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Reivindico las rabeladas
por Juan
García Rodenas
Existe
un tipo de coplas que no figura en los libros de literatura
que estudiamos en su día algunos. Se trata de pequeñas
cancioncillas llenas de picardía e imaginación que parecen no
tener cabida en una sociedad industrializada, globalizada y
manipulada por el sentimiento de desprecio hacia lo popular que
desprenden los mass media. Estas jotas y cánticos afloran únicamente
cuando los más folclóricos alcanzan el estado de embriaguez en las
fiestas mayores -aquí
la Feria de septiembre-,
y las profieren a voz en grito y jaleados por la multitud. Las
rabeladas, mis preferidas, entran en esta categoría; se trata de
coplillas tales como:
Mi abuelo tiene un trabuco
con pelos en la culata
y a la pobre de mi abuela
la destroza la entrepata.
Estas
canciones ideales para rondar a las mozas o para pasar un buen rato,
se han de acompañar con un mágico y casi extinto instrumento
pastoril, el rabel. Este instrumento cordófono frotado con arco, a
diferencia de la dulzaina o gaita que se contrataban para fiestas y
bailes, no tenía un uso profesional. Al profano, un rabel le
parecería un violín rústico con dos cuerdas de tripa de gato
o crin de caballo y su sonido podría resultarle grosero y
chirriante, casi como las mismas letras de las rabeladas. Estas se
pueden cantar tanto a lo ligero como a lo pesao, y por
lo general, una ronda como manda la tradición incluye una coplilla
de presentación y otra final de despedida.
El
rabel ya aparece representado en las cantigas de Alfonso X, si bien
si presume su introducción en la península por los árabes en el
siglo X. En la actualidad, se ha mantenido a duras penas en zonas
muy localizadas de nuestra geografía, principalmente en Cantabria y
Palencia. El núcleo más cercano a nosotros es la zona de los
montes de Gredos, en sus tres vertientes, Toledo, Avila y Cáceres.
No estaría de más, ahora que está de moda recuperar lo autóctono
y popular, que el vulgo deje atrás los estúpidos prejuicios
y se preocupe de rescatar y dignificar la música de sus raíces más
allá de las fiestas etílicas. Y así, quizá llegue el día en que
el presidente de nuestra comunidad reciba a los altos
mandatarios, como si del arriesku
en el País Vasco se tratase, con una recia rabelada manchega
a las puertas del palacio de Fuensalida. (Publicado
originalmente en ÍNSULA nº 16 del diario El Pueblo de
Albacete ) junio
2005 |