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CAPÍTULO XII

Ilustración de Sergio Bleda para el décimosegundo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

En cuanto el tren salió de la estación de San Roque, Paula cogió de su equipaje el manuscrito de Sara Bermúdez que había encontrado enterrado en su jardín. Esa mañana se había levantado muy temprano para coger el primer autobús que la llevaría de Rossal a San Roque. Allí, sacó un billete para el primer tren con destino a la Gran Ciudad.

Antes de salir de su casa, cuando ultimaba el equipaje, al abrir el armario de su dormitorio vio el manuscrito de Sara Bermúdez que, precipitadamente, había escondido allí el día anterior, antes de que llegase Matías. Siguiendo un impulso lo metió en la bolsa de viaje con el fin de leerlo durante las cuatro horas largas que iba a permanecer en el tren.

Este medio de transporte era el que más le gustaba para viajar. Mucho más que el autobús o el coche particular. Le gustaba ver cómo el paisaje pasaba ante sus ojos a través de la ventanilla. Siempre le habían encantado las estaciones de ferrocarril. Ese ir y venir de gente de lo más diversa con sus equipajes. Le gustaba observarlos. Viendo las expresiones de sus rostros se podía inventar historias sobre cada uno de ellos.

Cuando era joven los trenes le resultaban más atractivos, con sus amplios compartimentos y sus estrechos pasillos. Ahora habían perdido mucho encanto. Eran más rápidos y silenciosos, pero todos los pasajeros iban amontonados en asientos, pegados unos a otros, de forma que sus rodillas siempre chocaban con el respaldo de delante. Además, los viajeros se ponían los auriculares, se aislaban del resto y reían o lloraban de viva voz con la película que pasaban por el video, para asombro de aquéllos que no la estaban viendo.

Paula no llevaba a nadie en el asiento de al lado y le había tocado ventanilla. “Mejor —pensó— a ver si no lo ocupan y me dejan leer tranquila hasta la Gran Ciudad, sin tener que mantener conversaciones sobre el tiempo o dando explicaciones de adónde voy, a algún desconocido.

Arrellanándose en su asiento, cogió el manuscrito y volvió a leer el título: “El camino de los locos”. Después lo abrió por el mismo lugar donde había interrumpido la lectura dos días atrás. Antes de comenzar a leer, reflexionó sobre la cantidad de cosas que le habían pasado en las últimas cuarenta y ocho horas.

Pensó en Matías y su cuerpo se estremeció. Decidió que si él no la llamaba durante las próximas horas, ella le llamaría y le informaría sobre su precipitado viaje a la Gran Ciudad. “Dios —reflexionó— que ganas tengo de estar de nuevo entre sus brazos”.

Sólo con el recuerdo de las horas que pasaron juntos la tarde anterior, Paula sintió una especie de calor entre las piernas y notó cómo el rubor se instalaba en sus mejillas.

Suspiró profundamente y se sumergió en la lectura del manuscrito de Sara Bermúdez, para no seguir pensando en Matías.

 

…Lo que vas a iniciar es el camino de los locos, y en este camino cada uno es su propio guía.

 

Después de recordar la última frase, en el punto dónde dejó la lectura, Paula se colocó bien las gafas de leer sobre el puente de la nariz y pasó a la siguiente página. En ella continuó:

 

Desde aquel día en la Plaza del Obradoiro, vi a Daimon casi a diario. Yo acababa de publicar una nueva novela y en esos momentos estaba, desde el punto de vista creativo, “en barbecho”. Siempre, cuando termino de escribir algo, se sucede un periodo de tiempo en el que la mente se queda en una especie de vacío, esperando ser fecundada de nuevo por alguna idea que sea el germen de un futuro libro. A este periodo de tiempo yo lo llamo “estar en barbecho”, ya que se asemeja a la situación de la tierra después de la cosecha, cuando descansa y se prepara a recibir una nueva semilla.

Daimon dijo que éste era un periodo ideal para estar receptiva y abierta al mundo que él quería mostrarme:

—Olvídate de la novela que acabas de escribir. Olvídate de lo que escribirás en un futuro. Olvídate de tu vida pasada, de todo lo que has aprendido. Necesito que estés receptiva y para eso tienes que vaciarte de todo lo que te condiciona.

