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CAPÍTULO I

¿Había tenido un orgasmo? Paula Segura
se despertó sobresaltada, empapada en sudor y con una sensación
placentera vibrándole entre los muslos. ¿Acababa de tener un orgasmo
mientras dormía? Con la perplejidad reflejada en el rostro, encendió
la luz y se sentó en la cama, sin saber cómo reaccionar. Desde que
había muerto su marido, y ese día se cumplía un año, Paula no había
mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, y no había tenido
ningún orgasmo. Con Paco tampoco solía tenerlos. Después de casi 35
años de matrimonio, sus escasos contactos sexuales eran más bien
faenas de aliño, destinadas al desahogo de su marido. Ella se
conformaba con terminar cuanto antes.
No se podía decir que no disfrutase;
sí lo hacía, pero sobre todo viendo cómo disfrutaba él. A ella eso
del sexo nunca le había importado mucho. Desde luego no se
consideraba ninguna persona anticuada, de esas que piensan que la
mujer sólo debe servir para la reproducción y para satisfacer al
hombre. No, no era eso. Pero tampoco entendía cómo la gente le daba
tanta importancia. Para ella era sólo una de las muchas obligaciones
que conllevaba el matrimonio.
Ahora, al ser consciente del orgasmo
que acababa de experimentar en sueños, Paula sintió un ligero
escalofrío, al tiempo que una sonrisa se dibujaba en su rostro.
—Vaya —dijo en voz alta— no sabía que
se podía tener un orgasmo así en sueños. Es la primera vez que me
pasa.
Asustada de sus propias palabras,
empezó a mirar alrededor de su dormitorio, para comprobar si alguien
la había oído.
—¡Qué tontería! —afirmó— ¿quién me va
a oír si estoy sola?
Pensó que aquella explosión de energía
que acababa de experimentar entre las piernas, parecía haberle
nublado el sentido.
—¿Quién me va a oír si aquí no hay
nadie más que yo? —repitió en voz alta como para convencerse de que
aquel orgasmo clandestino quedaba relegado exclusivamente al terreno
de su intimidad.
Dispuesta a levantarse, miró el reloj
que tenía en la mesilla. Comprobó que aún era demasiado temprano.
Hasta las once no era la misa de funeral de Paco. Aún tenía tiempo
para gandulear un poco en la cama. En realidad, desde que su marido
había muerto, ¡tenía tan pocas cosas que hacer!
Vivía sola por decisión propia. Cuando
murió Paco sus dos hijos le propusieron que se fuera a vivir con
ellos, pero ella no aceptó. Sólo tenía 54 años, gozaba de buena
salud, podía vivir holgadamente con los ahorros y la pensión que le
quedaba, y no quería ser un estorbo para nadie. Así que permaneció
en su casa. ¡Bastante tenían sus hijos con sus propios problemas,
como para tener que cargar con ella! Ya habría tiempo de que la
cuidasen. Quizás cuando fuera vieja y no pudiera valerse por sí
misma.
Elena fue la que más insistió para
llevársela con ella a la Gran Ciudad. ¡Cómo si no tuviera bastante
con sacar adelante su consulta de odontóloga, atender a la pequeña
Clara y salvar su matrimonio de las continuas crisis que padecía!
No, ni hablar, se lo agradecía mucho, pero no tenía ganas de irse a
vivir con su hija. Prefería quedarse en su casa, en Sala. Allí había
nacido y allí había vivido toda su vida. Además, ella odiaba la Gran
Ciudad. No le gustaba nada. Demasiado grande. Tanta gente, tantos
coches... Y todo el mundo corriendo de un lado para otro, como si
fueran a perder el tren.
No, la Gran Ciudad no era su lugar. Y
luego estaba su yerno, también médico, un cirujano de prestigio que
a Paula le caía como una patada en el estómago. Siempre se preguntó
qué es lo que habría visto su inteligente hija para enamorarse de
esa especie de chulo, que se creía por encima del resto de la
humanidad. No habría aguantado ni un mes, viviendo bajo el mismo
techo con ese cretino. Si Elena tenía que soportarlo, era su
obligación. Al fin y al cabo se trataba de su marido. Pero no era el
suyo. El suyo, por desgracia, había muerto de un infarto fulminante.
Y ella ni siquiera había tenido la oportunidad de despedirse de él.
Este pensamiento hizo entristecer a
Paula, sobre todo al recordarle lo sola que se encontraba. Ella
nunca se había sentido así. Paco y ella eran, además, un matrimonio
bien avenido. Cuando se casaron, Paula tenía 20 años. Apenas era una
jovencita y enseguida se quedó embarazada. En su ambiente, si no te
quedabas pronto encinta estaba mal visto. ¡Y Paco tenía tantas ganas
de tener un heredero!: “Alguien que perpetúe el apellido familiar”,
solía decir.
