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CAPÍTULO XV

Ilustración de Sergio Bleda para el décimo quinto capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

La voz de su nieta hizo que Paula saliera lentamente de su sueño. Al principio pensó que Clara también formaba parte de la fantasía onírica. Pero poco a poco recordó que estaba en la Gran Ciudad, en casa de su hija, y se ubicó en el lugar y en el día que le tocaba vivir.

—¡Venga abuelita, que estás hecha una dormilona!

Paula se desperezó y empezó a jugar con su nieta, haciéndole cosquillas.

—¿Dónde está mamá? —preguntó.

—Mamá se ha ido y me ha dicho que te despierte —respondió Clara.

—¿Qué hora es? ¿Has desayunado? —quiso saber Paula.

—Sí, mamá me ha puesto el desayuno antes de irse… ¡Pero yo no sé qué hora es!

Paula se levantó de un salto de la cama, provocando la risa de su nieta. Luego bajó con ella al salón y le puso la televisión, mientras ella se duchaba y se vestía con la ropa limpia de recambio que había traído para el viaje.

Más tarde, mientras se tomaba un café con leche en la cocina, pensó que era extraño que Elena no la hubiera despertado antes de marcharse. Daba la impresión de que no quería hablar con ella.

“Si persiste en su actitud reservada —se dijo para sus adentros— no habrá servido para nada mi viaje hasta aquí… Aunque por otro lado —continuó razonando— yo lo único que puedo es hacerle ver que no está sola en estos malos momentos, pero difícilmente puedo evitarle el sufrimiento. Nadie puede evitar que otro sufra”

 

El resto de la mañana la pasó Paula con su nieta. Fueron a un centro comercial cercano al chalet donde vivía su hija. Allí le compró un jersey, un muñeco de peluche y una bolsa de chucherías a Clara. Ella se probó varias prendas de vestir en distintas tiendas, pero al final no se quedó con ninguna porque no le gustaba cómo le sentaban.

Se avergonzó un poco de sí misma, intentando meterse en unas tallas que no eran la suya y en una ropa que no tenía nada que ver con su estilo habitual, sólo para parecer más joven a los ojos de Matías. Porque en realidad era eso lo que iba buscando, quitarse unos años a base de modificar su apariencia externa.

Cuando se cansaron de dar vueltas por el centro comercial, se fueron a un parque cercano para hacer tiempo hasta la hora de comer. Mientras Clara montaba en los columpios y jugaba con la tierra, Paula no cesaba de mirar el reloj. Le extrañaba un poco que Elena no la hubiera llamado por teléfono para ver cómo estaban o, simplemente, para indicarle si debía preparar algo para comer.

Pasadas las dos de la tarde, Paula y su nieta entraban de nuevo en el chalet de su hija. La niña llamó a su madre a voces, buscándola por toda la casa, con la intención de enseñarle las cosas que Paula le había comprado. Pero Elena no respondió. No había vuelto todavía.

Pasó más de una hora y Elena seguía sin aparecer. La inquietud de Paula crecía a pasos agigantados. Como Clara tenía hambre, ella le preparó algo de comer de las cosas que encontró en el frigorífico. Mientras la cría comía en el salón, Paula se fue al piso de arriba y llamó por el móvil a su hija, temiendo que le hubiera pasado algo malo.

El móvil sonó largo rato. Cuando Paula se disponía a colgar, con el corazón en vilo, respondió una voz masculina que ella identificó enseguida como la de su yerno.

—¿Eres tú, Jorge? —preguntó más preocupada todavía.

—Sí Paula, soy yo. Iba a llamarte ahora.

—¿Le ha pasado algo a Elena? —dijo con voz entrecortada.

—No te preocupes, no le ha pasado nada. Estamos en el hospital…

—¿En el hospital? —preguntó Paula, angustiada

—Sí, pero no te preocupes. Ya te he dicho que no es nada —respondió su yerno, intentando tranquilizarla— Ha tenido una crisis nerviosa y…

—Pero ¿cómo ha sido? Y tú, ¿cómo te has enterado?

 

A través del teléfono Paula escuchó nítidamente un suspiro de Jorge, seguido de un tenso silencio. Ella dejó de preguntar, y esperó una respuesta de su yerno. No entendía nada de lo que estaba pasando. Finalmente, Jorge habló:

—Paula, ya sabes que Elena y yo nos hemos separado…

—Querrás decir que tú la has abandonado —le interrumpió Paula.

