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CAPÍTULO XX

Ilustración de Sergio Bleda para el vigésimo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Tumbada en el asiento de atrás del coche de Daimon, hice casi todo el viaje dormitando. Él me estaba conduciendo a un lugar que, según decía, era muy importante para mí.

Salimos de Rossal todavía de noche, con la intención de llegar a aquel sitio, escondido entre las montañas de El Bierzo, antes de mediodía. Según había dicho Daimon, era conveniente que llegásemos cuando el sol se encontrase en su cenit, en su punto culminante de luz y fuego.

No paramos durante todo el viaje ni para echar gasolina. Cuando yo dejaba de dormir y trataba de mantener una conversación con Daimon, todos mis esfuerzos resultaban vanos.

Lo único que había podido sonsacarle desde hacía días, era que la visita a aquel lugar era muy importante para mí. Pero no había manera de que me dijera por qué era tan importante y por qué sabía con tanta certeza  que lo era. Yo le acusaba de hacerse el “misterioso”. Él se reía, pero no soltaba prenda.

A esas alturas de nuestra relación,  ya no le preguntaba cómo o por qué sabía la mayoría de las cosas que me decía.  Sin embargo, que no le preguntase no quería decir que yo no me interrogara a mí misma al respecto.

A veces las seguridades que afirmaba tener respecto a mi persona me sacaban de quicio.  A pesar de ello yo las aceptaba  porque confiaba en él.  Y porque mi experiencia a su lado me decía que siempre tenía razón.

 

Tras varias horas de viaje, dejamos la autovía y llegamos a una aldea perdida en las montañas. Allí, aparcamos el coche y empezamos a andar por un camino de tierra por donde él me iba indicando. Después de haber pasado tanto tiempo dentro del coche, aquella caminata me sabía a gloria.

Yo iba muy atenta, mirando todo aquel bosque que rodeaba el camino descendente por el que íbamos andando. Aunque la pendiente no era muy pronunciada, era evidente que con cada paso nos adentrábamos más hacia el interior de un valle.

Al llegar a una encrucijada del camino, yo me adelanté y seguí uno de los dos senderos que se ofrecían. Daimon me preguntó:

 

—¿Sabes hacia dónde vamos?

—No tengo ni idea —le respondí sin dejar de andar— pero he tenido la certeza de que era por aquí.

 

Él no dijo nada y siguió detrás de mí. Sin ninguna razón especial, yo empecé a andar más deprisa, casi corriendo, como si de verdad supiera a donde iba.  Era una sensación extraña, nada racional. Yo me dejaba llevar. Mis pies parecían saber a dónde me conducían. Mi emoción crecía por momentos, aunque no sabía por qué.

Al cabo de una media hora de caminata llegamos a un prado verde. Allí, escondida, había una ermita en ruinas, pero lo suficientemente en pie como para poder pasar a su interior.

Dejé a la entrada la pequeña mochila que llevaba a la espalda y el bastón que me había servido de apoyo. Con gran expectación me introduje en la ermita. Daimon se quedó en la puerta. Se diría que estaba atento a mis emociones y a lo que yo pudiera experimentar.

Cuando llegué adentro me quedé paralizada. Todo aquello me resultaba muy familiar. En el lugar donde se ubicaba el altar, tras la mesa de piedra que hacía estas funciones, había unas pinturas muy desconchadas, que llamaron mi atención.

Las pinturas representaban dos columnas, a derecha e izquierda del altar, que sostenían a modo de dosel unas cortinillas azules con estrellitas. Me quedé pensando dónde había visto algo así, y de pronto me vino a la mente la carta número siete del Tarot de Marsella, que se denomina “El Carro”.

Este descubrimiento me causó una gran excitación interior, que se acrecentó aún más cuando miré hacia el techo. Allí, aunque estaba muy borroso,  vislumbré toda la superficie pintada de azul cobalto como si se tratara de la representación del cielo tachonado de estrellas.

—¡Como en la tumba de Egipto!  —grité.

Un poco aturdida por mi descubrimiento, salí corriendo de la ermita y, de forma atropellada, empecé a contarle a Daimon, muy alterada, que en otro tiempo el techo de esa ermita estaba pintado de azul con estrellas y que las pinturas que había detrás del altar, se correspondían con  el arcano de “El Carro” del Tarot.

