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EN
LA CIMA DE L MUNDO
El número 4 aparece medio año después, en mayo de 1997. Conserva el formato,
aunque esta vez el color de la portada es verde y el precio, en
vista de las críticas recibidas, se reduce a 200 pesetas. El
diseño interior sigue siendo el mismo. La portada es obra de S.
Salvador, que se estrena aquí como fotógrafo de fanzines (más
adelante trabajaría para Cyborg, Fábulas Extrañas, etc...), y
que se convertiría en una colaboradora clásica de Isla Desnuda.
La tirada sigue siendo de 500 ejemplares y los patrocinadores
siguen siendo los mismos (La Popular y Matma, página 2 y 43
respectivamente). La revista, al igual que el número anterior,
tiene 44 páginas tamaño cuartilla.
Este número 4 no sólo
es claramente continuista en su diseño, sino también en sus
contenidos. Se repiten las secciones del número anterior y prácticamente
los colaboradores son los mismos. La Firma Invitada es esta vez
Javier Lorenzo, un joven poeta local que se había hecho famoso
por ganar varios concursos y al que la cúpula directiva de Isla
Desnuda profesaba cierta admiración. Afortunadamente Javier
Lorenzo consigue subir un poco el listón de la Firma Invitada con
respecto a su predecesor, Domingo Henares. Vuelven las citas
iniciales, que se habían abandonado en el número anterior, y
esta vez son de Garcilaso de la Vega y Manuel Altolaguirre. Este número
4 se distribuye por las mismas librerías y se envía además a un
buen número de revistas literarias de toda España. Otro asunto
en el que se adelantan a sus contemporáneas.
A partir de este número, el apartado de correos de
la revista empieza a llenarse de poemas y libros enviados por todo
tipo de gente. Parece ser que la cantidad de cartas que recibía
la revista era considerable, teniendo en cuenta su naturaleza no
profesional y su limitada difusión. Los tres directores leían
atentamente cada uno de los trabajos que recibían y luego se reunían para cotejar las
distintas opiniones. Por supuesto no desechaban las
colaboraciones foráneas y buena prueba de ello es la publicación
(en el número 7) de un poema que había llegado por correo de un
tal Moisés García (por entonces un casi desconocido escritor).
El resto del material lo sacaban de los distintos colaboradores
antiguos y nuevos que iban llegando y de algunos de los ganadores
de los premios para jóvenes del Ayuntamiento. En cualquier caso,
todo se decidía por consenso entre las tres cabezas visibles de
la revista, que hasta la fecha no habían tenido tipo de
desencuentro grave.
En
este sentido conviene aclarar otra de las leyendas negras de la
Isla Desnuda y es la influencia de Martínez Cano. Se ha dicho a
menudo que Martínez Cano lo dirigía en la sombra y muchas otras
cosas por el estilo, pero lo cierto es que daba total libertad en
el tema de los textos que entraban. Existía, eso sí, un acuerdo
tácito entre los directores y Martínez Cano, por el que este
siempre leía la revista antes de mandarla a fotomecánica. Pero
nunca modificó ni sugirió nada sobre los contenidos (esa lectura
servía más para retrasar la salida a la calle del nuevo número
que para otra cosa).
El
tema de Barcarola es otro cantar. Se ha dicho también muchas
veces que Isla Desnuda era una especie de cantera de Barcarola.
Miguel Úbeda escribió en su particular historia de la
revista (el libro titulado «Los tres Robinsones"): nosotros
nunca intentarnos imitar a Barcarola. Pensábamos, eso sí, que
era una revista importante a nivel nacional, en
ese
sentido prestamos atención a ciertas recomendaciones iniciales
que nos hizo Martínez Cano, que eran por otro lado muy
razonables, como por ejemplo que mantuviésemos un diseño en
todas los números que le diera cierta unidad como cabecera, pero
poco más nos aconsejó. En
cualquier caso las secciones y el talante de las dos revistas eran
bastante similares, y todos los miembros directivos de Isla
Desnuda acabarían publicando trabajos en Barcarola. No se puede
negar que las relaciones entre ambas cabeceras eran ciertamente
estrechas. |