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CAPÍTULO X

Ilustración de Sergio Bleda para el décimo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

El paisaje era lunar, con montañas de color rojizo. Hacía calor y, en medio de un camino solitario, Paula deambulaba despacio sin saber a dónde iba. Una música insistente sonaba por alguna parte, pero ella miraba hacia los lados, y no conseguía detectar de dónde venía. De pronto identificó la musiquilla de anuncio de Coca cola de su teléfono, y despertó.

—Qué sueño más extraño —dijo en voz alta mientras buscaba, aturdida, el móvil en la mesilla de noche.

Aún adormilada, vio de refilón que desconocía el número que aparecía en la pantalla del teléfono. Se incorporó en la cama y apretó el botón que conectaba el aparato. Al escuchar la voz que le hablaba al otro lado, primero no la reconoció, y después supo instintivamente quien era. Le dio un vuelco el corazón.

—Hola, soy Matías, el bibliotecario con el que hablaste ayer ¿Te he despertado?

Paula se atusó el pelo, con un gesto mecánico, como si él pudiera verla en esos momentos.

—Ah, hola —dijo con cierto nerviosismo—. No, no me has despertado —mintió—. Estaba... por aquí, haciendo cosas en la casa, ya sabes.

—Verás, es que ayer devolvieron una novela de las que tú querías, de Sara Bermúdez, y... como hoy no trabajo, he pensado acercártela a tu casa... Allí a Rossal.

A Paula empezó a latirle el corazón a toda prisa. Fue tanta la conmoción de pensar que Matías iba a verla a su casa, que se quedó muda, sin saber qué responder.

—¿Estás ahí? —preguntó Matías— Si te va mal no voy, ya te lo acercaré otro día... Como hoy no trabajo y me invitaste a ir…

—No, no me viene mal. No tenía ningún plan. Me parece perfecto —se apresuró a responder Paula, reaccionando— Y ¿a qué hora vendrías? —preguntó, intentando ver la hora que era en el reloj de la mesilla.

—Pues, ya —respondió él—. Puedo estar ahí en media hora. Si te viene bien, claro.

—Sí, sí, perfecto —balbuceó Paula poniendo cara de pánico— Aquí te espero.

 

Paula le dio la dirección a Matías, y le indicó que su casa se encontraba en la parte más alta del pueblo, subiendo una colina.

 

En cuanto colgó el teléfono, saltó de la cama con rapidez y se dirigió como una flecha al cuarto de baño, para darse una ducha. Fue la más rápida de su vida. Tan ligera iba, que casi se cae, al escurrirse, cuando salía de la bañera.

Aún con cara de susto se miró en el espejo, mientras se secaba su pelo corto con una toalla, y se dijo a sí misma en voz alta:

—Tranquila, no te vayas a matar ahora que te sale un ligue.

Sus propias palabras la asustaron y, mientras escogía en su armario qué ropa ponerse, siguió con su monólogo:

—Mira Paula, que te conozco. No empieces con tus fantasías. ¿Por qué has dicho lo del ligue? Este chico podría ser tu hijo. Vamos, que tiene edad para serlo, así que ándate con ojo, no vayas a hacer el ridículo más espantoso de tu vida al creerte algo que no es.

Después de ponerse un pantalón vaquero y un suéter azul marino de cuello alto, Paula se observó en el espejo y decidió que iba vestida con demasiada sobriedad.

—¡Dios, parezco una monja! Tengo que ponerme algo... más alegre... Y más sexy —concluyó con una sonrisa picarona.

Sin dejar de mirar el reloj —ya habían pasado veinte minutos desde que llamó Matías— Paula se sacó el suéter por la cabeza y, tras repasar nuevamente el armario, cogió una blusa azul turquesa de manga larga, que le quedaba ceñida por la parte del pecho. Se dejó sin abrochar los dos primeros botones y buscó su aprobación delante del espejo.

—Bueno, esto ya es otra cosa, y este color me sienta estupendamente —dijo, después de inspeccionarse otra vez de arriba abajo.

A toda prisa, hizo su cama, ordenó el dormitorio y guardó el manuscrito de Sara Bermúdez en el armario. Al cogerlo entre sus manos, le vino a la memoria todo lo que había leído la noche anterior, y también retazos del sueño que había tenido, hasta que la despertó la llamada de Matías.

