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CAPÍTULO XVIII

Ilustración de Sergio Bleda para el décimo octavo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Sentados cómodamente en el salón de mi casa de Rossal, mientras disfrutábamos de una cerveza, Daimon me anunció que estábamos llegando al final de un ciclo. Según él, el Camino que estaba recorriendo y, en definitiva, cualquier otro relacionado con el alma o la espiritualidad, se desarrollaba en espiral, a lo largo de ciclos sucesivos.

—¿Cómo en la Divina Comedia de Dante? —pregunté.

—Como se refleja en ese libro y en otros muchos que se han escrito a lo largo de los siglos.

Añadió que aún tenía que hacer peregrinaciones a tres lugares sagrados. Primero —dijo— debería iniciar el Camino de Santiago andando, por su ramal aragonés. Desde Jaca debía desplazarme, siguiendo las flechas amarillas, unos doce kilómetros hasta llegar a un cruce. Allí me desviaría de la ruta de las estrellas que figura en las guías oficiales, y cogería la carretera hacia un lugar llamado Santa Cruz de la Serós.

—Cuando estés en este pueblo, tienes que subir hasta el monasterio de San Juan de la Peña, donde estuvo guardado el Grial que ahora se encuentra en la catedral de Valencia.

—¿Y después?

—Después nada, das media vuelta, bajas otra vez a Santa Cruz de la Serós y, por el mismo camino que has utilizado para ir,  vuelves a Jaca, coges el tren y regresas a tu casa.

—¿Sólo eso? Pues vaya peregrinación más corta, no me llevará más de tres días, contando ida y vuelta.

Daimon me atravesó con su temible mirada. Después suavizó sus facciones y soltó una sonora carcajada, antes de decir:

—Las peregrinaciones no se miden por el número de kilómetros recorridos. No son más largas o más cortas. Uno puede andar muchos días y no enterarse de nada. Miles de turistas visitan a diario los lugares sagrados que hay repartidos por todo el mundo, y no ven alterado su nivel de consciencia. Cuando vayas a San Juan de la Peña, te darás cuenta de que ese recorrido es más que suficiente. Tendrán que transcurrir años hasta que seas consciente de lo que te ha pasado y de cómo te ha influido ese Camino que ahora consideras tan corto.

—Y cuando vuelva de San Juan de la Peña, ¿dónde tendré que ir? —me atreví a preguntar, después del rapapolvo que me había echado.

—No te preocupes ahora de eso. Cada cosa en su momento, no pierdas energía pensando en el futuro, porque el futuro está condicionado por el presente. Continuamente estamos eligiendo entre varias opciones, aunque no nos demos cuenta. Y esa elección que hacemos hoy, condiciona nuestro mañana. Los caminos son infinitos. Todos conducen al mismo destino final, pero hay tantas formas de llegar como personas.

Me miró un rato, como evaluando el alcance de sus palabras, y continuó:

—¡Desconfía de aquéllos que creen que el Camino que ellos transitan es el único y verdadero! Esa mirada intransigente de unos pocos iluminados de pacotilla ha sido padecida por todo el género humano durante siglos.

—Te refieres a Hitler, o a la Inquisición ¿por ejemplo?

—No sólo Hitler y la Inquisición. Los que se creen los únicos poseedores de la verdad han existido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Lo malo es que siempre han usado su poder para denigrar y someter a los demás. Su nombre es Legión. Esa es la auténtica cara del diablo, la división, el ansia de poder para controlar y manipular a otros. Y todo en nombre de la divinidad. Pero no te inquietes —añadió viendo mi cara de pena— todo está bien, todo es necesario para la evolución de las almas, todo forma parte del juego de la vida.

—El juego de la vida. ¿Cuándo vas a explicarme en qué consiste ese juego? —pregunté un poco molesta con tanto enigma.

—Yo no voy a explicarte nada —respondió Daimon— serás tú misma quien lo descubra. Así es este camino de los locos que tú y yo seguimos. Ya te lo he dicho muchas veces. Tu maestro interior y la propia vida son tus guías. En este camino lo que cuenta es la propia experiencia, no lo que yo pueda decirte. Y basta ya de cháchara. Prepara la mochila de nuevo, y ponte en marcha,

Sin darme opción a réplica, se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta de la calle, saludándome con la mano en señal de despedida. Antes de salir y dar un sonoro portazo, se volvió hacia donde yo estaba y me anunció que cuando volviera de San Juan de la Peña él mismo me conduciría a un lugar que era muy importante para mí.  Luego, sin dar más explicaciones, desapareció de mi vista.

