|
COMPRAR AQUÍ El Camino de Los Locos MÁS BARATO QUE EN LAS
LIBRERÍAS
CAPÍTULO X

El paisaje era lunar, con montañas de
color rojizo. Hacía calor y, en medio de un camino solitario, Paula
deambulaba despacio sin saber a dónde iba. Una música insistente
sonaba por alguna parte, pero ella miraba hacia los lados, y no
conseguía detectar de dónde venía. De pronto identificó la
musiquilla de anuncio de Coca cola de su teléfono, y despertó.
—Qué sueño más extraño —dijo en voz
alta mientras buscaba, aturdida, el móvil en la mesilla de noche.
Aún adormilada, vio de refilón que
desconocía el número que aparecía en la pantalla del teléfono. Se
incorporó en la cama y apretó el botón que conectaba el aparato. Al
escuchar la voz que le hablaba al otro lado, primero no la
reconoció, y después supo instintivamente quien era. Le dio un
vuelco el corazón.
—Hola, soy Matías, el bibliotecario
con el que hablaste ayer ¿Te he despertado?
Paula se atusó el pelo, con un gesto
mecánico, como si él pudiera verla en esos momentos.
—Ah, hola —dijo con cierto
nerviosismo—. No, no me has despertado —mintió—. Estaba... por aquí,
haciendo cosas en la casa, ya sabes.
—Verás, es que ayer devolvieron una
novela de las que tú querías, de Sara Bermúdez, y... como hoy no
trabajo, he pensado acercártela a tu casa... Allí a Rossal.
A Paula empezó a latirle el corazón a
toda prisa. Fue tanta la conmoción de pensar que Matías iba a verla
a su casa, que se quedó muda, sin saber qué responder.
—¿Estás ahí? —preguntó Matías— Si te
va mal no voy, ya te lo acercaré otro día... Como hoy no trabajo y
me invitaste a ir…
—No, no me viene mal. No tenía ningún
plan. Me parece perfecto —se apresuró a responder Paula,
reaccionando— Y ¿a qué hora vendrías? —preguntó, intentando ver la
hora que era en el reloj de la mesilla.
—Pues, ya —respondió él—. Puedo estar
ahí en media hora. Si te viene bien, claro.
—Sí, sí, perfecto —balbuceó Paula
poniendo cara de pánico— Aquí te espero.
Paula le dio la dirección a Matías, y
le indicó que su casa se encontraba en la parte más alta del pueblo,
subiendo una colina.
En cuanto colgó el teléfono, saltó de
la cama con rapidez y se dirigió como una flecha al cuarto de baño,
para darse una ducha. Fue la más rápida de su vida. Tan ligera iba,
que casi se cae, al escurrirse, cuando salía de la bañera.
Aún con cara de susto se miró en el
espejo, mientras se secaba su pelo corto con una toalla, y se dijo a
sí misma en voz alta:
—Tranquila, no te vayas a matar ahora
que te sale un ligue.
Sus propias palabras la asustaron y,
mientras escogía en su armario qué ropa ponerse, siguió con su
monólogo:
—Mira Paula, que te conozco. No
empieces con tus fantasías. ¿Por qué has dicho lo del ligue? Este
chico podría ser tu hijo. Vamos, que tiene edad para serlo, así que
ándate con ojo, no vayas a hacer el ridículo más espantoso de tu
vida al creerte algo que no es.
Después de ponerse un pantalón
vaquero y un suéter azul marino de cuello alto, Paula se observó en
el espejo y decidió que iba vestida con demasiada sobriedad.
—¡Dios, parezco una monja! Tengo que
ponerme algo... más alegre... Y más sexy —concluyó con una sonrisa
picarona.
Sin dejar de mirar el reloj —ya
habían pasado veinte minutos desde que llamó Matías— Paula se sacó
el suéter por la cabeza y, tras repasar nuevamente el armario, cogió
una blusa azul turquesa de manga larga, que le quedaba ceñida por la
parte del pecho. Se dejó sin abrochar los dos primeros botones y
buscó su aprobación delante del espejo.
—Bueno, esto ya es otra cosa, y este
color me sienta estupendamente —dijo, después de inspeccionarse otra
vez de arriba abajo.
A toda prisa, hizo su cama, ordenó el
dormitorio y guardó el manuscrito de Sara Bermúdez en el armario. Al
cogerlo entre sus manos, le vino a la memoria todo lo que había
leído la noche anterior, y también retazos del sueño que había
tenido, hasta que la despertó la llamada de Matías.
