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Enseñar a querer aprender
por José
Manuel Martínez Sánchez
Algunos desean
recordar nuestra más reciente y trágica historia, otros ni siquiera
la conocen y no muestran ningún interés en saber de ella. Oí exponer
a un joven estudiante de Bachillerato sus quejas por tener que
estudiar asignaturas como Lengua y Literatura o Historia cuando él
había elegido la opción de Ciencias. ¿Por qué nos tienen que
obligar a estudiar eso, si a nosotros en nuestro futuro no nos va a
servir de nada? Decía el joven cargado de razón. Sin embargo
aquel chico no protestaba por la asignatura de religión, tan
polémica en el ámbito político, la cual aprobaba siempre con
sobresaliente sin apenas esfuerzo y constricción. Muchos jóvenes no
quieren ver la cultura ni en pintura, odian a Lope de Vega y a
Beethoven tanto como a un portero de discoteca. Muchos jóvenes
saben de su Guerra Civil porque les entraba en selectividad, también
saben de algunos conflictos bélicos importantes de la Historia, pero
normalmente una vez se examinan procuran olvidarlo para siempre.
¿Hemos de ser
optimistas con el futuro de la sociedad? No lo creo en absoluto,
aunque existan excepciones la gran mayoría de esta sociedad se
desliza hacia un alienamiento imparable. Y todo empezó con
los botellones, los videojuegos y la televisión. Y, sobre todo, por
el mínimo interés de algunos padres en la educación de sus hijos.
¿Qué es preferible? se pregunta Ramón Pérez de Ayala ¿la
educación del carácter, a lo espartano, o la ecuación de la
inteligencia y la sensibilidad, a lo ateniense? Pues ni una cosa
ni otra parecen darse en los colegios e institutos actuales. La
educación se ha convertido en un proceso mecánico de asimilación de
datos y conocimientos sin ninguna finalidad constructiva. Los
profesores, salvo honrosas y encomiables excepciones, trabajan
como ordenadores programados, fríos y distantes. Y profundamente
desanimados. Los alumnos, a su vez, no desean instruirse en
nada, a no ser en el arte del vino con Coca-cola.
En las
grandes empresas basta con haberlo intentado,
apuntaba Propercio ya hace muchos siglos, pero ¿dónde ha quedado la
voluntad de superación? Sin duda la educación del carácter (a lo
espartano) hubiera contribuido a perfilar una mayor proyección
intelectiva en el alumno. Pero, ¡qué razón tenía Erasmo!: Es más
feliz […] aquel que es más completamente estúpido. Y los jóvenes
de ahora son muy felices. Y, no se equivoquen, eso está bastante
bien. Panem et circenses. Pero intentemos conservar unos
mínimos, demos la oportunidad a algunos de disponer de las
condiciones necesarias para su formación. Porque un inteligente
rodeado de tontos no tardará en volverse tonto. Tontos con
memoria histórica a corto plazo.
Necesitamos
otro tratado a la manera de los renacentistas, alguno con un título
así: Cómo instruir a la juventud. O tal vez así: Cómo
triunfar siendo humanista, sensible e inteligente. Seguramente
Maquiavelo y Erasmo lo podrían haber escrito en colaboración,
hubiera sido un magnífico tratado. Imaginamos una sociedad que
llenase los teatros hasta rebosar como estadios de fútbol
para ver una tragedia de Sófocles. O jóvenes yendo al cine a
raudales, para asistir al último pase de Al final de la escapada
y ver a esa pareja magnífica conformada por Seberg y Belmondo.
La última escultura de Miguel Ángel (la
Piedad Rondanini)
podría ser un magnífico tema de conversación sobre el final del
Renacimiento, así como las óperas de Wagner, que tanto gustaban a
Woody Allen, o las maravillosas historias que contó Sherezade en
Las mil y una noches. La cultura nos ha dejado muchas obras de
las que hablar, con las que gozar, aprender y emocionarnos. Eso
nunca puede ser una obligación, sino un acto de libertad que el
individuo toma por pura necesidad, escogiendo aquello con lo que
desea disfrutar. Pero para que esa necesidad nazca hace falta una
instrucción previa. Enseñar a amar el conocimiento, enseñar a
querer aprender. Eso es lo fundamental.
Noviembre 2006 |