 

Ese mismo día empecé a organizar mi viaje a Jaca.  Después de un desplazamiento en autobús tendría que coger un tren que, tras varias horas de trayecto, me dejaría en esa ciudad del Pirineo aragonés. Dormiría allí y empezaría mi Camino al día siguiente al amanecer.

 

Esos eran los planes, sin embargo, el camino empezó ya con el viaje en el tren que me llevaría hasta Jaca. Nada más subir y sentarme en mi asiento,  el rostro de un diablo, que me miraba fijamente, me hizo ponerme en estado de alerta.

Delante de donde yo iba sentada, por encima de los asientos, en la parte donde se deposita el equipaje, había una mochila y unas prendas de vestir, colocadas de tal manera, que desde mi  sitio se veían como la cara de un diablo.

Realmente  no había que tener mucha imaginación para ver en aquellas cosas, colocadas supuestamente al azar,  la imagen de una figura demoníaca, cuyo rostro me observaba con una mueca de sonrisa burlona.  Aunque yo no quería hacerle mucho caso, no podía apartar la vista de aquel diablo.

Pensé que, una vez más, y como ya había ocurrido en la iglesia de Rènnes le Château, de nuevo un diablo me salía al camino. ¿Para indicarme quizás que las situaciones que iba a vivir escondían alguna enseñanza secreta?

¿O tal vez el demonio que me miraba fijamente era el guardián de algún umbral sagrado que yo tenía que traspasar?

Removiéndome en mi asiento, mi cuerpo se puso alerta, a la espera de algún acontecimiento que llamase mi atención. Este no se hizo esperar. En el tren viajaba un joven inmigrante que parecía de origen marroquí. Cuando el revisor fue a pedirnos el billete, esta persona no lo llevaba, y esto provocó un altercado.

El revisor, que parecía borracho, empezó a insultar en voz alta al inmigrante. El joven, aparentemente asustado, bajaba la cabeza y se limitaba a permanecer callado.

Ante la sumisión del inmigrante, el revisor se envalentonó cada vez más. No sólo le dijo que debía bajarse del tren en la próxima estación, sino que, buscando la complicidad de los viajeros que estábamos en el vagón, empezó a despotricar en voz alta sobre los que venían de fuera a quitarnos los puestos de trabajo.

Para mi asombro, la mayoría de las personas que allí había, se pusieron del lado del revisor, y empezaron  también a expresar en voz alta su postura contraria hacia toda aquella “gentuza”, como la definieron, que venían a nuestro país a aprovecharse de nosotros.

Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Sólo un joven intervino para defender al inmigrante y para decirle al revisor que si tenía que decirle que debía abandonar el tren que lo hiciera, pero que se estaba extralimitando en sus funciones. Esto provocó que la discusión se hiciera más agresiva todavía.

Yo estaba indignada por el trato que estaba recibiendo el inmigrante, por parte del revisor y de todos los que le apoyaban. También estuve a punto de intervenir, apoyando la postura del joven que lo defendía, pero al mirar al diablo con su sonrisa burlona, como si estuviera satisfecho de aquella división, opté por callarme.

Algo en mi interior me decía que me limitase a observar. La discusión aún duró un rato. Al revisor que había montado el espectáculo se unió otro empleado más, que tenía el mismo aspecto que el primero de encontrarse bebido.

Finalmente, al llegar a una parada, donde el tren permaneció mucho rato porque había un cambio de máquina, el inmigrante fue obligado a bajar, sin haber dicho una palabra. También se apeó allí la mayoría de la gente que iba en ese vagón. Y con alguno ellos se fue también el demonio simulado en su equipaje. Yo respiré tranquila al perder de vista el rostro diabólico.

Al final nos quedamos solos en el vagón, el joven que había protestado y yo. Éramos los únicos que íbamos hasta Jaca. Me enteré después de que él vivía allí. Al verme con la mochila me preguntó si iba a hacer el Camino de Santiago. Le dije que sí, que quería ir a San Juan de la Peña.

Hablamos de este monasterio, del Camino y también del incidente que había ocurrido en el tren. Ambos estábamos indignados, aunque nuestra postura había sido distinta. Él había salido en defensa del inmigrante, y yo me había limitado a observar.