“Qué libro más raro —dijo para sus
adentros— luego seguiré leyéndolo. Ahora otros asuntos más mundanos
reclaman mi atención”.
Cuando estaba arreglando los cojines
del sofá sonó el timbre de la puerta. Paula echó un vistazo a su
alrededor para comprobar que todo estaba en orden, y con el corazón
galopándole en el pecho, como un potro desbocado, abrió.
Allí estaba Matías, con una amplia
sonrisa. “Qué guapo es”, pensó, notando que le temblaban las
piernas.
—Adelante —dijo Paula, sonriendo
también.
Matías hizo ademán de besarla en las
mejillas, mientras Paula le extendía la mano derecha para estrechar
la suya. La confusión y los torpes movimientos de ambos, hicieron
que los dos soltasen una carcajada, que suavizó la tensión que
vibraba en el ambiente.
Matías pasó al salón, precedido por
Paula, y elogió la luminosidad de aquella habitación.
—Que sitio más acogedor y cuánta luz
tiene.
—La parte más bonita de la casa es la
terraza —dijo Paula indicándole que salieran—. Desde aquí se ven
preciosas puestas de sol en el mar.
—Estupendo, esta tarde podremos verla
—respondió Matías, mientras la observaba, sin disimular cómo le
gustaba.
Al escuchar este comentario y
comprobar cómo la miraba, a Paula le dio la impresión de que las
piernas no podrían sostenerla. Sonrió mientras su mente, razonaba:
“O sea, que piensa pasar aquí todo el día”.
Sin saber muy bien qué decir, Paula
invitó a Matías a sentarse en la terraza y tomar algo.
—Bueno, me he levantado tarde y hace
poco que he desayunado, pero creo que ya es hora de tomar una
cerveza —dijo él, tras consultar el reloj que llevaba en la muñeca
izquierda.
Paula se dirigió a la cocina y puso
sobre una bandeja dos cervezas, dos vasos que sacó del congelador,
un plato con almendras y otro con aceitunas rellenas.
Mientras preparaba todo, resopló
varias veces para aliviar la tensión que sentía. No había duda de
que a Matías le gustaba ella. “Y a mí me gusta él. ¿Qué hay de malo
en disfrutar un poco? Ya no tengo que dar cuentas a nadie” —razonó
en su interior.
Disimulando su nerviosismo, y
teniendo mucho cuidado para que la bandeja no se le cayera de las
manos, Paula volvió a la terraza y se sentó junto a Matías. El sol
daba de lleno en la mesita y las dos sillas de jardín que ocupaban.
Desde allí se divisaba el mar y se escuchaba nítidamente el sonido
de las olas.
—Este es un lugar privilegiado —dijo
él aspirando la brisa marina.
Sirvieron la cerveza y levantaron los
vasos para brindar:
—Por nosotros. Porque este sea el
principio de una hermosa amistad —bromeó Matías, emulando el final
de la película “Casablanca”.
Paula se sonrojó y se limitó a chocar
su vaso con el otro, sin decir una palabra. Bebieron y, tras un
breve silencio que a Paula le pareció eterno, Matías sacó un libro
del bolsillo de su chaqueta de pana, que había colocado en el
respaldo de su silla.
—Que no se me olvide. Esta es la
novela de Sara Bermúdez que te traigo— dijo Matías, alargándole un
libro de tapas negras titulado “El color de las palabras”
—Sí claro —dijo Paula cogiéndolo—
muchas gracias por haberte molestado en traérmelo...
—No ha sido ninguna molestia —se
apresuró a interrumpir Matías, mirándola fijamente a los ojos— al
contrario, estoy encantado de estar aquí contigo y de verte otra
vez.
Paula, que no se esperaba una
alusión tan directa, se quedó un poco desconcertada. “Coooño —pensó—
esto va rápido. ¿Y ahora qué le digo yo?” Finalmente dijo,
sonrojándose de nuevo:
—Yo también me alegro de que hayas
venido.
Nuevamente se produjo un embarazoso
silencio, que Matías rompió preguntando a Paula:
—¿Y por qué tienes tanto interés en
leer las novelas de Sara Bermúdez?... Que conste que a mí me parece
muy bien —se apresuró a aclarar— gracias a ella nos hemos conocido
¿no?
