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CAPÍTULO XXI

Ilustración de Sergio Bleda para el vigésimo primero capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Paula se había quedado perpleja. Con atención, miró y volvió a mirar el manuscrito de Sara Bermúdez. Evidentemente, y por mucho que lo volviera del derecho y del revés, allí no había nada más. Se había terminado.

Si te fijabas bien, se notaba que faltaban páginas, las hojas habían sido cortadas con unas tijeras a ras del lomo. ¿Quién podía haber hecho algo así, la propia Sara? Pero ¿con qué sentido? Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

 

—Vaya, con lo emocionante que estaba —se lamentó Paula en voz alta.

 

Después de la secuencia en que Sara descubría que había sido cátara, el manuscrito apenas si contaba nada más. Sólo unas pequeñas reflexiones sobre cómo la vida de la escritora había cambiado sustancialmente, a partir de ese momento. Y sobre cómo empezaban a llegar a su mente recuerdos de otras vidas, que daban aún más sentido a su existencia actual.

Después de eso, Daimon anunciaba a Sara que tenía que recorrer la ruta de las estrellas, desde Santiago de Compostela hasta Fisterra. Pero nada se decía ya en el manuscrito sobre este recorrido, puesto que las hojas habían sido cuidadosamente cortadas.

Las últimas palabras que leyó Paula, reflejaban el momento en el que Daimon decía a Sara que tenía que volver al punto donde se encontraron, frente a la Catedral, en la Plaza del Obradoiro. Desde allí debía seguir las flechas amarillas que la conducirían al lugar donde realmente terminaba ese mágico Camino: el mar.

 

—El mar —añadió Daimon— es el origen de nuestra vida en la tierra, y con tu regreso se cierra así un simbólico círculo.

—O sea que el Camino a Fisterra empieza donde el otro termina, ¿en la concha que hay en el suelo, y que indica el kilómetro cero? —preguntó Sara.

—Así es —dijo Daimon, satisfecho— ¿y qué te recuerda ese cero, que no tiene valor en sí mismo, pero que añadido a otros números es tan importante?

—El arcano del Loco, otra vez. El que no tiene número. El peregrino. Porque “El Loco” es el peregrino, ¿verdad? El que sigue el Camino de los locos.

—“El Loco” es el que anuncia la manifestación de la divinidad en la vida. Es la encarnación de esa divinidad en el hombre, así hay que interpretarlo. El que recorre el camino de los locos está irremediablemente abocado a defender en su existencia nuevos valores, dejando atrás la importancia de las empresas materiales. Por eso este arcano viaja con tan poco equipaje, sólo con un hatillo en el hombro. Necesita ir ligero y las posesiones, no sólo materiales, sino emocionales y mentales, atrasan. Incluso pueden llegar a impedir el recorrido por el camino del espíritu. De forma provisional, claro —añadió— porque no hay nada que pueda impedirlo realmente. Todos estamos abocados a regresar a nuestra esencia espiritual.

—¿Qué más puedes decirme del Camino de Santiago a Fisterra?—preguntó Sara con interés.

—¿Qué quieres que te diga? Es la parte más simbólica de todo el Camino de Santiago. Dura tres días. Cuando el peregrino finaliza la ruta de las estrellas en la Catedral —añadió— llega hasta una tumba.  Porque ese es un Camino de muerte. El peregrino se ha transmutado, y la personalidad que empezó en Roncesvalles, muere. La persona que comenzó, no es la misma que lo termina.  Pero la alquimia interior aún no se ha realizado del todo —continuó—. Tras esa muerte iniciática,  el peregrino tiene que resucitar y lo hace, simbólicamente, al tercer día. Cuando llega al lugar donde se ubica el fin de la tierra, o lo que es lo mismo, Fisterra, más allá sólo está el mar Atlántico. Las aguas donde cada jornada muere el sol, para renacer al día siguiente. Por eso el grito de los peregrinos cuando en la Edad Media llegaban a Santiago era: ¡¡ Ultreya!! Más allá.

 

 

Estas palabras, “¡¡Ultreya!! Más allá”, eran las últimas que figuraban en el manuscrito de Sara Bermúdez. Después, no había nada. El libro, titulado “El camino de los locos”, terminaba ahí. A continuación sólo se encontraba el vacío dejado por unas hojas pulcramente cortadas. Este vacío recordaba que aún había más, que ese no era el final. Pero por alguna razón que Paula ignoraba, no era accesible para ella.