—¡Qué cosas tiene la vida! —dijo Paula
reflexionando de viva voz, como si hablase a su difunto marido— el
apellido Valiente se habrá muerto contigo porque Fernando y Amalia,
no pueden tener hijos. Menos mal que te fuiste sin saberlo. ¡Te
habrías llevado un gran disgusto!
Paula también se había enterado
después de la muerte de Paco. Fue su nuera la que se lo confesó
cierto día, con lágrimas en los ojos. Lo sintió por Fernando y
Amalia, pero en aquel momento a ella todo le daba igual. Tener
nietos o no tenerlos, le traía sin cuidado. A ella toda esa
parafernalia de perpetuar el apellido le parecía una auténtica
estupidez. ¡Qué más daba cómo se apellidase uno!
Más de una discusión tuvo con su
marido por el asunto del dichoso apellido. Llamarse Valiente y ser
militar le parecía a Paula una broma del destino. Pero a Paco no le
hacía ninguna gracia. Sobre todo cuando ella lo llamaba “mi
soldadito valiente”. Lo que le preocupaba realmente a Paula en esos
momentos era que su marido había muerto de repente, y ella se había
quedado sola. ¿Qué iba a ser de su vida en el futuro?
El año que había transcurrido desde su
muerte había sido muy duro. Sobre todo al principio. Era verdad que
el tiempo lo curaba todo. Y aunque el vacío continuaba existiendo,
se terminaba aceptando lo que no tenía remedio, lo que inicialmente
no querías asumir. Durante los primeros meses la tristeza se había
adueñado de su carácter, que era habitualmente jovial. No encontraba
ninguna razón para levantarse cada día de la cama, la casa se le
echaba encima y, cuando decidía salir con sus amistades, era aún
peor.
Paco había llenado su vida desde que
era una adolescente, y sin él su existencia estaba vacía de
contenido. Ya no se sentía partícipe de aquel mundo cálido y sin
problemas, que durante tantos años había compartido con su marido.
Tampoco había tardado mucho en darse cuenta de que los momentos que
había pasado con sus amistades, le estaban vedados al quedarse
viuda. El mundo en el que Paco y ella se desenvolvían era un mundo
de parejas, no para una mujer sola. Era un lugar para matrimonios, y
ella ya no pintaba nada en ahí. Lo comprobó enseguida cuando, un par
de meses después de morir Paco, sus amigos habituales insistieron en
sacarla de casa con la mejor intención de retornarla a su anterior
vida social.
Los matrimonios amigos con los que
salían habitualmente estaban compuestos por hombres como Paco, todos
militares, y mujeres más o menos desocupadas como ella, que mataban
su tiempo con partidas semanales de cartas y organizando mercadillos
o tómbolas benéficas para sacar dinero por alguna buena causa.
Siempre había algún sarao que montar, porque siempre había alguien a
quien ayudar. ¡Era tanta la miseria que poblaba el mundo!
Paula y sus amigas eran una especie de
ONG encubierta, siempre dispuestas a hacer algo por los demás. Estas
actividades de tipo altruista, no sólo ocupaban una buena parte de
su tiempo. También tenían la virtud de hacerlas sentir bien consigo
mismas, y darle un significado y un valor a sus vidas, más allá de
la rutina cotidiana.
Las parejas pertenecían al mismo club
de oficiales, y solían juntarse a cenar todos los sábados por la
noche. Ellos hablaban del ejército, de los políticos que estaban
echando a perder el país, y que habían dado la espalda a valores
tradicionales como la disciplina y el honor. Hablaban de sus cosas.
Ellas hablaban de las suyas. De sus maridos, de sus hijos, del
último cotilleo que habían visto en televisión.
Al poco de casarse, Paula leía a sus
amigas más íntimas algún poema o cuento que había escrito, porque a
ella le gustaba mucho escribir. Pero enseguida dejó de hacerlo,
cuando supo que luego había comentarios jocosos. Todas la elogiaban
cuando la escuchaban. Pero Paula siempre tenía la sensación de que
se reían de ella a sus espaldas, y dejó de enseñarles sus creaciones
literarias.
