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CAPÍTULO I

Ilustración de Sergio Bleda para el primer capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

¿Había tenido un orgasmo? Paula Segura se despertó sobresaltada, empapada en sudor y con una sensación placentera vibrándole entre los muslos. ¿Acababa de tener un orgasmo mientras dormía? Con la perplejidad reflejada en el rostro, encendió la luz y se sentó en la cama, sin saber cómo reaccionar. Desde que había muerto su marido, y ese día se cumplía un año, Paula no había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, y no había tenido ningún orgasmo. Con Paco tampoco solía tenerlos. Después de casi 35 años de matrimonio, sus escasos contactos sexuales eran más bien faenas de aliño, destinadas al desahogo de su marido. Ella se conformaba con terminar cuanto antes.

No se podía decir que no disfrutase; sí lo hacía, pero sobre todo viendo cómo disfrutaba él. A ella eso del sexo nunca le había importado mucho. Desde luego no se consideraba ninguna persona anticuada, de esas que piensan que la mujer sólo debe servir para la reproducción y para satisfacer al hombre. No, no era eso. Pero tampoco entendía cómo la gente le daba tanta importancia. Para ella era sólo una de las muchas obligaciones que conllevaba el matrimonio.

Ahora, al ser consciente del orgasmo que acababa de experimentar en sueños, Paula sintió un ligero escalofrío, al tiempo que una sonrisa se dibujaba en su rostro.

—Vaya —dijo en voz alta— no sabía que se podía tener un orgasmo así en sueños. Es la primera vez que me pasa.

Asustada de sus propias palabras, empezó a mirar alrededor de su dormitorio, para comprobar si alguien la había oído.

—¡Qué tontería! —afirmó— ¿quién me va a oír si estoy sola?

Pensó que aquella explosión de energía que acababa de experimentar entre las piernas, parecía haberle nublado el sentido.

—¿Quién me va a oír si aquí no hay nadie más que yo? —repitió en voz alta como para convencerse de que aquel orgasmo clandestino quedaba relegado exclusivamente al terreno de su intimidad.

Dispuesta a levantarse, miró el reloj que tenía en la mesilla. Comprobó que aún era demasiado temprano. Hasta las once no era la misa de funeral de Paco. Aún tenía tiempo para gandulear un poco en la cama. En realidad, desde que su marido había muerto, ¡tenía tan pocas cosas que hacer!

Vivía sola por decisión propia. Cuando murió Paco sus dos hijos le propusieron que se fuera a vivir con ellos, pero ella no aceptó. Sólo tenía 54 años, gozaba de buena salud, podía vivir holgadamente con los ahorros y la pensión que le quedaba, y no quería ser un estorbo para nadie. Así que permaneció en su casa. ¡Bastante tenían sus hijos con sus propios problemas, como para tener que cargar con ella! Ya habría tiempo de que la cuidasen. Quizás cuando fuera vieja y no pudiera valerse por sí misma.

Elena fue la que más insistió para llevársela con ella a la Gran Ciudad. ¡Cómo si no tuviera bastante con sacar adelante su consulta de odontóloga, atender a la pequeña Clara y salvar su matrimonio de las continuas crisis que padecía! No, ni hablar, se lo agradecía mucho, pero no tenía ganas de irse a vivir con su hija. Prefería quedarse en su casa, en Sala. Allí había nacido y allí había vivido toda su vida. Además, ella odiaba la Gran Ciudad. No le gustaba nada. Demasiado grande. Tanta gente, tantos coches... Y todo el mundo corriendo de un lado para otro, como si fueran a perder el tren.

No, la Gran Ciudad no era su lugar. Y luego estaba su yerno, también médico, un cirujano de prestigio que a Paula le caía como una patada en el estómago. Siempre se preguntó qué es lo que habría visto su inteligente hija para enamorarse de esa especie de chulo, que se creía por encima del resto de la humanidad. No habría aguantado ni un mes, viviendo bajo el mismo techo con ese cretino. Si Elena tenía que soportarlo, era su obligación. Al fin y al cabo se trataba de su marido. Pero no era el suyo. El suyo, por desgracia, había muerto de un infarto fulminante. Y ella ni siquiera había tenido la oportunidad de despedirse de él.

