Poesía: Tradición y gratitud
  
por José Manuel Martínez Sánchez

El propósito único de la tradición es
iluminar el presente


Carlos Fuentes

Todo poeta se debe a su propia tradición, aquella que él ha seguido y cultivado voluntariamente. El poeta selecciona sus lecturas tal que un minucioso coleccionista de piedras preciosas. Pero el encuentro con los poemas es primeramente casual, improvisado. A partir de ahí el creador de versos decide si seguir o no indagando en la materia verbal de la composición que ha descubierto. ¿Cuál es la causa que empuja al poeta a la decisión crucial de introducirse con mayor o menor intensidad en los diversos mundos poéticos del pasado? Tal vez la respuesta sea el anhelo de recibir una perfección estética ajena cuyos originales cimientos compartan la esencia del equilibrio que él busca o intuye con afán de enriquecimiento de su espíritu. No nos alejamos demasiado de la querencia del artista romántico pues ésta siempre estuvo ahí, antes y después del hombre del XIX. Tal querencia se asemeja a la que busca el músico, el pintor, o en nuestros tiempos, el cineasta, verbigracia. Pero ocupémonos tan sólo del poeta, y que acaso nuestras conclusiones sean análogas a cualquier otro arte. El poeta de nuestro tiempo anda, esa es mi sensación, perdido, sin camino cierto. Podría afirmar que actualmente el poeta no sólo no logra crearse así mismo convirtiéndose –en consecuencia- en un sucedáneo estéril de la poesía de antaño, sino que no logra crearse así mismo porque, en definitiva, sigue el camino de sus contemporáneos abocado al silencio oscuro de su generación, cuyo presente nunca estuvo determinado, ni, a estas alturas, lo estará.

Es, tal vez, la tarea más compleja del poeta, en estos tiempos, presenciar objetiva e individualmente una tradición poética. Comprender desde la esencia de los mismos, los versos de Cernuda, T.S. Eliot, Rilke, Rimbaud, Blake, Valente o San Juan de la Cruz. No sólo averiguar el paradigma de la tradición en la que se inscriben los poetas, también percibirlos a ellos mismos, sus palabras solas, su verbo intransferible. Apreciar el rigor de una composición semántica o fónica que ha inaugurado un lenguaje desde la sustancia primigenia que otorga la realidad a su creación: la mirada concebida entre el alma y la mente. La originalidad no es posible sin una tradición asimilada. 

El creador de versos, una vez abstraído de su mundo, pero en misteriosa actitud descriptiva del mismo, es deudor de la tradición que lleva consigo. Y sin embargo el emerger de la palabra nueva del poeta anunciará una voz inusitada con un futuro paralelo al suyo, cuyo abismo será acogido en lo irreal por acontecer. El verso –esa estructura fono-semántica en palabras de Jean Cohen- se sustenta en el ritmo: éste será el inacabable mundo temporal transmitido a la mente por lo sensible.  El ritmo poético es la gracia que el poeta recibe (en términos románticos), con el que cuenta para dar, bien una expresión racional-metafórica, o bien, una expresión ajustada a lo irracional-metafórico. Y ni siquiera deberíamos hacer tal distinción, pues la conjunción de ambas formas es lo más frecuente y valioso. 

Uno de los grandes misterios poéticos, por poner un ejemplo, es y será siempre, y ahí reside su magnífico e incalculable valor: el “Cántico” de San Juan de la Cruz. En él se desprende lo místico en su enigma más puro y trascendente, la composición se inserta en varias tradiciones, y la voz, es, sin embargo, única, profunda y eternamente futura. Por esta razón solamente, la del gozo de esa pureza, el poeta de nuestro tiempo, no puede exigirle nada a la poesía, pues él es partícipe de esa “voz en el tiempo” sagrada y constante que se sueña a sí misma en su cósmica memoria. De esta manera, el verdadero poeta sentirá una incalculable gratitud –por el placer recibido- hacia sus poetas, porque ellos escribieron con el afán de recibir tal ofrenda.

Así concluyó el poeta Publio Ovidio Nasón una de sus grandes obras: “He acabado mi tarea: coronad de guirnaldas mi fatigada nave; por fin llega al puerto adonde me dirigía. Hombres y mujeres, que habéis alcanzado la curación por la bondad de mis consejos, algún día daréis a vuestro poeta piadosas acciones de gracias”. Tales “piadosas acciones de gracias” son trágica y urgentemente necesarias para con el pasado si no queremos que sea una costumbre asumida la progresiva presencia del olvido, que ya acecha con inmediata e irreparable permanencia. 