Paula estuvo a punto de hablarle
sobre el manuscrito de la escritora que había encontrado enterrado
en el jardín el día anterior. Sin embargo, algo en su interior le
dijo que era mejor no hacerlo y guardar el secreto. Por eso se
limitó a responder:
—Bueno, no sé. Como ya te dije, ésta
antes era su casa y tengo cierta curiosidad por ver qué escribía.
Nada más. Supongo que sólo es curiosidad.
—Pues yo me alegro —repitió Matías
por si no había quedado claro— gracias a Sara Bermúdez y a tu
curiosidad, nos hemos conocido. Y esto hay que celebrarlo —añadió
con entusiasmo— Te invito a comer. ¿Sabes de algún sitio que esté
bien aquí, en Rossal?
—Bueno, no llevo aquí mucho tiempo,
pero paseando por la playa he visto varios restaurantes que tienen
buena pinta.
—Estupendo ¿te apetece que vayamos?
Podemos acercarnos ahora, reservamos mesa, encargamos una paella y
mientras se hace la hora de comer paseamos por la playa, ¿hace?
—¡¡Hace!! —respondió Paula con
alegría infantil. ¿Tengo que cambiarme? —preguntó con coquetería.
—No hace falta —respondió Matías
mirándole descaradamente el escote— estás muy guapa.
Poco tiempo después, cuando
terminaron de tomar la cerveza, Paula y Matías descendieron por la
carretera de la colina, hablando sobre las preciosas vistas que
tenía el pueblo, el buen tiempo que hacía y otras cosas sin
trascendencia. Tras dar un pequeño rodeo, fueron a parar a un paseo
que les conducía directamente a la playa. Una vez allí buscaron un
restaurante, reservaron mesa, encargaron la comida y quedaron en
volver una hora más tarde.
Para hacer tiempo dieron un paseo a
orillas del mar, absortos en el ir y venir del agua y en el murmullo
de las olas.
—Cuando sube la marea casi no queda
sitio para pasear. El mar se come buena parte de la playa. Es como
un combate que se celebra a diario entre el agua y la tierra. Un
combate que van ganando y perdiendo cada uno, de forma alternativa
—dijo Paula, frotándose los brazos.
—¿Tienes frío? —le preguntó Matías
—Un poco —respondió ella— aquí en la
orilla del mar siempre hace más fresco. Será por la brisa.
Matías se quitó la chaqueta y se la
puso por los hombros, insistiendo en que la conservara puesta,
porque él no tenía frío. Cuando se acercó a ella para colocarle la
chaqueta, Paula no pudo evitar un estremecimiento que a él no le
pasó desapercibido.
—¿Tienes hijos? —le preguntó de
pronto— Sé que estás viuda, pero no sé si tienes hijos.
—Tengo dos hijos y una nieta
—respondió Paula, sintiéndose de pronto muy mayor, como si esa
pregunta le hubiera hecho colocar los pies en la tierra— Ya ves que
no soy ninguna jovencita.
—No pareces nada vieja, si es a eso a
lo que te refieres —dijo Matías, un poco molesto al ver que a ella
le afectaba la pregunta— Y, además, a mí no me gustan las
jovencitas.
—Lo tomaré como un cumplido
—respondió Paula— ¿Cuántos años tienes? —se atrevió a preguntarle.
—Tengo 35.
—Los mismos que mi hijo. Te llevo 20
años —añadió ella, con cierto tono de tristeza en la voz.
Matías se detuvo, se situó frente a
Paula, la cogió por los hombros y mirando al fondo de sus ojos
verdes, le dijo:
—A mí eso no me importa
A Paula le temblaban las piernas, su
corazón latía tan fuerte que parecía que iba a salirse de la blusa
y, con un hilo de voz, como si no fuera ella la que hablaba, le
respondió:
—A mí tampoco me importa. Soy libre y
no tengo que dar explicaciones a nadie.
Estas últimas palabras afectaron el
ánimo de Matías y le hicieron pensar en Susana. Sin embargo, la
borró rápidamente de sus pensamientos y mintió a Paula cuando le
dijo:
—Yo tampoco tengo que dar
explicaciones a nadie.
—¿Cómo es posible que un chico tan
guapo como tú no tenga novia? —bromeó ella, para no preguntarle
directamente si la tenía.
Esta vez Matías no contestó. En lugar
de hacerlo, atrajo a Paula hacía sí y la besó apasionadamente en la
boca. Ella le correspondió y durante un buen rato permanecieron
abrazados y besándose ardientemente, a la orilla del mar, hasta que
una ola les mojó los pies.