Sin poder evitar cierta inquietud en su pecho, se levantó del sofá y salió a la terraza. Hacía fresco y se frotó los brazos. La noche era oscura, no había luna, pero las estrellas brillaban con intensidad. Sin darse cuenta se le había pasado la tarde leyendo.

Miró el reloj, era hora de cenar, pero no tenía hambre. Sintió remordimientos al haberse olvidado de Matías y de su padre. Se preguntó cómo estaría evolucionando el anciano del infarto que había sufrido.

Razonó que era muy raro que Matías no la hubiera llamado. Entró al salón y cogió el teléfono móvil. Nada. Confirmó que no tenía llamadas perdidas o mensajes. Cuando iba a dejarlo nuevamente en la mesa, sonó la familiar musiquilla del anuncio de Coca cola. Era Matías. Se sobresaltó al ver su nombre en la pantalla.

Al escuchar el tono de su voz, Paula supo de inmediato que algo malo había pasado.

 

—Adán ha muerto —dijo Matías sin más rodeos.

—No sabes cómo lo siento —se lamentó Paula— aunque ya era una persona mayor y en cierto modo se espere, supongo que no por eso deja de ser más doloroso. Yo era muy pequeña cuando murió mi madre, apenas me acuerdo.

Matías permaneció en silencio, pensando que no era la muerte de su padre lo que más le afectaba en esos momentos. Suspiró y, con voz entrecortada, añadió:

—Ahora estoy en el tanatorio del hospital, no puedo hablar mucho. Mi madre ha estado toda la tarde muy alterada y  tengo que estar pendiente de ella.

—Claro —dijo Paula— debe ser muy duro… ¿Quieres que vaya? ¿Puedo hacer algo? Me gustaría estar a tu lado, pero no quiero molestar y…

—No, por favor, no vengas —la interrumpió Matías con cierta brusquedad— Te agradezco mucho el ofrecimiento, pero no creo que fuera lo más oportuno en estos momentos… Prefiero que no vengas —concluyó, en un tono más suave, que a Paula le pareció forzado.

—Como quieras —dijo ella, a la defensiva—. Sólo quiero que sepas que estoy a tu lado.

—Gracias… Ahora tengo que colgar.

—Sí claro… ¿Cuándo es el entierro? —preguntó, al comprobar que Matías no le decía nada.

—Mañana a las 7 de la tarde, en la iglesia del cementerio… Pero preferiría que no vinieras —dijo con sequedad.

—Bueno, como quieras, pensaba acercarme…Allí habrá mucha gente y pasaré desapercibida.

—Mejor que no vengas, Paula —le pidió él—. No me presiones, por favor. Déjame que haga esto a mi manera. Yo te llamaré cuando todo este lío haya pasado. Ahora tengo cosas que resolver y no puedo pensar en nosotros.

 

Paula se quedó atónita al escucharle, sin saber qué era lo que le molestaba tanto. Experimentó un pinchazo en el pecho, se sintió herida.

 

—No era mi intención presionarte, ni muchísimo menos —afirmó con tristeza en la voz— y no creo que mi presencia en el entierro de tu padre fuera causa de molestia para nadie. No se trata de que me presentes a tu madre. Mi intención al asistir era sólo la de poder estar a tu lado en estos momentos de dolor… Pero si no quieres que vaya —añadió— no iré.

 

Entre ambos se instaló un pesado silencio. Finalmente, Matías suavizó el tono de frialdad que había empleado, y dijo:

 

—Perdóname, no quería que te molestaras. Ya sé que no me presionas, son otras circunstancias las que me están presionando, no tú.

—¿A qué otras circunstancias te refieres? —preguntó Paula con interés.

—Ahora no puedo hablar, está llegando gente al tanatorio y tengo que atenderlos. Mi madre está muy nerviosa. Ya hablaremos y… perdóname, de verdad.

—No te preocupes, supongo que estos son momentos muy duros para ti. Ya hablaremos.

—Sí, ya hablaremos. De todas maneras —insistió Matías— preferiría que no vinieras mañana al entierro. No te voy a poder atender.

—Vale, no te preocupes, si no quieres que vaya, no iré —dijo Paula de mala gana, antes de colgar.