 “Qué libro más raro —dijo para sus adentros— luego seguiré leyéndolo. Ahora otros asuntos más mundanos reclaman mi atención”.

 

Cuando estaba arreglando los cojines del sofá sonó el timbre de la puerta. Paula echó un vistazo a su alrededor para comprobar que todo estaba en orden, y con el corazón galopándole en el pecho, como un potro desbocado, abrió.

Allí estaba Matías, con una amplia sonrisa. “Qué guapo es”, pensó, notando que le temblaban las piernas.

—Adelante —dijo Paula, sonriendo también.

Matías hizo ademán de besarla en las mejillas, mientras Paula le extendía la mano derecha para estrechar la suya. La confusión y los torpes movimientos de ambos, hicieron que los dos soltasen una carcajada, que suavizó la tensión que vibraba en el ambiente.

Matías pasó al salón, precedido por Paula, y elogió la luminosidad de aquella habitación.

—Que sitio más acogedor y cuánta luz tiene.

—La parte más bonita de la casa es la terraza —dijo Paula indicándole que salieran—. Desde aquí se ven preciosas puestas de sol en el mar.

—Estupendo, esta tarde podremos verla —respondió Matías, mientras la observaba, sin disimular cómo le gustaba.

Al escuchar este comentario y comprobar cómo la miraba, a Paula le dio la impresión de que las piernas no podrían sostenerla. Sonrió mientras su mente, razonaba: “O sea, que piensa pasar aquí todo el día”.

Sin saber muy bien qué decir, Paula invitó a Matías a sentarse en la terraza y tomar algo.

—Bueno, me he levantado tarde y hace poco que he desayunado, pero creo que ya es hora de tomar una cerveza —dijo él, tras consultar el reloj que llevaba en la muñeca izquierda.

Paula se dirigió a la cocina y puso sobre una bandeja dos cervezas, dos vasos que sacó del congelador, un plato con almendras y otro con aceitunas rellenas.

Mientras preparaba todo, resopló varias veces para aliviar la tensión que sentía. No había duda de que a Matías le gustaba ella. “Y a mí me gusta él. ¿Qué hay de malo en disfrutar un poco? Ya no tengo que dar cuentas a nadie” —razonó en su interior.

Disimulando su nerviosismo, y teniendo mucho cuidado para que la bandeja no se le cayera de las manos, Paula volvió a la terraza y se sentó junto a Matías. El sol daba de lleno en la mesita y las dos sillas de jardín que ocupaban. Desde allí se divisaba el mar y se escuchaba nítidamente el sonido de las olas.

—Este es un lugar privilegiado —dijo él aspirando la brisa marina.

Sirvieron la cerveza y levantaron los vasos para brindar:

—Por nosotros. Porque este sea el principio de una hermosa amistad —bromeó Matías, emulando el final de la película “Casablanca”.

Paula se sonrojó y se limitó a chocar su vaso con el otro, sin decir una palabra. Bebieron y, tras un breve silencio que a Paula le pareció eterno, Matías sacó un libro del bolsillo de su chaqueta de pana, que había colocado en el respaldo de su silla.

—Que no se me olvide. Esta es la novela de Sara Bermúdez que te traigo— dijo Matías, alargándole un libro de tapas negras titulado “El color de las palabras”

—Sí claro —dijo Paula cogiéndolo— muchas gracias por haberte molestado en traérmelo...

—No ha sido ninguna molestia —se apresuró a interrumpir Matías, mirándola fijamente a los ojos— al contrario, estoy encantado de estar aquí contigo y de verte otra vez.

 Paula, que no se esperaba una alusión tan directa, se quedó un poco desconcertada. “Coooño —pensó— esto va rápido. ¿Y ahora qué le digo yo?” Finalmente dijo, sonrojándose de nuevo:

 —Yo también me alegro de que hayas venido.

 Nuevamente se produjo un embarazoso silencio, que Matías rompió preguntando a Paula:

 —¿Y por qué tienes tanto interés en leer las novelas de Sara Bermúdez?... Que conste que a mí me parece muy bien —se apresuró a aclarar— gracias a ella nos hemos conocido ¿no?

