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CAPÍTULO XVIII

Sentados cómodamente en el salón de
mi casa de Rossal, mientras disfrutábamos de una cerveza,
Daimon me anunció que estábamos llegando al final de un ciclo.
Según él, el Camino que estaba recorriendo y, en definitiva,
cualquier otro relacionado con el alma o la espiritualidad, se
desarrollaba en espiral, a lo largo de ciclos sucesivos.
—¿Cómo en la Divina Comedia de
Dante? —pregunté.
—Como se refleja en ese libro y en
otros muchos que se han escrito a lo largo de los siglos.
Añadió que aún tenía que hacer
peregrinaciones a tres lugares sagrados. Primero —dijo— debería
iniciar el Camino de Santiago andando, por su ramal aragonés. Desde
Jaca debía desplazarme, siguiendo las flechas amarillas, unos doce
kilómetros hasta llegar a un cruce. Allí me desviaría de la ruta de
las estrellas que figura en las guías oficiales, y cogería la
carretera hacia un lugar llamado Santa Cruz de la Serós.
—Cuando estés en este pueblo,
tienes que subir hasta el monasterio de San Juan de la Peña, donde
estuvo guardado el Grial que ahora se encuentra en la catedral de
Valencia.
—¿Y después?
—Después nada, das media vuelta,
bajas otra vez a Santa Cruz de la Serós y, por el mismo camino que
has utilizado para ir, vuelves a Jaca, coges el tren y regresas a
tu casa.
—¿Sólo eso? Pues vaya peregrinación
más corta, no me llevará más de tres días, contando ida y vuelta.
Daimon me atravesó con su temible
mirada. Después suavizó sus facciones y soltó una sonora carcajada,
antes de decir:
—Las peregrinaciones no se miden
por el número de kilómetros recorridos. No son más largas o más
cortas. Uno puede andar muchos días y no enterarse de nada. Miles de
turistas visitan a diario los lugares sagrados que hay repartidos
por todo el mundo, y no ven alterado su nivel de consciencia. Cuando
vayas a San Juan de la Peña, te darás cuenta de que ese recorrido es
más que suficiente. Tendrán que transcurrir años hasta que seas
consciente de lo que te ha pasado y de cómo te ha influido ese
Camino que ahora consideras tan corto.
—Y cuando vuelva de San Juan de la
Peña, ¿dónde tendré que ir? —me atreví a preguntar, después del
rapapolvo que me había echado.
—No te preocupes ahora de eso. Cada
cosa en su momento, no pierdas energía pensando en el futuro, porque
el futuro está condicionado por el presente. Continuamente estamos
eligiendo entre varias opciones, aunque no nos demos cuenta. Y esa
elección que hacemos hoy, condiciona nuestro mañana. Los caminos son
infinitos. Todos conducen al mismo destino final, pero hay tantas
formas de llegar como personas.
Me miró un rato, como evaluando el
alcance de sus palabras, y continuó:
—¡Desconfía de aquéllos que creen
que el Camino que ellos transitan es el único y verdadero! Esa
mirada intransigente de unos pocos iluminados de pacotilla ha sido
padecida por todo el género humano durante siglos.
—Te refieres a Hitler, o a la
Inquisición ¿por ejemplo?
—No sólo Hitler y la Inquisición.
Los que se creen los únicos poseedores de la verdad han existido a
lo largo de toda la historia de la humanidad. Lo malo es que siempre
han usado su poder para denigrar y someter a los demás. Su nombre es
Legión. Esa es la auténtica cara del diablo, la división, el ansia
de poder para controlar y manipular a otros. Y todo en nombre de la
divinidad. Pero no te inquietes —añadió viendo mi cara de pena— todo
está bien, todo es necesario para la evolución de las almas, todo
forma parte del juego de la vida.
—El juego de la vida. ¿Cuándo vas a
explicarme en qué consiste ese juego? —pregunté un poco molesta con
tanto enigma.
—Yo no voy a explicarte nada
—respondió Daimon— serás tú misma quien lo descubra. Así es este
camino de los locos que tú y yo seguimos. Ya te lo he dicho muchas
veces. Tu maestro interior y la propia vida son tus guías. En este
camino lo que cuenta es la propia experiencia, no lo que yo pueda
decirte. Y basta ya de cháchara. Prepara la mochila de nuevo, y
ponte en marcha,
Sin darme opción a réplica, se
levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta de la calle,
saludándome con la mano en señal de despedida. Antes de salir y dar
un sonoro portazo, se volvió hacia donde yo estaba y me anunció que
cuando volviera de San Juan de la Peña él mismo me conduciría a un
lugar que era muy importante para mí. Luego, sin dar más
explicaciones, desapareció de mi vista.
