La nueva poesía
  
por José Manuel Martínez Sánchez

Quisiera saber cómo Dios creó el mundo,
no estoy interesado en fenómenos específicos,
ni en el espectro de un elemento químico,
quiero conocer Sus pensamientos,
lo demás es detalle.


Albert Einstein

El arte de las vanguardias encarna la gran ruptura de las formas. El tratamiento estético de los llamados ‘vanguardistas’ se desliga de los cánones cifrados por la tradición para así contemplar el arte desde nuevas miradas y planteamientos originales. Algunos piensan que la vanguardia nació en la pintura a través de los trazos del genio picassiano, pero fue desde la literatura donde se vislumbraron mucho antes insólitas perspectivas. 

Apollinaire y Max Jacob, apuntó Gómez de la Serna, culminaron un proceso que antes iniciaran Lantreamont, Bertrand, Rimbaud, Mallarmé o Saint-Pol Roux. Es más, en todo período artístico ha existido una destacable evolución personificada la mayor parte de las veces en lo que hemos venido a llamar ‘el genio’: Miguel Ángel, Cervantes, Shakespeare, Velázquez, Mozart o Beethoven son nombres que sin dudarlo cualquier persona culta sabrá reconocerles el papel esencial que ocupan en la historia. Evidentemente sería ilógico poner en tela de juicio su importancia histórica y por este motivo a veces necesitamos los cánones, porque estos simplemente clasifican y nos recuerdan aquellas obras según la medida de la repercusión social y cultural causada en el transcurrir de la historia hasta nuestro presente.

Pero mucho más difícil resulta saber interpretar la posible trascendencia de lo que en los últimos años se ha venido haciendo. Ahora, cuando vivimos momentos en que la obra de un artista no se basa en ella misma sino en la diferencia con las otras, es decir, en la capacidad de originalidad que supuestamente expresan. Miramos las obras según la novedosa aportación que conllevan y no nos damos cuenta de que lo que nos puede parecer en este momento tremendamente original no será más, tal vez dentro de cien años, que una minúscula ramificación de una tendencia estética más o menos predominante. Ninguna obra es ajena de la tradición. Picasso es ya una tradición, incluso el arte radical de Marcel Duchamp nace motivado por otras creaciones mucho más radicales que la obra de éste –por no existir antecedentes tan directos- si la miramos con suficiente perspectiva histórica. Verbigracia: ‘El jardín de las delicias’ de El Bosco o ‘La Melancolía’ de Durero. Obras casi inconcebibles para su tiempo. O fijémonos también en los precedentes del barroco: Leonardo (v. La Gioconda), del impresionismo: Goya (v. La lechera de Burdeos); o del surrealismo: el Greco (v. Vista nocturna de Toledo.)

Por tanto el arte de los que rechazan la tradición y se ‘cagan’ en ella, con perdón, comienza a ser el inicio de la tradición de un nuevo arte, pongámosle por ejemplo la denominación de ‘arte escatológico’. Incluso el arte que no se llame así mismo arte será llamado ‘arte que no se llama arte’. Es decir, el arte crea un concepto que así mismo es ‘conceptualizado’ por la teoría o historia del arte. Ahora hablamos del arte del siglo XXI en estrechísima relación con la ciencia, hablamos de arte audiovisual, de conceptos cósmicos aplicados a la creación, etc. Es decir, que volvemos a Dalí, incluso a Miguel Ángel o Leonardo. Volvemos a las teorías del hombre autómata, de la máquina como proyección del hombre. Volvemos a Frankenstein, obra que a su vez retomaba el mito clásico de Prometeo. Volvemos continuamente a mirar el mismo mundo que creíamos haber dejado atrás.

Con esta reflexión improvisada y muy lejos de establecer una teoría consistente sobre el arte, quiero enfocar mi visión al arte particular de la poesía para no producir más digresiones, siempre vagas en un artículo breve, sobre lo general.

La poesía no puede buscar la originalidad sino que ésta ha de venirle al poeta ocasionada por su propio genio creativo. El poeta, artesano rítmico de la palabra, está condicionado quiera o no quiera por su tiempo y esta circunstancia se verá reflejada, quiera o no quiera, en su obra. Si se adelanta a su tiempo será porque su voz refleja mejor que nadie el propio destino de la poesía. Tal vez sea un proceso consciente, o tal vez no.