Octubre 2004


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   Nombre León Molina       E-mail leonmp@ono.com       Fecha 07-10-2004
Deseo mostrar mi acuerdo con las ideas centrales de este artículo de José Manuel por dos motivos: Primero porque existe ese acuerdo realmente y en segundo lugar por llevar la contraria y romper una lanza en favor de los pensamientos y actitud del tan vilipendiado en este sitio José Manuel. 
Sobre lo primero: Estoy de acuerdo en que hoy en día existe una "ligereza" sobre el estudio y conocimiento de la herencia poética de nuestra lengua que hace bastante daño. 
Es lógico, sobre todo cuando se es joven, que se quiera "romper", "innovar", etc., pero si observamos la historia de la poesía podremos comprobar que los más grandes innovadores han sido poetas de extensas lecturas y que han puesto sus palabras sobre la tradición como una ofrenda. Por lo general, los que han intentado sus innovaciones "contra" la tradición, no han conseguido más que vanos fuegos de artificio. 
Por otro lado, esa ligereza puede llevar al extremo contrario, a escribir como todo el mundo escribe hoy o como escriben los que triunfan, y no se qué es peor. 
Hace poco un amigo mío elogiaba lo escrito por otro diciéndole que una de sus virtudes era que estaba muy en línea con lo que hoy triunfaba y ganaba premios. Le regañé cariñosamente y le pedí que nunca me hiciera un alago de ese tenor a mí o me podría provocar una profunda tirsteza.
En otro campo de expresión artística, pero perfectamente extrapolable, recuerdo lo que en privado me ha comentado uno de los mejores saxofonistas de jazz del país y de Europa, considerado como un gran creador y un brillante innovador; "lo único que yo hago es imitar frenéticamente a Charli Parker". La clave está ahí, en "frenéticamente". En ese frenesí imitador es donde nacerá, si nace, la voz nueva. 
Sobre lo segundo: Creo que hay un ensañamiento con José Manuel. Desconozco las razones. Puedo, remitiéndome a lo único que puedo, que es lo que él escribe aquí, suponer alguna causa. José Manuel, a pesar de su juventud, demuestra un alto nivel de información. Quizás el problema es que lo muestra. Esto, en efecto, constituye pedantería, pero yo lo tomo como "pecadillo" de juventud. Si no lo controla con el paso del tiempo, entonces sí sería preocupante (para él, para su relacionarse con el mundo). Quizás a veces también deslinda poco lo que es el comentario de opinión y la crítica literaria. Yo soy de los que piensan que la lingüística y la crítica literaria son enormes estorbos para escribir y para leer poesía. Es una actividad distinta, que no tiene nada que ver con aquellas. Pretender ser poeta, lingüista y crítico a la vez, es sumamente peligroso. 
Pero lo que está claro en el fondo es que merece bastante más respeto del que aquí se le concede. Desde luego más que aquéllos que sólo insultan. 
Y su artículo precedente lo demuestra. 
Saludos a todos.
   Nombre Johny Quitar       E-mail perdio@sufu.sil       Fecha 10-10-2004
Creo yo León, que me quedo corto al leerte.
Te lo explico más bien.
Entiendo que la postura que expones respecto a tradición e innovación, aún definiéndose en parte, es perfectamente ambigua y, por concretar, es carne de arma arrojadiza (para quien la quisiere, tú fueras o fuera otro) para todo aquel que quiera elevar o echar por tierra la poética operandi de cualquier autor.
Concreto aún más: eso de " poetas contra la tradición" es un arma arrojadiza, tal y como lo presentas, perfectamente indefinida y a la carta. Es decir, lo mismo se lo aplico a mi vecino (que me encanta condescenderle, por ejemplo) que no se lo aplico a "Poeta en N.Y." o a Gloria Fuertes, etc, etc.
Quiero con esto (además de apuntar que no me agrada la vacuidad argumental) que, simpatizando en gran parte con tu explicación del ejemplo del "frenesí", no creo que el postrarse a la tradición precedente difiera, esencialmente, de apostatar de la misma ¿por qué? pues porque creo más en la situación que en la posición. Esto es: si yo he leído 500 libros, creo que me marca más el habérmelos leído que el cómo los valore yo después (pues su influencia, o sabiduría, o estupidez, la de los 500, ya me ha llegado y es irreversible; salvo pérdida de memoria, etc..)
De otra parte a una persona que escribe y que no tiene bagaje literario de lector tras de sí simplemente le diría: ¡qué suerte tienes (como escritor) y óle tus cojones (sin que mi admiración excluya necesariamente el eruditismo de otras situaciones previas)! ¿Por qué?

