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CAPÍTULO XVII

Paula saludó con la mano desde la
ventanilla del tren. Su hija respondió al saludo con una sonrisa y
un gesto afirmativo de la cabeza, en el arcén de la estación. Habían
transcurrido 18 días desde que ella llegara a la Gran Ciudad, para
cuidar a Elena.
Sin embargo, a Paula le pareció que
había pasado mucho más tiempo. Las fechas marcadas por el
calendario, no se correspondían con la cantidad y la calidad de
vivencias internas que, tanto ella como Elena, habían tenido.
Para su hija el tiempo no había pasado
en balde. Elena no era la misma persona, hundida y deprimida, que
Paula se había encontrado días atrás. Había momentos en que todavía
se quedaba como perdida, con la mirada puesta en el vacío, como si
un retazo de su alma hubiera quedado retenido en algún recoveco
oscuro, sin poder ver la claridad.
Pero a pesar de eso, aunque la
profunda herida que sentía en su interior aún supurase, Paula estaba
segura de que Elena había vuelto a tomar las riendas de su vida. Y
esa había sido la señal para indicarle a ella que debía volver a
Rossal, y continuar con la suya.
El tren arrancó y Paula no pudo evitar
sentir un nudo en el estómago. Se arrellanó en su asiento y,
mientras contemplaba el paisaje que rápidamente pasaba a su lado,
intentó discernir cuales eran los sentimientos que le provocaban esa
reacción física de encogimiento.
No tuvo que pensar demasiado para
reconocer que tenía miedo de su reencuentro con Matías. Él le había
dicho que iría a recogerla a la estación de San Roque y la llevaría
con su coche a Rossal.
También le había dejado caer, como el
que no quería la cosa, que podría quedarse esa noche todo el tiempo
que hiciera falta puesto que al día siguiente, 1 de noviembre, era
la festividad de Todos los Santos y no trabajaba.
Sólo de pensar en ese encuentro, que
se iba a realizar unas horas después, Paula sentía escalofríos,
sobre todo por la inseguridad que tenía, con respecto a los
sentimientos de Matías hacia ella, y a los suyos propios.
En realidad, no sabía en qué punto se
encontraba la relación que, de forma tan brusca, quedó interrumpida,
y que se había mantenido en las últimas semanas a base de breves
llamadas telefónicas.
Muy inquieta, notó cómo se le
descomponía el cuerpo y, de forma precipitada, tuvo que dirigirse a
los servicios del tren.
Cuando terminó con sus necesidades
fisiológicas, se chapuzó la cara en el pequeño lavabo y se mojó el
cuello con agua fresca. Pretendía aliviar un poco la tensión que
estaba sufriendo. Mientras se secaba con una toallita de papel,
Paula contempló su rostro en el espejo.
De pronto cayó en la cuenta de que
Matías la vería bastante cambiada. Durante el tiempo que había
pasado con su hija, había perdido peso, estaba más delgada, y eso la
hacía parecer más joven. Los pómulos se marcaban todavía más en su
rostro, resaltando las pecas y agrandando sus expresivos ojos
verdes.
Pero el cambio más espectacular
afectaba a su pelo. Había hecho que se lo decolorasen, y se había
dejado su color natural: castaño con canas. Al contrario de lo que
pudiera pensarse, los cabellos blancos esparcidos por su cabeza, no
la hacían parecer mayor. Pero sí le daban cierto aire de madurez y
la apariencia de una persona que había vivido mucho.
La imagen que le devolvió el espejo, a
la que aún no se había acostumbrado, le dio seguridad en sí misma y
disposición para afrontar el futuro, fuera el que fuera.
Dirigiéndose a ella misma, dijo en voz alta:
—Bueno, Paula, ahora te toca a ti
decidir qué quieres ser de mayor. Ya es hora de que tú también te
responsabilices de tu vida. Eso es lo que le has estado diciendo a
tu hija ¿no? Pues aplícatelo a ti misma.
Paula volvió a su asiento en el tren,
con la cara más sonrosada y el ánimo mejor dispuesto que cuando, de
forma precipitada se había tenido que marchar a los lavabos. Sin
embargo, no podía evitar seguir experimentando cierto nudo en la
boca del estómago.
Apoyó la cabeza en el respaldo, y
cerró los ojos, respirando profundamente, para relajarse un poco.