 

 

Cuando dejó el móvil sobre la mesita que había junto al sofá, Paula se puso a llorar. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero tenía acumulada en el pecho una gran tensión, que necesitaba desahogar.

Durante un buen rato permaneció llorando, dando rienda suelta a sus emociones. Cuando se hubo tranquilizado, se dio cuenta de que no estaba mejor, sino que por dentro se sentía aún más enfadada. Se preguntó el porqué y, para descubrirlo, empezó a mantener un diálogo consigo misma.

Hablar en voz alta, como si tuviera una conversación con otra persona, siempre la había ayudado a clarificarse:

 

—¿Por qué estás tan enfadada? —se preguntó—. O mejor dicho ¿con quien?

 

Pensó unos momentos antes de responderse. Si algo no se podía permitir era engañarse a sí misma. Para empezar, estaba enfadada con Matías. Esa persona arisca y cortante, con la que acababa de hablar por teléfono, no se parecía nada al hombre tierno y cariñoso que había pasado la noche a su lado y había desayunado con ella, esa misma mañana. Y ese cambio tan brusco, en tan poco tiempo, era algo que no le gustaba nada. Siempre le habían molestado profundamente los injustificados cambios de humor de su marido, y no estaba dispuesta a tener que aguantar a otro Paco, pendiente de comprobar con qué talante se había levantado ese día, para ver si salía el sol o había tormenta.

 

—Claro que en estas horas ha ocurrido algo tan excepcional, como que su padre ha muerto —afirmó una Paula que, sin lugar a dudas, estaba a favor de justificar cualquier actitud  de Matías.

 

Tras una breve pausa, como para tomar aliento, continuó:

 

—Si, pero esa circunstancia, siendo muy importante, —aclaró, recalcando la frase— no es motivo suficiente como para que me diga que le estoy presionando, por algo tan simple y natural como querer asistir al entierro de su padre.

 

Esperando la respuesta de la “otra” Paula, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como el que remacha un clavo bien puesto. La “otra”, no tardó en responder:

 

—Es evidente que no le has presionado. Él mismo te lo ha aclarado. Ha dicho que lo que le presionaban eran “otras circunstancias”, y no tú.

 

Paula suspiró profundamente y, dispuesta a terminar con el monólogo, se preguntó en voz alta:

 

—¿Y qué coño de circunstancias son esas? ¿A qué se refiere? ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué tanto empeño en que no asista al entierro?  ¿Por qué no voy a asistir si quiero hacerlo? ¡Ni que yo tuviera que esconderme de algo! Soy una persona libre y adulta, y voy donde quiero… Así que, le guste o no, mañana iré al entierro —concluyó con convicción.— ¡Ya soy muy mayorcita para permitir que me digan lo que tengo que hacer!

 

 

Matías esperaba a la puerta de la iglesia del cementerio a que llegase el féretro con los restos mortales de su padre. Si le hubieran preguntado qué sentía en esos momentos, no hubiera sabido qué responder. Estaba tan impactado con el embarazo de Susana, que esa noticia había dejado en un plano secundario la muerte de Adán.

Mientras aguardaba y recibía el pésame de las personas que acudían a la iglesia, Matías no dejaba de darle vueltas a una breve conversación que acababa de tener con su madre.

Eva, vestida de riguroso luto, le estaba ayudando a hacerse el nudo de la corbata, que hacía juego con el traje gris marengo que Matías llevaba puesto para la ocasión. A lo largo de su vida se había puesto tan pocas veces corbata, que nunca había aprendido a hacerse bien el nudo.

Después de los ataques de ansiedad que había sufrido el día anterior, su madre se mostraba en esos momentos tranquila y serena, manejando la situación con gran aplomo.

Fue ella la que estuvo pendiente de las flores, la música, las velas, y de todos los detalles. Como si en lugar de organizar un entierro, se tratase de una fiesta. Matías la observaba, un tanto perplejo. Llegó a pensar que estaba disfrutando del momento.

Al verla elegir con tanta frialdad el vestuario más adecuado, y comprobar cómo su peluquera acudía a casa para peinarla, Matías pensó que su madre parecía estar viviendo una liberación, largamente esperada.

