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La intención inicial parece ser que era
publicar ese número conmemorativo y abandonar la revista. Pero
nadie escribe “número 1" en la primera página de un
cuadernillo si no tiene la idea de continuar con la aventura...
al menos la idea. Y efectivamente, no tardaron mucho en volver a
la fotocopiadora: para ser más exactos, en apenas un mes habían
reunido y mecanografiado 36 nuevas páginas de Isla Desnuda, en el
mismo formato, pero modificando ligeramente la austera maqueta
de su primer número. Siguen en la coordinación (dirección) de
la revista los mismos que la fundaron, Úbeda, Rodríguez y Gascón,
y esta vez en la portada aparece una chica sentada sobre una
especie de mesa. Llegan también nuevos colaboradores en una lista
más extensa que la del número anterior (lo que nos da algunas
pistas de que el proyecto había calado). Repiten Eva Martínez,
Gloria Marco, Alejandro Bleda y Mario Guirado; y se incorporan
Pablo Romero, Elena Saiz, Beatriz Teruel, Eva Martínez e Itziar
Romera. En este número se añade también una sección de prosa («prosa
poética») y se inician algunas de las costumbres que la revista
mantendría como una seña de identidad de su diseño.
Concretamente las portadillas interiores para separar las
distintas secciones. La temática (casi siempre amorosa) y el
estilo de los poemas (con el esmero en mantener la armonía de la
forma) se mantiene en casi todos los que se incluyen en este número.
Sorprende la cita inicial, esta ver de Gabriel Celaya (No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto.
No es un fruto perfecto. / Es algo como e1 aire que todos
respiramos l y es el canto que espacia
cuanto dentro llevamos.), ya que
no sólo fue este un autor en el que se apreció cierto esfuerzo
por trasladar las inquietudes políticas al plano literario (como
ya hicieran muchos de los de la Generación del 27 durante la Guerra Civil
Española de principios del XX) tendencia que no se siguió en
Isla Desnuda en ningún caso, sino también porque precisamente
una de las cosas que caracteriza a los fundadores de la revista
es, como ya se ha explicado antes, la meticulosidad por respetar
las formas y convenciones métricas tradicionales de la poesía en
lengua española, es decir, por hacer una «poesía gota a gota
pensada» y para nada espontánea como señala el poema de Celaya.
Pero
este número 2 es importante sobre todo porque es el último Isla
Desnuda que pisará las negras tripas de la fotocopiadora. A
partir de aquí la revista se lanza al paraíso estrellado de la
imprenta en una de las aventuras más apasionantes de cuantas
vivieron las publicaciones no profesionales albasiteñas de la
época.
EL
GRAN SALTO
La redacción de Isla Desnuda decide
empezar a moverse con su número 2. Los Poetas de la
Confitería, una generación de autores nacidos quince años
antes y responsables de algunas publicaciones importantes, como La Siesta
del Lobo, acuden al antiguo instituto número 6 (en el que
estudiaban todos los miembros de Isla Desnuda) para dar un
recital. Rodríguez y Gascón, que ya se habían estrenado publicando
en la revista Trípode, les entregan ejemplares de Isla Desnuda a
los «poetas mayores», que les animan a seguir y prometen
ayudarles. Este encuentro, que describe Rafael Núñez en sus Memorias, tendría una importancia fundamental en la historia
de la Isla Desnuda. En primer lugar porque pone en contacto a
dos generaciones de poetas que tienen, salvando las distancias,
afinidades estéticas innegables. En segundo lugar porque los de
la Confitería estaban en aquel momento muy cerca de la clase
dirigente cultural de la ciudad, que campaba a sus anchas con su
buque insignia (la revista Barcarola, según Barca) y eso
permitió que los muchachos de Isla Desnuda, que todavía no habían
iniciado sus estudios universitarios
tomaran contacto directo con las instituciones, lo que
aparentemente solo podía mejorar la situación de la revista.
Así las cosas, Isla
Desnuda entra de lleno en lo que podríamos denominar el mundo
cultural oficialista. Les llaman para ofrecer recitales y ellos
acuden sin dudarlo en nombre de su publicación; los de la
Confitería les invitan a una reunión de una serie de poetas que
formaban una especie de organización cultural extraoficial aunque
sus miembros tuvieran relación directa con las instituciones.
La cúpula directiva de Isla Desnuda acude también aquí con su
revista. José Manuel Martínez Cano, uno de los responsables de
la gestión cultural de la Diputación y del Ayuntamiento, se
interesa y les ofrece ayudarles con la edición. A partir de aquí,
la historia de Isla Desnuda cambiará para siempre.
Conviene
en este momento señalar uno de los aspectos que distinguirá a
esta revista de las nacidas bajo el calor de la Coordinadora de
Revistas Culturales (del año 1994). Hasta aquí, el proceso de
gestación de Isla Desnuda había sido similar al de la mayoría
de los fanzines: un grupo de muchachos que en el instituto se reúne
y decide crear una publicación modesta que se reproduce a
fotocopias y se distribuye prácticamente en mano. Sin embargo,
la forma de entrar en contacto con el mundo de las instituciones
es radicalmente distinta. Mientras que Isla Desnuda, por una
cuestión de puro azar, se relaciona directamente con la clase
dirigente de los recursos culturales de Albacete, las revistas
de la Coordinadora (Aventis, Ayvelar, Desde el Infierno/Fábulas
Extrañas) conocen en los primeros momentos de su existencia a
Paco Bonal, un polémico poeta de cierta edad, autoexcluido de su
generación y absolutamente hastiado de los tejemanejes de
diputaciones y ayuntamientos, que les previene contra
subvenciones y ayudas públicas y les predispone en general
contra la administración local y sus dirigentes. En ambos grupos,
el influjo y las consecuencias de estas circunstancias iniciales
bien distintas serán tan fuertes que afectarán profundamente a
sus principios éticos como editores, a sus propias posibilidades
reales de crecimiento y al futuro de sus respectivas revistas, ya
que mientras Isla Desnuda aparecía a imprenta y gozaba de las
ayudas y favores de las instituciones, las revistas de la antigua
Coordinadora crecían salvajes y recelosas, con tiradas miserables
a fotocopia y un cierto espíritu anarquista que les mantenía
decididamente alejados de todo lo que sonara a oficial. Hasta el
punto de que cuando Aventis, en plena gestión de Miguel Ángel
Aguilar, decidió constituirse en Asociación y solicitar
subvenciones sufrió la censura y la desaprobación de sus compañeros
de la Coordinadora. Después de aquello, de una u otra forma,
todas las revistas acabarían pidiendo ayuda a las instituciones
en una época que se llamó cariñosamente La Guerra de las
Subvenciones, pero las de la Coordinadora, acostumbradas a apañarse
solas, indómitas y desconfiadas por naturaleza, lo harían de
una forma que resultaba un tanto incómoda y escurridiza, librando
una especie de pulso (imaginario) que mantuviera su conciencia
tranquila. Por supuesto Paco Bonal nunca aprobaría estos
acercamientos (aunque se cuenta que acudía en secreto a pedir
dinero para actividades culturales a cada nuevo alcalde que subía
al poder). |