Instintivamente se llevó la mano al cabello y se lo retiró hacia
atrás, como si el pelo le molestase en la cara. Recordó el día en
que su hija y ella fueron a la peluquería para ponerse guapas y
cambiar el look.
Ninguna de las dos podía prever que,
en lugar de teñirse el pelo, decidirían dejárselo de su color
natural y acabar, de una vez por todas, con la tiranía de los
tintes. Fue su hija la que lo propuso, y ella se negó al principio.
Cuando iban en el coche, camino de la peluquería, Elena le propuso:
—¿Y si hacemos un acto de rebeldía y
no nos teñimos el pelo?
—Ni hablar —respondió ella con
rapidez— tú dices eso porque eres joven y no tienes canas… Pero yo,
parecería una vieja.
—¡No es verdad! ¡Seguro que tengo yo
más canas que tú! Pero sabes qué te digo, que no me importa. ¡Estoy
tan cansada de fingir! He fingido tanto en mi matrimonio, que ahora
necesito mostrarme como soy. ¡Con mis canas, mis arrugas y todo!
Paula reflexionó sobre las palabras de
su hija y sonrió en su fuero interno. Era evidente que Elena
afrontaba el cambio de su imagen externa, como una proyección de la
transformación interior que estaba viviendo. Quiso acompañarla y,
sin pensarlo dos veces, respondió:
—De acuerdo, tú ganas. Si hay que
dejarse las canas, me las dejaré. Tengo mucha curiosidad por verme.
Llevo encima tantos tintes, que ya no sé cual es mi color de pelo…
De todas maneras, siempre podré volver a teñirme otra vez si no me
convence.
Pero la convenció. Y a su hija
también. Visiblemente animada con su nuevo aspecto, Elena le
comentó:
—No te lo vas a creer, mamá, pero me
siento una mujer nueva, más auténtica. Más yo misma. Estoy segura de
que Jorge desaprobaría este cambio. A él siempre le han gustado las
rubias y yo fui tan estúpida como para teñirme el pelo a su gusto,
siendo morena. Porque fue él quien me convenció para cambiarme el
color. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas?
Manteniendo los ojos cerrados y
dejándose mecer por el vaivén del tren, Paula recordó que esa era la
pregunta que más veces se había hecho su hija, a lo largo de las
últimas dos semanas. “¿Cómo he podido ser tan gilipollas?”
Durante todo ese tiempo su relación
con Elena había experimentado también un cambio espectacular. Se
podría decir que el dolor de su hija, que en principio pareció
separarlas, había acabado uniéndolas de manera mucho más íntima y
profunda.
Paula llegó a tener la sensación de
que no eran madre e hija, sino dos buenas amigas que se contaban sus
penas y se hacían confidencias. Hasta tal punto fue así, que ella
estuvo tentada de contarle a Elena su romance con Matías. Si no lo
hizo fue porque la opinión que su hija tenía en esos momentos del
género masculino, estaba por debajo del subsuelo.
Sin embargo, estaba convencida de que
Elena sospechaba algo. Casi a diario hablaba por teléfono con
Matías. Cuando su hija estaba delante, Paula intentaba no mostrarse
afectada y despachaba rápidamente la conversación, alegando que
luego llamaría ella.
En una ocasión, Elena le preguntó:
—¿Quién te llama tanto? ¿No te habrás
echado un novio?
—¡Pues claro que no! —respondió Paula,
a la defensiva—. Es el jardinero que quiere saber cuando vuelvo,
porque quiero plantar…
—¡Es broma! —la interrumpió Elena
riéndose— no tienes que darme explicaciones y, además, tampoco sería
tan raro que tuvieras un ligue. Eso sí, no dejes de ser tú misma por
ningún hombre, como he hecho yo.
Paula recordó cómo la impactaron las
palabras de su hija, aunque tomándolas con cautela, dado que la
opinión que Elena tenía de los hombres dejaba mucho que desear.
Debido a su mala experiencia matrimonial, había pasado de un extremo
al otro.
De estar sometida a Jorge, a tener un
rechazo feroz hacia el género masculino. De cualquier manera, si las
palabras de su hija habían resonado tanto en su interior, era porque
ella también había renunciado a muchos aspectos de su personalidad,
para no enfadar a su marido.