—Vale, como quieras. Yo la he abandonado porque nuestra situación era insostenible. Y tú lo sabes. La cuestión es que Elena no quiere aceptarlo. Yo vivo con otra mujer con la que ya mantenía relaciones hace tiempo, y tu hija se ha presentado en nuestra casa y ha montado el numerito…

—¿Y qué hace en el hospital? —le cortó Paula, más interesada en la salud de su hija que en mantener una conversación con su yerno

—La he tenido que traer al hospital porque tenía tal crisis de ansiedad que apenas podía respirar.

 

Paula guardó silencio, sin saber qué decir. La situación la superaba. No podía imaginarse que Elena actuase como lo estaba haciendo. Debía estar sufriendo mucho.

—¿Tendrá que pasar allí la noche? —preguntó al fin.

—No, no. Ya te he dicho que no le pasa nada. Le han puesto oxígeno y le han dado un calmante. Ya está mucho más tranquila. La tendrán en observación un poco más y después nos podremos marchar. Yo mismo la llevaré a casa. No te preocupes.

—Gracias, Jorge. Aquí estaremos esperando que vuelva.

—Paula, espera —gritó su yerno, para impedir que colgara—. Es mejor que no le digas a Clara que Elena está en el hospital. Dile que se ha entretenido en la clínica y que irá más tarde, o algo así. No quiero que lo pase peor de lo que ya lo está pasando.

 

A Paula le sorprendió que Jorge se preocupase tanto por Clara. Cosa que, según Elena, nunca hacía. En su fuero interno agradeció que su yerno tuviera en cuenta los sentimientos de la niña.

—No te preocupes, no le diré nada —respondió—. Como tú dices, es mejor que no se entere. ¡Bastante tiene ya!

 

Intentando sonreír y que no se le notase la preocupación en la cara, Paula volvió al salón y recogió lo que Clara había utilizado en la comida. A ella se le había cerrado el estómago y se sintió incapaz de comer nada. Le dijo a su nieta que Elena vendría más tarde, porque tenía cosas que hacer en la clínica, y se puso con ella a ver en el vídeo una película de dibujos, para que la niña estuviera distraída.

Sin embargo Paula no podía concentrarse ni en la película ni en los comentarios que le hacía su nieta. Su cabeza era un torbellino de interrogantes que sólo contribuían a aumentar su preocupación.

 

El sonido de su teléfono móvil la sacó de esa especie de túnel negro en el que se encontraba su mente. Sin mirar quien era, se abalanzó sobre el aparato y contestó con un tono de urgencia en la voz, mientras se desplazaba a otra habitación.

Le costó unos segundos reconocer a Matías.  Cuando se dio cuenta de que era él, toda la tensión acumulada se vino abajo y, sin poder evitarlo, empezó a llorar.

 

—¿Qué te pasa, Paula? ¿Qué pasa? —preguntó él, preocupado.

Cuando ella consiguió calmarse un poco, respondió entre hipos.

—Mi hija…está en el hospital.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Matías.

—En realidad no lo sé. Según me ha contado mi yerno, se presentó en la casa donde él vive ahora con la otra mujer, y ha montado el número. Allí ha tenido una crisis nerviosa y de ansiedad, y Jorge se la ha llevado al hospital. No creo que tarde en venir. Él me ha dicho que no era necesario que pasase la noche hospitalizada, que ya está más tranquila… Pero yo estoy muy preocupada —añadió Paula, llorando de nuevo.

—¡Joder, vaya mierda! Es normal que estés preocupada… Lo siento. Si te puedo ayudar en algo…

—No, ya me estás ayudando con llamar —dijo Paula, un poco más serena— Supongo que con este panorama, tendré que quedarme aquí algún día más de lo que pensaba.

Paula se odió a sí misma al escucharse lo que acababa de decir. ¿Cómo podía ser tan egoísta de pensar en su relación con Matías, mientras Elena estaba en el hospital? Pero lo cierto es que se moría de ganas por volver a estar con él.

Matías le respondió:

—Vaya, si que es una contrariedad, pero no te preocupes, ahora lo importante es que tu hija se ponga bien. Yo seguiré aquí cuando vuelvas.

—Es que tengo muchas ganas de volver a verte —se atrevió a decir Paula.

—Yo también  —dijo él, bajando el tono de voz— te echaré de menos el fin de semana. Esperaba verte el domingo por la noche.

—¿Y qué vas a hacer tanto tiempo sin mi? —intentó bromear Paula.