 Paula estuvo a punto de hablarle sobre el manuscrito de la escritora que había encontrado enterrado en el jardín el día anterior. Sin embargo, algo en su interior le dijo que era mejor no hacerlo y guardar el secreto. Por eso se limitó a responder:

 —Bueno, no sé. Como ya te dije, ésta antes era su casa y tengo cierta curiosidad por ver qué escribía. Nada más. Supongo que sólo es curiosidad.

—Pues yo me alegro —repitió Matías por si no había quedado claro— gracias a Sara Bermúdez y a tu curiosidad, nos hemos conocido. Y esto hay que celebrarlo —añadió con entusiasmo—  Te invito a comer. ¿Sabes de algún sitio que esté bien aquí, en Rossal?

—Bueno, no llevo aquí mucho tiempo, pero paseando por la playa he visto varios restaurantes que tienen buena pinta.

—Estupendo ¿te apetece que vayamos? Podemos acercarnos ahora, reservamos mesa, encargamos una paella y mientras se hace la hora de comer paseamos por la playa, ¿hace?

—¡¡Hace!! —respondió Paula con alegría infantil. ¿Tengo que cambiarme? —preguntó con coquetería.

—No hace falta —respondió Matías mirándole descaradamente el escote— estás muy guapa.

 

Poco tiempo después, cuando terminaron de tomar la cerveza, Paula y Matías descendieron por la carretera de la colina, hablando sobre las preciosas vistas que tenía el pueblo, el buen tiempo que hacía y otras cosas sin trascendencia. Tras dar un pequeño rodeo, fueron a parar a un paseo que les conducía directamente a la playa. Una vez allí buscaron un restaurante, reservaron mesa, encargaron la comida y quedaron en volver una hora más tarde.

Para hacer tiempo dieron un paseo a orillas del mar, absortos en el ir y venir del agua y en el murmullo de las olas.

—Cuando sube la marea casi no queda sitio para pasear. El mar se come buena parte de la playa. Es como un combate que se celebra a diario entre el agua y la tierra. Un combate que van ganando y perdiendo cada uno, de forma alternativa —dijo Paula, frotándose los brazos.

—¿Tienes frío? —le preguntó Matías

—Un poco —respondió ella— aquí en la orilla del mar siempre hace más fresco. Será por la brisa.

Matías se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros, insistiendo en que la conservara puesta, porque él no tenía frío. Cuando se acercó a ella para colocarle la chaqueta, Paula no pudo evitar un estremecimiento que a él no le pasó desapercibido.

—¿Tienes hijos? —le preguntó de pronto— Sé que estás viuda, pero no sé si tienes hijos.

—Tengo dos hijos y una nieta —respondió Paula, sintiéndose de pronto muy mayor, como si esa pregunta le hubiera hecho colocar los pies en la tierra— Ya ves que no soy ninguna jovencita.

—No pareces nada vieja, si es a eso a lo que te refieres —dijo Matías, un poco molesto al ver que a ella le afectaba la pregunta— Y, además, a mí no me gustan las jovencitas.

—Lo tomaré como un cumplido —respondió Paula— ¿Cuántos años tienes? —se atrevió a preguntarle.

—Tengo 35.

—Los mismos que mi hijo. Te llevo 20 años —añadió ella, con cierto tono de tristeza en la voz.

Matías se detuvo, se situó frente a Paula, la cogió por los hombros y mirando al fondo de sus ojos verdes, le dijo:

—A mí eso no me importa

A Paula le temblaban las piernas, su corazón latía tan fuerte que parecía que iba a salirse de la blusa y, con un hilo de voz, como si no fuera ella la que hablaba, le respondió:

—A mí tampoco me importa. Soy libre y no tengo que dar explicaciones a nadie.

Estas últimas palabras afectaron el ánimo de Matías y le hicieron pensar en Susana. Sin embargo, la borró rápidamente de sus pensamientos y mintió a Paula cuando le dijo:

 

—Yo tampoco tengo que dar explicaciones a nadie.

—¿Cómo es posible que un chico tan guapo como tú no tenga novia? —bromeó ella, para no preguntarle directamente si la tenía.

 

Esta vez Matías no contestó. En lugar de hacerlo, atrajo a Paula hacía sí y la besó apasionadamente en la boca. Ella le correspondió y durante un buen rato permanecieron abrazados y besándose ardientemente, a la orilla del mar, hasta que una ola les mojó los pies.

Ambos empezaron a reírse y, entrelazados por la cintura, entre bromas y jugando para que no ser alcanzados por las olas, se dirigieron hacia el restaurante.

