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Memorias
apócrifas de Sicilia. El autor local
por U
Crasticeddru
La lira, el anacoluto, el más
execrable sentimentalismo, el ditirambo y el énfasis se aúnan en
los escritos de los autores locales. Y glosan los utensilios de
labranza, la belleza del cardo y de la amapola o las recias virtudes
de las costumbres locales, dignas de cafres del paleolítico. Luego,
todo eso queda rebozado con vocablos donde no falte “sublime”,
“humilde”, “tornajo”, “antaño”, y tampoco “madre”, “mujer” y
vocativos donde se increpa a Sicilia con arrebatos impúdicos de
macho en celo.
Y, de vez en cuando, hay quien se
encrespa y recuerda el insoportable olor de cuadra, el bigote
austero que adorna a los hombres y mujeres de esta tierra, la
tendencia cainita, la maledicencia y el rastacuerismo, y quiere
pasar por autor de vanguardia. Su verbo está teñido de acné, de
resentimiento y de una lastimosa falta de rigor gramatical; pero recibe
hipócritas murmullos laudatorios, y poco a poco se le liman sus
ásperas aristas, hasta que un tiempo después, se le ofrece un lugar
entre los vates locales, que lo agasajan con un vino acre,
inclemente, para poder digerir el forro de cabeza de cerdo y las
virtudes de la rima y del ripio. De ahí a la fraternidad media el
canto de un folio.
Las mujeres que se lanzan a
escribir fingen desenvoltura de hetaira y arrebatos de
virginal desasosiego, y suelen poner en sus poemas con paisaje,
“árboles preñados”, “fértil seno de tierra”, estrambóticas pasiones
que las llevan hasta el borde del beso, ay, Dios mío, y resuelven
osadas con un “no pudo ser”, que las pone al borde del ataque de
llanto.
Antes o después, el autor descubrirá
una mujer sensata y paticorta entre las brumas de su onanismo, y
recalará en el ímpetu genitor, el silencio opresivo del miedo a los
suegros, y las tibias desventuras de padre mal dormido. Ellas
descubrirán un ágrafo solemne a quien presupondrán la vida
interior que su mutismo abarque, y poco a poco recalan en ese
rincón donde la especie se multiplica o en aquel en donde la
soltería enrancia.
Y a cada fiesta mayor, en cada velada
literaria, surgirán imparables los gastados recursos de la lira
estreñida con loas a Sicilia y agasajos rimados a la mujer, en
juegos florales donde recitan rapsodas, enfundados en trajes de boda
y mortaja, con aromas de ajo y vino agrio.
Y, a veces, para no olvidar su
rebeldía y su amor por las vanguardias, citan a un autor, al que
descuartizan con entusiasmo, después de no haberlo leído, y se
irritan hasta el paroxismo con aquel que usa el subjuntivo, la
oración subordinada y algún vocablo que no esté instituido entre
los trescientos adjetivos que abarca su incultura.
Si Dios fuera justo y existiera,
habría dejado mancos y mudos a los sicilianos que escriben y
publican, pero, en su infinita piedad, Onán ya los dejó miopes y los
rebozó en caspa y seborrea.
“Mali nun fari e paura n’aviri”
Septiembre
2006 |