Pues por otra de esas consignas mal mascadas por intelectuales y por personas, esa gran falacia de que "lo bueno es del primero que lo hizo" (con los consiguientes -en todo- uyyyyy pues si eso ya lo hacia nosequien y nosecuantos hace dos siglos, ay pos na anda este...). Esta visión filosófica me parece sencillamente propia de estúpidos (y no insulto, tan sólo doy fe de que asevero con un subsiguiente sistema lógico tras los cimientos que coronan epítetos de estupidez, imbecilidad, ignorancia profesada, etc) pues "lo bueno" no es mejor o peor por su contexto temporal (no según lo defiendo, of course) , o sea por si fue lo primero lo segundo o lo tercero que se hizo en su rama, sino por otra serie de variables que podríamos discutir laaaargamente y tendidamente. Pero entre estas variables no está la de hacer algo antes o después de...
De otra parte ¿qué artista no ha deseado en algún momento poder desprenderse, carecer, de su lastre y su formación cultural? también es algo buscado (sin ser dogma de fe, como no ha de serlo la erudición, desde mi firme punto de vista).
En cuanto al apartado que dedicas a José Manuel bien te pediría que me refresques la memoria, que reconozco no tener muy bien, porque no recuerdo especiales ataques  de los contertulios, anónimos o censados, contra él (a no ser, claro, que consideres "ataques" el emplear para responderle  igual transparencia, resolución y sinceridad que usa José Manuel en los planteamientos que redacta ...¿o es que jugamos a que va en azúcar?... no, eso no se vale: Arriba la consecuencia -buena, mala, regular y del montón).
Saludos, niños y congéneres todos.
   Nombre León        E-mail leonmp@ono.com       Fecha 11-10-2004
Johny, estoy en lo sustancial de acuerdo contigo. Creo que no hay caso. Postrarse o apostatar puede que sean dos caras de la misma moneda. Yo quería decir que, en cualquier caso, la lectura atenta de los frutos de la tradición son imprescindibles. Es cierto que muchos habrán querido librarse de lo aprendido. Pero, en mi opinión, sencillamente, no se puede y si es que no se ha leído aún, no creo que sea posible escribir ni medianamente bien. 
Respecto a la falta de argumentación, hombre, no siempre hay que darla (sería un coñazo) y a veces incluso tompoco hay por qué tenerla; por ejemplo cuando hablas desde la subjetividad, de impresiones, de intuiciones, etc. 
Respecto a José Manuel, te explico las causas de mi actitud: No entiendo muy bien las críticas negativas. ¿Para qué y a quién le sirven?. Me refiero a lo que podríamos llamar crítica divulgativa o periodística, otra cosa sería el ámbito académico, que creo que no es el de estas páginas. En mi opinión (sin demasido argumento, es más un sentimiento) un libro malo o que no te gusta, merece el silencio, nada más. Las críticas negativas (de las que todos podemos aprender mucho) yo creo que deben producirse en el ámbito privado. Sólo en esa situación es posible la contraposición de ideas, el diálogo y además en esa situación se pierde la ganga "pontificia" que tiene una crítica pública y sin diálogo. Yo he aprendido mucho de las críticas de mis amigos poetas, pero cuando hemos dedicado tiempo a constratar, profundizar, entender, matizar, apuntar caminos de soluciones, etc. 
Decía José Miguel Ullán hace tiempo que los libros en los medios se comentan, no se critican y que fundamentalmente hay que ofrecer razones, motivos, para leerlo y que, por tanto, cada lector debe buscar algo así como su "comentarista de cabecera" con el que se entiende bien. 
En definitiva, la crítica académica no creo que sea para los medios de comunicación, sino para la academia. Un comentario sobre un libro que me dice que es muy malo por esto o aquello, no me interesa, no me aporta nada. Sí que desde mi punto de vista, un comentario positivo puede incluir matices o señalar aspectos mejorables, pero si el saldo es positivo y sobre todo si me invita a leerlo. 
Se que esta opinión no será compartida poo muchos, y que no puedo argumentarla con solidez, porque es subjetiva y proviene de mi modo de entender la lectura, y hata incluso las relaciones
 Un saludo a todos.
   Nombre Luis E. Cauqui        E-mail escribanocauqui@hotmail.com       Fecha 12-10-2004
hola a todos. 