En realidad dejó de escribir. Cuando
era joven llevaba un diario en el que anotaba sus pensamientos y
sentimientos más íntimos. Pero también lo dejó cuando sus hijos eran
pequeños. No tenía tiempo para escribir. La dedicación a los críos,
a su marido y a la organización de la casa, ocupaban todos y cada
uno de los minutos del día. Y esa falta de tiempo acabó con su
vocación de expresarse a través de la escritura. Luego, cuando
Fernando y Elena fueron mayores, ya no la retomó.
—¿Qué pasó con mis cuadernos? —dijo de
pronto, incorporándose en la cama, como si esta pregunta hubiera
rondado por su mente desde hacía años, esperando ser pronunciada.
Por unos momentos dio marcha atrás en
su vida y rebuscó en su memoria. Aunque pareciera increíble, no
podía recordar. Hizo un esfuerzo. Una imagen parecía luchar por
salir a la superficie. La imagen en la que se vio a sí misma
introduciendo varios cuadernos en la caldera de la calefacción. Ésta
se encontraba en el sótano de la primera casa donde vivieron de
alquiler, antes de que comprasen su actual vivienda.
—¡¡Los quemé!! —afirmó, como
continuación a su monólogo.
—¡Dios mío! ¿Cómo he podido olvidarme
de que los quemé? —dijo sentándose bruscamente en la cama.
Un poco desconcertada, la memoria de
Paula retrocedió muchos años atrás y, por unos momentos, se vio a sí
misma contemplando cómo las llamas retorcían y pulverizaban los
diarios que conservaba desde su infancia. Tantas y tantas palabras
escritas. Tantos pensamientos y sentimientos volcados sobre el
papel, estaban siendo devorados por el fuego. Al recordar ahora esa
escena, no pudo evitar que las lágrimas se deslizaran por su rostro.
Era el mismo rostro aniñado de aquellos años, salpicado de pecas,
pero con unas cuantas arrugas más.
Sin entender muy bien lo que estaba
pasando, vio esa escena de su vida como si en realidad no le hubiera
ocurrido a ella. Como si se tratara de una película proyectada en
una pantalla imaginaria, en la que conceptos como espacio y tiempo
no tenían razón de ser. Paula vio cómo aquella joven de rostro
familiar, se volvía hacia ella y, mirándola con sus mismos ojos
verdes, le interrogaba con su propia voz: “¿Sabes ya por qué dejaste
de escribir?”.
La imagen se evaporó como por arte de
magia, pero dejó una profunda impresión en Paula. Un poco aturdida,
miró nuevamente el reloj que tenía en la mesilla de noche, y dijo en
voz alta:
—Tengo que levantarme ya, si no
llegaré tarde a la misa.
Intentó moverse, pero por alguna razón
que ignoraba, sus piernas no le respondían. Estaba paralizada.
Esa imagen tan vívida de ella misma
interrogándola, surgida de los abismos del tiempo, sacudió
profundamente su conciencia y le trajo a la memoria una fuerte
discusión que mantuvo con su marido, en la que no había vuelto a
pensar desde hacía muchos años. Tantos, que la había olvidado por
completo. Pero ahora, algo en su interior la obligaba a recordar.
De pronto, como si hubiera hecho un
descubrimiento vital, gritó:
—Esa fue la razón por la dejé de
escribir en mi diario. ¡No fue por falta de tiempo! ¿Cómo he podido
engañarme durante tantos años? —añadió asustada, bajando un poco el
tono de voz.
Paula no acertaba a comprender por qué
había borrado de su memoria aquella secuencia, que tanto la marcó
cuando se produjo.
Era martes, el día en que jugaba a las
cartas con sus amigas. Cuando llegó de la partida a su casa, los
niños aún no habían vuelto de su habitual paseo con la sirvienta,
pero su marido ya estaba allí. Ella se alegró al verle, aunque le
extrañó que todavía llevase el uniforme puesto. Lo primero que hacía
al llegar a casa era quitárselo y “vestirse de civil”, como él
decía. Enseguida detectó que Paco estaba de muy mal humor. Después
de varios años de convivencia, estaba acostumbrada a pasar de
puntillas por los repentinos enfados de su marido, casi siempre
motivados por cuestiones de su trabajo, que no solía compartir con
ella.
Como en otras ocasiones, aparentó que
no pasaba nada y, sonriendo, se dirigió hacia él para besarlo, y
mostrarle su alegría por lo pronto que había llegado a casa.
Mientras se acercaba, intuyó, sin saber por qué, que el enfado de
ese día estaba relacionado con ella. Mentalmente, hizo un rápido
repaso a la jornada, pensando qué podía haber hecho mal, que tanto
molestaba a Paco.