—Sí, eso es muy fácil de decir pero ¿cómo se hace?—pregunté, preocupada.

—No te preocupes tanto de cómo se hace, simplemente hazlo. Déjate llevar por tu intuición, relájate en la existencia, ella te conducirá.

—Dejarme llevar es algo muy difícil para mí —sentencié—. Siempre me ha gustado controlarlo todo y que nadie me diga lo que tengo que hacer.

—Ya, ya veo que siempre has sido una rebelde ¿con causa?

—¿Cómo con causa? —repetí su pregunta, desconcertada.

—¡Es broma! ¿Acaso no conoces el título de la película más famosa de James Dean: “Rebelde sin causa”?

—¡Ah bueno! Nunca sé si me hablas en serio o en broma.

—Eso es porque te das a ti misma demasiada importancia —respondió con rapidez, mirándome a través de sus penetrantes ojos negros—.

 Estás demasiado sólida, espesa. ¿No es así como se dice ahora? Tienes que relajarte, ya te lo he dicho. Todo lo analizas, lo pasas por el filtro de la mente y así te pierdes los mensajes que continuamente te está dando la existencia. Eres demasiado racional. La vida está gritándote a tu alrededor, pero tú no te enteras.

 

Las palabras de Daimon me cayeron como un jarro de agua fría. Debí poner una cara muy triste porque él sonrió, me acarició el pelo en un gesto cariñoso y continuó:

 

—No te preocupes, todo el mundo es así. Nadie se entera de nada. La mayoría de la gente pasa por la vida sin tener ni idea de qué hace aquí; algunos ni se lo preguntan. Tú, en realidad, llevas mucho camino recorrido. Llevas muchos años haciéndote preguntas, aunque creas que has obtenido muy pocas respuestas. Pero ¿sabes? eso es lo de menos. Lo importante es empezar a preguntarse el porqué de la existencia, buscar. Eso no te facilita la vida, por cierto, porque cuanto más te interrogas a ti mismo, más consciente eres de la estupidez que nos rodea. Y eso resulta muy desconcertante y te hace sentir como si fueras un bicho raro. Entonces deseas perderte en esa estupidez, para que los demás te acepten y te quieran. A veces incluso consigues perderte, pero es algo momentáneo y necesario. Porque sólo cuando uno se ha perdido, puede empezar a encontrarse.

 

Sus palabras me alentaron pero, por dentro, me sentía muy mal. Llevaba tantos años perdida, que no tenía muchas esperanzas de poder salir del agujero negro en el que me encontraba. Aparentemente, mi vida era un éxito, pero interiormente me sentía vacía y nada de lo que hacía conseguía llenarme ni dar un sentido a mi existencia.

 

—Te agradezco tus ánimos pero ¿tú crees que realmente voy a saber alguna vez cómo funciona este mundo y qué hago aquí?

—Ya lo sabes, Sara. Si no lo supieras, no estarías buscando. Buscas porque interiormente ya lo has encontrado. En realidad sólo se trata de recordar. Nadie busca ningún conocimiento que no tenga ya en su interior.

 

Esta última frase hizo que Paula interrumpiera la lectura. Se quitó las gafas y miró el paisaje por la ventanilla. Reflexionó sobre lo que acababa de leer: “Nadie busca ningún conocimiento que no tenga ya en su interior”. ¿Sería eso verdad? Porque ella se encontraba más perdida que Carracuca. Su vida estaba discurriendo con tanta rapidez, que a duras penas podía seguirla. Desde que había muerto Paco, ella ya no podía reconocerse.

La muerte de su marido había marcado un antes y un después en su existencia. Lo curioso es que no sabía cual de las dos Paulas era la auténtica. Si aquella cuya vida giraba en torno a Paco y sus hijos, o aquella otra que hacía el amor con pasión salvaje con un chico veinte años menor, al que había conocido el día anterior.