Cuando terminó de hacerle el nudo de la corbata y le ayudó a ponerse la chaqueta, Eva lo condujo cariñosamente ante un espejo en el que podía verse de cuerpo entero, y sonrió satisfecha al ver lo guapo que estaba su hijo.

La cara de Matías, sin embargo, no hacía juego con la sonrisa y el aplomo que demostraba su madre. Al contrario, se le veían ojeras y el gesto amargado.

 

—Vamos —dijo Eva dándole un golpecito cariñoso en la espalda— no pongas esa cara… Lo que tienes que hacer es casarte con Susana y formar una familia. Ya eres mayorcito para andar por ahí tan suelto.

 

Matías se quedó completamente mudo y con cara de idiota, mientras notaba cómo la rabia que se había generado en la boca del estómago, le subía a la garganta.

 

—¿Quéeee? ¿Sabes que Susana está embarazada? —dijo sin poder contener una mirada de rencor hacia su madre.

—Hijo —le respondió ésta— una madre lo sabe todo… Y cuando digo todo —añadió de forma enigmática, empujándole suavemente hacia la puerta de la calle— me refiero a todo… No sé en qué pensáis los hombres, la verdad. Si yo no me hubiera empeñado, tú tampoco habrías nacido nunca.

 

Las palabras de Eva impresionaron vivamente a Matías. No se le iban de la cabeza. Durante el trayecto en coche hasta la iglesia del cementerio, no volvió a cruzar palabra con su madre. Pero en su mente empezaban a encajar las cosas con claridad. Una claridad que, lejos de gustarle, le ponía los pelos de punta.

Después de esa conversación con Eva, sus sospechas se habían confirmado. Ya no tenía ninguna duda de que el embarazo de Susana no había sido casual. Ella lo había engañado para tener ese hijo. Y seguramente lo había hecho con el beneplácito y la complicidad de su propia madre. ¡Cómo había sido tan idiota para no darse cuanta de que ambas mujeres conspiraban a sus espaldas!

Quizás Eva se había enterado de su relación con Paula. Esa frase lapidaria que había pronunciado, de que lo sabía “todo” le hacía sospechar que eso era posible. Y quizás esa relación en ciernes era lo que había movido a ambas mujeres a idear el embarazo de Susana, para provocar y acelerar la boda que tanto deseaban las dos.

Los pensamientos de Matías quedaron interrumpidos por la llegada del féretro con los restos mortales de Adán. El cura, que también aguardaba en la puerta, roció el ataúd con agua bendita y pronunció una oración. Después, Matías y un grupo de amigos de sus padres, cargaron con la caja y la introdujeron en la iglesia, depositándola frente al altar.

 

Paula llegó a la iglesia en el taxi que la había recogido en Rossal para trasladarla al cementerio de San Roque. Había dudado mucho a la hora de escoger la ropa para asistir al entierro. No se le había pasado por la cabeza vestirse de negro, pero tampoco quería llamar la atención. Finalmente, eligió un traje de pantalón blanco, con una blusa negra bajo la chaqueta.

Cuando entró en la iglesia, la misa ya había empezado. Deliberadamente había elegido llegar un poco tarde, para no tener que encontrarse con Matías antes del funeral. Él no había vuelto a llamarla desde la noche anterior, y no sabía muy bien cual iba a ser su reacción cuando la viera en el entierro.

La iglesia no era muy grande, y se encontraba llena. Paula se situó, discretamente, en uno de los últimos bancos. Desde su ubicación, pudo ver a Matías vestido con un traje. Pensó que estaba muy guapo. A su derecha había una mujer enlutada, muy arreglada. Paula dedujo que debía ser su madre.

A la izquierda de Matías había una joven rubia. Vestía un traje de chaqueta de color café con leche, con la falda muy ajustada y bastante corta. Paula se preguntó quien sería, puesto que Matías no tenía hermanas. Pensó que debía ser alguien de la familia, quizás alguna prima.

Sin saber por qué, Paula no dejó de observar los movimientos de esa joven. Ella, a su vez, estaba pendiente de Matías. Durante la homilía, vio cómo le cogía la mano con un gesto de consuelo. Esta imagen hizo que Paula sintiera una punzada en el estómago.

Al terminar la misa, Paula se quedó en el banco sin saber qué hacer. La gente hacía cola para dar el pésame. Al observar que también echaban la mano y besaban a la joven rubia que había junto a Matías, Paula pensó que, sin duda, ella sería de la familia.