Ambos empezaron a reírse y,
entrelazados por la cintura, entre bromas y jugando para que no ser
alcanzados por las olas, se dirigieron hacia el restaurante.
El momento era tan mágico, que
ninguno de los dos se atrevió a romperlo con palabras. Sólo
permanecían así, caminando abrazados y, de vez en cuando, Matías se
detenía para besarla de nuevo con pasión. Paula, que no podía borrar
la sonrisa de los labios, respondía con el mismo ardor.
Cuando entraron al restaurante, y se
sentaron a la mesa que tenían reservada frente al mar, ya no eran
los dos desconocidos que habían estado allí una hora antes. Se
habían convertido en dos enamorados. Ni el tiempo ni los años que
los separaban tenían ninguna importancia.
Después de acomodarse y permanecer un
buen rato con las manos entrelazadas sobre la mesa, Matías se alejó
unos momentos para ir al lavabo. Al quedarse sola, Paula se dio
cuenta de que estaba literalmente en las nubes, con una sonrisa
estúpida reflejada en el rostro y con su mente a miles de kilómetros
de distancia, a punto de entrar en el séptimo cielo.
Sin embargo, un pensamiento tiró de
ella hacia abajo y la obligó a poner los pies en la tierra. “A ver
cómo les cuento yo ahora esto a mis hijos”. La sonrisa, que le hacía
poner cara de idiota, se borró de un plumazo. Sólo de pensar que
algún momento tendría que presentar a Matías a su hijo Fernando, le
ponía los pelos de punta. Y no sólo a él. También a Elena. ¿Qué
pensaría su hija?
Esta reflexión le nubló el ánimo.
Además se sentía culpable por su hija. “La pobre Elena pasándolas
canutas —pensó— y yo aquí disfrutando como una jovencita”. Se
sentía tan mal y tan culpable, que estuvo a punto de echarse a
llorar y salir corriendo del restaurante. Pero algo en su interior
la retenía allí, le pedía calma, y le susurraba al oído: “A ver si
no vas a tener nunca derecho a disfrutar”.
La llegada de Matías a la mesa la
reconfortó y provocó que la sonrisa volviera a asomar por sus
labios. A pesar de eso, él notó que algo le pasaba.
—¿Qué te pasa? —preguntó con cara de
preocupación, mientras la cogía de las manos.
—Uf, no sé —respondió ella con
sinceridad— de pronto me ha entrado un gran agobio, he pensado en
mis hijos y...
—¡Eh, para un momento! —la
interrumpió Matías con dulzura, aunque en tono firme— De tus hijos,
nietos y demás familia, hablaremos otro día. Hoy no están invitados
a la mesa. ¿Qué te parece si nos dedicamos el día a nosotros solos?
—Me parece bien —respondió Paula con
una sonrisa.
—Yo creo que esto nos ha pillado a
los dos de sorpresa, pero así es como vienen siempre estas cosas,
cuando menos te lo esperas y sin que estén en el programa. Ya habrá
tiempo de hablar de la familia. Tú me hablarás de tus hijos, y yo te
hablaré de mis padres... Pero hoy no. Otro día.
Mientras Paula asentía con la cabeza,
sonó el teléfono móvil de Matías. Él dudó un rato. Finalmente, con
un gesto de fastidio, lo sacó del bolsillo del pantalón, comprobó en
la pantalla que quien lo llamaba era Susana, y lo desconectó.
Para Paula fue evidente que la
llamada, fuera de quien fuera, molestaba a Matías, aunque él había
tratado de disimularlo. Por eso no pudo resistir la tentación de
preguntarle si había algún problema.
—No, no es nada —dijo él a modo de
justificación— debería haber apagado el móvil para que no nos
molestaran. Lo que pasa es que siempre lo llevo conectado por si
llama mi madre. Mi padre está enfermo, ya es muy mayor, tiene
demencia senil y a veces le da por desaparecer o vete tú a saber
qué.
—Vaya, lo siento —dijo Paula con
gesto de preocupación— por mi no lo desconectes. Si te llama tu
madre...
—Lo he desconectado y así se va a
quedar —se apresuró a responder él—. Hemos dicho que hoy vamos a
estar tú y yo solos, sin invitados. ¿Acaso no nos merecemos un
respiro en los problemas familiares?
—¡Desde luego! —dijo Paula, sin poder
evitar pensar en sus hijos.
La comida se desarrolló en medio de
una conversación intrascendente. Hablaron de la cerveza, de vinos,
de sus hábitos culinarios, de lo que merendaban de pequeños, del
lujo que suponía vivir frente al mar. En ningún momento abordaron
ningún tema que pudiera estropear el momento especial que ambos
vivían juntos.
