|
Burbujas de poesía
por Esteban
Belmonte Serrano
¿Qué es poesía? ¡Vaya con la
preguntita! ¿Cuántas veces nos habremos topado con ella? Muchas,
muchísimas veces. Saber definir poesía no es entender la poesía, ni
la poesía se conoce sin saberse de ella, pero más difícil es lo
que nos dice un poema, lo que nos pide. Uno puedo agarrar papel
y boli y decirse a sí mismo: “vamos a escribir un poema”; ¿lo
consiguen? lo hagan o no (una posible crisis de inspiración, pero
eso ya es de otro contoneo), ésta no es la única manera de encontrar
poesía.
La poesía nos rodea. Está por todas
partes. Tan unida a nosotros como nosotros a ella, lo sepamos o no,
pero vivimos y sobrevivimos con ella. No podemos darle sentido de
ubicuidad a la poesía porque éste es de tal inmensidad que nos
perdernos en el intento. Y no hablo de leernos un libro de poemas y
decir: ¡ya está, aquí hay poesía! Hay que extender un poco más el
concepto, estirarlo, para verlo con los ojos más abiertos, y no
perder ni un vistazo, que es muy importante.
Imaginémonos una esfera, una
burbuja en cuyo interior se encuentra la poesía. Esta burbuja es
opaca, pero no importa, no nos hace falta entrar en su núcleo para
descubrir su significado, porque lo que hay dentro de uno mismo,
dentro de nuestra propia esfera, ya sea de poesía, sin necesidad de
conocerlo sabemos intercambiárnoslo, ofrecer nuestras burbujas a
otros seres vivos, absorber de otras y aprender del exterior como si
de nuestro interior se tratase. Ver lo que la poesía
significa puede resultarnos tan complejo como fácil, tan útil como
innecesario, pero algo nos reportará, queramos o no.
La poesía es una definición intangible
de lo que existe. Se transforma tan rápido su valor como su
concepto, y su escasez se determina según su precio, y no monetario.
Decir que hay escasez de nueva poesía, una poesía que nos
desafíe o que nos atrape en ella, es decir que ignoramos una gran
cantidad y calidad de poesía que no alcanzamos a percibir, y de ahí
su precio, pues pagamos con tristeza, con ardor, con pena, o con yo
qué sé, por descubrir nueva poesía, nuevas esferas que nos
gratifiquen. A veces resulta que buscamos un tipo específico de
burbujas, y ello nos lleva a pagar un nuevo precio, el de no ver
poesía en otras partes, porque nos cerramos en otras.
Cercando un poco más el terreno, para
concretarnos con acento, fijémonos en un matiz muy singular de la
poesía, cuando está escrita. A veces nos ocurre que cuando acabamos
de leer un poema, podemos buscarle un significado, o se lo hemos ido
dando durante la lectura. Aquí se presentan dos cuestiones:
- ¿Qué nos dice el poema?
- ¿Qué nos pide el poema?
Cuando nos preguntamos acerca de qué
nos dice el poema, no tenemos por qué buscar un resumen de él, ni
una explicación lógica para tal. Lo que nos diga el poema puede
ser los sentimientos, sensaciones, emociones, percepciones,
intuiciones, pensamientos, reflexiones o lo que llegue a ser, y que
nos ocurra a nosotros.
Cuando nos preguntamos sobre lo que
nos pide el poema, aquí hacemos hincapié en la enseñanza que éste
nos transmite, nos genera, nos devuelve o nos demuestra. Cualquier
valor póstumo del poema que nos ofrezca una reflexión o no de
nosotros mismos, de lo que nos rodea, se cifra en oro. Porque la
belleza de un poema, entre otras, es la capacidad de
aprendizaje que expresa. De esta manera nosotros recreamos la
poesía, reinventamos los poemas, y nos acercamos más a nosotros
mismos y a lo que nos rodea. Repito mucho el concepto de lo que
rodea a la poesía, pero lo considero necesario para una comprensión
más exacta de ésta.
Obviamente la poesía tiene distinto
valor para cada persona, pero una opción interesante es la que
relaciona de una manera intrínseca la poesía escrita con quien la
lee o escribe.
Diciembre
2005 |