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LO POSTGAY (ideal de la muerte)
por
Franklin G. Irvin
Hubo un tiempo en que estaba claro.
Por un lado estaban los normales, entregados al guateque, al
flequillo desenfrenado y a la novia formal con la que casarse, y por
otro estaban los maricas casposos, absolutamente víboras
(malísimos, bordes y deslenguados) o maternales (buenazos, tiernos y
decadentes) o simplemente etéreos; dedicados en su mayoría al mundo
del arte, la moda y las varietés, en cualquiera de sus ramas, y
absolutos parias sociales. Eran los maricas de Truman Capote, de
Antonio Gala, de Cavafis y de Cernuda; seres contemplativos y
presumiblemente desgraciados (presumiblemente enamorados de los
jovencitos con novia), que llevaban bigotes horribles, que tenían
grandes pestañas y que exhibían un inagotable talento para la
horterada o para la automarginación.
Luego llegaron los ochenta y los
maricas cambiaron. Todavía eran fácilmente reconocibles, pero de
pronto se vestían de colorines, hablaban de una cosa muy rara que se
llamaba “la movida”, y aunque seguían entregados a cosas difusas
(como el cine) ya no eran el contrapunto grotesco de las vedettes;
sino que más bien dirigen películas, hacen programas de música,
reciben premios internacionales e incluso tienen grupos de pop.
Estos son homosexuales de una pieza, sólidos, abandonados a su
condición y también presumiblemente desgraciados (siguen
probablemente enamorados de los jovencitos con novia), pero
sin embargo ya no son contemplativos: ya empiezan a integrarse
plenamente en una sociedad que les ofrece un guetto específico y
casi respetable sólo para ellos (véase Chueca).
Sin embargo, a mediados de los
noventa, los homosexuales de la vanguardia abandonan el petardeo, y
emprenden una carrera desesperada hacia un estado superior de
conciencia. Ahora los maricas ¡son jóvenes!; son niñatos
delgados y altos, de pelo corto (normalmente teñido de algún color
chillón), que visten camisetas absurdas y carísimas y usan gorros de
pescador y zapatillas deportivas de marca. Este marica no pide
perdón y ni siquiera se siente obligado a explicar que no pide
perdón (como los homosexuales de los 80). Está absolutamente
entregado al placer y no parará hasta encontrarlo. Desprecia a los
casposos de los tiempos franquistas y venera a las vacas sagradas de
los 80 (enfrascados ahora en plena lucha por sus derechos civiles),
aunque jamás imitaría su vestuario. En su actitud hay un punto
irresistible de altivez, que asombra a propios y extraños. El
homosexual ha abandonado “la lucha” y se ha situado en un plano
superior. Es un nuevo homo, orgulloso de su condición y
racista. Ya no está presumiblemente enamorado de los jovencitos sin
novia. Ellos mismos son jovencitos mucho más guapos y ya se ocupan
de montárselo unos con otros sin restricciones de ningún tipo ni
mala conciencia.
Los heterosexuales asisten temerosos
al nacimiento de una clase social: el gay. El cine, que responde
como un resorte a las demandas de la sociedad, convierte al “gay”
(al igual que antes hiciera con “el negro”) en el amigo del bueno.
Los gays ya no son los malvados, tan inteligentes y excesivos, que
salían en las películas de James Bond y demás. Ahora se han vuelto
ricos, sensibles, limpios y absolutamente delicados. Son el vecino
que cualquier chica sensata querría tener. Los viejos homosexuales
de los 80 (que sí, que también viven en los 90) contemplan su nuevo
rol en el cine americano sin terminar de creérselo del todo, porque
en realidad son ellos mismos (en plena edad madura) los que aparecen
en la pantalla. Los nuevos gays están demasiados ocupados delante
del espejo como para prestar atención a los fenómenos de
Hollywood o preocuparse por el cine que llegará tarde o temprano
hablando sobre ellos.
Pero el poder de atracción de estos
nuevos gays es tal, que los adolescentes recién llegados
(nihilistas, atolondrados, ninfómanos y egomaníacos) a los últimos
cinco años del siglo (niños que han crecido a la sombra de esas
películas en las que el gay es ya el amigo del bueno, niños que han
visto como los amiguitos de sus hermanos y hermanas mayores llevaban
unas camise tas muy chulas, y tenían un aspecto tan infantil y
al mismo tiempo tan salvaje..., con sus peinados molones y su
ropita de marca, con su búsqueda infatigable del placer, con su aire
orgulloso y ausente) se ven irrevocablemente obligados a imitarles.
Y así llegamos a una generación de jovencitos ambiguos y
encantadores, que frecuentan los nuevos bares gays (que ya no son
aquellos antros con cabinas y peli porno para viejos y chaperos;
ahora son locales a la última en los que pinchan la mejor música de
la ciudad). La estética gay se convierte así en un estilo para
todos..., para todos los ninfómanos/modernos de la nueva noche. Los
gays observan esta invasión claramente satisfechos al principio
(después de todo ahora hay muchos más chicos en el bar, y cuando
llegan ciertas horas y ciertas copas uno ya no puede saber muy bien
ni lo que es).
Acaba de nacer el postgay. Una
réplica perfecta que sólo ha servido para confundir y romper el
corazón de muchos maricas veteranos, honestos y entregados. Este es
el auténtico fin de la guerra de los sexos. Las cosas se confunden y
se embarullan. En el universo postgay todos los chicos de menos
de 25 años son bisexuales confesos (aunque heterosexuales
excluyentes), las chicas ven normal que su novio haya hecho
travesuras sexuales con algún amiguito del alma y el placer es la
única religión que merece la pena... Y mientras se produce esta
inquietante liberación de energía entre los más pequeños, que se
juntan y se lo montan entre ellos sin contar con nadie más, los
viejos maricas de los 70 (que sí, que también viven en los noventa)
y los petardos homosexuales de los 80 (que ya han olvidado a los
chicos con novia y están definitivamente coladitos por estos nuevos
no-gays) observan el espectáculo fascinados y no saben decir otra
cosa que amor, cariño y ¿te apetece desayunar en el Círculo de
Bellas Artes?
Noviembre
2005 |