El momento era tan mágico, que ninguno de los dos se atrevió a romperlo con palabras. Sólo permanecían así, caminando abrazados y, de vez en cuando, Matías se detenía para besarla de nuevo con pasión. Paula, que no podía borrar la sonrisa de los labios, respondía con el mismo ardor.

Cuando entraron al restaurante, y se sentaron a la mesa que tenían reservada frente al mar, ya no eran los dos desconocidos que habían estado allí una hora antes. Se habían convertido en dos enamorados. Ni el tiempo ni los años que los separaban tenían ninguna importancia.

Después de acomodarse y permanecer un buen rato con las manos entrelazadas sobre la mesa, Matías se alejó unos momentos para ir al lavabo. Al quedarse sola, Paula se dio cuenta de que estaba literalmente en las nubes, con una sonrisa estúpida reflejada en el rostro y con su mente a miles de kilómetros de distancia, a punto de entrar en el séptimo cielo.

Sin embargo, un pensamiento tiró de ella hacia abajo y la obligó a poner los pies en la tierra. “A ver cómo les cuento yo ahora esto a mis hijos”. La sonrisa, que le hacía poner cara de idiota, se borró de un plumazo. Sólo de pensar que algún momento tendría que presentar a Matías a su hijo Fernando, le ponía los pelos de punta. Y no sólo a él. También a Elena. ¿Qué pensaría su hija?

Esta reflexión le nubló el ánimo. Además se sentía culpable por su hija. “La pobre Elena pasándolas canutas —pensó—  y yo aquí disfrutando como una jovencita”. Se sentía tan mal y tan culpable, que estuvo a punto de echarse a llorar y salir corriendo del restaurante. Pero algo en su interior la retenía allí, le pedía calma, y le susurraba al oído: “A ver si no vas a tener nunca derecho a disfrutar”.

La llegada de Matías a la mesa la reconfortó y provocó que la sonrisa volviera a asomar por sus labios. A pesar de eso, él notó que algo le pasaba.

—¿Qué te pasa? —preguntó con cara de preocupación, mientras la cogía de las manos.

—Uf, no sé —respondió ella con sinceridad— de pronto me ha entrado un gran agobio, he pensado en mis hijos y...

—¡Eh, para un momento! —la interrumpió Matías con dulzura, aunque en tono firme— De tus hijos, nietos y demás familia, hablaremos otro día. Hoy no están invitados a la mesa. ¿Qué te parece si nos dedicamos el día a nosotros solos?

—Me parece bien —respondió Paula con una sonrisa.

—Yo creo que esto nos ha pillado a los dos de sorpresa, pero así es como vienen siempre estas cosas, cuando menos te lo esperas y sin que estén en el programa. Ya habrá tiempo de hablar de la familia. Tú me hablarás de tus hijos, y yo te hablaré de mis padres... Pero hoy no. Otro día.

Mientras Paula asentía con la cabeza, sonó el teléfono móvil de Matías. Él dudó un rato. Finalmente, con un gesto de fastidio, lo sacó del bolsillo del pantalón, comprobó en la pantalla que quien lo llamaba era Susana, y lo desconectó.

Para Paula fue evidente que la llamada, fuera de quien fuera, molestaba a Matías, aunque él había tratado de disimularlo. Por eso no pudo resistir la tentación de preguntarle si había algún problema.

 

—No, no es nada —dijo él a modo de justificación— debería haber apagado el móvil para que no nos molestaran. Lo que pasa es que siempre lo llevo conectado por si llama mi madre. Mi padre está enfermo, ya es muy mayor, tiene demencia senil y a veces le da por desaparecer o vete tú a saber qué.

—Vaya, lo siento —dijo Paula con gesto de preocupación— por mi no lo desconectes. Si te llama tu madre...

—Lo he desconectado y así se va a quedar —se apresuró a responder él—. Hemos dicho que hoy vamos a estar tú y yo solos, sin invitados. ¿Acaso no nos merecemos un respiro en los problemas familiares?

—¡Desde luego! —dijo Paula, sin poder evitar pensar en sus hijos.

 

La comida se desarrolló en medio de una conversación intrascendente. Hablaron de la cerveza, de vinos, de sus hábitos culinarios, de lo que merendaban de pequeños, del lujo que suponía vivir frente al mar. En ningún momento abordaron ningún tema que pudiera estropear el momento especial que ambos vivían juntos.