Excitadísima, lo cogí de la mano y lo llevé conmigo al interior de la ermita, señalándole al techo. Él se dejaba llevar.

—¡Mira, ahí! ¡Todo el techo estaba pintado! Aunque ahora no se vea bien…

—Ese techo lo pintaste tú —dijo con calma, pero con una certeza y autoridad que no admitía dudas.

 

Al escuchar sus palabras, algo se hizo añicos en mi interior. Mil espejos se rompieron. Yo veía cada trozo flotando en el aire y reflejando imágenes diferentes. Estas se juntaban y separaban de forma alternativa, como si fuera un rompecabezas, para crear un todo único e inseparable.

Los oídos me zumbaban, sentí un ligero mareo y empecé a llorar de forma convulsiva. Daimon me miraba sin hablar, observando cómo daba rienda suelta a mis emociones. En un momento dado me abrazó y, con suavidad, me condujo hacia el prado verde y soleado que rodeaba a la ermita.

Ambos nos sentamos en el suelo y yo le dije:

—No sólo pinté el techo de la ermita, también pinté el dosel como en la carta del Tarot.

—Sí, lo sé —dijo él.

—Yo tenía un Tarot que traje de algún sitio. Y era algo muy apreciado por mí —añadí con convicción, sin saber realmente de dónde salían mis palabras.

Emocionada, le miré fijamente a los ojos y algo en su interior me resultó familiar.

—Tú y yo ya nos conocíamos antes ¿verdad? Estuvimos juntos en este sitio.

No era una pregunta, sino una afirmación.

—Así es —respondió Daimon con un tono de ternura en la voz—. Tú y yo nos hemos sentado muchas veces en este prado, con otras personas, y hemos mantenido muchas conversaciones.

Yo asentía con la cabeza, sin poder evitar que las lágrimas acudieran a mis ojos.

—Escucha bien lo que voy a decirte, Sara. Voy a hablarte de una vida pasada que compartimos.

 

Pensé que después de lo que había experimentado en el interior de la ermita, nada más podía sorprenderme. Me equivocaba.

 

—Tú en esa vida eras cátara, vivías en Carcasona y viniste hasta aquí huyendo de la Inquisición y de las matanzas de cátaros en el sudeste francés.

 

Yo le escuchaba emocionada, sabiendo, sintiendo en lo más profundo de mi alma, que aquello era cierto. Él continuó:

 

—Yo era templario. Estábamos asentados en El Bierzo y te acogimos y protegimos, como a tantos otros cátaros que vinieron huyendo desde Francia.

 

Al escuchar lo que decía Daimon,  tuve una experiencia extraordinaria, de las que desafían a la razón y, sin embargo,  no nos plantean ninguna duda.

En ese mismo escenario, en aquel mismo lugar donde estábamos sentados, vi a una mujer joven y supe que era yo.  Físicamente no se parecía en nada a mi aspecto actual, pero yo no tenía ninguna duda de que esa mujer y yo éramos la misma persona.

Era joven, muy morena, delgada, con una melena rizada que le llegaba hasta los hombros y unos expresivos ojos negros que derrochaban vitalidad. Sin saber por qué la imagen cambió y yo vi a esa mujer, desnuda, en un paraje donde había una gran piedra, una especie de menhir, bailando a la luz de la luna.

Informé a Daimon de las visiones que estaba teniendo y él sonrió. Me dijo que no me asustase ni pensase nada malo. Que, entre otras cosas, yo trabajaba  entonces con las energías de la luna.

También me confirmó que yo tenía un Tarot. Y que este Tarot de Marsella, aunque teóricamente se ignoraba su procedencia, había tenido su origen en los cátaros.

 

—Al menos fueron ellos los que lo trajeron a nuestro país —añadió— y, concretamente, tú fuiste una de esas personas. Recuerdo cómo nos echabas las cartas, que para ti eran un libro cifrado que contenía las distintas etapas que recorren todos los humanos, del camino espiritual.

—¿El Camino de los locos? —pregunté empezando a encajar en mi mente las piezas de un rompecabezas, cuya magnitud aún no podía vislumbrar.

