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Mi amigo Juan José García Carbonell
por Gatopardo
Hay seres humanos, como mi amigo Juan José, que te desbordan y te obligan a mirar a los demás
sin esa banalidad con la que tratamos de igualar a la baja, dispuestos a reptar y arrastrarnos desde la cuna a la tumba sin salir del letargo.
Yo tenía quince años, un estado de cabreo continuo, sabía todo y lo que no, me lo imaginaba, ya me había leído la mayor parte de la Biblioteca Pública cuando lo conocí y escribía versos. Juan José era Delegado de Información y Turismo, Juez del Tribunal Tutelar de Menores, tenía un bufete prestigioso, y escribía versos. Yo era anarquista, atea, y lo que más tarde se ha descrito con el eufemismo “ predelincuente”.
Mi amigo Juan José tenía cuarenta y cinco años, era falangista, cristiano y una especie de sacerdote laico de la Ley.
En nuestro primer encuentro creí ser radical y sincera y lo vapuleé con saña y con todos los argumentos ideológicos que la rabia me inspiró. La discusión fue de órdago y a nuestro alrededor sus colaboradores guardaban silencio y me miraban con los ojos desorbitados de espanto. Estábamos en su despacho oficial. Cuando me iba Juan José salió a acompañarme los cinco metros que me separaban de la salida, como si yo fuera una visita de respeto y con el rostro tenso me dijo:
-Es como si Dios hubiera puesto dos personas con un alma similar en un lugar antagónico. Pero tú y yo compartimos un rasgo común que es muy raro...
-Ya, el alma inmortal en la que usted cree y yo no. ¡no me haga
reir!
Y su mirada no era un pozo de desesperación sino de dicha aguda:
-No, no te estoy hablando de
creencias: tú y yo somos de ese tipo de gente que no nos conformamos con encontrar
respuestas, lo que nos constituye es que siempre nos preguntamos .
Y me dio un abrazo que fue como una descarga eléctrica de alto voltaje para mi lógica hirsuta.
A partir de entonces entre sus horarios de dieciocho horas de trabajo y mis viajes, encontramos momentos para intercambiar libros, escritos, puntos de vista.
Éramos púgiles despiadados que no hacíamos concesiones. Yo arremetía contra la Iglesia Católica, pero tuve buen cuidado de ir durante años a clases de Exégesis Bíblica, y Teología para seglares, donde era la única atea. Mi amigo Juan José arremetía contra el materialismo pero tuvo la honestidad intelectual de leer a Marx, Engels,Bakunin, Proudhon, y todos los filósofos que los precedieron.
Cuando mi amigo Juan José era un abogado que empezaba, en esa posguerra nuestra llena de miedo y de silencio, fue elegido como abogado defensor para asistir a un guerrillero que formaba parte de la resistencia que aún luchaba, perseguida por las patrullas de la Guardia Civil y del Somatén.
Lo encontró en el estado lastimoso que era habitual después de ser torturado en un interrogatorio.
Y aquel abogadillo franquista, falangista, cristiano, armó la de Dios es Cristo, denunció y llevó a juicio a los torturadores, y
consiguió la primera condena judicial por torturas a un detenido en
Albacete. Mi amigo Juan José, padre de ocho hijos, de una moral católica más próxima al integrismo que al Concilio Vaticano II tenía entre sus clientes gratuitos a prostitutas, a las que trataba con la misma deferencia que a la Superiora del Convento de las Clarisas, ladrones y rojos irredentos, a los que auxiliaba con dinero en efectivo cuando era preciso. Pero nunca banalizó su testimonio haciendo concesiones demagógicas para hacerse accesible.
Un día que tomába café con él, se acercó el secretario del recién nombrado Obispo para pedirle que fuera a saludarlo tres metros más allá, y Juan José con el ceño fruncido se negó:
-“En otro momento: ahora estoy con esta amiga y me parece una grosería interrumpir nuestra charla para ir a saludar a Monseñor.”
Sólo él entre toda la gente que conozco de derechas e izquierdas, creyentes y ateos, hubiera valorado la cortesía debida a los amigos por encima del honor de ser presentado a un obispo.
Cuando yo necesité un abogado, el único que se hizo cargo de mi defensa y de la de mis compañeros fue él. Los abogados que luego pasarían por izquierdistas y luchadores antifascistas rechazaron el caso horrorizados.
Años después, cuando yo volví del exilio en aquella incipiente democracia, que propició gente como Juan José mucho más que la gente como yo, fue de buen tono entre los demócratas de nuevo cuño despreciar su amistad y su trato, e incluso llegaron a amenazarlo de muerte los mismos que él había defendido gratis.
El único orgullo que reivindico de aquellos tiempos, al parecer heróicos, de militancia antifascista es mi amistad con Juan José.
Mi amigo Juan José escribió un
poema a la navaja que ya es parte del acervo común porque está escrito desde la autenticidad de su mundo referencial, y que
es de buen gusto ningunear para ser un intelectual vanguardista. Yo la escribo ahora de memoria, y no sé si la recordaré bien, pero espero que sea de las últimas cosas que olvide.
Éramos
como la mayoría
una
familia pobre, de artesanos.
Mi madre repartía
la
fuente del guisado por los platos.
El buen pan de La Roda
mi
padre hacía pedazos;
el
pan grande en el pecho,
la
navaja en la mano.
Servía
la navaja para todo:
Para
sacarle punta al tranco,
para
afilar el lápiz,
para
el corcho rebelde,
para
el tocino magro,
para
mondar naranjas,
para
mojar la sopa en caldo,
para
pelar patatas,
arreglar
el gazapo,
cortar
el nudo, despegar la caja,
y
poner un cartón a los zapatos.
Echar
la sal al huevo,
y
cortar a la vid el primer ramo.
Para
pelar la vara del camino
y
poner nuestros nombres en un árbol.
¡Navaja
de mi padre,
cuántas
cosas hacías en su mano!
....
Cuando mis amigos se extrañan de aquella apasionada amistad, confieso que para mí no es un misterio y no se me ocurre pensar en los designios divinos, sino en el Teorema de Bell, que dice que “cuando dos partículas
interactúan, para a continuación perderse en direcciones opuestas, toda interferencia que afecta a una de las partículas incidirá sobre la otra, con independencia de la distancia que las separe.”
Relacionarse con el otro no es algo banal y sin consecuencias: no es cómodo, pero es lo único que nos convierte en seres humanos dignos.
Mi amigo
Juan José García Carbonell me obligó a elevar el listón de mi exigencia personal porque no fue un hombre bueno, sino un hombre
íntegro. "Ser es ser diferente".
Lo echo de menos.
junio 2005 |