Ese mismo día empecé a organizar mi
viaje a Jaca. Después de un desplazamiento en autobús tendría que
coger un tren que, tras varias horas de trayecto, me dejaría en esa
ciudad del Pirineo aragonés. Dormiría allí y empezaría mi Camino al
día siguiente al amanecer.
Esos eran los planes, sin embargo,
el camino empezó ya con el viaje en el tren que me llevaría hasta
Jaca. Nada más subir y sentarme en mi asiento, el rostro de un
diablo, que me miraba fijamente, me hizo ponerme en estado de
alerta.
Delante de donde yo iba sentada,
por encima de los asientos, en la parte donde se deposita el
equipaje, había una mochila y unas prendas de vestir, colocadas de
tal manera, que desde mi sitio se veían como la cara de un diablo.
Realmente no había que tener mucha
imaginación para ver en aquellas cosas, colocadas supuestamente al
azar, la imagen de una figura demoníaca, cuyo rostro me observaba
con una mueca de sonrisa burlona. Aunque yo no quería hacerle mucho
caso, no podía apartar la vista de aquel diablo.
Pensé que, una vez más, y como ya
había ocurrido en la iglesia de Rènnes le Château, de nuevo un
diablo me salía al camino. ¿Para indicarme quizás que las
situaciones que iba a vivir escondían alguna enseñanza secreta?
¿O tal vez el demonio que me miraba
fijamente era el guardián de algún umbral sagrado que yo tenía que
traspasar?
Removiéndome en mi asiento, mi
cuerpo se puso alerta, a la espera de algún acontecimiento que
llamase mi atención. Este no se hizo esperar. En el tren viajaba un
joven inmigrante que parecía de origen marroquí. Cuando el revisor
fue a pedirnos el billete, esta persona no lo llevaba, y esto
provocó un altercado.
El revisor, que parecía borracho,
empezó a insultar en voz alta al inmigrante. El joven, aparentemente
asustado, bajaba la cabeza y se limitaba a permanecer callado.
Ante la sumisión del inmigrante, el
revisor se envalentonó cada vez más. No sólo le dijo que debía
bajarse del tren en la próxima estación, sino que, buscando la
complicidad de los viajeros que estábamos en el vagón, empezó a
despotricar en voz alta sobre los que venían de fuera a quitarnos
los puestos de trabajo.
Para mi asombro, la mayoría de las
personas que allí había, se pusieron del lado del revisor, y
empezaron también a expresar en voz alta su postura contraria hacia
toda aquella “gentuza”, como la definieron, que venían a nuestro
país a aprovecharse de nosotros.
Yo no daba crédito a lo que estaba
viendo. Sólo un joven intervino para defender al inmigrante y para
decirle al revisor que si tenía que decirle que debía abandonar el
tren que lo hiciera, pero que se estaba extralimitando en sus
funciones. Esto provocó que la discusión se hiciera más agresiva
todavía.
Yo estaba indignada por el trato
que estaba recibiendo el inmigrante, por parte del revisor y de
todos los que le apoyaban. También estuve a punto de intervenir,
apoyando la postura del joven que lo defendía, pero al mirar al
diablo con su sonrisa burlona, como si estuviera satisfecho de
aquella división, opté por callarme.
Algo en mi interior me decía que me
limitase a observar. La discusión aún duró un rato. Al revisor que
había montado el espectáculo se unió otro empleado más, que tenía el
mismo aspecto que el primero de encontrarse bebido.
Finalmente, al llegar a una parada,
donde el tren permaneció mucho rato porque había un cambio de
máquina, el inmigrante fue obligado a bajar, sin haber dicho una
palabra. También se apeó allí la mayoría de la gente que iba en ese
vagón. Y con alguno ellos se fue también el demonio simulado en su
equipaje. Yo respiré tranquila al perder de vista el rostro
diabólico.
Al final nos quedamos solos en el
vagón, el joven que había protestado y yo. Éramos los únicos que
íbamos hasta Jaca. Me enteré después de que él vivía allí. Al verme
con la mochila me preguntó si iba a hacer el Camino de Santiago. Le
dije que sí, que quería ir a San Juan de la Peña.
