frugal
cena, Paula rememoró el penoso viaje que hizo con su familia, en el
coche de Fernando. Ella no paró de hablar durante todo el recorrido
sobre las bondades del sitio tan precioso que había elegido para
vivir, a la orilla del bravío mar, y las vistas espectaculares que
se divisaban desde la terraza. Pero su locuacidad externa no
conseguía disimular la inquietud que sentía por dentro, al suponer
que sus hijos no aprobarían que se instalase en un lugar tan
aislado.
Cuando llegaron a Rossal, Paula les
enseñó la casa entusiasmada, pero los reproches no se hicieron
esperar:
—Pero mamá, ¿cómo vas a vivir en un
sitio tan alejado dónde apenas hay nada? —dijo Elena angustiada— ¿Y
si te pones enferma? ¡Aquí no hay médico, hasta dudo de que haya una
farmacia!
—¡Esto es un disparate! —interrumpió
Fernando a su hermana.
Intentando quitar hierro al asunto,
Paula respiró hondo antes de responder a sus hijos, sin perder la
sonrisa.
—Bueno, bueno, vayamos por partes. Ya
sabía yo que ibais a poner muchas pegas. Vamos a ver —dijo
poniéndose en medio de ambos, cogiendo a cada uno de un brazo,
mientras les hacía recorrer el luminoso salón— ¿Os gusta la casa o
no? ¡No me diréis que no es una maravilla! Dime Elena, ¿este sitio
no te parece un sueño?
—La casa es preciosa, mamá. Pero no
estamos hablando de eso. Lo que yo digo es que éste no me parece el
sitio indicado para que viva una mujer sola, tan lejos de nosotros.
—Ya, una mujer ¿Y si fuera un hombre?
Me puedo operar —se atrevió a bromear Paula.
—¡Esto es el colmo! —añadió Fernando,
visiblemente enfadado— Si fueras un hombre estarías mal de la
cabeza. Pero siendo una mujer mayor, una abuela, lo que demuestras
es que estás rematadamente loca... porque hace falta estar loca para
venirte a vivir aquí tú sola...
Fernando interrumpió la bronca a su
madre, ante las miradas recriminatorias que le lanzaba Amalia. Ésta,
en tono conciliador, suavizó el ambiente y dijo:
—Deberíamos dejar que Paula se
exprese. Seguro que ella ya ha pensado en cómo va a resolver todos
esos problemas de aislamiento. Yo no creo que estés loca —añadió
dirigiéndose a Paula—. Siempre me has parecido una mujer muy sensata
—concluyó, mirando suplicante a su marido, para que dejara hablar a
su madre.
—Gracias, Amalia— dijo Paula, haciendo
un guiño de complicidad a su nuera.
Un tenso silencio se instaló en el
ambiente, interrumpido sólo por las carreras de Clara, que corría de
una habitación a otra, ajena a la discusión de los mayores. Tras un
profundo suspiro, Paula empezó a hablar con voz solemne:
—Esta es mi casa, y aquí es donde
viviré. No os he traído para recibir vuestra conformidad, sino para
enseñárosla. Creo que soy lo suficientemente mayorcita como para
decidir por mí misma lo que quiero hacer y cómo y dónde quiero
vivir.
—¡¡Pero...!!—intentó cortarla
Fernando, sin lograrlo.
—No me interrumpas, por favor —le rogó
Paula, antes de continuar— Los inconvenientes de vivir aislada, sí,
sí, he dicho aislada —reconoció— ya los he tenido en cuenta. Pero
creo que las ventajas los superan y, además, el aislamiento es más
formal que real. Ya no estamos en la Edad Media. Es verdad que en
este pueblo no hay médico, pero también viven otras personas. Por lo
tanto, no estoy sola. Y existen unos aparatos que se llaman
teléfonos, que te comunican con el resto del mundo...
Fernando intentó interrumpirla de
nuevo, pero Paula le hizo un movimiento con la mano para que se
callase.
—Puedo comprar, ir al médico, a la
peluquería, al cine... Qué sé yo. Tengo todos los servicios que
necesite en el pueblo de al lado, San Roque, que sólo está a 15
kilómetros de aquí. ¡Sólo 15 kilómetros! Seguro que tu recorres esa
distancia muchas veces al día viviendo en la Gran Ciudad —añadió
dirigiéndose a su hija— ¡Está tan cerca que hasta podría ir andado o
en bicicleta! Pero no, no lo haré —se apresuró a rectificar con un
gesto teatral, al ver la cara de sus hijos— iré y vendré en el
autobús que pasa diariamente, en taxi, o en el coche que me pienso
comprar.
Fue Elena la que la interrumpió en ese
momento:
—¡¡Pero si hace siglos que no
conduces!!