Este pensamiento hizo entristecer a Paula, sobre todo al recordarle lo sola que se encontraba. Ella nunca se había sentido así. Paco y ella eran, además, un matrimonio bien avenido. Cuando se casaron, Paula tenía 20 años. Apenas era una jovencita y enseguida se quedó embarazada. En su ambiente, si no te quedabas pronto encinta estaba mal visto. ¡Y Paco tenía tantas ganas de tener un heredero!: “Alguien que perpetúe el apellido familiar”, solía decir.

—¡Qué cosas tiene la vida! —dijo Paula reflexionando de viva voz, como si hablase a su difunto marido— el apellido Valiente se habrá muerto contigo porque Fernando y Amalia, no pueden tener hijos. Menos mal que te fuiste sin saberlo. ¡Te habrías llevado un gran disgusto!

Paula también se había enterado después de la muerte de Paco. Fue su nuera la que se lo confesó cierto día, con lágrimas en los ojos. Lo sintió por Fernando y Amalia, pero en aquel momento a ella todo le daba igual. Tener nietos o no tenerlos, le traía sin cuidado. A ella toda esa parafernalia de perpetuar el apellido le parecía una auténtica estupidez. ¡Qué más daba cómo se apellidase uno!

Más de una discusión tuvo con su marido por el asunto del dichoso apellido. Llamarse Valiente y ser militar le parecía a Paula una broma del destino. Pero a Paco no le hacía ninguna gracia. Sobre todo cuando ella lo llamaba “mi soldadito valiente”. Lo que le preocupaba realmente a Paula en esos momentos era que su marido había muerto de repente, y ella se había quedado sola. ¿Qué iba a ser de su vida en el futuro?

El año que había transcurrido desde su muerte había sido muy duro. Sobre todo al principio. Era verdad que el tiempo lo curaba todo. Y aunque el vacío continuaba existiendo, se terminaba aceptando lo que no tenía remedio, lo que inicialmente no querías asumir. Durante los primeros meses la tristeza se había adueñado de su carácter, que era habitualmente jovial. No encontraba ninguna razón para levantarse cada día de la cama, la casa se le echaba encima y, cuando decidía salir con sus amistades, era aún peor.

Paco había llenado su vida desde que era una adolescente, y sin él su existencia estaba vacía de contenido. Ya no se sentía partícipe de aquel mundo cálido y sin problemas, que durante tantos años había compartido con su marido. Tampoco había tardado mucho en darse cuenta de que los momentos que había pasado con sus amistades, le estaban vedados al quedarse viuda. El mundo en el que Paco y ella se desenvolvían era un mundo de parejas, no para una mujer sola. Era un lugar para matrimonios, y ella ya no pintaba nada en ahí. Lo comprobó enseguida cuando, un par de meses después de morir Paco, sus amigos habituales insistieron en sacarla de casa con la mejor intención de retornarla a su anterior vida social.

Los matrimonios amigos con los que salían habitualmente estaban compuestos por hombres como Paco, todos militares, y mujeres más o menos desocupadas como ella, que mataban su tiempo con partidas semanales de cartas y organizando mercadillos o tómbolas benéficas para sacar dinero por alguna buena causa. Siempre había algún sarao que montar, porque siempre había alguien a quien ayudar. ¡Era tanta la miseria que poblaba el mundo!

Paula y sus amigas eran una especie de ONG encubierta, siempre dispuestas a hacer algo por los demás. Estas actividades de tipo altruista, no sólo ocupaban una buena parte de su tiempo. También tenían la virtud de hacerlas sentir bien consigo mismas, y darle un significado y un valor a sus vidas, más allá de la rutina cotidiana.

Las parejas pertenecían al mismo club de oficiales, y solían juntarse a cenar todos los sábados por la noche. Ellos hablaban del ejército, de los políticos que estaban echando a perder el país, y que habían dado la espalda a valores tradicionales como la disciplina y el honor. Hablaban de sus cosas. Ellas hablaban de las suyas. De sus maridos, de sus hijos, del último cotilleo que habían visto en televisión.

Al poco de casarse, Paula leía a sus amigas más íntimas algún poema o cuento que había escrito, porque a ella le gustaba mucho escribir. Pero enseguida dejó de hacerlo, cuando supo que luego había comentarios jocosos. Todas la elogiaban cuando la escuchaban. Pero Paula siempre tenía la sensación de que se reían de ella a sus espaldas, y dejó de enseñarles sus creaciones literarias.