Hablamos de este monasterio, del
Camino y también del incidente que había ocurrido en el tren. Ambos
estábamos indignados, aunque nuestra postura había sido distinta. Él
había salido en defensa del inmigrante, y yo me había limitado a
observar.
Al llegar a Jaca me comentó que al
día siguiente pondría una denuncia al revisor, por la actuación que
había tenido con el inmigrante. Como le pillaba de camino hacia su
casa, me acompañó y me dejó en la puerta del albergue de peregrinos.
Allí pasé la noche, sin poder
dormir muy bien, pensando en todo lo que había ocurrido en el tren
y, sobre todo, en qué me quería decir a mi todo aquello. No supe
descifrarlo y decidí dejarlo estar y tratar de descansar un poco. Al
día siguiente me esperaban muchos kilómetros hasta el monasterio de
San Juan de la Peña.
Paula se quitó las gafas e interrumpió
la lectura durante unos instantes. Miró el reloj y comprobó que aún
quedaba un rato para llegar a San Roque. Sólo con pensar que allí
estaría esperándola Matías, su corazón empezó a brincarle de nuevo
en el pecho.
Por unos momentos cerró los ojos,
trató de relajarse y de no pensar en nada. Pero no lo logró. Su
mente se disparó imaginándose mil y una situaciones en su
reencuentro con Matías. Después de respirar profundamente varias
veces para tranquilizarse, optó por seguir leyendo.
Sólo el manuscrito de Sara Bermúdez
conseguía atraer su atención y hacerle olvidar, aunque fuera
momentáneamente, que en poco tiempo debería enfrentarse a Matías,
con todo lo que ello implicaba.
“Tranquila —dijo para sus adentros— no
por mucho madrugar amanece más temprano. Lo que tenga que ser, será”
Dicho esto, se puso de nuevo las gafas y continuó leyendo la
peregrinación de Sara a San Juan de la Peña.
Cuando me levanté aún no había
amanecido. Antes de iniciar el Camino me fui hacia la catedral.
Tenía mucho interés en verla, sobre todo la puerta oeste, llena de
mensajes simbólicos y escritos para el peregrino, según había podido
leer en Internet antes de emprender el viaje.
Afortunadamente las puertas de la
catedral ya estaban abiertas. Coincidiendo con el amanecer, pude
contemplar en el tímpano el famoso crismón de ocho brazos que, a
modo de mandala cósmico, aparecía flanqueado por dos leones.
Saqué de la mochila el papel que
contenía la información que había obtenido en la red, sobre el
simbolismo de la puerta occidental de esta catedral románica.
Un escrito en latín hablaba sobre
las letras que aparecían en el crismón. La traducción era, más o
menos, ésta: “En esta escultura, lector, procura conocer que la P
(Rho griega) es el Padre. La A (Alfa) es el Hijo y la doble O
(Omega) el Espíritu Santo”.
Me fijé que la inscripción no
mencionaba para nada la otra letra del crismón, la S (sigma) cuya
forma recordaba a la serpiente. Estaba claro que la iglesia católica
había demonizado a este animal, y prefería no mencionarlo.
Sin embargo Daimon me había contado
que la serpiente representaba, entre otras cosas, la energía
telúrica. Por eso aparecía en los lugares sagrados en los que
abundaba esta energía de la tierra. En ocasiones, la serpiente era
aplastada por el pie de la imagen de la Virgen. Lo que representaba
la necesidad de pisar con nuestros pies y caminar por esos lugares,
para beneficiarnos de esa energía. Tal y como ocurría en el Camino
de Santiago.
Pero el tímpano de esta puerta
occidental contenía aún más mensajes para el peregrino: El león
situado a la izquierda tenía bajo sus patas una figura humana,
agarrada por una serpiente —otra vez la serpiente— y la traducción
de la leyenda decía, más o menos: “El león reconoce al que busca por
los suelos (que también podía traducirse como tierra), y Cristo a
quien se lo pide”.
El león de la derecha tenía un oso
bajo sus garras y un basilisco bajo su vientre. La traducción de la
frase latina, según el autor Juan G. Atienza, podría ser: “El león
es fuerte para aplastar el reino de la muerte.
Finalmente, al pie del tímpano
rezaba otra inscripción que, según este mismo autor, era una llamada
a vivir el proceso iniciático y que podría leerse de la siguiente
manera:
“Si deseas vivir, tú que estás
sujeto a la ley de la muerte, ven suplicante, desechando venenosos
placeres. Limpia el corazón de pecados, para no morir de una segunda
muerte”.
