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De
igual a igual
por
Paulo Coelho
Llegué a saber a través de mi sobrina
que La Bruja de Portobello, mi último libro, ya circulaba
integralmente en Internet incluso antes de estar impreso. Me quedé
perplejo: ¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante?
El próximo paso, claro está, fue
acudir a todos los motores de búsqueda para localizar el manuscrito,
siempre sin resultado. A pesar de todo, mi sobrina me enseñó el
original. Supuse que lo habría enviado una de las cinco personas a
las que suelo mostrar mis textos antes de publicarlos, pero eso
significaba sospechar de seres a los que quiero. Además, hace años
que les envío mis manuscritos, y nunca se había dado este tipo de
filtración al gran público. Tampoco era lógico responsabilizar a los
editores, no teniendo éstos ningún interés en difundir gratuitamente
lo que supone su fuente de ingresos.
Decidí olvidarme del asunto: al fin y
al cabo, Internet es verdaderamente un medio de democratizar la
cultura. Pero, de todas maneras, seguí persiguiendo a mi sobrina, de
24 años, para que me contara dónde había conseguido el manuscrito.
Tras mucho escabullirse, ella acabó descubriéndome un universo que
yo, que llevo ya diez años navegando por la red, desconocía por
completo, y que es absolutamente imposible de controlar (como
explicaré al final, aunque piense que gran parte de las personas que
leen este texto ya saben a qué me refiero).
Y como no hay manera de luchar contra
lo imposible, me limité a pedirle que me mostrara esta gigantesca
telaraña. Y así fue cómo, durante cuatro horas, me metí en la piel
de un “pirata” de mí mismo. Esta sobrina sostiene que no hay nada de
malo en esto, que así es la cultura de Internet, que es justamente
de esta manera como se está cambiando el mundo, y no con las
manifestaciones antiglobalización en los foros mundiales.
Pero, ¿qué es la cultura de Internet?
Según sus palabras, el acceso a la información y al placer forma
parte de los derechos fundamentales de todo el mundo. Si se tiene
dinero para comprar un libro, uno se lo compra y punto, ya que es
mucho más agradable leer libros impresos en papel. Pero no por
carecer de dinero uno tiene que renunciar a sus derechos: hay que
encontrar la manera de ejercerlos.
¿De qué manera? Existe una zona
extraña en la red conocida en inglés como “Peer 2 Peer”. Busqué una
traducción (en un diccionario gratuito de Internet) y viene a
significar, más o menos, “de igual a igual”, aunque también se
conoce como “De punto a punto” o simplemente “P2P”.
¿Cómo se originó? Mi sobrina tiene la
respuesta bien aprendida: Al principio la intención no era otra que
satisfacer el deseo de comunicarse. Luego llegó la necesidad de
conversar con varias personas a la vez. Pero conversar no bastaba:
era necesario compartir la experiencia de escuchar cierta música, de
leer determinado libro, de ver la película que nos fascinó… En la
época en la que ni siquiera existían leyes sobre el asunto, los
bytes se intercambiaban con total libertad. Cuando finalmente la
industria del entretenimiento supo de esto y se dio inicio a la
represión, los jóvenes internautas se mantuvieron siempre un paso
por delante. Así hasta hoy.
También cambió el concepto: antes lo
que interesaba era compartir con los amigos lo que se admiraba,
mientras que, hoy en día, lo que se pretende es dejar a disposición
de quien lo quiera algo que consideramos que debe ser compartido.
Consiste más o menos en lo siguiente:
yo compro un libro, me gusta, lo escaneo completo guardándolo en mi
disco duro, y a la vez abro un túnel para que alguien pueda llegar
hasta aquí y llevárselo. Yo, por mi parte, entro en este mismo túnel
para dirigirme a ordenadores ajenos, y me llevo también todo lo que
me interesa (normalmente canciones y películas). Poco a poco, este
material acaba distribuido por todo el mundo, y ya no hay manera de
evitar que se copie.
Después de eso, mi sobrina me mostró
que sólo en una de las muchas zonas de “Peer 2 Peer”, se pueden
encontrar 325 obras mías, en diversas lenguas, grabadas en centenas
o millares de ordenadores. Tengo que confesar que me sentí muy
honrado con el descubrimiento: era la prueba de que los lectores son
realmente la pieza clave en la divulgación de un trabajo, aunque
esto se haga a través de medios poco convencionales.
Está claro que no voy a contarle a
nadie cómo se llega hasta ahí (implica toda una serie de
procedimientos legales, y podría complicarme la vida). Tampoco será
de utilidad escribir la expresión en los motores de búsqueda: éstos
no facilitarán ningún ábrete sésamo. Pero si usted tiene en su casa
alguien con menos de 18 años, sin duda esta persona ya atesora una
colección de canciones que provienen de este lugar. Pregúntele a su
hijo, a su nieto o a su sobrino.
Pero, por favor, no le diga que yo
acabo de enterarme de esto sólo ahora: le va a parecer que ya estoy
demasiado viejo, y perderé un lector.
Febrero
2007 |