—Nada, sólo pensar en ti —respondió él, en un susurro.

Matías se despidió de Paula con cierta precipitación. Dijo que tenía que colgar porque la estaba llamando desde el trabajo. Quiso volver a llamarla por la noche, pero ella le dijo que era mejor que no lo hiciera. Por un lado estaba esperando la llegada de Elena del hospital y, por otro, su hijo y su nuera — que aún no sabían nada del último incidente— llegarían a la Gran Ciudad esa misma noche.

 

Al colgar, Paula se quedó pensativa y con la misma sensación de inquietud que había experimentado en las escasas ocasiones que había hablado con Matías. Recapacitó un poco y pensó que sólo hacía tres que se conocían. Aunque el hecho de que se hubieran acostado juntos había propiciado una intimidad que de otra forma no era posible.

Aún así, pensó, apenas conocía a Matías. Era cierto que se sentía muy atraída hacia él. Pero no tenía más remedio que reconocer que quizás fuera una atracción de tipo sexual. Una cuestión de hormonas que no tuviera más trascendencia ni más futuro, a la hora de establecer una relación estable y duradera.

Paula suspiró profundamente y decidió aparcar este asunto para cuando volviera a Rossal. Tal y como estaba el patio en casa de su hija, consideraba que no era el momento de andarse con devaneos amorosos. “Cuando regrese —pensó— ya veremos si esto da mucho de sí, o se queda sólo en una mata que no ha “echao”. 

Sin embargo, en su fuero interno sabía que la cosa no era tan fácil. Al menos no para ella. Tenía 55 años, y sólo había estado con un hombre en toda su vida. Ahora estaba viuda y sola, pero había descubierto que aún tenía mucha vida por delante y Matías era como un regalo para ella.

A pesar de que apenas lo conocía, le había hecho descubrir a una Paula que ella no sabía que existía. Había despertado su pasión y sus ganas de vivir. Y ahora no quería ni estaba preparada para renunciar a todo ese mundo de nuevas posibilidades que Matías le había hecho vislumbrar. Le gustase o no, él se había colado en su vida y ocupaba ya un lugar muy importante.

 

Absorta en sus pensamientos, Paula no se dio cuenta de que la puerta de la calle se había abierto y por ella entraba Elena, muy pálida y demacrada. Fueron los gritos de Clara los que la hicieron volver a poner los pies en la tierra.

—Mamá, ya has vuelto… ¡Y también papá! —dijo la niña, sorprendida y mirando con ojos expectantes, al darse cuenta de que allí pasaba algo raro.

Elena entró al salón como si estuviera sonámbula, mientras Jorge cogía en brazos a la niña, la besaba, y tendía la mano a Paula. Esta correspondió al saludo, y se dirigió a su hija para preguntarle cómo se encontraba.

—Estoy bien, no te preocupes —respondió Elena, con voz cansada.

Jorge continuó hablando con Clara, explicándole que no podía quedarse, pero que vendría a recogerla al día siguiente, para que pasase con él el fin de semana.

Después de despedirse de la niña, Jorge le comentó a Elena que vendría al día siguiente a por Clara, con el fin de que ella descansase. Elena no respondió nada. No movió ni un músculo de su rostro, permaneció mirando al vacío, en la misma actitud ausente que tenía desde que había llegado.

Jorge le hizo una seña a Paula para que le acompañase hasta afuera. Ya en la puerta de la calle, le advirtió que Elena estaba un poco zombi por los tranquilizantes que le habían suministrado en el hospital. Le dio unas medicinas y le indicó las horas en que debía dárselas a su hija. También le dijo que el psiquiatra quería volver a ver a Elena el lunes siguiente.

—¿Podrás tú acompañarla? —preguntó Jorge a su suegra.

—Sí, claro. No te preocupes, me quedaré aquí con ella el tiempo que haga falta. Pero… ¿por qué quiere verla?  Antes me has dicho que no tenía nada.

—Y no tiene nada, sólo ganas de joder.

La mirada que le lanzó Paula a Jorge, hizo que éste le pidiera disculpas.

—Perdona, no debería haberlo dicho, pero es la verdad. Lo único que le pasa a Elena es que no quiere aceptar la situación. Eso le causa gran sufrimiento emocional y le hace perder la cabeza. Se considera una víctima de la situación, como si ella no hubiera contribuido a crearla, y está dispuesta a hacerse daño, para joderme a mí, crearme mala conciencia y complejo de culpa.