a mí sí me gustan las críticas y, sin ánimo de ofender, lo del silencio me parece ñoño y blandito, por lo menos. 
no quiero decir que haya que hacer críticas destructivas, esto es, personales, ofensivas, paródicas y demás malos rollos en los que mayormente se trate de vejar y meter el dedo en el ojo. pero sí razonadas, serenas y directas. aunque sean duras. 
a mí esas críticas me encantan porque alimentan el debate estético, porque sacan punta a la obra, porque ayudan al autor a reflexionar sobre lo que hace... pero sobre todo porque son información para el lector: ¿o una opinión no es información en definitiva? ¿o es que todas las informaciones no son en realidad una opinión? 
el problema es que hay que poner en su sitio una crítica. no es el fin del mundo, ni un tatuaje que te ponen en el brazo para siempre. es una opinión de una persona concreta (que también te da información sobre el que la escribe). 
y punto. no se acaba el mundo por una mala crítica. 
pero por dios, eso del "silencio frente a los libros malos" en lugar de una mala crítica es casi ofensivo. si yo le paso algo mío a alguien, y no me dice nada porque no le gusta. o si este medio o cualquier otro no critica un libro mío por no hacer una mala crítica, me da algo. yo prefiero una mala crítica cien veces (honesta, se entiende) que el silencio. por dios, ¿hay peor castigo que la indiferencia ante un libro? pero, ¿de qué estamos hablando? no entiendo nada. 
y de las reseñas prefiero no hablar. ¿hay algo más aburrido e inútil que una reseña? yo creo que no. 

con respecto a josé manuel (que no creo que sea plato de su gusto que se debata aquí sobre lo que hace y sobre por qué se meten con él, por cierto) mi humilde opinión es que debería aflojar un poco con ese rollo académico (o pedante, como dicen algunos) y simplemente todo cesaría. 
por supuesto, son mucho peores los que se dedican a insultarlo y vejarlo personalmente. pero él tampoco ayuda mucho. 
en fin, cada uno sabrá lo que hace.
   Nombre José Manuel        E-mail jmjosnop@yahoo.es       Fecha 12-10-2004
Eso que tu llamas 'rollo académico' estimado Cauqui, es mi manera de entender la literatura, basándome en la lectura personal de obras literarias y en el estudio filológico -a posteriori- de las mismas. Para mi la literatura no representa una simple afición, sino que es mi profesión y vocación, tanto en el ámbito de la creación poética como en el ámbito del estudio filológico. Tal vez esta página no sea el lugar adecuado para el artículo literario especializado (cosa que tampoco hago yo), pero creo que ofrecer este tipo de saberes puede ser beneficioso para un mayor conocimiento del concepto 'literatura' y sus variantes, sin ánimo de incurrir en la pedantería absurda -de que se me acusa- solamente intento escribir sobre literatura desde mi experiencia de lector, poeta y estudiante de filología hispánica. Además, no tengo que justificarme, hubiese preferido hablar del tema de mi artículo, acerca del debate sobra la tradición y la originalidad, etc. Yo he planteado en este artículo una cuestión en la que he tomado un punto de vista, una opción estética que he defendido. Y ya está, lo demás son digresiones innecesarias. 

Desde luego, señor Cauqui, las críticas que usted hace no dejan duda de su sincera benevolencia y de sus grandes conocimientos en el campo de la crítica literaria. Sus críticas son objetivas y justas, coherentes y definitivas. Además su capacidad para ahondar en los textos, sus comentarios de determinados versos son tan brillantes que apenas pueden observarse por su extrema luminosidad intelectual. Creo que no hace falta decir que lo digo irónicamente. 

Una crítica claro que puede ser negativa, es mi opinión, pero no puede ser gratuitamente negativa. Una crítica negativa debe profundizar seriamente en el texto en cuestión (con más razones que en la crítica positiva) y debe demostrar el porqué de las limitaciones literarias que observa el crítico en el escritor. 