Fue Matías quien pagó la comida,
alegando que era él quien la había invitado. Ante la insistencia de
Paula quedó establecido que cuando se juntaran a comer cada vez
pagaría uno la consumición. Cuando terminaron los orujos con los que
el restaurante los había obsequiado, Matías cogió de las manos a
Paula, las estrechó entre las suyas y le dijo:
—¿Vamos a tu casa? Me muero de ganas
por estar contigo.
Ella asintió con la cabeza sin decir
nada, aunque por dentro se encontraba tremendamente nerviosa. Por
una parte también ella “se moría” de ganas de estar con él en su
cama. Por otra, estaba hecha un flan. Nunca se había acostado con
ningún otro hombre que no fuera su marido, y temía no estar a la
altura de las circunstancias.
Durante todo el camino de regreso a
su casa, Paula no dejó de pensar que estaba demasiado gorda, que
tenía el pecho caído, que en su vientre se notaban las estrías y las
huellas de sus dos embarazos. Pensó incluso que tenía que haberse
puesto algún conjunto de bragas y sujetador más sexy del que
llevaba. “Pero claro —se justificaba para sus adentros— cómo iba a
pensar yo cuando me he vestido esta mañana, que esto iba a ir tan
rápido”.
En cuanto traspasaron el umbral de su
casa y ya no estuvieron a la vista de nadie, Matías la arrinconó
suavemente contra una pared y empezó a besarla por todo el cuerpo
con gran pasión.
Le desabrochó la blusa azul turquesa
y acarició sus pechos por encima del sujetador. Pero rápidamente le
quitó la prenda con gran maestría y comenzó a lamerle los pezones,
mientras la agarraba fuertemente por el culo y la atraía hacia él.
Paula, que estaba de puntillas, casi
en vilo, no dejaba de gemir de placer. En su vida había disfrutado
tanto. Era como si cada célula de su dormido cuerpo, hubiera
despertado. Como si toda ella se hubiera convertido en un terminal
eléctrico, que echaba chispas cada vez que Matías la acariciaba con
las yemas de sus dedos.
Jadeando, Matías le introdujo la mano
por el pantalón y después, con gran habilidad, metió los dedos por
su vagina, al tiempo que le susurraba cosas como: “¡que bien, estás
húmeda!!” “¡qué buena estás!” “¡cómo me gustas!” ¡”voy a meterme
dentro de ti y te voy a hacer chillar de placer!
Era la primera vez que Paula
escuchaba cosas por el estilo. Paco nunca hablaba cuando hacían el
amor, y tampoco se preocupaba mucho por el placer de ella. Aquel
comportamiento, casi animal, de Matías, le resultaba totalmente
nuevo. ¡Cómo había podido perderse algo así durante tantos años!
—atinó a pensar en medio de la lucha amorosa.
Cuando el clímax de excitación llegó
a su apogeo, Matías ayudó a Paula a desprenderse del resto de la
ropa y él se quitó la suya. Al ver la erección que tenía, Paula no
pudo evitar que sus ojos verdes se abrieran de par en par, al tiempo
que decía: “¡Dios santo!”. Matías soltó una carcajada y, cogiendo la
mano derecha de Paula, la colocó sobre su pene. Después le preguntó:
—¿Dónde está la cama?
Paula le condujo a su dormitorio y
allí, consumaron el acto sexual. Matías eyaculó primero y le dijo a
Paula:
—Lo siento, es que estaba muy
excitado. Ahora te toca a ti.
Paula iba a decir que no pasaba nada,
que estaba acostumbrada porque cuando Paco eyaculaba, se daba por
terminada la función. Pero Matías le tapó la boca, con cariño y le
insistió:
—Ahora te toca a ti.
A partir de ese momento él inició
otra vez el juego amoroso, con toda la dedicación para excitarla.
Cuando Paula gemía de placer, la penetró de nuevo hasta que ella
tuvo un orgasmo que la hizo gritar y hasta morderle en un hombro.
Exhausta y feliz, sin poder borrar la
sonrisa de sus labios, y sin dar crédito a lo que acababa de vivir,
Paula comentó en voz alta:
—¡¡Dios mío!! ¡Esto sí que es un buen
polvo! ¡Ahora entiendo por qué a la gente le gusta tanto!
Matías la besó y celebró con una
carcajada la ocurrencia de Paula.
|