En realidad dejó de escribir. Cuando era joven llevaba un diario en el que anotaba sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Pero también lo dejó cuando sus hijos eran pequeños. No tenía tiempo para escribir. La dedicación a los críos, a su marido y a la organización de la casa, ocupaban todos y cada uno de los minutos del día. Y esa falta de tiempo acabó con su vocación de expresarse a través de la escritura. Luego, cuando Fernando y Elena fueron mayores, ya no la retomó.

—¿Qué pasó con mis cuadernos? —dijo de pronto, incorporándose en la cama, como si esta pregunta hubiera rondado por su mente desde hacía años, esperando ser pronunciada.

Por unos momentos dio marcha atrás en su vida y rebuscó en su memoria. Aunque pareciera increíble, no podía recordar. Hizo un esfuerzo. Una imagen parecía luchar por salir a la superficie. La imagen en la que se vio a sí misma introduciendo varios cuadernos en la caldera de la calefacción. Ésta se encontraba en el sótano de la primera casa donde vivieron de alquiler, antes de que comprasen su actual vivienda.

—¡¡Los quemé!! —afirmó, como continuación a su monólogo.

—¡Dios mío! ¿Cómo he podido olvidarme de que los quemé? —dijo sentándose bruscamente en la cama.

Un poco desconcertada, la memoria de Paula retrocedió muchos años atrás y, por unos momentos, se vio a sí misma contemplando cómo las llamas retorcían y pulverizaban los diarios que conservaba desde su infancia. Tantas y tantas palabras escritas. Tantos pensamientos y sentimientos volcados sobre el papel, estaban siendo devorados por el fuego. Al recordar ahora esa escena, no pudo evitar que las lágrimas se deslizaran por su rostro. Era el mismo rostro aniñado de aquellos años, salpicado de pecas, pero con unas cuantas arrugas más.

Sin entender muy bien lo que estaba pasando, vio esa escena de su vida como si en realidad no le hubiera ocurrido a ella. Como si se tratara de una película proyectada en una pantalla imaginaria, en la que conceptos como espacio y tiempo no tenían razón de ser. Paula vio cómo aquella joven de rostro familiar, se volvía hacia ella y, mirándola con sus mismos ojos verdes, le interrogaba con su propia voz: “¿Sabes ya por qué dejaste de escribir?”.

La imagen se evaporó como por arte de magia, pero dejó una profunda impresión en Paula. Un poco aturdida, miró nuevamente el reloj que tenía en la mesilla de noche, y dijo en voz alta:

—Tengo que levantarme ya, si no llegaré tarde a la misa.

Intentó moverse, pero por alguna razón que ignoraba, sus piernas no le respondían. Estaba paralizada.

Esa imagen tan vívida de ella misma interrogándola, surgida de los abismos del tiempo, sacudió profundamente su conciencia y le trajo a la memoria una fuerte discusión que mantuvo con su marido, en la que no había vuelto a pensar desde hacía muchos años. Tantos, que la había olvidado por completo. Pero ahora, algo en su interior la obligaba a recordar.

De pronto, como si hubiera hecho un descubrimiento vital, gritó:

—Esa fue la razón por la dejé de escribir en mi diario. ¡No fue por falta de tiempo! ¿Cómo he podido engañarme durante tantos años? —añadió asustada, bajando un poco el tono de voz.

Paula no acertaba a comprender por qué había borrado de su memoria aquella secuencia, que tanto la marcó cuando se produjo.

 

Era martes, el día en que jugaba a las cartas con sus amigas. Cuando llegó de la partida a su casa, los niños aún no habían vuelto de su habitual paseo con la sirvienta, pero su marido ya estaba allí. Ella se alegró al verle, aunque le extrañó que todavía llevase el uniforme puesto. Lo primero que hacía al llegar a casa era quitárselo y “vestirse de civil”, como él decía. Enseguida detectó que Paco estaba de muy mal humor. Después de varios años de convivencia, estaba acostumbrada a pasar de puntillas por los repentinos enfados de su marido, casi siempre motivados por cuestiones de su trabajo, que no solía compartir con ella.

Como en otras ocasiones, aparentó que no pasaba nada y, sonriendo, se dirigió hacia él para besarlo, y mostrarle su alegría por lo pronto que había llegado a casa. Mientras se acercaba, intuyó, sin saber por qué, que el enfado de ese día estaba relacionado con ella. Mentalmente, hizo un rápido repaso a la jornada, pensando qué podía haber hecho mal, que tanto molestaba a Paco.