—Pero tú no te sientes culpable —dijo Paula, más como una reflexión en voz alta que como una pregunta.

—¡Claro que no! —subrayó Jorge— al revés. Estoy siendo honesto con ella, cosa que no hacía antes, pero sobre todo estoy siendo honesto conmigo mismo. Llevo dos años manteniendo una doble vida, y ya no podía más… Yo no estoy enamorado de tu hija —añadió a modo de conclusión— es a ella a quien quiero —dijo señalando al coche que esperaba en la puerta.

Hasta ese momento Paula no se había dado cuenta de que una mujer permanecía en el coche en el asiento del conductor. Quiso verle el rostro, pero sólo pudo adivinar las facciones de una persona joven.

Volvió la atención hacia su yerno y éste le dio una tarjeta con su teléfono móvil subrayado, por si necesitaba llamarle. Le recordó que al día siguiente por la mañana recogería a Clara. Después se subió al coche, que se alejó con rapidez.

Paula permaneció unos instantes en la puerta, pensando en la humillación que debía haber sentido su hija, al ser llevada al hospital donde trabajaba Jorge, por éste y por su amante. Imaginó lo que debería haber experimentado por dentro al ser conducida a su propia casa por la mujer que había provocado la ruptura de su matrimonio.

Sintió una profunda lástima por su hija al comprobar cómo esta historia le había hecho perder la dignidad. Porque era evidente que su yerno tenía ya otra vida, en la que no había sitio para Elena. Y cuanto más tiempo tardase en darse cuenta su hija, más iba a sufrir.

Paula suspiró profundamente, se guardó en el bolsillo del pantalón la tarjeta que le había dado su yerno, y se encaminó hacia el salón, para ver como estaba su hija. Al llegar allí la vio un poco mejor. Clara le estaba enseñando las cosas que ella le había comprado esa misma mañana, y Elena intentaba mostrarse ante la niña como si no hubiera pasado nada.

 

La escena fue interrumpida por el sonido insistente del teléfono inalámbrico que había sobre una mesita, junto al sofá. Paula lo cogió y escuchó la voz alegre y cantarina de Amalia. Su nuera le comunicó que aún no habían salido de Sahala. Fernando, como siempre, se había entretenido en el bufete.

Pidió a Paula que no los esperasen para la cena, y añadió que, cuando llegasen a la Gran Ciudad, no antes de medianoche, dejarían el equipaje en el hotel y después irían a verlas.

Mientras Paula hablaba con Amalia, Elena le hacía gestos para que no le dijera nada de lo que había pasado. Ella no pensaba decirle nada por teléfono, aunque sí era partidaria de relatar lo sucedido cuando Fernando y su nuera llegasen. Al fin y al cabo eran su familia y Paula pensaba que era mejor hablar las cosas, que ocultarlas. Por eso cuando colgó el teléfono le preguntó a su hija:

—¿Es que no piensas contarle nada de lo que ha ocurrido hoy a tu hermano?

—Pues no, no creo que le interese mucho mi vida privada —respondió Elena, recuperando su mal humor.

A Paula le molestó la respuesta de su hija, y no lo disimuló.

—Eres muy injusta cuando dices eso. Si no le preocupase tu vida, no se molestaría en venir a tu casa para ver cómo puede ayudarte.

Las palabras de Paula y el tono contundente en el que las había pronunciado, sumieron a Elena en el silencio y la reflexión. Pasados unos instantes, rompió a llorar con gran desconsuelo.

Paula mandó a su nieta arriba, a jugar a su habitación, se sentó al lado de su hija en el sofá y se limitó a abrazarla, sin decir nada. Estaba convencida de que esa explosión de llanto la beneficiaba más que ninguna otra cosa, y le serviría para desahogar su pena.

Durante largo rato estuvo Elena llorando en el regazo de su madre. Cuando se tranquilizó, comenzó a contarle por qué había ido a casa de Jorge, sin que Paula le preguntara nada. Le dijo que no había sido un acto impulsivo, sino que había estado planeándolo desde el momento en que Jorge la abandonó.

—Sentía un profundo odio hacia él. Estuve indagando, me enteré de dónde vivía y me fui para allá con la intención de vengarme, de hacerle daño. Pensé incluso en matarle, en matarlos a los dos, y luego matarme yo.