Al llegar a Jaca me comentó que al día siguiente pondría una denuncia al revisor, por la actuación que había tenido con el inmigrante.  Como le pillaba de camino hacia su casa, me acompañó y me dejó en la puerta del albergue de peregrinos.

Allí pasé la noche, sin poder dormir muy bien, pensando en todo lo que había ocurrido en el tren y, sobre todo, en qué me quería decir a mi todo aquello. No supe descifrarlo y decidí dejarlo estar y tratar de descansar un poco. Al día siguiente me esperaban muchos kilómetros hasta el monasterio de San Juan de la Peña.

 

 

Paula se quitó las gafas e interrumpió la lectura durante unos instantes. Miró el reloj y comprobó que aún quedaba un rato para llegar a San Roque. Sólo con pensar que allí estaría esperándola Matías, su corazón empezó a brincarle de nuevo en el pecho.

Por unos momentos cerró los ojos, trató de relajarse y de no pensar en nada. Pero no lo logró. Su mente se disparó imaginándose mil y una situaciones en su reencuentro con Matías. Después de respirar profundamente varias veces para tranquilizarse, optó por seguir leyendo.

Sólo el manuscrito de Sara Bermúdez conseguía atraer su atención y hacerle olvidar, aunque fuera momentáneamente, que en poco tiempo debería enfrentarse a Matías, con todo lo que ello implicaba.

“Tranquila —dijo para sus adentros— no por mucho madrugar amanece más temprano. Lo que tenga que ser, será” Dicho esto, se puso de nuevo las gafas y continuó leyendo la peregrinación de Sara a San Juan de la Peña.

 

 

Cuando me levanté aún no había amanecido. Antes de iniciar el Camino me fui hacia la catedral. Tenía mucho interés en verla, sobre todo la puerta oeste, llena de mensajes simbólicos y escritos para el peregrino, según había podido leer en Internet antes de emprender el viaje.

Afortunadamente las puertas de la catedral ya estaban abiertas. Coincidiendo con el amanecer, pude contemplar en el tímpano el famoso crismón de ocho brazos que, a modo de mandala cósmico, aparecía flanqueado por dos leones.

Saqué de la mochila el papel que contenía la información que había obtenido en la red, sobre el simbolismo de la puerta occidental de esta catedral románica.

Un escrito en latín hablaba sobre las letras que aparecían en el crismón. La traducción era, más o menos, ésta: “En esta escultura, lector, procura conocer que la P (Rho griega) es el Padre. La A (Alfa) es el Hijo y la doble O (Omega) el Espíritu Santo”.

Me fijé que la inscripción no mencionaba para nada la otra letra del crismón, la S (sigma) cuya forma recordaba a la serpiente. Estaba claro que la iglesia católica había demonizado a este animal, y prefería no mencionarlo.

Sin embargo Daimon me había contado que la serpiente representaba, entre otras cosas, la energía telúrica. Por eso aparecía en los lugares sagrados en los que abundaba esta energía de la tierra. En ocasiones, la serpiente era aplastada por el pie de la imagen de la Virgen. Lo que representaba la necesidad de pisar con nuestros pies y caminar por esos lugares, para beneficiarnos de esa energía. Tal y como ocurría en el Camino de Santiago.

Pero el tímpano de esta puerta occidental contenía aún más mensajes para el peregrino: El león situado a la izquierda tenía bajo sus patas una figura humana, agarrada por una serpiente —otra vez la serpiente— y la traducción de la leyenda decía, más o menos: “El león reconoce al que busca por los suelos (que también podía traducirse como tierra), y Cristo a quien se lo pide”.

El león de la derecha tenía un oso bajo sus garras y un basilisco bajo su vientre. La traducción de la frase latina, según el autor Juan G. Atienza, podría ser: “El león es fuerte para aplastar el reino de la muerte.

Finalmente, al pie del tímpano rezaba otra inscripción que, según este mismo autor, era una llamada a vivir el proceso iniciático y que podría leerse de la siguiente manera:

“Si deseas vivir, tú que estás sujeto a la ley de la muerte, ven suplicante, desechando venenosos placeres. Limpia el corazón de pecados, para no morir de una segunda muerte”.