No le hizo falta preguntar, porque él, con la ira contenida en el rostro, y un gesto de soberbia, le arrojó a la cara uno de sus cuadernos, mientras le preguntaba gritando:

—¿Me puedes explicar qué significa esto?

Paula reconoció su diario, pero no pudo saber a qué se refería su marido. Aterrorizada, aunque sin saber muy bien por qué, intentó aparentar tranquilidad cuando respondió:

—No sé a qué te refieres, Paco. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué estás tan enfadado? —se atrevió a preguntar.

—¿Tú qué crees? —respondió él elevando aún más la voz— ¿Me tomas por imbécil?

—¡Cómo te voy a tomar por imbécil! —dijo Paula en tono conciliador— Es que no sé de qué me estás hablando.

Paco recogió del suelo el cuaderno rojo y negro que había arrojado a la cara de su mujer, y con los ojos encendidos de rabia le dijo, mientras arrancaba las hojas con furia:

—Estoy hablando de esto. ¿Qué clase de basura es ésta? ¿Desde cuando te dedicas a escribir estas porquerías?

Paula empezó a sospechar a qué se refería su marido. Estuvo a punto de reírse, y explicarle que sólo era un relato erótico que había escrito, pura ficción. Pero era evidente que Paco no estaba para bromas. En los años que llevaban casados, nunca lo había visto de esa manera. Procuró calmarle, y dijo al fin, con tono condescendiente:

—Pero Paco, sólo es un relato. ¿Por qué te preocupa tanto?

—Esto no es un relato —respondió chillando su marido, fuera de sí— Esto es pornografía pura y dura, y no quiero que mi mujer sea una cualquiera que escribe estas guarrerías.

Recordando ahora las palabras que le dirigió Paco, Paula volvió a sentir la misma indignación que experimentó en aquellos momentos y, mentalmente, repitió para sus adentros la misma frase que verbalizó entonces:

—¡Es injusto! ¿Por qué me insultas? ¿Por qué me tratas así? Te estoy diciendo que es sólo un relato. Ya sabes que a mí me gusta escribir. ¿Es que no puedo escribir? —preguntó Paula a voces, sin poder contener su indignación.

—No, Paula, no puedes escribir. Y si vuelves a hacerlo —dijo repentinamente calmado, mientras sacaba lentamente su pistola de la funda— si vuelvo a ver algún cuaderno con porquerías de este estilo, te mato. Te juro que te mato.

Paula no podía dar crédito a lo que estaba oyendo, pero no osó responder. Por unos instantes se quedó absolutamente paralizada. Momentos después echó a correr y se encerró en el baño. Allí, las piernas comenzaron a temblarle y se orinó encima. Durante un buen rato estuvo llorando, sin entender nada de lo que había pasado. Poco a poco se fue calmando y razonó que, sin duda, su marido se había vuelto loco. Debía ser una especie de enajenación transitoria o algo por el estilo, porque Paco no era una persona violenta. Pero su imagen, amenazándola con la pistola, volvía a su mente una y otra vez.

De pronto oyó las risas de sus hijos y se asustó. ¿Sería capaz de hacerles daño a ellos? Conteniendo la respiración, pegó su oreja a la puerta e intentó escuchar lo que ocurría al otro lado. Las voces alegres de los críos y de su marido, la tranquilizaron. Lo que allí se estaba desarrollando era una escena familiar, como tantas otras. Parecía que el susto había pasado, aunque a ella aún no le llegaba la camisa al cuerpo. Una parte de sí misma estaba muy indignada, y reclamaba una explicación. Aquello no podía quedar así. Pero otra parte le decía que no debía preocuparse, y que lo mejor era actuar como otras veces: hacer como si no hubiera pasado nada.

Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron su reflexión. Era su marido para informarle que, aprovechando que había llegado temprano, iba a llevar un poco a Fernando y Elena a los columpios del parque. La voz de Paco sonaba ya como la de todos los días, y Paula respondió también con aparente naturalidad:

—Está bien... Pero no estéis mucho rato, que luego se hace tarde para cenar.

—No te preocupes, volvemos enseguida… ¿Estás bien? —añadió él tras una breve pausa.

—Sí, sí, estoy bien.

—Decidle adiós a mamá —pidió a los niños.

—Adiós, may —dijeron sus hijos al unísono.