Sin ir más lejos, recordó cómo había
abandonado su afición por la escritura, cómo había borrado de su
mente las verdaderas razones. Y este recuerdo, una vez más, la sumió
en un estado de animadversión hacia el hombre con quien había
compartido su vida durante tantos años.
“Volveré a escribir —se dijo para sus
adentros, mientras abría los ojos y volvía la mirada hacia el
paisaje de la ventanilla— aunque me cueste trabajo hacerlo, volveré
a escribir. Nadie me hará renunciar a ello”
Esta afirmación le sorprendió porque,
realmente, no existía nadie en su vida que interfiriera sobre
cualquier cosa que ella quisiera hacer. En realidad era totalmente
libre, y podía considerarse una persona afortunada.
Reflexionó que se encontraba bien de
salud, aún era joven, su pensión de viudedad y los ahorros de los
que disponía, propiciaban que viviera de una forma holgada, sin
tener que preocuparse por el dinero. “¿Qué más puedo pedir?” —dijo
para sí misma.
Pero, a pesar de que la vida le
sonreía, ella sentía un gran vacío interior. Era una sensación como
si se estuviera perdiendo algo. Como si la vida consistiera en mucho
más de lo que se podía percibir a simple vista, y se estuviera
perdiendo la parte más importante.
Al hacerse consciente de estos
pensamientos, sin saber por qué, le vino a la cabeza el manuscrito
de Sara Bermúdez. Llevaba sin leerlo desde hacía muchos días. Había
estado tan dedicada a su hija, a hablar con ella, a estar junto a
ella, a salir y a hacer cosas juntas, que el manuscrito había pasado
a un segundo plano.
Se preguntó por qué volvía a acordarse
de él en esos momentos. Después de pensar un rato, llegó a la
conclusión de que también la escritora Sara Bermúdez, que
aparentemente tenía todo lo que podía desear, y llevaba una vida
satisfactoria, había expresado sentir ese vacío interior.
En esos instantes, quizás por primera
vez en su vida, Paula supo con certeza a qué inquietud interna se
refería la escritora. Era la misma que ella estaba experimentado, la
que había llevado a Sara Bermúdez a recorrer todos aquellos lugares
sagrados, buscando el alimento que pudiera calmar su hambre de
auténtica vida, más allá de las apariencias.
El impacto de este profundo
sentimiento hizo que Paula se levantase de su asiento y se
encaminase hacia la cafetería del tren. Necesitaba estirar un poco
las piernas, moverse. Miró el reloj. Era un poco pronto para comer,
pero tenía hambre. Pidió un bocadillo y una cerveza, se retiró a un
rincón y empezó a comérselo con ansia, como si se lo fueran a
quitar.
Al darse cuenta se detuvo y suspiró
profundamente para aliviar su tensión. Ese sentimiento interno que
acababa de identificar, ese vacío interior, esa hambre de su
espíritu no se podía saciar con el bocadillo que tenía entre las
manos.
Sin saber por qué, le dieron ganas de
llorar. Se sintió sola y desvalida, como cuando era una niña y nadie
iba a visitarla los domingos al colegio donde estaba interna. De
pronto, toda esa fortaleza que había experimentado un rato antes, se
vino abajo y en la escena apareció esa Paula infantil y esa vieja y
maldita certeza de que nadie la quería y a nadie le importaba.
Haciendo de tripas corazón, terminó el
bocadillo, pagó la consumición y abandonó la cafetería. No quería
volver a su asiento, por lo que se quedó un rato de pie en uno de
los descansillos del tren, allí al menos no estaba rodeada de gente.
Intentó sobreponerse a ese estado
anímico tan lúgubre y negativo, tan conocido, que se había instalado
en su alma durante su infancia y que se negaba a abandonarla por
completo.
Sintió lástima por sí misma. Aunque
más que lástima era compasión. Pero no por la Paula adulta que era
ahora, sino por esa niña que todavía reclamaba atención y cariño
desde su interior.
Sin poder contener las lágrimas, le
hizo una promesa a la niña que fue y que inesperadamente se había
presentado en su vida. Le prometió que la cuidaría, que la querría y
que se ocuparía de ella, para que nunca más se sintiera sola y
abandonada.