Pensé que con esto era suficiente,
no quería detenerme más porque me esperaba un largo recorrido hasta
el monasterio de San Juan de la Peña. Cuando llegase a mi destino,
tendría que bajar ese mismo día, antes de que anocheciera, porque
arriba no había ningún sitio donde quedarse a dormir bajo techo.
Reflexionando interiormente sobre
aquellos símbolos y mensajes, grabados en la piedra en el siglo XI,
inicié mi andadura siguiendo las flechas amarillas que marcaban el
Camino de Santiago. Ellas me guiarían durante unos diez kilómetros,
por una carretera que discurría paralela al río Aragón, hasta llegar
a un cruce en el que debía desviarme hacia Santa Cruz de la Serós.
En ese cruce comprobé que había un
hostal y reservé una habitación para quedarme allí cuando volviera
del monasterio de San Juan de la Peña. Tomé un bocado, me
aprovisioné de agua y me dispuse a andar cuatro kilómetros más,
adentrándome hacia la montaña, para llegar a la aldea de Santa Cruz
de la Serós.
No me detuve y empecé a subir por
una carreterilla que se elevaba por laderas en espiral, discurriendo
por un bosque de robles y hayas. Nada más empezar a subir pensé que
esta carretera llena de curvas, bien podría ser una metáfora del
Camino espiritual, tal y como me lo había explicado Daimon.
Pero lo que más me llamó la
atención, fue la cantidad de águilas que había surcando el cielo,
por encima de la carretera. Me detuve al inicio de la subida para
verlas mejor. Eran preciosas y majestuosas, todo un espectáculo para
la vista.
Mientras elevaba mi cabeza hacia
los cielos, vi como una gran águila venía derecha volando hacia
donde yo estaba. No sabía qué hacer y me quedé quieta, paralizada,
sin poder dejar de mirarla.
El águila se acercó peligrosamente
hacia mí y pasó sobrevolando bajo por encima de mi cabeza. Aunque no
iba a rozarme, yo me agaché instintivamente y la seguí con la
mirada. Ella, igual de majestuosa, se alejó elevándose otra vez
hacia el cielo.
La experiencia fue tan
espectacular, que me quedé sobrecogida. Sentí por dentro que aquel
animal alado, símbolo de la altura del espíritu iluminado, me daba
la bienvenida y su bendición ante aquel camino cuesta arriba que yo
iba a emprender.
Recordé que en el cristianismo, el
águila se identificaba con el papel de mensajero celestial. Por eso
a San Juan evangelista se le representaba como un águila. También
recordé que Dante se había referido a este animal como el “pájaro de
Dios”. Y que el águila bicéfala era una alegoría de Jano bifronte,
el dios de las puertas.
“¡¡Jano!! Así se llama mi vecino
—pensó Paula para sus adentros— Qué raro que su nombre aparezca
ahora en este manuscrito. Cuando vuelva a Rossal me haré la
encontradiza con él, y le preguntaré cosas sobre Sara Bermúdez.
Ellos debieron conocerse… ¡Y ahora que recuerdo! ¡Él fue quien me
indicó el sitio dónde yo debía cavar en mi jardín, donde luego
encontré este manuscrito!”
Asombrada y un tanto alterada, Paula
continuó con la lectura que, nuevamente, había atrapado su atención.
En esos momentos no quería llegar a Rossal ni ver a Matías ni hacer
nada de nada. Sólo le interesaba seguir leyendo la peregrinación de
Sara a San Juan de la Peña.
Durante toda la ascensión por
aquella carretera, que discurría en espiral, fui acompañada por las
águilas que volaban sobre mi cabeza. Era como si me protegieran. Yo
me sentía transportada a otro mundo y con una lucidez de conciencia
mayor que en cualquier otro momento de mi vida.
Otra cosa llamó mi atención, el
número 40 se repetía cada vez que yo avanzaba y subía dando la
vuelta a la espiral. Aparecía inscrito en una señal de tráfico, para
indicar a los conductores que no podían circular a más de esa
velocidad. Para mi tenía otro significado.
El número en negro, estaba inscrito
en un círculo rojo con fondo blanco. Según me había explicado
Daimon, estos tres colores representaban en la alquimia las tres
fases necesarias para la transformación: la nigredo —fase de
disolución— la rubedo —fase del sacrificio— y la albedo, que es la
fase de la resurrección.