No le hizo falta preguntar, porque él,
con la ira contenida en el rostro, y un gesto de soberbia, le arrojó
a la cara uno de sus cuadernos, mientras le preguntaba gritando:
—¿Me puedes explicar qué significa
esto?
Paula reconoció su diario, pero no
pudo saber a qué se refería su marido. Aterrorizada, aunque sin
saber muy bien por qué, intentó aparentar tranquilidad cuando
respondió:
—No sé a qué te refieres, Paco. ¿Qué
es lo que pasa? ¿Por qué estás tan enfadado? —se atrevió a
preguntar.
—¿Tú qué crees? —respondió él elevando
aún más la voz— ¿Me tomas por imbécil?
—¡Cómo te voy a tomar por imbécil!
—dijo Paula en tono conciliador— Es que no sé de qué me estás
hablando.
Paco recogió del suelo el cuaderno
rojo y negro que había arrojado a la cara de su mujer, y con los
ojos encendidos de rabia le dijo, mientras arrancaba las hojas con
furia:
—Estoy hablando de esto. ¿Qué clase de
basura es ésta? ¿Desde cuando te dedicas a escribir estas
porquerías?
Paula empezó a sospechar a qué se
refería su marido. Estuvo a punto de reírse, y explicarle que sólo
era un relato erótico que había escrito, pura ficción. Pero era
evidente que Paco no estaba para bromas. En los años que llevaban
casados, nunca lo había visto de esa manera. Procuró calmarle, y
dijo al fin, con tono condescendiente:
—Pero Paco, sólo es un relato. ¿Por
qué te preocupa tanto?
—Esto no es un relato —respondió
chillando su marido, fuera de sí— Esto es pornografía pura y dura, y
no quiero que mi mujer sea una cualquiera que escribe estas
guarrerías.
Recordando ahora las palabras que le
dirigió Paco, Paula volvió a sentir la misma indignación que
experimentó en aquellos momentos y, mentalmente, repitió para sus
adentros la misma frase que verbalizó entonces:
—¡Es injusto! ¿Por qué me insultas?
¿Por qué me tratas así? Te estoy diciendo que es sólo un relato. Ya
sabes que a mí me gusta escribir. ¿Es que no puedo escribir?
—preguntó Paula a voces, sin poder contener su indignación.
—No, Paula, no puedes escribir. Y si
vuelves a hacerlo —dijo repentinamente calmado, mientras sacaba
lentamente su pistola de la funda— si vuelvo a ver algún cuaderno
con porquerías de este estilo, te mato. Te juro que te mato.
Paula no podía dar crédito a lo que
estaba oyendo, pero no osó responder. Por unos instantes se quedó
absolutamente paralizada. Momentos después echó a correr y se
encerró en el baño. Allí, las piernas comenzaron a temblarle y se
orinó encima. Durante un buen rato estuvo llorando, sin entender
nada de lo que había pasado. Poco a poco se fue calmando y razonó
que, sin duda, su marido se había vuelto loco. Debía ser una especie
de enajenación transitoria o algo por el estilo, porque Paco no era
una persona violenta. Pero su imagen, amenazándola con la pistola,
volvía a su mente una y otra vez.
De pronto oyó las risas de sus hijos y
se asustó. ¿Sería capaz de hacerles daño a ellos? Conteniendo la
respiración, pegó su oreja a la puerta e intentó escuchar lo que
ocurría al otro lado. Las voces alegres de los críos y de su marido,
la tranquilizaron. Lo que allí se estaba desarrollando era una
escena familiar, como tantas otras. Parecía que el susto había
pasado, aunque a ella aún no le llegaba la camisa al cuerpo. Una
parte de sí misma estaba muy indignada, y reclamaba una explicación.
Aquello no podía quedar así. Pero otra parte le decía que no debía
preocuparse, y que lo mejor era actuar como otras veces: hacer como
si no hubiera pasado nada.
Unos suaves golpes en la puerta
interrumpieron su reflexión. Era su marido para informarle que,
aprovechando que había llegado temprano, iba a llevar un poco a
Fernando y Elena a los columpios del parque. La voz de Paco sonaba
ya como la de todos los días, y Paula respondió también con aparente
naturalidad:
—Está bien... Pero no estéis mucho
rato, que luego se hace tarde para cenar.
—No te preocupes, volvemos enseguida…
¿Estás bien? —añadió él tras una breve pausa.
—Sí, sí, estoy bien.
—Decidle adiós a mamá —pidió a los
niños.
—Adiós, may —dijeron sus hijos al
unísono.
