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CAPÍTULO XVII

Ilustración de Sergio Bleda para el décimo séptimo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Paula saludó con la mano desde la ventanilla del tren. Su hija respondió al saludo con una sonrisa y un gesto afirmativo de la cabeza, en el arcén de la estación. Habían transcurrido 18 días desde que ella llegara a la Gran Ciudad, para cuidar a Elena.

Sin embargo, a Paula le pareció que había pasado mucho más tiempo. Las fechas marcadas por el calendario, no se correspondían con la cantidad y la calidad de vivencias internas que, tanto ella como Elena, habían tenido.

Para su hija el tiempo no había pasado en balde. Elena no era la misma persona, hundida y deprimida, que Paula se había encontrado días atrás. Había momentos en que todavía se quedaba como perdida, con la mirada puesta en el vacío, como si un retazo de su alma hubiera quedado retenido en algún recoveco oscuro, sin poder ver la claridad.

Pero a pesar de eso, aunque la profunda herida que sentía en su interior aún supurase, Paula estaba segura de que Elena había vuelto a tomar las riendas de su vida. Y esa había sido la señal para indicarle a ella que debía volver a Rossal, y continuar con la suya.

 

El tren arrancó y Paula no pudo evitar sentir un nudo en el estómago. Se arrellanó en su asiento y, mientras contemplaba el paisaje que rápidamente pasaba a su lado, intentó discernir cuales eran los sentimientos que le provocaban esa reacción física de encogimiento.

No tuvo que pensar demasiado para reconocer que tenía miedo de su reencuentro con Matías. Él le había dicho que iría a recogerla a la estación de San Roque y la llevaría con su coche a Rossal.

También le había dejado caer, como el que no quería la cosa, que podría quedarse esa noche todo el tiempo que hiciera falta puesto que al día siguiente, 1 de noviembre, era la festividad de Todos los Santos y no trabajaba.

Sólo de pensar en ese encuentro, que se iba a realizar unas horas después, Paula sentía escalofríos, sobre todo por la inseguridad que tenía, con respecto a los sentimientos de Matías hacia ella, y a los suyos propios.

En realidad, no sabía en qué punto se encontraba la relación que, de forma tan brusca, quedó interrumpida, y que se había mantenido en las últimas semanas a base de breves llamadas telefónicas.

Muy inquieta, notó cómo se le descomponía el cuerpo y, de forma precipitada, tuvo que dirigirse a los servicios del tren.

Cuando terminó con sus necesidades fisiológicas, se chapuzó la cara en el pequeño lavabo y se mojó el cuello con agua fresca. Pretendía aliviar un poco la tensión que estaba sufriendo. Mientras se secaba con una toallita de papel, Paula contempló su rostro en el espejo.

De pronto cayó en la cuenta de que Matías la vería bastante cambiada. Durante el tiempo que había pasado con su hija, había perdido peso, estaba más delgada, y eso la hacía parecer más joven. Los pómulos se marcaban todavía más en su rostro, resaltando las pecas y agrandando sus expresivos ojos verdes.

Pero el cambio más espectacular afectaba a su pelo. Había hecho que se lo decolorasen, y se había dejado su color natural: castaño con canas. Al contrario de lo que pudiera pensarse, los cabellos blancos esparcidos por su cabeza, no la hacían parecer mayor. Pero sí le daban cierto aire de madurez y la apariencia de una persona que había vivido mucho.

La imagen que le devolvió el espejo, a la que aún no se había acostumbrado, le dio seguridad en sí misma y disposición para afrontar el futuro, fuera el que fuera. Dirigiéndose a ella misma, dijo en voz alta:

 

—Bueno, Paula, ahora te toca a ti decidir qué quieres ser de mayor. Ya es hora de que tú también te responsabilices de tu vida. Eso es lo que le has estado diciendo a tu hija ¿no? Pues aplícatelo a ti misma.

 

Paula volvió a su asiento en el tren, con la cara más sonrosada y el ánimo mejor dispuesto que cuando, de forma precipitada se había tenido que marchar a los lavabos. Sin embargo, no podía evitar seguir experimentando cierto nudo en la boca del estómago.