A veces en poesía la expresión más contundente de una idea se constituye por la sencillez en la comunicación. Por la capacidad de adentrar en el lector de una manera directa, no embargada de artificios, cierto enunciado unánime del sentir. Así San Juan de la Cruz elaboró su poesía mística a través de un constante ejercicio de limpieza verbal, dejando sólo lo esencial del mensaje poético. De esta manera a cualquier sensible lector le emocionarán las sinceras palabras de Catulo: ‘Odio y amo. Tal vez me preguntes por qué lo hago, no lo sé, pero siento que es así y sufro por ello’. O aquellas de Jorge Manrique: ‘Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir’. Sin embargo en el barroco todo empieza a complicarse, la tensión aumenta, la razón cede al sentimiento, como posteriormente ocurrirá con el romanticismo, y las formas sintácticas desvían patéticamente (del gr. pathos) la gramaticalidad del mensaje: ‘Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día’ (Quevedo). Y Góngora lo lleva al extremo. El discurso se trastorna progresivamente complejo y en esa complejidad la palabra va más allá de la mera declaración de significados y conceptos: es puro juego estético.

La literatura por sí misma es un juego estético. Y la poesía como la retórica habrá de conmover y deleitar. El poeta sabe que juega con las palabras y se recrea disfrutando, como un artesano, de las infinitas conjugaciones del lenguaje. El arte consiste en el dominio de una técnica y en el caso del poeta su materia de trabajo es la lengua. El artista, de hecho, nunca fue considerado ‘genio’, concepto espiritual, hasta el siglo XIX, momento en el que la racionalidad se abandona casi definitivamente. Recordemos que el Romanticismo se inaugura con el llamado ‘movimiento de los genios’ bajo el famoso lema ‘sturm und drang’ (tormenta e ímpetu.)

He hablado de la forma, ahora hablaré del fondo o del tema. Nosotros somos los hijos del Romanticismo y sin embargo parece que vamos a entrar en un nuevo período que se parecerá enormemente a la Edad Media. Albert Einstein, que observó el universo, nos dio la fórmula de la energía de un cuerpo, que es el producto de la masa de ese cuerpo por la velocidad constante de la luz al cuadrado (E=em2). A partir de ese momento se inicia la llamada ‘Era Atómica’. Si la gran explosión del Big-bang originó el universo, otra gran explosión podría terminar con él. Otra cuestión importante que ha deducido la ciencia, en el campo de la astrofísica, es que el universo se expande y como resultado de ello los cuerpos se distancian unos de otros, el frío es mayor y la luz menos intensa.

Nos quedan muchas cosas por descubrir todavía. Yo creo que el futuro de la poesía estará muy relacionado con el intento del hombre de conocer el universo desde una mirada medieval, esto es, tomando a Dios (muerto o no) como centro e imagen del cosmos repercutido y divagado por y desde la particularidad intrínseca del hombre. Ya lo dijo Einstein: ‘Dios no juega a los dados’. El poeta probablemente intentará descifrar la oculta estrategia de Dios a través del juego de la creación poética, que no deja de ser otro juego más del hombre cuyo fin es el de encontrarse así mismo. ¿Quién ganará esta partida?

Febrero 2005


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   Nombre Teodoro íncón       E-mail amigos@devalencia.terra.net       Fecha 08-03-2005
Este si que es un artículo de fondo. Con convicción y argumentos. Muy interesante y bien escrito. Alguien hay que sabe de poesía. Y de aguantar el tirón.
   Nombre Marinoff           E-mail marinoff@marinoff.com       Fecha 18-03-2005
Cuelgo aquí este artículo de José Antonio Marina, publicado en 'El Cultural'.
Me ha parecido muy interesante y creo que tiene bastante relación con el artículo de José Manuel Martínez Sánchez.

La luz detenida 

Diario de un curioso, por José Antonio Marina 

El Cultural, 17-II-2005. 

Una ciencia con moral y multidisciplinar son las bases para conseguir una “ciencia decente”. Estas son las claves que el filósofo José Antonio Marina propone para la investigación contemporánea, no exenta también de poesía. 

Ya saben que algunas expresiones científicas me parecen muy poéticas. Hoy he encontrado varias en un artículo sobre física cuántica, que habla de los experimentos de Alan Bishop (Los Alamos National Laboratory). La luz, en un espacio vacío, camina a la velocidad de la luz, es decir, como Dios manda. Pero se vuelve extremadamente perezosa cuando atraviesa ese exótico estado de la materia que se llama condensado Bose-Einstein, invitado permanente en esta página. Si lo he entendido bien, modulando un láser se puede “sosegar la luz” –otra bellísima expresión– e incluso detenerla. En ese momento, durante una milésima de segundo, mantiene la información, antes de extinguirse. “Luz detenida”. Esto ya no es una expresión poética, es la definición misma de poesía. 