Cuando escuchó cerrarse la puerta de
la calle, Paula se quitó las bragas mojadas y las aclaró en el grifo
del lavabo. Utilizándolas a modo de bayeta limpió el suelo y ella se
lavó en el bidé. Salió del baño y saludó a Carmen, la criada, que se
encontraba en la cocina preparando la cena. Con disimulo, se dirigió
a la terraza y metió las bragas en la lavadora.
Después fue a su habitación y se puso
unas bragas limpias. Inmediatamente, como una posesa, juntó todos
sus cuadernos, que estaban esparcidos por los cajones, y los metió
en una bolsa de viaje. Con rapidez, bajó hasta el sótano y allí los
fue introduciendo uno a uno en la caldera de la calefacción, sin
dejar de llorar.
Paco y los niños no tardaron mucho en
llegar. La mesa ya estaba puesta. Carmen, como siempre hacía, se
había ido a su casa después de preparar la cena. El ritual fue
similar al de todos los días. El alboroto de los críos hacía
innecesaria la conversación con su marido. Paco se comportaba como
cualquier otra noche. Como si no hubiera pasado nada. Luego, en la
cama, él tomó la iniciativa e hicieron el amor.
Mientras su marido dormía, en el
interior de Paula se acumulaba una gran indignación y se debatía una
terrible lucha. Pero la parte de ella que quería gritar a su marido
y pedirle explicaciones por lo que había pasado, resultaba cada vez
más débil. Esa voz, al principio furiosa, se fue oyendo más lejana,
hasta que consiguió dejar de escucharla.
De algún modo Paula se sintió
aliviada. A ella nunca le habían gustado los conflictos, siempre
procuraba huir de ellos. Algo en su cabeza empezaba a decirle con
insistencia: “Es mejor no liarla. Déjalo estar. Seguro que ha tenido
algún problema en el trabajo, y lo ha pagado contigo. ¿No ves que ya
es otra vez un marido y un padre cariñoso? ¿No te das cuenta de que
todo ha vuelto a la normalidad?”
El sonido del despertador interrumpió
los recuerdos de Paula. Lo paró con desgana. Eran las nueve de la
mañana, hora de levantarse. Como una sonámbula, profundamente
afectada por lo que acababa de recordar, se dirigió al baño y se
enfrentó con el espejo. Se miró con inusitada dedicación y concluyó
que aún era hermosa. Evidentemente, le sobraban varios kilos, pero
eso tenía arreglo.
A pesar de sus 55 años, su rostro aún
tenía un aspecto juvenil, sin apenas arrugas. Antes de meterse en la
ducha, decidió que ese día volvería a maquillarse. Luego pensaría
algo para su pelo rojizo, porque ese tinte no le favorecía nada.
Dijeran lo que dijeran en la peluquería, nunca daban con el color
apropiado.
Al sentir la presión del agua en su
piel, Paula recordó el orgasmo que había tenido mientras dormía. Esa
sensación placentera, ya olvidada, la hizo sonreír. Al hacerlo se
dio cuenta de que hacía mucho que no sonreía, que no estaba alegre,
que no disfrutaba de la vida.
—Pero eso se acabó —dijo con
resolución— muchas cosas van a cambiar a partir de hoy.
—Paco —continuó diciendo en voz alta
mientras se ponía el albornoz— tú estás muerto, pero yo estoy viva.
Yo quería envejecer contigo, pero no ha podido ser. Ahora tengo que
encontrar una razón para vivir. Si no lo hago, es como si ya
estuviera muerta… Y por lo visto no lo estoy —dijo sonriendo
maliciosamente, al recordar el orgasmo— Para empezar, se acabó el
luto. Y no pienso esperarme hasta mañana.
Después de desayunar en la cocina,
Paula examinó su armario y escogió un traje de chaqueta rojo, que
hacía mucho tiempo que no se ponía. Se maquilló y comprobó ante el
espejo que el conjunto seguía favoreciéndola. Se calzó unos zapatos
negros de medio tacón.
—Lástima que no tenga unos rojos que
me hagan juego— se dijo a sí misma antes de coger el bolso y tomar
el ascensor.
Con resolución, avanzó por el portal,
sabiendo que el portero la miraba. Con una sonrisa picarona en el
rostro, se volvió y le saludó:
—Hasta luego, Antonio.
—Hasta luego doña Paula. Está...
perdone que le diga, pero está usted muy guapa hoy.
—Gracias Antonio —respondió ella— no
tienes que pedirme perdón por eso.
Es que hoy es un día especial —añadió
en voz baja, ya en la calle, mientras caminaba con paso firme hacia
la iglesia, para asistir a misa del primer aniversario de la muerte
de su marido— Hoy es el primer día del resto de mi vida.
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