Paula cerró los ojos y, aunque no era
ella la que la provocaba la imagen, vio en su mente, con toda
claridad, a esa niña. Se vio a sí misma cuando era pequeña. Y vio
cómo la niña se acercaba hasta ese tren, hasta ese momento de su
vida. Cómo miraba a la Paula adulta y, sonriéndole, se cogía de su
mano.
El tiempo parecía haberse detenido. La
imagen era tan vívida, que Paula sintió como si una pequeña manita
la agarrara de la mano de verdad. Notó en su palma los dedos
pequeños y cálidos de la pequeña y, con gesto protector, hizo el
ademán de apretarla.
Fue entonces cuando la imagen se
desvaneció. Paula abrió los ojos y regresó a la realidad de aquel
tren que la conducía hasta su casa. Un poco aturdida, sin saber muy
bien qué había pasado y sin poder catalogar la experiencia que
acababa de vivir dentro de los parámetros normales, miró a un lado y
a otro. No había nadie cerca, estaba sola. Todavía desconcertada,
decidió volver a su asiento.
Una vez acomodada de nuevo, cogió los
auriculares que le habían facilitado, y se los puso con la intención
de ver una película que empezaban a proyectar en el vídeo. Lo que
quería era no pensar, distraerse, no darle vueltas a lo que se iba a
encontrar cuando llegase a la estación de San Roque, y Matías
estuviera esperándola en el andén.
Con intención de abstraerse un poco,
Paula empezó a ver la película pero ésta no lograba captar su
interés. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó dormida. Antes
de hacerlo, en el estado de duermevela que precede al sueño, Paula
pensó que aquel tren era una metáfora de la vida y que dentro de
unos momentos se daría de bruces con su destino.
Matías estaba muy inquieto. Comió
rápidamente en su casa y se volvió a la Biblioteca. Su padre no se
encontraba bien. Según le había contado su madre, Adán había
vomitado por la mañana. Presumiblemente había comido algo a
escondidas, que le había sentado mal.
Aunque tenía que llevar una dieta
blanda, escondía comida que tenía prohibida y se la comía cuando
nadie lo veía. Luego, cuando se ponía enfermo, echaba la culpa de lo
que le pasaba a su mujer, decía que había querido envenenarlo.
Además de lo mal que se sentía físicamente, se ponía inaguantable.
Durante la comida, Matías apenas
escuchó a su madre contándole la batalla que había librado toda la
mañana con Adán. Bastante tenía él con el problema que se le venía
encima. Porque era evidente que no podría mantener durante mucho
tiempo ese doble juego con Susana y con Paula.
Antes o después tendría que tomar una
determinación y, en esos momentos, se sentía incapaz de hacerlo.
El hecho de que Paula hubiera
permanecido en la Gran Ciudad más tiempo de lo que pensaba, había
facilitado las cosas, en cierto modo. Pero sólo aparentemente, ya
que al no verla en las últimas semanas, no había tenido elementos de
juicio para decidir si quería establecer una relación más sólida con
ella.
Lo que era evidente es que sentía por
Paula una atracción sexual como no había experimentado nunca por
ninguna otra mujer, ni siquiera cuando era más joven. Sólo con
pensar que iba a verla dentro de unas horas, estaba tan excitado que
a duras penas podía mantener su pene aprisionado en el pantalón.
Pero claro, esa atracción estaba muy
bien para los encuentros apasionados en la cama, pero no era
suficiente para dejar a su novia, liarse la manta a la cabeza y
pasar por el trago de decirle a su madre que se había comprometido
con una mujer viuda, mucho mayor que él.
“No estoy dispuesto a pagar el precio
familiar y social que supondría —pensó— San Roque es sólo un pueblo
y seríamos la comidilla. Mi madre se moriría de vergüenza. No lo
podría soportar. ¿Qué iba a pensar la gente?”
Matías resopló mientras hacía la ficha
a los libros que habían llegado nuevos. No estaba muy satisfecho
consigo mismo. La pregunta interna que acababa de hacerse: “¿Qué va
a pensar la gente?” le parecía impropia de él. De hecho, era la
pregunta que siempre formulaba su madre, y que lo ponía de los
nervios.
Por otra parte, y para complicar las
cosas aún más, estaba el cambio de actitud de Susana con relación al
sexo. En los últimos días habían hecho el amor varias veces. Cuando
antes, era una odisea la que tenía que pasar sólo para meterle mano.