Pero había más, el arquetipo del
número 40 expresaba la transformación profunda. Por eso la crisis
más importante en la vida de las personas suele ocurrir en torno a
los 40 años. Una edad que se considera como la mitad de la vida y el
momento en que uno debe replantearse toda su existencia para iniciar
el camino de regreso que le conducirá a la muerte y a otra vida
lejos del cuerpo físico.
La subida duró un par de horas, y
mis piernas empezaban a resentirse. No en vano llevaba ya recorridos
casi 25 kilómetros, desde que había salido por la mañana de la
catedral de Jaca. Y ocho había sido cuesta arriba.
Pensé que aún tenía que andar otros
doce kilómetros de vuelta hasta el hostal donde había reservado
habitación. Me alegré de haber sido tan previsora y me reconfortó
pensar en la ducha caliente que podría tomar cuando volviera.
El monasterio de San Juan de la
Peña me impresionó y, en cierto modo, me recordó al templo de
Hatshepsut que había visto en Egipto, excavado en la roca. Aunque el
claustro de San Juan me pareció aún más impactante y espectacular.
Saqué mi entrada para ver el
interior y llegué a la sala dónde, sobre una mesa de piedra que
hacía de altar, se suponía que se habían oficiado misas con el Santo
Grial. Recorriendo todo ese espacio, me sorprendí a mí misma
diciéndome, sin ningún género de dudas: “Esa ventana no estaba ahí”.
Seguí la inspección del lugar en
solitario y al cabo del rato una guía, que en cierto modo ponía en
duda que allí hubiera estado el Grial, comentaba a un grupo de
turistas que una ventana que se veía en la sala, no estaba allí
inicialmente, sino que se había construido varios siglos después.
Este comentario intrascendente vino a ratificar mi afirmación y a
confirmar lo que yo sentía desde que entré en el monasterio: que ya
había estado allí en otro tiempo, en una vida anterior.
El monasterio, según había leído
antes de emprender la peregrinación, estaba dedicado a San Juan
Bautista, aunque era evidente la simbología de sus muros que aludía
a la dualidad, y a los opuestos. No pude olvidar que este Juan,
puerta del solsticio de invierno, era una de las caras del dios
Jano.
¡Otra vez Jano! —pensó Paula mientras
se removía en su asiento del tren y continuaba leyendo:
Lo más destacado del lugar, sin
duda, era su claustro al aire libre, enclavado en una oquedad del
monte Pano — cuyo nombre se parecía mucho a Jano— con multitud de
llaves (claves) grabadas en los muros y sus alegóricos capiteles.
Lo que más me impactó fue ver la
inscripción que figuraba en la puerta por la que se accedía al
claustro, y que el autor Juan G. Atienza traducía de forma tan
significativa:
“Por esta puerta cualquier fiel
puede grabar el cielo + si investiga en la fe para captar los
designios de Dios”.
Permanecí recorriendo el lugar
hasta que cerraron sus puertas a los turistas. Comí un bocadillo en
un chiringuito que había en un prado donde se ubicaba el llamado
monasterio nuevo —ahora en ruinas— y emprendí el camino de vuelta,
carretera abajo, acusando el cansancio.
A esas horas de la tarde el sol
caía a plomo y yo llegué a Santa Cruz de la Serós casi exhausta. Me
metí en un bar y bebí tres latas seguidas de un refresco de los que
llevan azúcar.
Después de descansar un buen rato,
visité la iglesia que lleva el mismo nombre que esa aldea. En la
puerta de acceso al templo, dedicada a la Virgen, podía leerse una
inscripción que traducida, venía a ser:
“Yo soy la puerta, pasad pronto a
través mío, soy la fuente de la vida, sentid más sed de mí que de
vino. Bendito sea quien quiera penetrar en este templo de la Virgen.
Y corrígete primero si apeteces a Cristo”.
Estas palabras, sobre todo la
última frase, me impresionaron mucho.
Sin detenerme más en aquel lugar,
volví a coger la carretera y, haciendo el camino de vuelta, llegué
hasta el hostal donde había reservado una habitación.
Me encontraba muy cansada, el sol
me había quemado la cara y los brazos y lo único que quería era
ducharme, echarme en la cama y dormir. El agua caliente reconfortó
los doloridos músculos de mi cuerpo. Había hecho demasiados
kilómetros casi sin descansar. Pensé que al día siguiente tendría
agujetas.
No tenía hambre, así que decidí no
cenar nada. Llamaría a Daimon y luego me iría a la cama. Pero no
pudo ser. Como me imaginaba, su teléfono no estaba conectado.
Tendría que esperar mi llegada a Rossal para hablar con él.