—El Camino de los locos, Sara —dijo mirándome fijamente a los ojos—  es el que recorren los sabios. ¿Comprendes ahora por qué el arcano en el que se sustenta todo ese camino iniciático que representa el juego del Tarot es precisamente ”El Loco”? Pero tú ya sabes todas estas cosas. ¡Eras tú quien nos las enseñabas!

—¿Yooo? —pregunté incrédula— Eso me resulta imposible de aceptar.

—Pues aunque no lo creas, así es. El problema es que no lo recuerdas. Pero no te preocupes, a partir de ahora empezarás a recordar.

 

 

Paula estaba tan embebida en la lectura del manuscrito, que no se dio cuenta de que su teléfono móvil estaba sonando. Como si regresase de un sueño, de pronto escuchó ese sonido familiar y se abalanzó hacia el aparato para darle a la tecla que lo conectaba.

Escuchó la voz infantil de su nieta, contándole que, como no había cole, mamá la había llevado al cine a ver una película de dibujos. Paula le preguntó si le había gustado, y Clara respondió afirmativamente, antes de pasarle el teléfono a su madre.

—Hola mamá —dijo Elena en tono jovial— supongo que estarás bien, ya que no te molestas en llamarnos.

—Lo siento, hija, pero anoche llegué tan cansada que me acosté enseguida. Y hoy…

Paula no sabía qué excusa poner. Elena le facilitó las cosas.

—Déjalo mamá, no hace falta que pongas ninguna excusa. ¿Estás bien? —preguntó en el mismo tono alegre.

—Sí, sí, estoy estupendamente. Y disculpa por no haber llamado. Por aquí hace un día estupendo. He salido a pasear por la playa —mintió— y al terminar de comer me he puesto a leer, y se me ha ido el santo al cielo.

—Ya me dirás el título de la novela. Debe ser muy interesante —ironizó Elena.

—Si, está muy interesante…Ya te lo diré.

La conversación duró poco más. Paula se despidió de su nieta, que se puso de nuevo al teléfono, y después de su hija.

 

Impactada por lo que acababa de leer, reflexionó sobre la posibilidad de haber vivido otras vidas, antes que ésta. Aunque la propuesta le planteaba muchas dudas, algo en su interior simpatizaba con esa teoría.

—Si eso fuera así, ¿habré conocido a Matías en otra vida? —se preguntó en voz alta.

 

El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus pensamientos. En la pantalla del aparato vio el nombre de su hijo.

También Fernando se quejó de que no le hubiera llamado la noche anterior, al llegar a Rossal. Y Paula volvió a repetir las mismas disculpas que le había dado a Elena.

La conversación con él fue aún más breve que con su hija. Intercambiaron comentarios sobre el tiempo que hacía en Rossal y en Sahala y Paula se despidió, pidiéndole a Fernando que le diera un abrazo a Amalia.

Al colgar, sonrió al comprobar que sus hijos se preocupaban por ella. Reflexionó que tenía mucha suerte al tener dos hijos como ellos. Pero no pudo evitar una especie de aguijón en el estómago al pensar cómo recibirían la noticia de su relación con Matías. Tal y como discurrían las cosas, eso era algo a lo que se tendría que enfrentar, tarde o temprano.

Sintió un escalofrío y se dio cuenta de que apenas había ya luz suficiente ya para leer. No era muy tarde, pero como en la madrugada del día anterior habían adelantado la hora, por el horario de invierno, enseguida se hacía de noche.

Se pasó al salón y cerró la puerta de la terraza. Se puso una rebeca para entrar en calor, y se sentó bajo una lámpara de pie que había junto al sofá. Pensó en cómo se encontraría el padre de Matías, y cómo reaccionaría su madre cuando la conociera.

 Sin querer darle más vueltas al problema que se le avecinaba, Paula decidió para sus adentros que “cada cosa en su momento”. Volvió a coger el manuscrito de Sara y pensó que cuando fuera a San Roque compraría, sin más demora, un Tarot de Marsella.

 

Matías se despertó sentado en el sillón de la sala de estar de su casa, que se encontraba en penumbra. Esa habitación nunca había sido muy luminosa, aún así estaba demasiado oscura. ¡Tanto había dormido!

Miró el reloj y cayó en la cuenta de que con el cambio de hora anochecía antes. No encendió la luz. Se encontraba muy cansado y contrariado con el ataque al corazón que había sufrido su padre, “en el peor momento” —dijo para sus adentros.

