Neruda
  
por Arturo Tendero

Antes de aprender el amor, ya estábamos aprendiendo los reveses del amor leyendo a Neruda y su poema número 20, el más popular de toda la poesía en castellano. Aquel que empieza diciendo: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche…", y que nos conmina a escuchar el aullido desolado del viento y a contemplar las estrellas, que titilan en unas versiones y tiritan en otras, pero lo hacen en un cielo siempre azul y muy lejano, mientras recordamos a la chica a la que tal vez quisimos, a la que no sabemos si queremos aún. Parece que el estudiante Ricardo Neftalí Reyes escribió éste y los otros Veinte poemas de amor y una canción desesperada tumbado en un bote, junto a la desembocadura del río Imperial. La mujer a la que van dedicados no es de carne y hueso, sino una mujer imaginaria, en la que se confunden los rasgos de dos amores reales del poeta a las que en sus memorias llama Marisol y Marisombra.

Nosotros no sabíamos nada de esto cuando lo leímos, casi sin querer, en un banderín que colgamos con chinchetas, junto a la foto del Che y otros fetiches juveniles, en nuestra alcoba de mitómanos. Lo leíamos, velaba nuestros desvelos, lo aprendimos de memoria, nos empapamos del poema hasta meterlo en vena. Y desde entonces la poesía se nos figuraba inconcebible si no había mar por medio, aunque fuéramos de secano, si no hablaba de amor, que no era amor, sino su recuerdo dolorido. Y también nos emocionábamos poniéndonos en el lugar del personaje y fingiendo sufrir el mismo desgarro de la separación por una relaciones rotas que en nuestro caso no pasaban de ser confusos escarceos adolescentes. Por esa misma época empezamos a escribir. Y escribíamos poemas a todas horas, en todos los lugares, a cualquier referente que se nos cruzara en el camino: un perro, un coche, una farola. Todo nos extasiaba, todo nos inspiraba borbotones de versos, torrentes, cataratas de versos que ahora estoy tirando a la basura, porque valen muy poco y ocupan mucho espacio. De modo que, con gran trabajo, desescribo lo que entonces escribí al dictado de Neruda. Porque era para mí tan contagioso, que empezaba leyéndolo y terminaba escribiendo de forma febril, sin solución de continuidad, copiando versos y trozos de versos sin darme cuenta.

No es tan raro, les pasa a todos los que empiezan, incluso al mismo Neruda. Él tuvo sin embargo el valor de consultar al que imitaba, al propio Sabat Erscaty, un poeta uruguayo al que hoy nadie recordaría si no fuera por la franqueza con la que le respondió: "Pocas veces he leído un poema tan logrado, tan magnífico, pero tengo que decírselo: Sí, hay algo de Sabat Erscaty en sus versos". Seguro que Neruda no hubiera sido Neruda sin aquel martillazo que lo tuvo meses desorientado, tratando de encontrar una voz propia, la voz del que puede escribir los versos más tristes esta noche. Nosotros lo leíamos, tratando de zafarnos de su pegadiza inspiración en 1979, mientras en el mismo Albacete un grupo de entusiastas buscaba un nombre inédito para una revista literaria, un nombre que no estuviera ya acuñado. No había manera. De pronto uno de los presentes tomó un libro de la estantería, lo abrió por una página al azar, y leyó con voz recia: "¡Barcarola!". El libro era Residencia en la tierra, de Neruda. Este año se han cumplido los cien años del poeta chileno y los veinticinco de la revista, y yo celebro ambas cosas tirando al reciclaje los versos que escribí en aquella época arrebatada que nos puso en el camino de lo que somos.

 

"La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos".

 

Abril 2005


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