Si la primera Paula era la auténtica —pensó— “¿quién es esta otra mujer que habita ahora mi cuerpo”? Y si la real era la nueva y desinhibida Paula ¿eso quería decir que toda su vida anterior había sido una farsa, una especie de teatrillo de cara a la galería, en el que ella sólo representaba un papel?

“Desde luego —razonó mientras seguía mirando por la ventanilla— yo no me parezco a Sara Bermúdez. Aquí dice que siempre fue muy rebelde, que no le gustaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Yo no he sido así —suspiró— sino todo lo contrario. He sido dócil y maleable. En casa siempre se hacía lo que quería Paco y yo nunca protesté. Ni siquiera cuando me prohibió que siguiera escribiendo”.

Este último pensamiento provocó una punzada de dolor en su pecho y experimentó una tremenda rabia hacia su marido, como nunca se había permitido sentir hasta ese momento. Esa sensación nueva para ella, la asustó. Para no profundizar en sus sentimientos, decidió continuar leyendo el manuscrito.

—Quizás yo no tenga ese conocimiento por dentro —se planteó Sara.

—Eso es imposible —respondió Daimon— todo el mundo lo tiene porque todos somos lo mismo. No hay nadie distinto de los demás.

—Pues no sé —insistí— desde hace algún tiempo he tratado de calmar mi sed acudiendo a toda clase de iniciativas relacionadas con el mundo espiritual y, sin embargo, no sólo no me he encontrado mejor, sino que en algunos momentos me he sentido aún más perdida y desorientada todavía.

 

Daimon se echó a reír y me respondió con cariño:

 

—¡Pobre Sara! Lo que a ti te pasa es una etapa del Camino que le ocurre a todo el mundo. No has buscado en el lugar adecuado. Estás buscando fuera lo que sólo puedes encontrar dentro de ti.

 

Sus palabras fueron como un bálsamo para mí y resonaron en mi interior como si fuera una verdad que yo ya conocía. Él continuó:

 

—Dentro del mundo de la espiritualidad hay todo un mercado, un bazar de  soluciones mágicas y gurús profesionales que venden salvaciones y paraísos sin esfuerzo. Este mundo “espiritual” es tan complejo y tan mundano como cualquier otro. Como la política, la economía o el mundo literario, que tú debes conocer. Hay muchos intereses creados y son muchas las personas que tienen que vivir de él. Pero el auténtico conocimiento, el que procede del interior, es gratis, no se puede comprar ni vender, y está al alcance de todas las personas. La vida te está enseñando continuamente y, además, con una enseñanza personalizada, sólo para ti. Es como tener una profesora particular a tu servicio todos los días y a todas horas. La vida y tus circunstancias personales son tus mejores maestros. El problema es que ni vemos ni escuchamos. No tenemos ni ojos para ver ni oídos para oír. Pero todo está ahí —añadió señalando a su alrededor— al alcance de cualquiera. No somos seres humanos que seguimos un camino espiritual. En realidad somos seres espirituales que estamos siguiendo un camino humano, precisamente para recordar nuestra esencia espiritual. Comprender esa diferencia es algo fundamental.

 

Tan absorta estaba con la lectura, que Paula no se dio cuenta de que estaba sonando su teléfono móvil. De pronto escuchó una melodía que le resultaba familiar y buscó el aparato en su bolso, con cierto apresuramiento. Al cogerlo, comprobó en la pantalla que era Matías quien la llamaba.

—Hola, soy yo.

—Sí, ya lo sé —dijo Paula sin levantar la voz porque a ella le molestaba escuchar las conversaciones de otros en el tren.

—¿Cómo lo sabes, si no tienes mi número? —preguntó Matías.

—Lo tengo de ayer cuando me llamaste para ir a Rossal. Anoche lo grabé en la agenda de mi móvil —respondió ella con cierto orgullo.

—Muy bien, chica lista —dijo Matías con satisfacción— ¿Cómo te encuentras?

—Tengo muchas agujetas — subrayó Paula, bajando aún más la voz.