No podía evitar pensar que Adán, que siempre había estado jodiendo, iba a seguir haciéndolo hasta el último día de su vida. Cerró los ojos y trató de relajarse un poco. Suponía que Susana aún se encontraba en el dormitorio de su madre. Allí la había dejado él, intentando tranquilizarla.

Al parecer lo había conseguido, porque ya no se oían los gemidos de Eva. Después de acudir con Susana corriendo a su dormitorio, alertados por los gritos de su madre, ella le había suministrado otro calmante y le había echado de la habitación, diciéndole:

—Déjanos solas. Ya me ocupo yo. Acuéstate si quieres y descansa un rato.

Matías había salido a tomarse un bocadillo. Aunque en realidad sólo era una excusa. Lo que quería era tomar un poco de aire, porque el ambiente de su casa le resultaba asfixiante.

Al volver se había asomado al dormitorio de su madre, y la había visto desde la puerta, hablando tranquilamente con Susana. Sin alertarles de su llegada, se había ido a la sala de estar y allí se había quedado dormido en el sillón.

Conforme se iba espabilando, el mal humor volvió a adueñarse de él, al pensar en Paula, en la necesidad de romper su relación con Susana, y en la situación familiar que se avecinaba con su madre, en el caso de que su padre muriera.

“Me pregunto si todavía puede pasar algo peor —dijo para sus adentros— parece como si me hubieran echado una maldición gitana, mal de ojo o algo así”.

Decidido a tomar las riendas de la situación, se levantó de un salto y se metió en el baño para chapuzarse la cara. Cuando volvió a la sala de estar, Susana lo estaba esperando.

 

—¿Has dormido bien? —le preguntó— cuando vine antes estabas como un tronco y no quise despertarte.

—¿No tienes que trabajar? —dijo él a modo de respuesta.

—He llamado por teléfono a la farmacia y me han dado permiso para que me quede aquí con tu madre. No te preocupes, pueden arreglárselas sin mí. Además —añadió bajando el tono de voz— tengo que hablar contigo.

—Soy todo oídos — dijo Matías, sentándose para escucharla.

Susana se sentó a su lado en el sofá y carraspeó con nerviosismo. Matías la miraba con dudosa expresión en el rostro, y ella sonrió, alterada.

—¿Qué es lo que pasa?  —preguntó él.

—Estoy embarazada —soltó Susana sin pensarlo más.

—¡Quéee! ¿Qué has dicho? —dijo Matías levantándose de un salto, con el rostro desencajado.

—Lo que has oído: estoy embarazada.

—¿Pero cómo es posible? ¡No puede ser! —añadió él, perplejo.

—¿Cómo que no puede ser? —afirmó Susana un tanto enfadada— Si hemos estado follando, puede ser. Y no sólo puede ser. Es que es.

—¿Estás segura? ¿No te habrás equivocado?

—¡Claro que estoy segura! ¿Cómo voy a equivocarme en algo así? Me he hecho varias pruebas hoy mismo en la farmacia, y han dado todas positivas. Llevaba ya cinco días de retraso en la regla, y yo soy puntual como un reloj.

Matías daba vueltas por la habitación, sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando. Lo primero que vino a su mente fue la imagen de Paula. ¿Cómo iba a decirle que estaba esperando un hijo de otra mujer?  O ¿cómo iba a decirle a Susana ahora que estaba enamorado de otra?

 

—¡Esto es increíble! —dijo elevando el tono de voz— no puede estar pasándome algo así. ¡No me lo puedo creer!

 

Se dejó caer en el sillón, y escondió la cabeza entre las manos. Susana lo observaba, sin atreverse a decir nada. Al cabo de unos momentos encontró las suficientes fuerzas para decir:

 

—Voy a tener ese hijo, contigo o sin ti.

 

Matías dejó de sujetarse la cabeza con las manos y la atravesó con la mirada. En esos momentos sintió un odio profundo hacia ella y le dieron ganas de gritarle que tuviera el hijo ella sola, puesto que él no había sido consultado.

Pero no dijo nada, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Al cabo de unos instantes, aún con los ojos cerrados, ya más sereno, preguntó a Susana.

