Cuelgo
aquí este artículo de José Antonio Marina, publicado en
'El Cultural'.
Me
ha parecido muy interesante y creo que tiene bastante
relación con el artículo de José Manuel Martínez Sánchez.
La
luz detenida
Diario
de un curioso, por José Antonio Marina
El
Cultural, 17-II-2005.
Una
ciencia con moral y multidisciplinar son las bases para
conseguir una “ciencia decente”. Estas son las claves
que el filósofo José Antonio Marina propone para la
investigación contemporánea, no exenta también de poesía.
Ya
saben que algunas expresiones científicas me parecen muy
poéticas. Hoy he encontrado varias en un artículo sobre
física cuántica, que habla de los experimentos de Alan
Bishop (Los Alamos National Laboratory). La luz, en un
espacio vacío, camina a la velocidad de la luz, es decir,
como Dios manda. Pero se vuelve extremadamente perezosa
cuando atraviesa ese exótico estado de la materia que se
llama condensado Bose-Einstein, invitado permanente en
esta página. Si lo he entendido bien, modulando un láser
se puede “sosegar la luz” –otra bellísima expresión–
e incluso detenerla. En ese momento, durante una milésima
de segundo, mantiene la información, antes de
extinguirse. “Luz detenida”. Esto ya no es una expresión
poética, es la definición misma de poesía.
Una
parte de mi vida la he dedicado a la horticultura, y una
parte de esa parte a luchar contra los hongos que
perjudicaban a mis plantas, la botrytis y otros sutiles
energúmenos. Siempre he pensado que eran seres dobles e
insidiosos, pero ahora sé la razón. Ian Sander y Mohamed
Hijri (Université de Lausanne) han descubierto que cada
espora del hongo Glomus etunicatum, que ayuda a las raíces
de las plantas a “cazar” fósforo del suelo, posee al
menos 12 núcleos, con genomas diferentes. Esta
personalidad múltiple le permite realizar acoplamientos
aceptables con doce especies diferentes de plantas, que,
confundidas por tal capacidad de camuflaje, resultan muy
vulnerables. Afortunadamente, las plantas tienen sistemas
químicos de defensa muy sofisticados, como acabo de leer
en un artículo de J.M.Vivanco, E.Cosio, V.M.Loyola-Vargas
y H.E.Flores (Universidades de Colorado, Lima, Yucatán y
Arkansas). Por ejemplo, una planta atacada despide
etileno, una hormona volátil, que avisa a las vecinas
para que comiencen a preparar sus defensas. También es
sorprendente la acción del éster metílico del ácido
salicílico, pariente pobre y esdrújulo de la aspirina,
que libera a la planta de insectos atrayendo a cazadores
de esos mismos insectos. Como las plantas son ahorradoras,
no quieren sacar sus armas si no hay un verdadero peligro.
Por eso saben distinguir un accidente mecánico –la
rotura de una hoja por la lluvia– de una agresión. Son
fantásticas.
La
ciencia, desde un punto de vista objetivo, es un conjunto
de teorías suficientemente corroboradas. Pero desde el
punto de vista psicosocial obedece al mismo esquema que
los demás fenómenos culturales. Hay un autor, un
consumidor, un promotor y un persuasor. En el campo
literario, por ejemplo, serían el escritor, el lector, el
editor, y los críticos, vendedores, publicistas, etcétera.
Si queremos comprender la ciencia actual tenemos que
estudiar su sistema completo: científicos, empresas o
consumidores, promotores financieros y personas con
capacidad para influir en las agendas científicas. Cunde
la sospecha de que hay áreas de investigación que se están
dejando de lado, por ejemplo, en el campo energético. La
energía es un problema tecnológico, ecológico y
cultural. ¿Por qué cultural? Porque nuestro modo de
vivir se basa en un consumo masivo de energía. Por
ejemplo, acabo de comer unos tomates. Hasta un producto
tan natural consume energía: los abonos inorgánicos
usados, los tractores que han arado la tierra, la
distribución. Las clases sociales, a nivel mundial, se
definen por la diferente cantidad de energía que pueden
usar. Pues bien, mucha gente cree que no se están
investigando con la suficiente intensidad energías
alternativas, como el hidrógeno, el sol, el aire, las
mareas o formas más seguras de energía nuclear.
Un
ejemplo más sangrante lo ofrece la investigación médica.
Casi todas las enfermedades tropicales, desde la malaria
hasta la leishmaniosis, son descuidadas por la medicina
moderna. “Es extremadamente desconsolador el panorama,
porque la introducción de nuevos tratamientos para esas
enfermedades es increíblemente lenta. La industria farmacéutica
no está interesada en ellas” –dice Michael Ferguson,
biólogo molecular que ha iniciado en la Universidad de
Dundee (Reino Unido) un programa para resolver esta
situación. Situación que es desastrosa porque según la
Organización Mundial de la Salud, cada año mueren más
de dos millones de personas por culpa de la malaria.
De
los 1.223 nuevos medicamentos comercializados entre 1975 y
1996, sólo 13 estaban dirigidos al tratamiento de las
enfermedades tropicales, y sólo cuatro fueron el
resultado directo de investigaciones efectuadas por la
industria farmacéutica. Sin embargo, no podemos culpar
sin más a estas empresas, porque desarrollar un nuevo fármaco
cuesta de media cerca de 900 millones de dólares. El
gasto medio sanitario de cada estadounidense es de 4.000 dólares
al año. El de los africanos, 20, y en zonas rurales,
cero. Es decir, son malos clientes. La única solución
depende de la financiación pública y de la solidaridad
privada, incluida la de las empresas. Por eso se deberían
promover sistemas de colaboración entre empresas,
fundaciones, universidades y entidades públicas. El
sistema entero de la ciencia debe ser benefactor, si
quiere ser decente.
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