El día de difuntos había amanecido cálido y soleado. Aunque a esas horas el sol ya se había puesto, dentro de la iglesia hacía un calor asfixiante. El olor del incienso, mezclado con el de las flores y el humo de los cirios, provocó en Paula un ligero mareo. Como no quería llamar la atención, decidió salirse afuera para esperar allí a Matías.

Se apartó de la puerta de la iglesia y se alejó hasta llegar a una esquina. Desde allí podría ver, de forma discreta, la salida de Matías cuando terminase el pésame. Mientras esperaba, no pudo evitar oír una conversación entre dos mujeres, al otro lado de la pared.

Hablaban en un tono bastante alto. Desde donde estaban, no podían ver a Paula. Al principio ella estaba inmersa en sus pensamientos, y  no prestó atención a lo que estaban diciendo. Pero al escuchar el nombre de Matías, puso interés en la conversación.

 

—¡Pobre Matías! —decía una de ellas— se le ve muy afectado, más que a Eva, que la he visto muy serena. Ayer estaba con un ataque de nervios… Susana se tuvo que ir de la farmacia para atenderla. Desde luego, no se podrá quejar porque esta chica la quiere muchísimo. Cuando se case con Matías, se podrá decir aquello de que Eva no pierde un hijo, sino que gana una hija. ¡Pocas suegras y nueras se llevan tan bien como ellas!

—¡Y que lo digas! —afirmó la otra mujer, asintiendo con la cabeza.

 

Paula tuvo que apoyarse en la pared. No daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Cómo que Matías iba a casarse con una tal Susana? Este pensamiento le trajo a la memoria la imagen de la joven rubia que estaba junto a él en la iglesia. Procurando que las mujeres no la vieran se acercó más hacía la esquina, pegada a la pared, para seguir escuchando lo que decían.

 

—¿Y cuando es la boda?  —preguntó una de las mujeres.

—Pues no lo sé, pero no creo que tarde demasiado… Es que Susana está embarazada —añadió la otra bajando un poco la voz, aunque no lo suficiente como para que Paula no lo oyera.

 

Al escucharlo, ésta sintió un vuelco en el estómago, y tuvo ganas de vomitar.

 

—¡Qué me dices! ¿Y tú cómo lo sabes, te lo ha dicho ella?

—No me lo ha dicho directamente, pero se hizo tres pruebas de embarazo en la farmacia, y las tres le dieron positivas. No es que yo quisiera enterarme, pero casualmente me enteré —dijo riéndose por lo bajines.

 

La otra mujer también se rió, y ambas hicieron unos comentarios en voz baja, que Paula no pudo entender.

 

—Pues sabes lo que te digo —dijo una de las mujeres— que con una boda y un nacimiento previsto, lo mejor que les ha podido pasar es que Adán se haya muerto ahora.

—Es verdad —corroboró la otra— estaba ya muy mayor y… un poco ido de la cabeza. Tanto la madre como el hijo estaban esclavizados con la enfermedad de Adán… Ahora podrán vivir más tranquilos. Además, es ley de vida.

 

Paula no quería seguir escuchando más. Quería salir corriendo de allí, pero sus piernas no la obedecían. Estaban como clavadas al suelo, inmóviles. Se había quedado petrificada, como si aquello sólo fuera un mal sueño.

“Pero si no es real, si sólo es una pesadilla, ¿por qué duele tanto?”, se preguntó en su interior.

 

No hubiera sabido decir el tiempo que permaneció allí, junto a aquella pared. A lo lejos vio cómo salía de la iglesia, y se adentraba en el cementerio, el féretro con los restos mortales de Adán, seguido de un numeroso grupo de gente.

Entre ellos divisó a Matías, flanqueado por las dos mujeres que lo cogían del brazo, una a cada lado.

—Su madre y su novia —dijo Paula en voz baja, entre sollozos.

 

La imagen le provocó una tremenda angustia y, sin poder evitarlo, empezó a llorar. Cuando consiguió tranquilizarse un poco y pudo moverse, se alejó de allí a toda prisa, en busca de un taxi que la llevara a su casa.

No quería que Matías la encontrara allí después de enterrar a su padre. No quería que la viera.

 

“O mejor dicho —susurró— soy yo la que no quiere verlo más”

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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