Apoyó la cabeza en el respaldo, y cerró los ojos, respirando profundamente, para relajarse un poco. Instintivamente se llevó la mano al cabello y se lo retiró hacia atrás, como si el pelo le molestase en la cara. Recordó el día en que su hija y ella fueron a la peluquería para ponerse guapas y cambiar el look.

Ninguna de las dos podía prever que, en lugar de teñirse el pelo, decidirían dejárselo de su color natural y acabar, de una vez por todas, con la tiranía de los tintes. Fue su hija la que lo propuso, y ella se negó al principio. Cuando iban en el coche, camino de la peluquería, Elena le propuso:

 

—¿Y si hacemos un acto de rebeldía y no nos teñimos el pelo?

—Ni hablar —respondió ella con rapidez— tú dices eso porque eres joven y no tienes canas… Pero yo, parecería una vieja.

—¡No es verdad! ¡Seguro que tengo yo más canas que tú! Pero sabes qué te digo, que no me importa. ¡Estoy tan cansada de fingir! He fingido tanto en mi matrimonio, que ahora necesito mostrarme como soy. ¡Con mis canas, mis arrugas y todo!

Paula reflexionó sobre las palabras de su hija y sonrió en su fuero interno. Era evidente que Elena afrontaba el cambio de su imagen externa, como una proyección de la transformación interior que estaba viviendo. Quiso acompañarla y, sin pensarlo dos veces, respondió:

—De acuerdo, tú ganas. Si hay que dejarse las canas, me las dejaré. Tengo mucha curiosidad por verme. Llevo encima tantos tintes, que ya no sé cual es mi color de pelo… De todas maneras, siempre podré volver a teñirme otra vez si no me convence.

 

Pero la convenció. Y a su hija también. Visiblemente animada con su nuevo aspecto, Elena le comentó:

 

—No te lo vas a creer, mamá, pero me siento una mujer nueva, más auténtica. Más yo misma. Estoy segura de que Jorge desaprobaría este cambio. A él siempre le han gustado las rubias y yo fui tan estúpida como para teñirme el pelo a su gusto, siendo morena. Porque fue él quien me convenció para cambiarme el color. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas?

 

Manteniendo los ojos cerrados y dejándose mecer por el vaivén del tren, Paula recordó que esa era la pregunta que más veces se había hecho su hija, a lo largo de las últimas dos semanas. “¿Cómo he podido ser tan gilipollas?”

Durante todo ese tiempo su relación con Elena había experimentado también un cambio espectacular. Se podría decir que el dolor de su hija, que en principio pareció separarlas, había acabado uniéndolas de manera mucho más íntima y profunda.

Paula llegó a tener la sensación de que no eran madre e hija, sino dos buenas amigas que se contaban sus penas y se hacían confidencias. Hasta tal punto fue así, que ella estuvo tentada de contarle a Elena su romance con Matías. Si no lo hizo fue porque la opinión que su hija tenía en esos momentos del género masculino, estaba por debajo del subsuelo.

Sin embargo, estaba convencida de que Elena sospechaba algo. Casi a diario hablaba por teléfono con Matías. Cuando su hija estaba delante, Paula intentaba no mostrarse afectada y despachaba rápidamente la conversación, alegando que luego llamaría ella.

En una ocasión, Elena le preguntó:

—¿Quién te llama tanto? ¿No te habrás echado un novio?

—¡Pues claro que no! —respondió Paula, a la defensiva—. Es el jardinero que quiere saber cuando vuelvo, porque quiero plantar…

—¡Es broma! —la interrumpió Elena riéndose— no tienes que darme explicaciones y, además, tampoco sería tan raro que tuvieras un ligue. Eso sí, no dejes de ser tú misma por ningún hombre, como he hecho yo.

 

Paula recordó cómo la impactaron las palabras de su hija, aunque tomándolas con cautela, dado que la opinión que Elena tenía de los hombres dejaba mucho que desear. Debido a su mala experiencia matrimonial, había pasado de un extremo al otro.

De estar sometida a Jorge, a tener un rechazo feroz hacia el género masculino. De cualquier manera, si las palabras de su hija habían resonado tanto en su interior, era porque ella también había renunciado a muchos aspectos de su personalidad, para no enfadar a su marido.