Al otro lado del teléfono se oyó la risa de Matías. Paula continuó:

—Y además me has hecho un moratón en el cuello. Por lo demás estoy estupendamente. Mejor que nunca, diría yo.

—Vaya, siento lo del moratón. Menos mal que no te lo va a ver nadie…

—Te equivocas —le interrumpió Paula— me lo vería mi hija, si no me hubiera puesto un jersey de cuello alto. Voy en el tren, camino de la Gran Ciudad.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Matías con preocupación.

—Mi yerno ha abandonado a mi hija y voy a verla. Ya te contaré, es una historia un poco larga, y éste no es el lugar adecuado para contarla —dijo bajando de nuevo la voz.

—Lo siento —afirmó él— ya me lo contarás cuando vuelvas, pero si necesitas algo, no dudes en llamarme… Ya tienes mi teléfono.

—Gracias, ahora me toca ejercer de madre —dijo Paula con tristeza en la voz, como si su faceta maternal fuera incompatible con amar a Matías.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó él.

—No tengo ni idea, supongo que tres o cuatro días. No sé muy bien lo que me voy a encontrar en casa de mi hija. Ya te avisaré.

—Es que ya te echo de menos —dijo Matías bajando también la voz, como si alguien pudiera escucharle— así que vuelve pronto.

—De acuerdo —dijo Paula con el corazón golpeándole en el pecho.

—Hasta pronto —se despidió él— no dejes de pensar en mí.

—Claro que no, tonto —respondió ella—. Un beso.

 

Paula desconectó el teléfono móvil y suspiró profundamente. “Dios mío —dijo para sus adentros— debo estar como una regadera. ¡A mis años suspirando así por un jovencito! ¿A dónde me va a llevar todo esto? La verdad es que yo también lo echo de menos y me muero de ganas por volver a acostarme con él”.

Un nuevo suspiro —esta vez muy sonoro— hizo que Paula volviera a poner los pies en la tierra. A pesar de todo no conseguía borrar la estúpida sonrisa que se había instalado en su rostro. Permaneció en silencio, disfrutando del momento, mientras veía pasar el paisaje por la ventanilla del tren. Pasados unos segundos, un montón de preguntas se amontonaron en su cabeza. Para evitar agobiarse con ellas, decidió enfrascarse otra vez en la lectura del manuscrito de Sara Bermúdez, que cada vez le resultaba más interesante.

Volvió a abrirlo por donde lo había dejado y releyó las últimas frases de Daimon:

 

“No somos seres humanos que seguimos un camino espiritual. En realidad somos seres espirituales que estamos siguiendo un camino humano, precisamente para recordar nuestra esencia espiritual. Comprender esa diferencia es algo fundamental”.

 

—Algo en mi interior me dice que lo que afirmas es cierto. En realidad siempre he tenido el convencimiento de que ya lo sabemos todo. De que toda la sabiduría  se encuentra dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Pero aún sabiendo con nuestra mente que eso es así, ¿cómo lo  actualizamos?, ¿cómo podemos recordar en esta vida el conocimiento que ya tenemos? Porque si no lo recordamos y no lo podemos poner en práctica, es como si no lo supiéramos.

—Como siempre, tu razonamiento es correcto. Se te da muy bien pensar, pero por ese camino sólo no vas a ningún sitio. La mente te hace dar vueltas en círculo, y no te conduce a ninguna parte.

—¡Pero yo soy un ser racional —protesté— no puedo prescindir de mi mente!

—No te he dicho que prescindas de ella —se apresuró a responder Daimon— sólo que, además, empieces a utilizar otra vía más directa hacia tu conocimiento interior: la intuición. Ese camino sí va a llevarte al interior de ti misma. A tu centro. Al lugar dónde está todo ese conocimiento que, como ser humano, te corresponde.

—Sé lo que es la intuición porque la he experimentado…

—¡¡ Sí señora, perfecto!! ¿Te das cuenta de lo que has dicho? —me preguntó Daimon.

—¿Qué he dicho? —respondí asustada.