 

Paula escuchaba a su hija, totalmente horrorizada. No se atrevía a interrumpirla, y no daba crédito a lo que estaba escuchando. Elena prosiguió con su relato:

 

—Al llegar a su casa me abrió ella, la empujé, comencé a llamar a Jorge a gritos, y me colé para adentro. Al verlo, me abalancé sobre él y empecé a pegarle mientras los insultaba a ambos. ¡Yo no sé las cosas que salieron por mi boca! —dijo entre sollozos.

 

 

Conforme avanzaba el relato, Paula se encontraba más espantada, y sentía más pena por su hija.

 

—Todos chillábamos, yo estaba fuera de mí, como loca… Entre los dos no podían sujetarme. Cuando casi me tenían reducida en el suelo, me levanté de un salto y salí corriendo en busca de la cocina. Allí empecé a abrir cajones hasta que encontré un cuchillo y me abalancé de nuevo sobre Jorge, con intención de clavárselo. Entre los dos consiguieron quitármelo y él me dio una bofetada que me hizo caer al suelo. Yo lloraba, y Jorge repetía a voces “estás loca, estás completamente loca”.

 

Al llegar a este punto del relato, Elena empezó a llorar de nuevo. Paula, por su parte, seguía muda, sin saber qué decir, llorando también con su hija. Pasados unos instantes, Elena continuó. Mucho más serena le dijo a su madre.

—Entonces fue cuando ocurrió. Allí, en el suelo, me puse de rodillas frente a Jorge y le rogué, le supliqué, que no me dejara. Él me gritaba y yo seguía arrodillada, con las manos juntas, pidiéndole que no me abandonara…. ¡Dios, qué humillación! ¿Cómo he podido caer tan bajo? —preguntó a su madre, con lágrimas en los ojos.

Paula no contestó, se limitó a acariciarle el pelo y a susurrarle:

—Ya ha pasado, mi niña, ya ha pasado.

Elena se quedó callada unos minutos, con la mirada perdida, hasta que finalmente dijo:

—Por favor, no se lo cuentes a Fernando y Amalia, no podría soportarlo. Por favor.

Paula asintió con la cabeza y respondió:

—No te preocupes, no se lo contaré a nadie. Pero ahora sube arriba a arreglarte un poco. Y habla con tu hija, que no se preocupe. Es sólo una niña y ya está viviendo la angustia de la separación de sus padres. Aunque sólo sea por ella, tienes que reponerte.

Elena asintió con la cabeza, abrazó a su madre y se dirigió al piso de arriba, intentando sonreír. Antes de que desapareciera por las escaleras, Paula preguntó:

—¿Quieres que vayamos a cenar una hamburguesa? A Clara le gustaría mucho, y a ti también te vendría bien que te diera un poco el aire. Nos dará tiempo a venir antes de que lleguen tu hermano y Amalia.

—De acuerdo —respondió Elena— voy a darme una ducha, me cambio y nos vamos.

 

Matías pensó que aquello no estaba bien, pero no se había visto con fuerzas para evitarlo. Susana había ido a recogerlo a la Biblioteca en su coche y, prometiéndole una sorpresa, lo había conducido al hotel de un pueblo cercano a San Roque, donde había reservado una habitación para que ambos pasasen la noche.

Según le había dicho al llegar, éste era su regalo de aniversario. Hacía un año y tres meses que salían juntos, y había que celebrarlo. Él se había quedado atónito, sin saber qué responder. Tanto tiempo queriendo pasar una noche en un hotel sin que Susana quisiera, y ahora era ella la que tomaba la iniciativa y reservaba una habitación.

“Menos mal que Paula me ha dicho que no la llame esta noche —pensó— si no, ahora estaría pasando apuros para hablar con ella, sin que se enterase Susana”.

Susana se encontraba en esos momentos en el cuarto de baño, aseándose un poco. Ella había dispuesto todo para que les sirvieran la cena en la habitación, y ahora se disponían a cenar, después de haber hecho el amor.

Matías no entendía muy bien a qué se debía el cambio de actitud de Susana. El día anterior se había prestado a hacer el amor en el coche, y hoy se disponían a pasar la noche en un hotel. “Evidentemente —pensó— eso no facilita las cosas para mantener una conversación con ella sobre Paula”.

No podía negar que la echaba de menos y que no dejaba de pensar en ella. Por otro lado, apenas se conocían y no había entre ellos ningún compromiso como para que él se sintiera culpable por pasar la noche en aquella habitación con Susana.

“¡Dios, cuantas complicaciones! Lo mejor es que disfrute del momento y no resuelva nada hasta el regreso de Paula. Después…ya veremos” —decidió mientras abría una botella de cava.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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