Sin ir más lejos, recordó cómo había abandonado su afición por la escritura, cómo había borrado de su mente las verdaderas razones. Y este recuerdo, una vez más, la sumió en un estado de animadversión hacia el hombre con quien había compartido su vida durante tantos años.

“Volveré a escribir —se dijo para sus adentros, mientras abría los ojos y volvía la mirada hacia el paisaje de la ventanilla— aunque me cueste trabajo hacerlo, volveré a escribir. Nadie me hará renunciar a ello”

Esta afirmación le sorprendió porque, realmente, no existía nadie en su vida que interfiriera sobre cualquier cosa que ella quisiera hacer. En realidad era totalmente libre, y podía considerarse una persona afortunada.

Reflexionó que se encontraba bien de salud, aún era joven, su pensión de viudedad y los ahorros de los que disponía, propiciaban que viviera de una forma holgada, sin tener que preocuparse por el dinero. “¿Qué más puedo pedir?” —dijo para sí misma.

Pero, a pesar de que la vida le sonreía, ella sentía un gran vacío interior. Era una sensación como si se estuviera perdiendo algo. Como si la vida consistiera en mucho más de lo que se podía percibir a simple vista, y se estuviera perdiendo la parte más importante.

Al hacerse consciente de estos pensamientos, sin saber por qué, le vino a la cabeza el manuscrito de Sara Bermúdez. Llevaba sin leerlo desde hacía muchos días. Había estado tan dedicada a su hija, a hablar con ella, a estar junto a ella, a salir y a hacer cosas juntas, que el manuscrito había pasado a un segundo plano.

Se preguntó por qué volvía a acordarse de él en esos momentos. Después de pensar un rato, llegó a la conclusión de que también la escritora Sara Bermúdez, que aparentemente tenía todo lo que podía desear, y llevaba una vida satisfactoria, había expresado sentir ese vacío interior.

En esos instantes, quizás por primera vez en su vida, Paula supo con certeza a qué inquietud interna se refería la escritora. Era la misma que ella estaba experimentado, la que había llevado a Sara Bermúdez a recorrer todos aquellos lugares sagrados, buscando el alimento que pudiera calmar su hambre de auténtica vida, más allá de las apariencias.

El impacto de este profundo sentimiento hizo que Paula se levantase de su asiento y se encaminase hacia la cafetería del tren. Necesitaba estirar un poco las piernas, moverse. Miró el reloj. Era un poco pronto para comer, pero tenía hambre. Pidió un bocadillo y una cerveza, se retiró a un rincón y empezó a comérselo con ansia, como si se lo fueran a quitar.

Al darse cuenta se detuvo y suspiró profundamente para aliviar su tensión. Ese sentimiento interno que acababa de identificar, ese vacío interior, esa hambre de su espíritu no se podía saciar con el bocadillo que tenía entre las manos.

Sin saber por qué, le dieron ganas de llorar. Se sintió sola y desvalida, como cuando era una niña y nadie iba a visitarla los domingos al colegio donde estaba interna. De pronto, toda esa fortaleza que había experimentado un rato antes, se vino abajo y en la escena apareció esa Paula infantil y esa vieja y maldita certeza de que nadie la quería y a nadie le importaba.

Haciendo de tripas corazón, terminó el bocadillo, pagó la consumición y abandonó la cafetería. No quería volver a su asiento, por lo que se quedó un rato de pie en uno de los descansillos del tren, allí al menos no estaba rodeada de gente.

Intentó sobreponerse a ese estado anímico tan lúgubre y negativo, tan conocido, que se había instalado en su alma durante su infancia y que se negaba a abandonarla por completo.

Sintió lástima por sí misma. Aunque más que lástima era compasión. Pero no por la Paula adulta que era ahora, sino por esa niña que todavía reclamaba atención y cariño desde su interior.

Sin poder contener las lágrimas, le hizo una promesa a la niña que fue y que inesperadamente se había presentado en su vida. Le prometió que la cuidaría, que la querría y que se ocuparía de ella, para que nunca más se sintiera sola y abandonada.