Me tumbé en la cama y apagué la
luz. Sin embargo, no podía dormir. Repasé mentalmente todo lo que
había vivido desde que me subí al tren para llegar a Jaca. Daimon
tenía razón una vez más. Aquella había sido una peregrinación muy
corta, pero muy intensa. Aunque yo todavía no sabía muy bien qué
significado darle a mi experiencia.
A pesar del cansancio, tarde varias
horas en dormirme y, cuando lo hice, tuve sueños muy extraños de los
que no me acordaba al levantarme al día siguiente. Al amanecer,
volví a cargar con mi mochila y me encaminé hacia Jaca, por la misma
carretera que había traído el día anterior, pero en sentido
contrario.
Aunque hasta ese momento no había
visto a ninguno, me crucé con varios peregrinos que hacían el
recorrido opuesto al mío y me deseaban “buen camino”, mirándome con
extrañeza.
Esta circunstancia de que yo fuera
al revés, aparentemente sin importancia, vapuleó de lleno mi razón
y me hizo saber, sin ningún genero de dudas, que esa era una de las
claves más importantes de ese Camino que yo acababa de hacer.
Con gran emoción supe que, en mi
vida, tenía que desandar lo andado y desaprender lo aprendido, para
poder seguir en ese camino de los locos del que hablaba Daimon.
Supe que si en la plaza del
Obradoiro había invertido mi mirada, ahora tenía que dejar atrás
muchas cosas que había adquirido con esfuerzo. No sólo no las
necesitaba, sino que eran un obstáculo para continuar mi evolución
espiritual.
Fui totalmente consciente de que no
tenía que buscar ningún Grial en el exterior, porque ese Grial
estaba dentro de mí. O mejor dicho, era yo misma. Me di cuenta de
que sólo a través de mi receptividad y entrega podría llenar mi
Grial interior.
Entonces la frase que había visto
en la iglesia de Santa Cruz de la Serós, dedicada a la Virgen, la
energía femenina, cobró un nuevo sentido para mí. Con razón decía
“Yo soy la puerta, pasad pronto a través mío, soy la fuente de la
vida…”
Y también cobró sentido la última
frase de esa inscripción: “Y corrígete primero si apeteces a Cristo”
Sentada en la estación de Renfe de
Jaca, mientras tomaba un bocadillo y esperaba el tren que me
llevaría de vuelta a casa, repasé mi vida y me di cuenta de que,
efectivamente, tenía muchas cosas que corregir y resolver, antes de
seguir mi camino.
Paula interrumpió la lectura y cerró
los ojos. Sin saber por qué, se identificó con el estado de ánimo
que Sara expresaba a través de su relato. Aunque sólo la conocía por
las fotos que venían en la solapa de sus libros, se la imaginó en
esa sala de la estación, esperando el tren para volver a su casa.
Ella también iba en el tren y también
volvía a su casa —la misma que tuvo Sara— después de haber pasado
varios días con su hija en la Gran Ciudad. Aunque en ningún momento
había sido consciente de estar haciendo ninguna peregrinación a
ningún lugar sagrado, lo cierto es que ya no era la misma que partió
unos días atrás.
Pensó que ni siquiera su aspecto
exterior era el mismo. Su pelo no era del mismo color, su ropa no
era la misma, puesto que había tenido que comprarse ropa nueva, dado
el escaso equipaje que se llevó.
Pero, sobre todo, ella ya no era la
misma mujer, después de haber tenido que acompañar a su hija en su
dolor. Y puede que la lectura del manuscrito de Sara, también le
hubiera hecho tener una perspectiva nueva de la existencia. No lo
sabía. Lo único que sabía es que volvía a Rossal y se reencontraría
con Matías.
Las reflexiones de Paula quedaron
interrumpidas bruscamente. Por los altavoces del tren anunciaban la
llegada inminente a San Roque. Daban las gracias por haber elegido
esa opción para viajar, y recordaban a los usuarios que no olvidasen
ningún objeto personal.
Al escuchar este mensaje, a Paula
empezó a latirle el corazón con fuerza. De manera atolondrada guardó
apresuradamente el manuscrito de Sara Bermúdez en la bolsa de viaje
que llevaba. Se puso una chaqueta y se preparó en el pasillo para
bajar.
Al llegar a la estación, y antes de
que el tren se detuviera, Paula divisó a Matías, que miraba hacia
los vagones con expectación. Nada más verlo, no tuvo ninguna duda de
que esa noche volvería a hacer el amor con él.
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