Pensé que con esto era suficiente, no quería detenerme más porque me esperaba un largo recorrido hasta el monasterio de San Juan de la Peña. Cuando llegase a mi destino, tendría que bajar ese mismo día, antes de que anocheciera, porque arriba no había ningún sitio donde quedarse a dormir bajo techo.

Reflexionando interiormente sobre aquellos símbolos y mensajes, grabados en la piedra en el siglo XI, inicié mi andadura siguiendo las flechas amarillas que marcaban el Camino de Santiago. Ellas me guiarían durante unos diez kilómetros, por una carretera que discurría paralela al río Aragón, hasta llegar a un cruce en el que debía desviarme hacia Santa Cruz de la Serós.

En ese cruce comprobé que había un hostal y reservé una habitación para quedarme allí cuando volviera del monasterio de San Juan de la Peña.  Tomé un bocado, me aprovisioné de agua y me dispuse a andar cuatro kilómetros más, adentrándome hacia la montaña, para llegar a la aldea de Santa Cruz de la Serós.

No me detuve y empecé a subir por una carreterilla que se elevaba por laderas en espiral, discurriendo por un bosque de robles y hayas. Nada más empezar a subir pensé que esta carretera llena de curvas, bien podría ser una metáfora del Camino espiritual, tal y como me lo había explicado  Daimon.

Pero lo que más me llamó la atención, fue la cantidad de águilas que había surcando el cielo, por encima de la carretera.  Me detuve al inicio de la subida para verlas mejor. Eran preciosas y majestuosas, todo un espectáculo para la vista.

Mientras elevaba mi cabeza hacia los cielos, vi como una gran águila venía derecha volando hacia donde yo estaba. No sabía qué hacer y me quedé quieta, paralizada, sin poder dejar de mirarla.

El águila se acercó peligrosamente hacia mí y pasó sobrevolando bajo por encima de mi cabeza. Aunque no iba a rozarme, yo me agaché instintivamente y la seguí con la mirada. Ella, igual de majestuosa, se alejó elevándose otra vez hacia el cielo.

La experiencia fue tan espectacular, que me quedé sobrecogida.  Sentí por dentro que aquel animal alado, símbolo de la altura del espíritu iluminado, me daba la bienvenida y su bendición ante aquel camino cuesta arriba que yo iba a emprender.

Recordé que en el cristianismo, el águila se identificaba con el papel de mensajero celestial. Por eso a San Juan evangelista se le representaba como un águila. También recordé que Dante se había referido a este animal como el “pájaro de Dios”. Y que el águila bicéfala era una alegoría de Jano bifronte, el dios de las puertas.

 

“¡¡Jano!! Así se llama mi vecino —pensó Paula para sus adentros— Qué raro que su nombre aparezca ahora en este manuscrito. Cuando vuelva a Rossal me haré la encontradiza con él, y le preguntaré cosas sobre Sara Bermúdez. Ellos debieron conocerse… ¡Y ahora que recuerdo! ¡Él fue quien me indicó el sitio dónde yo debía cavar en mi jardín, donde luego encontré este manuscrito!”

Asombrada y un tanto alterada, Paula continuó con la lectura que, nuevamente, había atrapado su atención. En esos momentos no quería llegar a Rossal ni ver a Matías ni hacer nada de nada. Sólo le interesaba seguir leyendo la peregrinación de Sara a San Juan de la Peña.

 

 

Durante toda la ascensión por aquella carretera, que discurría en espiral, fui acompañada por las águilas que volaban sobre mi cabeza. Era como si me protegieran. Yo me sentía transportada a otro mundo y con una lucidez de conciencia mayor que en cualquier otro momento de mi vida.

Otra cosa llamó mi atención, el número 40 se repetía cada vez que yo avanzaba y subía dando la vuelta a la espiral. Aparecía inscrito en una señal de tráfico, para indicar a los conductores que no podían circular a más de esa velocidad. Para mi tenía otro significado.

El número en negro, estaba inscrito en un círculo rojo con fondo blanco. Según me había explicado Daimon, estos tres colores representaban en la alquimia las tres fases necesarias para la transformación: la nigredo —fase de disolución— la rubedo —fase del sacrificio— y la albedo, que es la fase de la resurrección.

Pero había más,  el arquetipo del número 40 expresaba la transformación profunda. Por eso la crisis más importante en la vida de las personas suele ocurrir en torno a los 40 años. Una edad que se considera como la mitad de la vida y el momento en que uno debe replantearse toda su existencia para iniciar el camino de regreso que le conducirá a la muerte y a otra vida lejos del cuerpo físico.

