|
De la Madre Republica, D. Canciano, amores y demás Legorburos
por
Segundo Sevilla Escudero
Se dice que cuando leemos les
secuencias que nos relata el autor pasa que cada cual tiende a
imaginarse un espacio, unos personajes y una interpretación de la
historia completamente diferentes. Esto es debido a que la capacidad
de imaginación que cada individuo posibilita ver las cosas a su
imagen y semejanza, porque esa es una de las grandezas con las que
Dios (véase el destino para los agnósticos) ha dotado a la mente
humana: la capacidad de imaginar e interpretar lo que se nos relata
por medio de la escritura, de ahí la justificación de tan noble
acción de leer, y no leer, lo que en nuestros años “mozos” de
estudios nos mandaban “engullir” por mandato del Ministerio de
Educación. O aquellas lecturas que cada cual, y según qué momento,
nos apetece leer. Esa puede ser una buena justificación para la
inapetencia que muchas personas puedan mostrar hacia la lectura: la
obligatoriedad con la que desde pequeños se nos muestran los libros.
“!Si no cenas a tu cuarto a estudiar!, no hombre, no, mejor sin ver
la televisión ,que lo mismo al chiquillo se da por adelantar los
deberes para luego tener mas tiempo para jugar.”
Reconoce quien estas líneas suscribe
que, a pesar de mi pasión por los autores de la generación del 27,
los Miguel Hernádez, Rafael Alberti, etc..o la generación del 98,
como los hermanos Machado, tengo algunas lecturas pendientes del
Barroco o del Neoclásico. Cosa imperdonable para quien dice ser un
amante apasionado de la lectura y que, algún día, espera saldar su
deuda. Por eso mismo, no se puede pensar que un servidor es
perfecto, nunca.
Aludiendo a esa capacidad de poder
imaginar a la que me refería, dejemos llevarnos hacia aquel Albacete
de 1931, plagado de edificios con encanto que hoy podríamos
calificar como históricos: el recién creado Paseo de Alfonso XII
(haciendo honores a la llegada del Ferrocarril unas décadas antes y
que pasó llamarse, con el afán que nos caracteriza a los albaceteños
de cambiar el nombre según nos dé el aire, Paseo de La Republica
(que si no fuera por la familia Belda y el Cronista Mateos y Sotos,
con sus oportunas instantáneas y relatos, bien podríamos darle el
nombre que nos diera en gana, puesto que bien poco nos queda de
aquella época, de aquella “ciudad de provincias” que es como los
egoístas de la “dudosa capital de España” bautizaron a todo aquello
que les fuera ajeno: síntoma de que España no era un solo país, sino
la aglutinación de varios. ¿Diecinueve? de ahí el éxito de los
nacionalismos actuales, y el menosprecio de Madrid hacia sus
“teóricas” patrias hermanas.
En aquellos primeros años de la recién
nacida Republica y finales de los años veinte (según documentos que
así lo atestiguan) Albacete era una ciudad que, en pocos años, había
experimentado un crecimiento bastante amplio en muy distintas
vertientes, como la industrial y, moderadamente, la política e
intelectual en el panorama nacional, lo que dio como consecuencia la
consolidación del Ateneo Albacetense, teniendo como una de sus
primeras sedes la Casa de la Cultura en la Calle Isaac Peral,
convirtiéndose en uno de los primeros Ateneos del país, y ganando
este reconocimiento a pulso debido a su amplia actividad, no sólo
por el fomento de las letras, también por la política, ya que
nuestro Ateneo fue objeto de visitas de los mas ilustres políticos e
intelectuales de izquierda de la época, registrándose poco antes de
las elecciones de Febrero del 36 un altercado a la salida del Hotel
de enfrente por (¿personas?) militantes de Falange. El ambiente ya
era muy tenso y parecía adivinarse lo que se avecinaba.
No desperdiciaré mi reducida
inteligencia en adentrarme en aquel horror, pero si de algo estoy
seguro que merece hacer ejercicio de memoria es de contemplar
aquellos edificios que poblaban nuestro querido Albacete. Decía
Victor Hugo que hacer trabajar la memoria del lector es un derecho
que sólo el autor tiene el privilegio de hacer”. Pues eso:
situémonos en aquel Paseo de La Republica, a ambos ladoslos
edificios del Ayuntamiento y de la Audiencia; obra del insigne
arquitecto albacetense Francisco Jareño. Bajo la arboleda del Paseo
Central, numeroso público y el quiosco de prensa de Miridio,
terrazas de café, ventanas y adoquines con aires afrancesados, abajo
del antiguo consistorio se encontraba la terraza del Club Cinegético
Albacetense, Casino y Circulo de Recreo de la clase adinerada de
Albacete en el primer tercio del siglo XX. Personajes ¿ilustres? O,
mejor, digamos conocidos terratenientes como la familia Legorburo,
una de las más entusiastas en la sublevación del 18 de Julio cuya
casa, horas después del fracaso del golpe en Albacete, y en
represalia a su injusta posición, fue ocupada por la Guardia
Nacional Republicana (Guardia Civil) y puestos todos sus bienes a
disposición de aquellos que no tenían nada.
