Moisés García Sánchez   Zona pantanosa
  
por Moisés García Sánchez

Sello de AlbaceteA esta ciudad le horroriza ser manchega porque en La Mancha no hay ciudades. Le da tan mal rollo el olor a naftalina de Toledo como el aroma dulzón de rastrojo quemado y naranja madura, o podrida, según se mire, del Levante. Situada no se sabe dónde, se elevó en torno a un lupanar en mitad de la ciénaga donde se holgaban arrieros y tratantes de ganado y el navajazo, para hacer honor a la artesanía local, tuvo que ser frecuente. Poco más allá hubo una iglesia que a fuerza de remiendos ha llegado a Catedral, pero que entonces daba pena de puro andrajo. A escasos metros un río infecto. El Piojo.

Albacete tuvo que ser hasta el siglo XVIII lo más parecido a una ciudad portuaria en el interior de la meseta, avanzadilla de Cartagena. También Madrid, pero eso es obvio. Después nos volvimos burgueses. A ver si no. De hecho la primera burguesía fue naviera, criada en la insalubridad de los puertos.

Vino la prosperidad, el tren, el Canal de María Cristina que nos sacó de los pantanos, y cierto refinamiento. Pero eso poco quiere decir. El albaceteño sigue siendo un manchego encanallado, emputecido. Frecuentado por muchos, no podía sembrar vid ni cereal en tierra tan desabrida y se tuvo que dedicar al comercio. A la posada. A lo indigno. Tenemos una de las ratio más importante de bares por habitante de España y los pilotos del Tiger Meet de la OTAN, marineros modernos que estuvieron hace unas semanas en la ciudad, se lo pasaron teta. Les van a poner aquí su centro de entrenamiento. Y eso que llegaron cuando ya se habían pasado las tascas y la Feria, apoteosis de la canallesca albaceteña, muy distinta de la canallesca cafre de cualquier fiesta de pueblo.

La canalla además perdura, es como un quiste congénito que nos hace aparcar en doble fila, coger el coche para todo y cruzar sin mirar, no guardar cola, no ceder el asiento a las ancianas y dejar a los perros cagar en la calle. Por ella hemos crecido como hemos crecido, rácanamente, sin dejar resquicio para una mala plaza ni un mal parque, salvo la excepción filantrópica de Abelardo Sánchez, cuando la ciudad soñó con ser ilustrada. Hemos construido siempre sobre las mismas calles roñosas, porque el canalla vive para la urgencia del que pasa, tirando cada cincuenta años lo más viejo que hubiera, argumentando que no era lo suficientemente antiguo. Y para escapar del encajonamiento de nuestra urbe nos hemos tenido que inventar un ocio agreste y de irregular urbanismo en las huertas de las afueras de la ciudad, que reflejan ya en ciertas zonas el abigarramiento de la colmena madre.

Esta es la ciudad que fue capaz de protestar cuando se pusieron los contenedores de basura en las calles porque decía que iban a ser antihigiénicos. Sic. La ciudad que fue capaz de quejarse cuando se ensancharon las raquíticas aceras. La ciudad que no le perdonará la vida al gobernante que peatonalice de una vez la calle Ancha y haga al comprador caminar 300 metros desde el aparcamiento más cercano, sin poder dejar el coche, por sus santos cojones, en las peatonales. La que le escupe a su insólito Foro de la Participación porque dice que no hace nada. Consigue que nos sentemos a la mesa, bastante es. Y el resto es cosa de políticos, que son los más canallas.

Pero lo más fascinante de esta ciudad es que a pesar de todo, a pesar de su falta de generosidad, sobre todo para consigo misma, sigue enfilada hacia el futuro, empeñada en ser grande, potente, capitalicia. Estamos a punto de redimirnos, probablemente de pura mala leche. Y para ello solo hace falta quitarnos de encima este incivismo, por cierto, tan vulgar y tan poco chic.

    

(*) Las ilustraciones son antiguas fotos del Alto de la Villa de Albacete a principios del siglo XX, conocido lugar de pecado hoy sustituido por viviendas para gente de bien

Octubre 2006


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   Nombre LC       E-mail lc@hotmail.com       Fecha 23-10-2006
genial
   Nombre Bustrófedon       E-mail mejor@mecalloelremite.es       Fecha 27-10-2006
Tremendo. Me quito la boina y aplaudo. Quizá hasta se me escape un lagrimón. Si es difícil describir una ciudad de fronteras sin caer en los tópicos, mucho más lo es describir una ciudad de bordes, como es el caso. Y usted, a pesar o quizá precisamente por su mala baba, ha bordado (no ignoro que el verbo se presta, con lo anterior, al juego fácil) esta filigrana. No busque ironía en estas palabras. No la hay. Le felicito. Y quizá algún día le haga llegar los primeros versos de un antipoema épico , o quizá un poema antiépico, que precisamente mi acedía albaceteña me impidió rematar, y que quise titular Ad urbe condita. En él encontrará usted muchos de los mismos motivos que engarza en esta feroz e irreprochable crónica urbana. Ya encontraremos el modo de resolverlo en privado. Entretanto reciba, de nuevo, mi público aplauso desde la lejana diáspora.

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