La subida duró un par de horas, y mis piernas empezaban a resentirse. No en vano llevaba ya recorridos casi 25 kilómetros, desde que había salido por la mañana de la catedral de Jaca. Y ocho había sido cuesta arriba.

Pensé que aún tenía que andar otros doce kilómetros de vuelta hasta el hostal donde había reservado habitación. Me alegré de haber sido tan previsora y me reconfortó pensar en la ducha caliente que podría tomar cuando volviera.

El monasterio de San Juan de la Peña me impresionó y, en cierto modo, me recordó al templo de Hatshepsut que había visto en Egipto, excavado en la roca. Aunque el claustro de San Juan me pareció aún más impactante y espectacular.

Saqué mi entrada para ver el interior y llegué a la sala dónde, sobre una mesa de piedra que hacía de altar, se suponía que se habían oficiado misas con el Santo Grial.  Recorriendo todo ese espacio, me sorprendí a mí misma diciéndome, sin ningún género de dudas: “Esa ventana no estaba ahí”.

Seguí la inspección del lugar en solitario y al cabo del rato una guía, que en cierto modo ponía en duda que allí hubiera estado el Grial, comentaba a un grupo de turistas que una ventana que se veía en la sala, no estaba allí inicialmente, sino que se había construido varios siglos después.  Este comentario intrascendente vino a ratificar mi afirmación y a confirmar lo que yo sentía desde que entré en el monasterio: que ya había estado allí en otro tiempo, en una vida anterior.

El monasterio, según había leído antes de emprender la peregrinación, estaba dedicado a San Juan Bautista, aunque era evidente la simbología de sus muros que aludía a la dualidad, y a los opuestos. No pude olvidar que este Juan, puerta del solsticio de invierno, era una de las caras del dios Jano.

 

¡Otra vez Jano! —pensó Paula mientras se removía en su asiento del tren y continuaba leyendo:

 

Lo más destacado del lugar, sin duda, era su claustro al aire libre, enclavado en una oquedad del monte Pano — cuyo nombre se parecía mucho a Jano—  con multitud de llaves (claves) grabadas en los muros y sus alegóricos capiteles. 

Lo que más me impactó fue ver la inscripción que figuraba en la puerta por la que se accedía al claustro, y que el autor Juan G. Atienza traducía de forma tan significativa:

“Por esta puerta cualquier fiel puede grabar el cielo + si investiga en la fe para captar los designios de Dios”.

 

 

Permanecí recorriendo el lugar hasta que cerraron sus puertas a los turistas. Comí un bocadillo en un chiringuito que había en un prado donde se ubicaba el llamado monasterio nuevo —ahora en ruinas— y emprendí el camino de vuelta, carretera abajo, acusando el cansancio.

A esas horas de la tarde el sol caía a plomo y yo llegué a Santa Cruz de la Serós casi exhausta. Me metí en un bar y bebí tres latas seguidas de un refresco de los que llevan azúcar.

Después de descansar un buen rato, visité la iglesia que lleva el mismo nombre que esa aldea. En la puerta de acceso al templo, dedicada a la Virgen, podía leerse una inscripción que traducida, venía a ser:

“Yo soy la puerta, pasad pronto a través mío, soy la fuente de la vida, sentid más sed de mí que de vino. Bendito sea quien quiera penetrar en este templo de la Virgen. Y corrígete primero si apeteces a Cristo”.

Estas palabras, sobre todo la última frase, me impresionaron mucho.

Sin detenerme más en aquel lugar, volví a coger la carretera y, haciendo el camino de vuelta, llegué hasta el hostal donde había reservado una habitación.

Me encontraba muy cansada, el sol me había quemado la cara y los brazos y lo único que quería era ducharme, echarme en la cama y dormir. El agua caliente reconfortó los doloridos músculos de mi cuerpo. Había hecho demasiados kilómetros casi sin descansar. Pensé que al día siguiente tendría agujetas.

No tenía hambre, así que decidí no cenar nada. Llamaría a Daimon y luego me iría a la cama. Pero no pudo ser. Como me imaginaba, su teléfono no estaba conectado. Tendría que esperar mi llegada a Rossal para hablar con él.