—Que sabes lo que es la intuición porque la has experimentado —añadió recalcando las últimas palabras— Esa es la clave. La intuición no se puede conocer intelectualmente, sólo se puede experimentar, y no admite dudas. Cuando sabes algo intuitivamente, lo sabes y punto. Tienes una certeza absoluta. Es un conocimiento que surge del interior y que no es cuestionable.

—Sí, eso es verdad, y así lo he experimentado, sobre todo cuando recorrí el Camino de Santiago…

—¡¡Bien, otra vez!! —me interrumpió Daimon con entusiasmo—. Es que el Camino de Santiago es una antigua ruta iniciática. Al recorrerlo a pie, te pones en contacto y te beneficias de la energía telúrica y de las energías celestes, procedentes de la Vía láctea, que confluyen a lo largo de todo el Camino.

Daimon hizo una pausa, para asegurarse de que tenía toda mi atención, y continuó hablando:

—El cansancio físico que se experimenta al recorrer diariamente muchos kilómetros, favorece una mayor conexión con el lado derecho del cerebro, que es pasivo y receptivo. Es el lado del inconsciente, de la energía femenina, de la intuición, la percepción y la creatividad. Seguro que cuando escribes una novela conectas con ese hemisferio derecho. Pero lo haces  sin darte cuenta de ello.

Reflexioné sobre sus palabras y supe que tenía razón. De hecho, siempre me había asombrado escribir sobre cosas que no sabía de dónde salían; al leerlas posteriormente, me sorprendía de mis palabras y hasta dudaba de que las hubiera escrito yo.

Daimon continuó con su explicación: 

—Al conectar con el hemisferio derecho del cerebro se produce, de manera simultánea, una desconexión del hemisferio izquierdo. Es decir, de nuestra parte activa, racional, que utiliza el lenguaje hablado para expresarse. Cuando esto ocurre, se favorece la intuición y con ella el lenguaje de los símbolos. El mismo que utilizan los sueños.

—Cuando recorres a pie el Camino de Santiago pasan muchas cosas que no pueden catalogarse a través de la razón. De eso puedo dar fe —dije, con conocimiento de causa.

—Por eso vas a seguir viajando. O mejor dicho, peregrinando —aclaró con énfasis.

—¿Tengo que hacer el Camino otra vez? —pregunté, intrigada.

—Sólo tendrás que ir a algunos sitios determinados. Te indicaré a cuales. Son lugares que tienen una relación directa contigo. En los que ya estuviste en otro tiempo… En  vidas pasadas —añadió con cierta precaución.

—¿En serio? —pregunté entusiasmada— ¿Recordaré cosas de vidas anteriores?

—Sólo las necesarias. Ese es un conocimiento que puede ser muy perjudicial si no estás preparada… Tendrás que realizar algunos  viajes —añadió— y no sólo por el Camino de Santiago. Saldrás  al extranjero, a determinados lugares que te indicaré, aunque siempre con el mismo espíritu de peregrinación con el que hiciste el Camino. Quiero decir con una mentalidad abierta y una actitud receptiva, sin expectativas previas.

—Has hecho una distinción entre el viaje y la peregrinación. ¿En qué se diferencian? —pregunté a Daimon, intuyendo la respuesta.

—Cuando hacemos un viaje es para conocer un país, una cultura, para hacer turismo, divertirnos, descansar… Una peregrinación se hace para conocernos a nosotros mismos. Estamos más receptivos a lo que hay dentro de nosotros, y también a cómo actúan en nuestro interior los lugares sagrados que visitamos. Una peregrinación es una búsqueda interior a través de un viaje externo. Toda nuestra vida es una peregrinación —concluyó— y cuando nos damos cuenta de ello, nos relajamos en la existencia y empezamos a andar de una forma más despreocupada y consciente, porque hemos descubierto nuestro auténtico camino.

—¿Y cuál es ese camino? —pregunté, intrigada.

—Ya te lo he dicho, hay muchos caminos, y cada uno tiene que descubrir cual es el suyo. El tuyo y el mío son el mismo. El camino de la entrega incondicional a la existencia. El que siguen los que consideran la vida como una peregrinación. Aquellos que prueban todo, pero no se apegan a nada ni a nadie, los que disfrutan y bendicen cada día las experiencias que les brinda la existencia. Que hoy están aquí, y mañana allí, abiertos a lo que el destino les depare, sin otro interés en la vida que vivirla.