—Sí, es verdad, pero volveré a
conducir. No se trata de lanzarme a la autovía a velocidad de
vértigo —dijo Paula con convicción—. Se trata de conducir un coche
pequeñito para hacer los pocos kilómetros que me separan de San
Roque, por una carretera secundaria, donde no hay ningún peligro,
porque no pasan ni las águilas.
—Tú lo has dicho —afirmó Fernando de
mal humor— aquí no vienen ni las águilas.
Rememorando ahora esos momentos, tan
cercanos y, sin embargo, tan lejanos, a Paula le vino a la memoria
el día en que vio la casa de Rossal por primera vez. Llevaba más de
un mes visitando inmobiliarias. Las había visto todas y había
conocido multitud de ofertas. Pero ninguna le acababa de convencer.
Estaba segura de que cuando viera la casa en la que habría de vivir,
la reconocería al momento. Y eso fue lo que pasó cuando le enseñaron
una fotografía de aquella casa.
Nada más verla se enamoró de ella, y
conforme iba conociendo detalles, le iba gustando más. Estaba
ubicada en un recóndito pueblo de escasos habitantes, Rossal,
situado en la costa gallega, junto al mar Atlántico. Le dijeron que,
cerca de allí, discurría el Camino de Santiago en su paso hacia
Fisterra, y que la casa había pertenecido a una escritora: Sara no
sé qué. En aquellos momentos no se fijó en su apellido.
El hecho de que aquella casa hubiera
pertenecido a una escritora—pensó— era una señal del destino
dirigida a ella. Aunque no había dicho nada a sus hijos, pensaba
retomar su vieja afición por la escritura, ahora que nadie podía
impedírselo. No es que fuera a dedicarse a la literatura de forma
profesional, ni nada por el estilo. Simplemente quería volcar su
intimidad sobre el papel, tal como había hecho muchos años atrás.
Aquella casa y su nueva vida le invitaban a ello. ¡Tenía tanto
tiempo que recuperar y tantas cosas que escribir!
De forma inmediata se interesó por el
precio de la vivienda y cuando comprobó que era asequible para su
bolsillo, a condición de vender la casa de Sahala, empezó a indagar
sobre el sitio donde estaba ubicada, y decidió hacer un viaje por su
cuenta, sin decir nada a nadie, para conocerla in situ.
Si ya se había enamorado al verla en
fotografía, cuando estuvo ante la puerta, y se adentró entre
aquellas paredes, no tuvo la menor duda de que viviría allí el resto
de su existencia. En realidad, sintió que aquella casa se había
construido para que ella la habitara. Era su casa y aquel era el
lugar en el que quería vivir.
Con esta certidumbre, inició los
trámites para comprarla. Fue entonces cuando conoció a Rodrigo, el
único hijo de la escritora, y actual propietario. Rodrigo estaba
relacionado con el mundo del cine, y vivía en Barcelona. Le dijo que
había heredado la casa tras el fallecimiento de su madre.
Fueron los abogados los que se
encargaron de la compra-venta, y Paula sólo vio a Rodrigo en una
ocasión. Le pareció un joven guapo y muy amable, que no tendría más
de 30 años. Éste le contó que vendía la casa porque necesitaba el
dinero y porque le quedaba demasiado lejos de Barcelona como para
poder disfrutarla.
—“Además —le dijo— mi madre sentía
debilidad por ella y no me gusta ver cómo se va deteriorando al
estar vacía. A ella le encantaría saber que va a ser una mujer sola
la que la ocupe”.
En poco tiempo todos los trámites y
papeleos estuvieron superados, y Paula empezó a hacerse a la idea de
que un ciclo de su vida se había cerrado para siempre, y otro nuevo
se abría. A pesar de todo, esa noche, aún en Sahala, cuando se
acostó por última vez en la que había sido su cama matrimonial, que
dejaría allí con su pasado, sintió una especie de pánico.
Todo había ocurrido tan rápido, y ella
había estado tan ocupada con la venta del piso y con el traslado,
que casi no había tenido tiempo para pensar. Sólo para actuar, con
la convicción de que estaba haciendo lo correcto. En esos momentos,
sin embargo, un torrente de dudas acudió a su mente.
—¿Y si me he equivocado? —se preguntó
en voz alta.
Inquieta, se revolvió en la cama y
encendió la luz, como si con ese gesto quisiera alumbrar mejor sus
pensamientos.
—¿Pero qué estás diciendo? —se
respondió a sí misma— Ahora ya no puedes volverte atrás. Este es un
camino sin retorno. ¿De qué tienes miedo?
La pregunta quedó sin contestar. La
sintonía en su móvil, sacada de un anuncio de Coca cola, le avisó
que tenía una llamada. Antes de responder miró en la pantalla y
comprobó que era de su hijo.