Déjemos ya las controversias metodológicas y hablemos de literatura en este foro tan saludable para la dialéctica.
   Nombre Manolito Indio        E-mail manolitoindio@latinmail.com       Fecha 12-10-2004
Dilecto contertulio José Manuel
No le entiendo, o lo que es peor, sospecho que sí: León Molina le atribuye pedantería y además se la pasa benévolamente por alto calificándola de "pecadillo de juventud" (es decir, que no le trata de igual a  igual, seamos claros), y sin embargo, mientras Luis E. Cauqui menciona este tema colateralmete (no iniciándolo) bajo las palabras "rollo académico" (para mi gusto con harto sentido de la delicadeza) usted se apresura a contestar... ¡a este último!. Y no sólo eso, sino que dedica usted un párrafo entero para descalificar "ad homine" las cualidades intelectuales del contertulio Cauqui (punto este que en todo extremo he de deplorar de su parte, pues los argumentos personalistas hieden por sí mismo, como es obvio allá en donde aparezcan). No me parece serio (por cierto, valga su furibundez personalista para hacerle saber, ya que lo saca usted, que el señor Cauqui es uno de los críticos que más serio e interesante se me antojan en esta web).

Respecto a su valoración de las críticas negativas: que no han de ser gratuitas y que han de ser explícitamente fundamentadas, pues mire usted, convengo plenamente; más no perdamos nunca de vista que la poesía, por ejemplo, es probablemente la disciplina más alejada del cientificismo cartesiano, osea de la cuantificación y universalidad de sus hipotéticas verdades/falsedades tomadas como el consenso de los observadores, es decir: nazis, lo justito.

De otra parte, nos invita usted a dejarnos de controversias metodológicas. En fin, yo entiendo que el negarse a hablar de algo como modo de conversación pública (tal y como defiende León Molina al proclamar su contrariedad frente a que se aborden cierto tipo de opiniones en público) más que una cuestión metodológica es tanto como ser o no ser.

Una última cuestión, pregunta, si me lo permite, ¿realmente usted piensa que la progresiva presencia del olvido de los autores precedentes "ya acecha con inmediata e irreparable permanencia"?
Le confieso que no es esa mi percepción, cuando gran parte de los libros de poesía se adornan inefablemente, años ha hasta hoy, con las citas de autores del pasado (de hecho es lo que vende y lo que gana -o compra- concursos, por cierto). ¿En dónde percibe usted este abandono del pasado (porque lo que yo percibo es, precisamente, lo contrario, un encadenamiento mortecino y complaciente para con el pasado, en lugar de para con el presente o el futuro, no cree)?.

Reciba, junto a todos los lectores de esta, mis saludos.

   Nombre José Manuel        E-mail jmjosnop@yahoo.es       Fecha 14-10-2004
Estimado amigo M. Indio, quería responderte solamente al último tema que tratas ya que se refiere al texto que figura publicado en esta web. En cuanto a tus palabras anteriores, respeto totalmente -aunque no comparta- tu punto de vista. 

Como bien dices, muchos poetas actuales [supuestamente] homenajean a los poetas de la tradición, pero no es más que, grosso modo, un acto artificial e hipócrita. Lo hacen como una obligación, como una manera de dar legitimidad a su texto poético, normalmente mediocre. No creo que haya un sentimiento sincero de búsqueda y nostalgia por la poesía de los siglos pasados tal como les sucedió a los poetas del 27, por ejemplo. 

También creo que el hecho de llenar un poemario de citas de Quevedo o de San Juan de la Cruz no es en modo alguno una garantía de calidad porque muchos poetas que se saben limitados creativamente recurren a esa estratagema estética para disfrazar o decorar su obra. 

No podemos generalizar, esto es, atribuir a todos los poetas unas características comunes, pero sí he vislumbrado un sentimiento actual en decadencia o en época de crisis. Uno de los caminos posibles para volver a creer en la poesía como Todo Estético es el de volver al pasado, reelaborar el pasado con las circunstancias de nuestro presente, comprender a los viejos poetas desde la óptica del siglo XXI. Siempre volvemos a ellos, más tarde o más temprano los encontramos, mutatis mutandis. 

VALE.
   Nombre Ana Julia González, Aswad        E-mail laviejaaswad@hotmail.com       Fecha 14-10-2004
Bueno, al margen de que el amigo José Manuel sea un excelente imán de las iras ajenas, por lo que se ve, (cosa que por cierto tampoco es tan difícil de conseguir en esta página, y no lo digo por quitarle méritos a nadie), y al margen de las patadas en las espinillas que han ido saliendo a propósito de críticas negativas y venganzas hogareñas, yo pretendo ofrecer mi punto de vista sobre la importancia o no del culto al Clásico. 

