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Fábula
literaria
por Antonio
García Muñoz
En aquel país tan poco aficionado a la lectura, de pronto surgió una fiebre lectora. Ahora todos leían,
incluso las folclóricas y los profesores de literatura.
Pero todos leían lo mismo. La culpa la tuvo un libro llamado El boñigo da Vinci, de un escritor americano con peluquín, que rápidamente fue imitado por los autores autóctonos, si bien nadie reconoció su influencia en las entrevistas.
-No, no lo he leído -decía uno de sus más firmes plagiarios cuando se le preguntaba al respecto.
-¿El boñigo qué? -preguntaba extrañado el autor de
El boñigoTtiziano.
-No me interesa ese tipo de literatura -contestaba indignada la autora de
La hermandad del santo felpudo y La Biblia en pasta.
El caso es que, con influencias o sin ellas, poco más de la mitad de los títulos que se editaban en el país, unos 30.000, combinaron en sus títulos palabras como clave, enigma, incógnita, código, a las que solo faltaba añadir un nombre de lustre -Platón, Newton, Dante,
Vivaldi, Espinete -para convertirlo en un best
seller. Y la gente se los tragaba todos, aunque los confundía.
Salí a hacer una encuesta callejera, porque soy periodista cultural.
-¿Cuál es el último libro que ha leído?
La interpelada dudaba:
-Me encanta todo lo histórico.
El enigma Mozart, no, El código Mozart, perdón, La sábana de Mozart. Joder, yo qué sé, uno de Mozart. Voy por la página 8 y es alucinante.
Y así con todos.
Entrevisté precisamente al autor de este libro -cuyo titulo exacto era
El clavo de Mozart- que había tratado de demostrar que en realidad Mozart no fue un autor precoz. Su primera obra, sostenía con vehemencia el escritor, la había estrenado a los 52 años.
-Pero Mozart murió a los 34 -le aclaré.
-Mentira, eso fue un bulo creado por quienes lo
asesinaron.
-¿Lo asesinaron?
-Sí, los templarios.
Los argumentos venían a ser así, unas gotas de historia, unas gotas de suspense, unas gotas de escándalo, unas gotas de semen. El pobre Leonardo da Vinci fue uno de los más manoseados. No solo sus obras sino su propia vida constituyeron el centro de muchas peripecias argumentales. Laureano Asensi Rexach vendió 52 ediciones de su libro
El enigma de la última cena. Su intención, sustentada en miles de documentos apócrifos o inventados, no era otra que
demostrar que, en el famoso lienzo de Leonardo, Jesucristo era el de la izquierda, y que además hablaba en catalán.
-No hay más que verlo, se le nota en el movimiento de los labios.
En La sábana de Mona Lisa,
Matilde Zafón se propuso buscar el posible modelo del famoso y enigmático retrato. Barajó miles de posibilidades, rastreando todas las fotos que encontró del Renacimiento, consultó
el google, la enciclopedia wikipedia, el calendario zaragozano, y tras concienzudos análisis comparativos -pigmentación, trazo, tamaño-, llegó a la conclusión de que la famosa pintura era un sello de correos, y que la dichosa Mona Lisa no existía. Era un autorretrato de Leonardo, eso sí, afeitado.
Julio Navarro llegó más lejos en sus investigaciones. Autor de éxito, a partir de su primer libro
La sombra de los templarios, donde divulgó que los templarios fueron un equipo de fútbol de segunda división, confirmó sus habilidades investigadoras en La peluca de Dante (título para despistar, pues el protagonista era otra vez Leonardo) En el mamotreto, de 700 páginas, desvelaba con pelos y señales, sobre todo con pelos, que Leonardo da Vinci era homosexual. Tras entregar el manuscrito, el corrector de estilo le advirtió de que eso no era un enigma, sino una verdad a voces. Navarro no sea amilanó y corrigió las pruebas, poniendo
negro donde decía homosexual.
-No hay problema. Eso también lo tengo demostrado.
Así que hubo que oscurecer las portadas ya impresas.
Las polémicas, como no podía ser menos, se sucedieron, especialmente a cuento de Newton. En
La hermandad santa del enigma de Newton, Matilde Navarro, postuló que de manzana nada, que lo de Newton fue una zanahoria -los ejemplares del libro se acompañaron con el regalo de la auténtica zanahoria de Newton-, lo que fue contestado por Julio Asensi en
La berenjena de Newton, donde alcanzaba cotas insospechadas de veracidad histórica. La susodicha berenjena no era más que un eufemismo para
designar el miembro de Leonardo, amante de Newton, de cuyas relaciones incestuosas nació Vivaldi,
templario suplente.
Así anduvieron entretenidos nuestros autores durante un par de años. Hasta que al afamado autor americano de peluquín, no el mismo, sino otro cualquiera, le dio por escribir un libro sobre un
desatascador de desagües contemporáneo. Ahí se acabó todo. Volví a sacar mi grabadora a la calle.
-¿Cuál
es el último libro que has leído?
-
El desatascador de desagües, de Matilde Zafón Asensi. Siempre me han gustado las historias contemporáneas. Voy por la página ocho y es alucinante.
Septiembre
2005 |