—Hola Fernando, ¿qué tal?
—¿Te he despertado? ¿Estabas
durmiendo?
—No, no —dijo Paula— estoy en la cama,
pero no dormía.
—Quería despedirme de ti...
—Pero si ya nos hemos despedido a la
hora de comer —le interrumpió Paula.
—Ya, bueno, quería despedirme otra
vez. He estado intentando que me cambiasen la hora del juicio de
mañana, para poder acompañarte a la estación de autobuses, pero ha
sido imposible.
—No te preocupes, Fernando. Ya te he
dicho que sólo llevo un bolso de mano. Cogeré un taxi. Creí que
había quedado claro...
—Sí, sí, ya lo sé, pero es que me da
no sé qué no acompañarte. Si te hubieras esperado al fin de semana,
Amalia y yo te habríamos llevado a Rossal en el coche. Pero como
parece que tienes tanta prisa… —recalcó con tono de reproche.
—No tengo ninguna prisa, hijo. En
realidad no tengo nada que hacer ni aquí ni allí —dijo Paula con
cierta tristeza— pero han sido unas semanas muy duras, de mucho
ajetreo, y ya tengo ganas de ubicarme y de descansar en mi casa. No
tiene ningún sentido que me quede en Sahala unos días más, en esta
casa medio vacía, que ya ni siquiera es mía. Los nuevos dueños
querrán sus llaves cuanto antes. Y, además, eso sólo supondría
retrasar lo inevitable.
Hubo un silencio y Paula sintió cierta
lástima por su hijo. Sabía que en el fondo de su alma, Fernando se
culpaba a sí mismo por no haber sido capaz de retener allí a su
madre y evitar que se marchase a vivir tan lejos de él. Era su forma
de ser. En eso, como en tantas otras cosas, se parecía mucho a su
padre. Paco también quería tenerlo todo bajo su control y que todo
el mundo hiciera lo que él quería, si no, no era feliz.
Comprendiendo el drama interno que
vivía su hijo, Paula continuó hablándole en un tono cariñoso:
—Escucha, Fernando, no quiero que te
preocupes por mí. Estaré estupendamente. Te prometo que si me siento
mal allí, que si me encuentro sola, volveré a Sahala y me quedaré
contigo, en tu casa.
—¿Lo juras? —preguntó Fernando con
impaciencia en la voz.
A Paula esta pregunta le trajo
recuerdos de la infancia de su hijo. Cuando ella se comprometía a
algo con él, Fernando siempre le hacía jurar que cumpliría su
palabra. Al escucharle ahora, no pudo evitar cierta emoción. Era
como si no hubieran pasado los años y su hijo reclamaba ahora la
misma sinceridad que cuando era pequeño. Sonriendo con cariño, le
respondió como lo hacía entonces:
—Lo juro, palabrita del niño Jesús.
Al escucharla, fue Fernando quien
sonrió antes de decirle:
—¡Mamá, que ya no soy un niño!
Paula no dijo nada, pero pensó que sí
lo era y que ella no rompería su palabra. Entre otras cosas porque
estaba segura de que viviría en Rossal, en aquella casa, hasta el
final de sus días.
Después de un rato más de conversación
intrascendente, Paula se despidió de su hijo y le agradeció su
llamada, comprometiéndose a mantener contacto telefónico, hasta que
Amalia y él fueran a visitarla.
Cuando terminó de hablar se sintió
repentinamente cansada, pero el miedo que había experimentado
momentos antes se había esfumado como por arte de magia, dando paso
a una gran seguridad interior. En esos momentos estaba absolutamente
segura de que había obrado correctamente.
Atrás quedaban 55 años en Sahala. Toda
una vida. Dejando volar la imaginación, se vio cogiendo el autobús
al día siguiente, sin mirar atrás. Después de varias horas de viaje,
se vio llegando a San Roque, primero, y después, en un taxi, a
Rossal. Se contempló entrando en su nueva casa, deshaciendo el
equipaje, y llenándola con su presencia.
Después vio cómo se dirigía a la
terraza, desde donde se podía contemplar la puesta de sol. Sí, en el
atardecer del día siguiente, aún llegaría a tiempo para ver cómo el
océano Atlántico se tragaba al astro rey. Y se vio allí,
contemplando cómo los rayos sumergidos en el mar, otorgaban un tono
anaranjado y violeta a la franja del horizonte, y a todo el paisaje
a su alrededor.
Con los ojos cerrados, proyectó esas
bellas imágenes en su imaginación, y sonrió satisfecha. Antes de
caer en un tranquilo y profundo sueño, sólo le dio tiempo a pensar
que al día siguiente, por fin, experimentaría de forma real todo lo
que acababa de imaginar. Al despertar, comenzaría una nueva vida
para ella.

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