Fue Matías quien pagó la comida, alegando que era él quien la había invitado. Ante la insistencia de Paula quedó establecido que cuando se juntaran a comer cada vez pagaría uno la consumición. Cuando terminaron los orujos con los que el restaurante los había obsequiado, Matías cogió de las manos a Paula, las estrechó entre las suyas y le dijo:

—¿Vamos a tu casa? Me muero de ganas por estar contigo.

Ella asintió con la cabeza sin decir nada, aunque por dentro se encontraba tremendamente nerviosa. Por una parte también ella “se moría” de ganas de estar con él en su cama. Por otra, estaba hecha un flan. Nunca se había acostado con ningún otro hombre que no fuera su marido, y temía no estar a la altura de las circunstancias.

Durante todo el camino de regreso a su casa, Paula no dejó de pensar que estaba demasiado gorda, que tenía el pecho caído, que en su vientre se notaban las estrías y las huellas de sus dos embarazos. Pensó incluso que tenía que haberse puesto algún conjunto de bragas y sujetador más sexy del que llevaba. “Pero claro —se justificaba para sus adentros— cómo iba a pensar yo cuando me he vestido esta mañana, que esto iba a ir tan rápido”.

 

En cuanto traspasaron el umbral de su casa y ya no estuvieron a la vista de nadie, Matías la arrinconó suavemente contra una pared y empezó a besarla por todo el cuerpo con gran pasión.

Le desabrochó la blusa azul turquesa y acarició sus pechos por encima del sujetador. Pero rápidamente le quitó la prenda con gran maestría y comenzó a lamerle los pezones, mientras la agarraba fuertemente por el culo y la atraía hacia él.

Paula, que estaba de puntillas, casi en vilo, no dejaba de gemir de placer. En su vida había disfrutado tanto. Era como si cada célula de su dormido cuerpo, hubiera despertado. Como si toda ella se hubiera convertido en un terminal eléctrico, que echaba chispas cada vez que Matías la acariciaba con las yemas de sus dedos.

Jadeando, Matías le introdujo la mano por el pantalón y después, con gran habilidad, metió los dedos por su vagina, al tiempo que le susurraba cosas como: “¡que bien, estás húmeda!!” “¡qué buena estás!” “¡cómo me gustas!” ¡”voy a meterme dentro de ti y te voy a hacer chillar de placer!

Era la primera vez que Paula escuchaba cosas por el estilo. Paco nunca hablaba cuando hacían el amor, y tampoco se preocupaba mucho por el placer de ella. Aquel comportamiento, casi animal, de Matías, le resultaba totalmente nuevo. ¡Cómo había podido perderse algo así durante tantos años! —atinó a pensar en medio de la lucha amorosa.

Cuando el clímax de excitación llegó a su apogeo, Matías ayudó a Paula a desprenderse del resto de la ropa y él se quitó la suya. Al ver la erección que tenía, Paula no pudo evitar que sus ojos verdes se abrieran de par en par, al tiempo que decía: “¡Dios santo!”. Matías soltó una carcajada y, cogiendo la mano derecha de Paula, la colocó sobre su pene. Después le preguntó:

—¿Dónde está la cama?

Paula le condujo a su dormitorio y allí, consumaron el acto sexual. Matías eyaculó primero y le dijo a Paula:

—Lo siento, es que estaba muy excitado. Ahora te toca a ti.

Paula iba a decir que no pasaba nada, que estaba acostumbrada porque cuando Paco eyaculaba, se daba por terminada la función. Pero Matías le tapó la boca, con cariño y le insistió:

—Ahora te toca a ti.

A partir de ese momento él inició otra vez el juego amoroso, con toda la dedicación para excitarla. Cuando Paula gemía de placer, la penetró de nuevo hasta que ella tuvo un orgasmo que la hizo gritar y hasta morderle en un hombro.

Exhausta y feliz, sin poder borrar la sonrisa de sus labios, y sin dar crédito a lo que acababa de vivir, Paula comentó en voz alta:

—¡¡Dios mío!! ¡Esto sí que es un buen polvo! ¡Ahora entiendo por qué a la gente le gusta tanto!

Matías la besó y celebró con una carcajada la ocurrencia de Paula.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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