Paula cerró los ojos y, aunque no era ella la que la provocaba la imagen, vio en su mente, con toda claridad, a esa niña. Se vio a sí misma cuando era pequeña. Y vio cómo la niña se acercaba hasta ese tren, hasta ese momento de su vida. Cómo miraba a la Paula adulta y, sonriéndole, se cogía de su mano.

El tiempo parecía haberse detenido. La imagen era tan vívida, que Paula sintió como si una pequeña manita la agarrara de la mano de verdad. Notó en su palma los dedos pequeños y cálidos de la pequeña y, con gesto protector, hizo el ademán de apretarla.

Fue entonces cuando la imagen se desvaneció. Paula abrió los ojos y regresó a la realidad de aquel tren que la conducía hasta su casa. Un poco aturdida, sin saber muy bien qué había pasado y sin poder catalogar la experiencia que acababa de vivir dentro de los parámetros normales, miró a un lado y a otro. No había nadie cerca, estaba sola. Todavía desconcertada, decidió volver a su asiento.

 

Una vez acomodada de nuevo, cogió los auriculares que le habían facilitado, y se los puso con la intención de ver una película que empezaban a proyectar en el vídeo. Lo que quería era no pensar, distraerse, no darle vueltas a lo que se iba a encontrar cuando llegase a la estación de San Roque, y Matías estuviera esperándola en el andén.

Con intención de abstraerse un poco, Paula empezó a ver la película pero ésta no lograba captar su interés. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó dormida. Antes de hacerlo, en el estado de duermevela que precede al sueño, Paula pensó que aquel tren era una metáfora de la vida y que dentro de unos momentos se daría de bruces con su destino.

 

 

Matías estaba muy inquieto. Comió rápidamente en su casa y se volvió a la Biblioteca. Su padre no se encontraba bien. Según le había contado su madre, Adán había vomitado por la mañana. Presumiblemente había comido algo a escondidas, que le había sentado mal.

Aunque tenía que llevar una dieta blanda, escondía comida que tenía prohibida y se la comía cuando nadie lo veía. Luego, cuando se ponía enfermo, echaba la culpa de lo que le pasaba a su mujer, decía que había querido envenenarlo. Además de lo mal que se sentía físicamente, se ponía inaguantable.

Durante la comida, Matías apenas escuchó a su madre contándole la batalla que había librado toda la mañana con Adán. Bastante tenía él con el problema que se le venía encima. Porque era evidente que no podría mantener durante mucho tiempo ese doble juego con Susana y con Paula.

Antes o después tendría que tomar una determinación y, en esos momentos, se sentía incapaz de hacerlo.

El hecho de que Paula hubiera permanecido en la Gran Ciudad más tiempo de lo que pensaba, había facilitado las cosas, en cierto modo. Pero sólo aparentemente, ya que al no verla en las últimas semanas, no había tenido elementos de juicio para decidir si quería establecer una relación más sólida con ella.

Lo que era evidente es que sentía por Paula una atracción sexual como no había experimentado nunca por ninguna otra mujer, ni siquiera cuando era más joven. Sólo con pensar que iba a verla dentro de unas horas, estaba tan excitado que a duras penas podía mantener su pene aprisionado en el pantalón.

Pero claro, esa atracción estaba muy bien para los encuentros apasionados en la cama, pero no era suficiente para dejar a su novia, liarse la manta a la cabeza y pasar por el trago de decirle a su madre que se había comprometido con una mujer viuda, mucho mayor que él.

“No estoy dispuesto a pagar el precio familiar y social que supondría —pensó— San Roque es sólo un pueblo y seríamos la comidilla. Mi madre se moriría de vergüenza. No lo podría soportar. ¿Qué iba a pensar la gente?”

Matías resopló mientras hacía la ficha a los libros que habían llegado nuevos. No estaba muy satisfecho consigo mismo. La pregunta interna que acababa de hacerse: “¿Qué va a pensar la gente?” le parecía impropia de él. De hecho, era la pregunta que siempre formulaba su madre, y que lo ponía de los nervios.

Por otra parte, y para complicar las cosas aún más, estaba el cambio de actitud de Susana con relación al sexo. En los últimos días habían hecho el amor varias veces. Cuando antes, era una odisea la que tenía que pasar sólo para meterle mano.