Me tumbé en la cama y apagué la luz. Sin embargo, no podía dormir. Repasé mentalmente todo lo que había vivido desde que me subí al tren para llegar a Jaca. Daimon tenía razón una vez más. Aquella había sido una peregrinación muy corta, pero muy intensa. Aunque yo todavía no sabía muy bien qué significado darle a mi experiencia.

A pesar del cansancio, tarde varias horas en dormirme y, cuando lo hice, tuve sueños muy extraños de los que no me acordaba al levantarme al día siguiente.  Al amanecer, volví a cargar con mi mochila y me encaminé hacia Jaca, por la misma carretera que había traído el día anterior, pero en sentido contrario.

Aunque hasta ese momento no había visto a ninguno, me crucé con varios peregrinos que hacían el recorrido opuesto al mío y me deseaban “buen camino”, mirándome con extrañeza.

Esta circunstancia de que yo fuera al revés, aparentemente sin importancia,  vapuleó de lleno mi razón y me hizo saber, sin ningún genero de dudas, que esa era una de las claves más importantes de ese Camino que yo acababa de hacer.

Con gran emoción supe que, en mi vida, tenía que desandar lo andado y desaprender lo aprendido, para poder seguir en ese camino de los locos del que hablaba Daimon. 

Supe que si en la plaza del Obradoiro había invertido mi mirada, ahora tenía que dejar atrás muchas cosas que había adquirido con esfuerzo. No sólo no las necesitaba, sino que eran un obstáculo para continuar mi evolución espiritual.

Fui totalmente consciente de que no tenía que buscar ningún Grial en el exterior, porque ese Grial estaba dentro de mí. O mejor dicho, era yo misma. Me di cuenta de que sólo a través de mi receptividad y entrega  podría llenar mi Grial interior.

Entonces la frase que había visto en la iglesia de Santa Cruz de la Serós, dedicada a la Virgen, la energía femenina, cobró un nuevo sentido para mí. Con razón decía “Yo soy la puerta, pasad pronto a través mío, soy la fuente de la vida…”

Y también cobró sentido la última frase de esa inscripción: “Y corrígete primero si apeteces a Cristo”

Sentada en la estación de Renfe de Jaca, mientras tomaba un bocadillo y esperaba el tren que me llevaría de vuelta a casa, repasé mi vida y me di cuenta de que, efectivamente, tenía muchas cosas que corregir y resolver, antes de seguir mi camino.

 

 

Paula interrumpió la lectura y cerró los ojos. Sin saber por qué, se identificó con el estado de ánimo que Sara expresaba a través de su relato. Aunque sólo la conocía por las fotos que venían en la solapa de sus libros, se la imaginó en esa sala de la estación, esperando el tren para volver a su casa.

Ella también iba en el tren y también volvía a su casa —la misma que tuvo Sara— después de haber pasado varios días con su hija en la Gran Ciudad. Aunque en ningún momento había sido consciente de estar haciendo ninguna peregrinación a ningún lugar sagrado, lo cierto es que ya no era la misma que partió unos días atrás.

Pensó que ni siquiera su aspecto exterior era el mismo. Su pelo no era del mismo color, su ropa no era la misma, puesto que había tenido que comprarse ropa nueva, dado el escaso equipaje que se llevó.

Pero, sobre todo, ella ya no era la misma mujer, después de haber tenido que acompañar a su hija en su dolor. Y puede que la lectura del manuscrito de Sara, también le hubiera hecho tener una perspectiva nueva de la existencia. No lo sabía. Lo único que sabía es que volvía a Rossal y se reencontraría con Matías.

 

Las reflexiones de Paula quedaron interrumpidas bruscamente. Por los altavoces del tren anunciaban la llegada inminente a San Roque. Daban las gracias por haber elegido esa opción para viajar, y recordaban a los usuarios que no olvidasen ningún objeto personal.

 

Al escuchar este mensaje, a Paula empezó a latirle el corazón con fuerza. De manera atolondrada guardó apresuradamente el manuscrito de Sara Bermúdez en la bolsa de viaje que llevaba. Se puso una chaqueta y se preparó en el pasillo para bajar.

Al llegar a la estación, y antes de que el tren se detuviera, Paula divisó a Matías, que miraba hacia los vagones con expectación. Nada más verlo, no tuvo ninguna duda de que esa noche volvería a hacer el amor con él.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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