Otro de los edificios testigos de
nuestro pasado es el, hoy afortunadamente restaurado, Hotel Regina,
al otro lado de la Calle de Ricardo Castro, El Francisquillo. El
desplazamiento cada vez mayor a través de los servicios ferroviarios
motivó la aparición de hoteles en las proximidades de las estaciones
de ferrocarril, y Albacete no fue una excepción.
La Calle Mayor, antes de convertirse
en peatonal (aunque el trafico no era muy abundante y cuando lo
había era de tracción animal): centro neurálgico del pequeño
comercio de nuestra ciudad donde proliferaban las tiendas de
ultramarinos. ¿Sabrán los mas jóvenes qué se vendía en estas
tiendas? El Bazar Collado, o los cines Varea antes de llegar hasta
las célebres cuatro esquinas… Otro de los espacios en los que invito
al lector a contemplar en nuestro recorrido mediante la diosa
imaginación, fue escenario de muchas vidas, inconfundible para
nuestros abuelos: la Plaza Mayor, marco entrañable presidido por el
mercado de abastos y su torre coronada con una campana. Para general
conocimiento, diré que sobre este solar se encontraba, hasta el
siglo XIX, el primitivo Ayuntamiento de Albacete. Sin hacer
demasiado ejercicio de memoria por mi parte, creo recordar que en
los años sesenta fue escogido por un director de cine para contar
una historia que, muy acertadamente, transcurría en una capital de
provincia.
Una de las principales arterias de
nuestra ciudad fue la calle del Marques de Molins: noble y adinerada
familia del XIX, provinentes de Alicante pero asentados en Madrid
debido a sus implicaciones políticas con el entorno liberal. El hijo
-al cual se le dedica la calle- es desterrado de la villa y corte
por sus ideas liberales y se viene a vivir a Albacete, circunstancia
muy bien acogida, puesto que, si de algo pudo presumir nuestra
ciudad entre los corrillos de casinos y aristócratas de toda España,
fue de que “los ricos de Albacete son de izquierdas”. Desconocemos a
día de hoy exactamente cuáles eran esos ricos de “izquierdas”…
Que Albacete fuera conocida por esta guisa “de rojos e
intelectuales” molestaba notablemente a los que sí que sabemos que
tenían, y siguen teniendo, nombres y apellidos como los Lodares, D.
Saul i demas, José Maria de Miguel -notable médico para los ricos de
la época-, D.Pedro Amores “Conde de Chinchilla” ,familia de Los
Cancianos, Los Flores, Los Marqueses de Villasante, Marqués de
Larios y Señora ,re-pudinte familia que acogía con los brazos
abiertos al Generalísimo de los tres ejércitos, junto a demás
terratenientes, militares y demás a quienes les debemos los bonitos
refugios antiaéreos en la Plaza del Altozano. O, si tiene a bien,
fijarse en el Palacio de la Diputación Provincial, obra del
Arquitecto natural de Hellín Justo Millan, construido entre los años
1878 y 1880 en su notable enrejado. Justamente en la parte que da a
la Calle del Teatro Circo se pueden observar notablemente las marcas
del enrejado que desprendió la metralla de la bomba caída a finales
de 1939 enfrente, causando varios heridos entre ellos niños.
Sin revanchismo alguno, tengamos muy
presente que la aristocracia no siempre fue de un marcado carácter
conservador, también los hubieron tolerantes ,intelectuales cultos y
comprometidos, pero no olvidemos tan fugazmente a quienes les
debemos que las calles de nuestro Albacete estén huecas por los
refugios antiaéreos que el Ayuntamiento se vió obligado a construir
en el tiempo record de un año: los mentados del Altozano, los de la
Calle La Caba, los subterráneos entre el antiguo Ayuntamiento y la
Santa Iglesia Catedral. Que nuestros padres acudieran los domingos a
visitar a sus abuelos al penal de Chinchilla. Por cierto, háganse
con un original CD editado por la Agrupación Musical “Virgen de Las
Nieves de Chinchilla de Montearagón”, donde se le dedica al antiguo
penal una fabulosa composición de la batuta del Maestro y Director
Antonio Cortijo.
Y la Iglesia, que parece que no pasan
los años por ella, tan retrograda y poco tolerante. Véanse
homosexuales, mujeres o no creyentes, que ven como se sienten
atacados por unos señores que tienen una idea un tanto distorsionada
de la obra de Jesús, ¿será por esto por lo que se le terminó
prendiendo fuego a la Santa Iglesia en 1935? No lo sé, pero aunque
nada justifica una barbarie así, la desesperanza humana y el afán
por cambiar las cosas pueden llegar hasta tal fin, porque, como bien
dijo Azaña, España ha dejado de ser catolica: pues yo añado que
según esos planteamientos intolerantes de la Iglesia actual,
Albacete también.
Para ignorantes foráneos y visitantes,
no digamos que Albacete no tiene historia, porque cada persona
-indistintamente de su condición social, creencia o afinación
política- hace historia ,porque las personas, con nuestras
relaciones sociales, somos lo más importante y aquí tenemos un
pequeño espacio para vivirla: Albacete.
La miseria se hizo poeta
y escribió en los campos en forma de trincheras
y los hombres marcharon hacia ellas.
Cada uno fue una palabra
del victorioso poema.
Lluis Llach
Febrero
2007 |