 

Yo estaba fascinada escuchándole. Daimon continuó:

 

—Es el camino que recorren los que no tienen planes de pensiones porque no los necesitan. Saben que la existencia cuidará de ellos y les proveerá de todo lo necesario, como siempre ha hecho. Es el camino sin guía y sin camino, el que recorre alegremente ese arcano del Tarot, “El Loco”, que no tiene número porque no lo necesita. Porque su papel en el juego de la vida le lleva a desempeñar muchos papeles, en función de cada circunstancia, sin apegarse a ninguno, sabiendo que no es real. Es por ello que este arcano del Tarot ha sobrevivido en otras barajas, como el Joker o el comodín. ¿Qué valor le darías a un comodín en el póker, por ejemplo? —me preguntó con una sonrisa.

—Teóricamente esa figura no tiene ningún valor en sí misma. Sin embargo es muy importante porque puede representar a todas las demás figuras, incluyendo al rey.

—Pues eso, su valor está  en función del juego que representa en esos momentos. Pero al Joker o al Loco le da igual porque sabe que sólo se trata de eso, de un juego. ¡Qué más da el valor que le otorguen los demás, si él sólo quiere peregrinar por esta hermosa vida, con su hatillo al hombro, ligero de equipaje!  Si tiene que hacer de rey hace de rey, si tiene que hacer de dama, hace de dama, de paje, de ocho o de caballero. ¡Qué más da, si sólo es un juego!

—Ciertamente, yo me identifico con ese camino, pero tal como lo cuentas refleja una visión un tanto romántica de la existencia.

—De romántica nada —dijo Daimon— el camino de los locos es muy duro porque supone ir siempre contra corriente. La mayoría de la gente ni lo entiende ni lo acepta. “El loco”, a los ojos de los demás, es muy peligroso porque no encaja socialmente con la normalidad establecida y, por si fuera poco, este es el camino solitario por excelencia.

—¡Pero hay muchos locos! —argumenté— tú mismo acabas de decir que tu camino y el mío coincidían.

—Así es, y coinciden, pero sólo durante un tramo. Nuestra propia naturaleza nos impulsa a cada cual a seguir en solitario, sin depender del otro, y sin permitir que el otro dependa de nosotros. Puesto que somos, junto con la vida, nuestros propios guías.

 

Me quedé reflexionando sus palabras, y Daimon añadió:

—San Juan de la Cruz, Santa Teresa y el resto de los místicos españoles siguieron el camino de los locos, por eso tuvieron tantas dificultades con las autoridades eclesiásticas de sus respectivas órdenes. San Juan de la Cruz, que era un auténtico loco divino, escribió en sus “Dichos de luz y amor” que las condiciones del pájaro solitario son cinco: “La primera que se va a lo más alto; la segunda que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color, y la quinta, que canta suavemente”. Esta podría ser una definición esotérica del camino de los locos.

La conversación con Daimon me impresionó vivamente. Esa noche las estrellas brillaban sobre mi cabeza con más fuerza que nunca. Observándolas, me puse a recitar el estribillo de un poema de León Felipe que había aprendido de pequeña, y que me emocionaba especialmente. Se titulaba: “Romero solo”. Decía así:

 

“Ser en la vida romero,

romero solo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero… sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,

ligero, siempre ligero.”

 

¿Acaso ese romero del que hablaba León Felipe no se asemejaba a nuestro peregrino-loco del Tarot?

La impresión que sentí fue tan intensa, que me puse a llorar. Esa noche supe por qué ese poema se me había metido tan dentro, cuando era apenas una cría, y siempre me había emocionado tanto.

Daimon llevaba razón. En realidad ya sabemos todo. Sólo tenemos que recordarlo y para ello, la vida pone a nuestra disposición infinitas pistas. Sólo hay que estar receptivos y atentos, porque ella siempre nos está hablando. Y nos guía.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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