Una parte de mi vida la he dedicado a la horticultura, y una parte de esa parte a luchar contra los hongos que perjudicaban a mis plantas, la botrytis y otros sutiles energúmenos. Siempre he pensado que eran seres dobles e insidiosos, pero ahora sé la razón. Ian Sander y Mohamed Hijri (Université de Lausanne) han descubierto que cada espora del hongo Glomus etunicatum, que ayuda a las raíces de las plantas a “cazar” fósforo del suelo, posee al menos 12 núcleos, con genomas diferentes. Esta personalidad múltiple le permite realizar acoplamientos aceptables con doce especies diferentes de plantas, que, confundidas por tal capacidad de camuflaje, resultan muy vulnerables. Afortunadamente, las plantas tienen sistemas químicos de defensa muy sofisticados, como acabo de leer en un artículo de J.M.Vivanco, E.Cosio, V.M.Loyola-Vargas y H.E.Flores (Universidades de Colorado, Lima, Yucatán y Arkansas). Por ejemplo, una planta atacada despide etileno, una hormona volátil, que avisa a las vecinas para que comiencen a preparar sus defensas. También es sorprendente la acción del éster metílico del ácido salicílico, pariente pobre y esdrújulo de la aspirina, que libera a la planta de insectos atrayendo a cazadores de esos mismos insectos. Como las plantas son ahorradoras, no quieren sacar sus armas si no hay un verdadero peligro. Por eso saben distinguir un accidente mecánico –la rotura de una hoja por la lluvia– de una agresión. Son fantásticas. 

La ciencia, desde un punto de vista objetivo, es un conjunto de teorías suficientemente corroboradas. Pero desde el punto de vista psicosocial obedece al mismo esquema que los demás fenómenos culturales. Hay un autor, un consumidor, un promotor y un persuasor. En el campo literario, por ejemplo, serían el escritor, el lector, el editor, y los críticos, vendedores, publicistas, etcétera. Si queremos comprender la ciencia actual tenemos que estudiar su sistema completo: científicos, empresas o consumidores, promotores financieros y personas con capacidad para influir en las agendas científicas. Cunde la sospecha de que hay áreas de investigación que se están dejando de lado, por ejemplo, en el campo energético. La energía es un problema tecnológico, ecológico y cultural. ¿Por qué cultural? Porque nuestro modo de vivir se basa en un consumo masivo de energía. Por ejemplo, acabo de comer unos tomates. Hasta un producto tan natural consume energía: los abonos inorgánicos usados, los tractores que han arado la tierra, la distribución. Las clases sociales, a nivel mundial, se definen por la diferente cantidad de energía que pueden usar. Pues bien, mucha gente cree que no se están investigando con la suficiente intensidad energías alternativas, como el hidrógeno, el sol, el aire, las mareas o formas más seguras de energía nuclear. 

Un ejemplo más sangrante lo ofrece la investigación médica. Casi todas las enfermedades tropicales, desde la malaria hasta la leishmaniosis, son descuidadas por la medicina moderna. “Es extremadamente desconsolador el panorama, porque la introducción de nuevos tratamientos para esas enfermedades es increíblemente lenta. La industria farmacéutica no está interesada en ellas” –dice Michael Ferguson, biólogo molecular que ha iniciado en la Universidad de Dundee (Reino Unido) un programa para resolver esta situación. Situación que es desastrosa porque según la Organización Mundial de la Salud, cada año mueren más de dos millones de personas por culpa de la malaria. 

De los 1.223 nuevos medicamentos comercializados entre 1975 y 1996, sólo 13 estaban dirigidos al tratamiento de las enfermedades tropicales, y sólo cuatro fueron el resultado directo de investigaciones efectuadas por la industria farmacéutica. Sin embargo, no podemos culpar sin más a estas empresas, porque desarrollar un nuevo fármaco cuesta de media cerca de 900 millones de dólares. El gasto medio sanitario de cada estadounidense es de 4.000 dólares al año. El de los africanos, 20, y en zonas rurales, cero. Es decir, son malos clientes. La única solución depende de la financiación pública y de la solidaridad privada, incluida la de las empresas. Por eso se deberían promover sistemas de colaboración entre empresas, fundaciones, universidades y entidades públicas. El sistema entero de la ciencia debe ser benefactor, si quiere ser decente.

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