Cuando escuchó cerrarse la puerta de la calle, Paula se quitó las bragas mojadas y las aclaró en el grifo del lavabo. Utilizándolas a modo de bayeta limpió el suelo y ella se lavó en el bidé. Salió del baño y saludó a Carmen, la criada, que se encontraba en la cocina preparando la cena. Con disimulo, se dirigió a la terraza y metió las bragas en la lavadora.

Después fue a su habitación y se puso unas bragas limpias. Inmediatamente, como una posesa, juntó todos sus cuadernos, que estaban esparcidos por los cajones, y los metió en una bolsa de viaje. Con rapidez, bajó hasta el sótano y allí los fue introduciendo uno a uno en la caldera de la calefacción, sin dejar de llorar.

Paco y los niños no tardaron mucho en llegar. La mesa ya estaba puesta. Carmen, como siempre hacía, se había ido a su casa después de preparar la cena. El ritual fue similar al de todos los días. El alboroto de los críos hacía innecesaria la conversación con su marido. Paco se comportaba como cualquier otra noche. Como si no hubiera pasado nada. Luego, en la cama, él tomó la iniciativa e hicieron el amor.

Mientras su marido dormía, en el interior de Paula se acumulaba una gran indignación y se debatía una terrible lucha. Pero la parte de ella que quería gritar a su marido y pedirle explicaciones por lo que había pasado, resultaba cada vez más débil. Esa voz, al principio furiosa, se fue oyendo más lejana, hasta que consiguió dejar de escucharla.

De algún modo Paula se sintió aliviada. A ella nunca le habían gustado los conflictos, siempre procuraba huir de ellos. Algo en su cabeza empezaba a decirle con insistencia: “Es mejor no liarla. Déjalo estar. Seguro que ha tenido algún problema en el trabajo, y lo ha pagado contigo. ¿No ves que ya es otra vez un marido y un padre cariñoso? ¿No te das cuenta de que todo ha vuelto a la normalidad?”

 

El sonido del despertador interrumpió los recuerdos de Paula. Lo paró con desgana. Eran las nueve de la mañana, hora de levantarse. Como una sonámbula, profundamente afectada por lo que acababa de recordar, se dirigió al baño y se enfrentó con el espejo. Se miró con inusitada dedicación y concluyó que aún era hermosa. Evidentemente, le sobraban varios kilos, pero eso tenía arreglo.

A pesar de sus 55 años, su rostro aún tenía un aspecto juvenil, sin apenas arrugas. Antes de meterse en la ducha, decidió que ese día volvería a maquillarse. Luego pensaría algo para su pelo rojizo, porque ese tinte no le favorecía nada. Dijeran lo que dijeran en la peluquería, nunca daban con el color apropiado.

Al sentir la presión del agua en su piel, Paula recordó el orgasmo que había tenido mientras dormía. Esa sensación placentera, ya olvidada, la hizo sonreír. Al hacerlo se dio cuenta de que hacía mucho que no sonreía, que no estaba alegre, que no disfrutaba de la vida.

—Pero eso se acabó —dijo con resolución— muchas cosas van a cambiar a partir de hoy.

—Paco —continuó diciendo en voz alta mientras se ponía el albornoz— tú estás muerto, pero yo estoy viva. Yo quería envejecer contigo, pero no ha podido ser. Ahora tengo que encontrar una razón para vivir. Si no lo hago, es como si ya estuviera muerta… Y por lo visto no lo estoy —dijo sonriendo maliciosamente, al recordar el orgasmo— Para empezar, se acabó el luto. Y no pienso esperarme hasta mañana.

Después de desayunar en la cocina, Paula examinó su armario y escogió un traje de chaqueta rojo, que hacía mucho tiempo que no se ponía. Se maquilló y comprobó ante el espejo que el conjunto seguía favoreciéndola. Se calzó unos zapatos negros de medio tacón.

—Lástima que no tenga unos rojos que me hagan juego— se dijo a sí misma antes de coger el bolso y tomar el ascensor.

Con resolución, avanzó por el portal, sabiendo que el portero la miraba. Con una sonrisa picarona en el rostro, se volvió y le saludó:

—Hasta luego, Antonio.

—Hasta luego doña Paula. Está... perdone que le diga, pero está usted muy guapa hoy.

—Gracias Antonio —respondió ella— no tienes que pedirme perdón por eso.

Es que hoy es un día especial —añadió en voz baja, ya en la calle, mientras caminaba con paso firme hacia la iglesia, para asistir a misa del primer aniversario de la muerte de su marido— Hoy es el primer día del resto de mi vida.

 

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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