Le gustaba follar con Susana. “A nadie
le amarga un dulce” —pensaba— pero no sentía con ella la brutal
pasión que había experimentado con Paula. Susana era una buena
chica, no lo negaba pero, siendo sincero consigo mismo, tenía que
reconocer que no estaba enamorado de ella.
“Dios, vaya conflicto me he montado yo
solo —reflexionó en su interior. Lo que tenía que hacer era largarme
de San Roque. Ni la una ni la otra. Dejar a mi madre que se las
entendiera con Adán, que para eso se casó con él. Y yo… Yo debería
cambiar de vida. Dar clases en algún instituto o en la universidad,
que es lo que me gusta, y para eso estudié una carrera, no para
estar aquí rellenando fichas como un gilipollas”
Matías suspiró profundamente, y se
llevó la mano al pendiente que tenía en su oreja derecha. Miró
nuevamente el reloj. ¡Qué larga se le estaba haciendo la tarde! De
cualquier forma, en unas horas volvería a ver a Paula. Aunque no
supiera muy bien cuales eran sus sentimientos hacia ella, lo que
estaba claro es que se moría de ganas por tenerla entre sus brazos.
Pensó que había tenido suerte de que
al día siguiente Susana estuviera todo el día de guardia en la
farmacia, así él podría estar con Paula. Aunque no iba engañarse,
esa doble vida amorosa tenía los días contados. San Roque era un
pueblo, y Rossal, menos que pueblo. Debería tomar una decisión antes
de que alguna de las dos se enterase de la existencia de la otra. “O
las dos. ¡Mira que si me quedo sin ninguna!” —pensó con cierto
cinismo.
El tono elevado de la música que ponen
al final de una película, fue lo que despertó bruscamente a Paula.
Sin saber muy bien dónde estaba, tardó un rato en darse cuenta de
que iba en el tren y se había quedado dormida durante toda la
emisión del video.
Con cierto alivio se quitó los
auriculares de las orejas, que le estaban haciendo daño, y miró el
reloj para saber cuanto faltaba para llegar a San Roque. En menos de
dos horas estaría allí y esta certeza hizo que se le acelerase el
corazón, al pensar en el reencuentro con Matías. Su imagen
esperándola en el andén de la estación le hizo recordar que acababa
de soñar con ese momento.
Haciendo un esfuerzo, le vino a la
memoria, de una forma un tanto difusa, la escena del sueño que
acababa de tener. En ella se veía a un Matías adolescente, vestido
de caballero con una cota de malla, y una melena hasta el cuello,
que la esperaba paseándose en el andén, junto a un hermoso caballo
blanco.
La mujer que bajaba del tren era ella.
Y aunque no se parecían en nada, Paula sabía, con toda seguridad,
que era ella. Se trataba de una joven rubia, con el pelo lacio que
le llegaba por la cintura. Rodeando la cabeza llevaba puesta una
diadema que tenía en la frente una preciosa esmeralda verde.
El vestido de Paula en el sueño era
blanco y largo, con adornos dorados. Al bajar ella del tren y
avanzar hacia el caballero Matías, éste hincó la rodilla derecha en
el suelo y bajó la cabeza, ofreciéndole su espada. Paula la cogió y,
con gran ceremonial, pronunciando unas palabras en un lenguaje
extraño, armó caballero a Matías.
Él levantó la cabeza y sus miradas se
cruzaron, sintiendo Paula un profundo amor por aquel joven
adolescente. Matías le cogió la mano y la rozó ligeramente con sus
labios, en un fugaz beso. Después, subió a su caballo blanco y se
marchó a galope, internándose en un bosque.
No recordaba más del sueño, pero la
escena que había visto le resultaba familiar. “Yo he visto en un
grabado a ese joven y a la mujer —pensó— pero en el sueño éramos
Matías y yo. ¡Qué cosa más rara!”
Volvió a mirar el reloj y sólo habían
pasado cinco minutos desde la última vez que lo había consultado.
“¡Qué largo se me va a hacer lo que queda de viaje!” —reflexionó.
Después de intentar poner atención a
un documental sobre leones, que estaban emitiendo en la televisión
del tren, decidió retomar la lectura del manuscrito de Sara
Bermúdez. “Seguro que así se me pasa el tiempo volando”
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