 

—Me gustaría que me explicaras qué ha pasado. Por qué voy a tener un hijo, sin que me hayas consultado. No puedo creerme que esto haya sido un accidente. Cuando hacíamos el amor, no utilizábamos preservativos porque tú me dijiste que no hacía falta, que tomabas anticonceptivos. ¿Qué ha pasado? —preguntó con calma, abriendo los ojos y mirándola fijamente.

Susana se echó a llorar y, a trompicones, dijo al fin:

—Puedes creer lo que quieras. Yo no lo he planeado, ha ocurrido, sencillamente.

—¿Cómo que ha ocurrido sencillamente? —gritó Matías, perdiendo los nervios—. Estas cosas no ocurren “sencillamente”. La pregunta es muy simple: ¿tomabas o no tomabas anticonceptivos? Y si no tomabas ¿por qué no me lo dijiste?

—¡No tomaba, no! —respondió ella gritando— ¿Para qué iba a tomar si casi nunca nos acostamos juntos? Al principio sí tomaba, pero luego dejé de hacerlo. Aún así, los días que hicimos el amor en el coche y en el hotel, yo tomé precauciones.

—Ya, ya veo lo bien que las tomaste —dijo Matías en tono irónico— ¿Y se puede saber cómo tomaste precauciones?

—Usé un espermicida —dijo Susana bajando la voz.

—¿Qué coño es eso? —preguntó él, visiblemente enfadado.

—Es un gel muy bueno que compré en la farmacia… Aunque es obvio que no ha dado resultados.

—Sí, es obvio. Pídele a tu jefa que te devuelva el dinero —afirmó él en tono sarcástico.

 

Matías no sabía qué pensar. A su mente acudieron los recuerdos del cambio en el comportamiento de Susana. Del día en que había ido a buscarle a la Biblioteca en su coche, y se lo había llevado a una playa para hacer el amor.

Recordó también cómo ese mismo fin de semana ella había reservado habitación en un hotel, para que pasasen la noche juntos, rompiendo así con lo que había sido su comportamiento habitual.

Por mucho que quisiera pensar que el embarazo de Susana había sido un accidente, no lo podía creer. No creía que ella hubiera usado ningún espermicida, ni nada similar. Lo que pensaba es que, de forma deliberada, ella lo había engañado para quedarse embarazada.

 

Susana se acercó hasta Matías, con lágrimas en los ojos, y le puso una mano sobre el hombro. Con voz entrecortada, le dijo:

—Tienes que creerme, ha sido un accidente. Yo no lo he provocado, pero ya que está aquí, bienvenido sea… Yo no te pido nada —añadió haciendo pucheros— haz lo que creas más conveniente… Pero piensa que tampoco es tan grave. Tarde o temprano íbamos a casarnos y tendríamos hijos.

 

Matías la observó y no pudo evitar una sonrisa irónica, destinada más a sí mismo que a Susana. ¿Cómo iba a decirle que él nunca tuvo intención de casarse y de tener hijos con ella? ¿Cómo iba a decirle que había otra mujer? ¿Cómo iba a hacerle ver que ella se había montado una película ficticia sobre su relación, que nunca se había ajustado a la realidad?

Permaneció en silencio, pensando que lo que le pasaba sólo podía ser una broma pesada del destino. Pensó en Paula y también en lo que debía hacer ahora, pero no conseguía concentrarse. Le dolía mucho la cabeza, necesitaba descansar. Pensar con calma en todo lo que estaba pasando. Y tomar una decisión.

“¿Pero qué decisión?” —dijo para sus adentros—  Pensó que, aunque decidiera quedarse con Paula, ¿cómo iba a explicarle que la había estado mintiendo y que mantenía una relación con Susana al mismo tiempo que con ella? ¿Cómo iba a decirle que estaba esperando un hijo de otra?

La situación era muy complicada, y él no tenía fuerzas para pensar, y mucho menos para decidir nada. Reflexionó que lo mejor era dejarlo estar y tratarlo al día siguiente con más calma. Necesitaba consultarlo con la almohada.

Así se lo iba a decir a Susana, cuando sonó su teléfono móvil. Matías lo cogió y, de forma instintiva, se salió al pasillo para hablar. Al cabo de unos minutos volvió a la sala de estar y le dijo a Susana:

—Adán ha muerto.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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