Le gustaba follar con Susana. “A nadie le amarga un dulce” —pensaba— pero no sentía con ella la brutal pasión que había experimentado con Paula. Susana era una buena chica, no lo negaba pero, siendo sincero consigo mismo, tenía que reconocer que no estaba enamorado de ella.

“Dios, vaya conflicto me he montado yo solo —reflexionó en su interior. Lo que tenía que hacer era largarme de San Roque. Ni la una ni la otra. Dejar a mi madre que se las entendiera con Adán, que para eso se casó con él. Y yo… Yo debería cambiar de vida. Dar clases en algún instituto o en la universidad, que es lo que me gusta, y para eso estudié una carrera, no para estar aquí rellenando fichas como un gilipollas”

Matías suspiró profundamente, y se llevó la mano al pendiente que tenía en su oreja derecha. Miró nuevamente el reloj. ¡Qué larga se le estaba haciendo la tarde! De cualquier forma, en unas horas volvería a ver a Paula. Aunque no supiera muy bien cuales eran sus sentimientos hacia ella, lo que estaba claro es que se moría de ganas por tenerla entre sus brazos.

Pensó que había tenido suerte de que al día siguiente Susana estuviera todo el día de guardia en la farmacia, así él podría estar con Paula. Aunque no iba engañarse, esa doble vida amorosa tenía los días contados. San Roque era un pueblo, y Rossal, menos que pueblo. Debería tomar una decisión antes de que alguna de las dos se enterase de la existencia de la otra. “O las dos. ¡Mira que si me quedo sin ninguna!” —pensó con cierto cinismo.

 

 

El tono elevado de la música que ponen al final de una película, fue lo que despertó bruscamente a Paula. Sin saber muy bien dónde estaba, tardó un rato en darse cuenta de que iba en el tren y se había quedado dormida durante toda la emisión del video.

Con cierto alivio se quitó los auriculares de las orejas, que le estaban haciendo daño, y miró el reloj para saber cuanto faltaba para llegar a San Roque. En menos de dos horas estaría allí y esta certeza hizo que se le acelerase el corazón, al pensar en el reencuentro con Matías. Su imagen esperándola en el andén de la estación  le hizo recordar que acababa de soñar con ese momento.

Haciendo un esfuerzo, le vino a la memoria, de una forma un tanto difusa, la escena del sueño que acababa de tener. En ella se veía a un  Matías adolescente, vestido de caballero con una cota de malla, y una melena hasta el cuello, que la esperaba paseándose en el andén, junto a un hermoso caballo blanco.

La mujer que bajaba del tren era ella. Y aunque no se parecían en nada, Paula sabía, con toda seguridad, que era ella. Se trataba de una joven rubia, con el pelo lacio que le llegaba por la cintura. Rodeando la cabeza llevaba puesta una diadema que tenía en la frente una preciosa esmeralda verde.

El vestido de Paula en el sueño era blanco y largo, con adornos dorados. Al bajar ella del tren y avanzar hacia el caballero Matías, éste hincó la rodilla derecha en el suelo y bajó la cabeza, ofreciéndole su espada. Paula la cogió y, con gran ceremonial, pronunciando unas palabras en un lenguaje extraño, armó caballero a Matías.

Él levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron, sintiendo Paula un profundo amor por aquel joven adolescente. Matías le cogió la mano y la rozó ligeramente con sus labios, en un fugaz beso. Después, subió a su caballo blanco y se marchó a galope, internándose en un bosque.

No recordaba más del sueño, pero la escena que había visto le resultaba familiar. “Yo he visto en un grabado a ese joven y a la mujer —pensó— pero en el sueño éramos Matías y yo. ¡Qué cosa más rara!”

Volvió a mirar el reloj y sólo habían pasado cinco minutos desde la última vez que lo había consultado. “¡Qué largo se me va a hacer lo que queda de viaje!” —reflexionó.

Después de intentar poner atención a un documental sobre leones, que estaban emitiendo en la televisión del tren, decidió retomar la lectura del manuscrito de Sara Bermúdez. “Seguro que así se me pasa el tiempo volando”

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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