Quiero partir de una base: todo lo que se lee, TODO, como todo lo que se vive, lo que se escucha, lo que se aprende, lo que se sufre, lo que se ama, sirve para la poesía, y cuanto más se lee y se vive y se folla y se odia, mejor se escribe. Eso pienso yo. En ese “todo” entran los clásicos también, por supuesto, y que conste que yo he disfrutado con San Juan como cualquiera, y que mis primeros libros de poesía y mis primeras noches en vela fueron culpa de él y de otros como él (bueno, y de Ende). 

En lo que no creo es en la obligación moral de rendir pleitesía a los poetas seleccionados por la casualidad, la calidad, el enchufe u otras circunstancias para pasar a la Historia. A mí, francamente, cuando me gusta leer a un poeta, lo leo, y me resulta indiferente el puesto que ocupe en el Top Ten de los Grandes, o incluso que no esté entre ellos. Es más, siempre he tenido la sensación de que este culto al Clásico porque sí, porque es Clásico y punto y final y lo respetas y lo veneras y cierras el pico, y te rindes a la evidencia de su calidad incluso aunque no lo tengas tan claro o te aburra, y aprendes de ellos porque así lo mandan las sagradas escrituras y punto en boca, encierra, en realidad, otras motivaciones más humanas y menos transparentes. Me explico: 

A mí me parece que el poeta de segunda regional daría el cielo y la tierra y la mitad de sus miembros por tener un caminito a seguir, una manera de escribir que le sirviera para deslumbrar, para hacerse un hueco entre la manada literaria, y sobre todo, para poder sentirse Bueno. Para poder leer sus cosas y tener una razón nada subjetiva que diga que lo suyo está muy bien y que olé mi nene. Ahí entra, a mil por hora, la razón suprema de seguir “frenéticamente” a los Clásicos, desde mi punto de vista. Y no hablo de leerlos, que los hemos leído todos, aunque sea por orden de la profesora de literatura del instituto, o por curiosidad, o porque los que amamos la poesía terminamos leyendo todo lo que podemos. Hablo de arrimarse al clásico, de citarlo, de copiarlo más o menos a las claras, de tratar de empiojarse de sus maneras y sus andares y parecerse, por dios, parecerse todo lo posible, aunque eso sí, sin que se note tanto, en un equilibrio cálido y amable, en un “escribo como los Grandes”, y en consecuencia, soy Grande. Porque el poeta de segunda regional, cuando escribe, no escribe porque no le quede otro remedio, o porque le salga la poesía a borbotones, o porque necesite expresarse. Escribe porque quiere ser un Grande. Un Magnífico. Y cuanto más, mejor. Y para eso hay que pasar, inexorablemente, por el culto al Clásico. Hay que escribir como los que llegaron antes que tú, y tocaron el cielo de los Eternos, ese es el caminito, y allá que te va el poeta de segunda regional con sus andares torpones y su inocencia primaveral, detrás de ellos, contra viento y marea. 

Este perseguir a los becerros dorados es un kit adorable que incluye, además, un arma mortífera que al poeta de segunda regional le viene divinamente bien tener a mano: seguridad en sí mismo, en lo que escribe. No puede ser que nadie le diga que lo suyo no es maravilloso, que escribe como los ángeles, si está haciendo lo que hacen los buenos. Por lo tanto, podrá enfadarse y golpear con saña caballera a cualquiera que le diga que lo suyo es un tostón, que no dice nada aunque lo diga bonito, y que por qué no intenta escribir algo que tenga que ver con él mismo, por ejemplo, o arriesgarse a enseñar un poco el culo, o intentar, al menos intentar, tener una voz propia, aunque sea una voz desafinada. 
Esta lección me parece que está muy bien aprendida por un número importante de poetas actuales, de los que salen en la foto y en la tele y en el verso del otro. Hay todo un núcleo poético duro, y con sus filas bien cerradas, de gente que si no se esforzara tanto en pasar a la Historia a cualquier precio, quizás terminarían pasando a la historia. 
Pero para que toda esta pandilla de poetas oficiales pueda seguir chupando del bote, se hace necesario, absolutamente necesario, que nadie dude que son Buenos, que son Grandes, tanto como sus citados y copiados y venerados poetas. Porque si se pone en duda su dogma, si se duda por un momento de esa obligatoriedad del culto al Clásico, el invento se les cae a pedazos. Ellos no pueden depender de gustar al lector, ellos tienen que imponer al lector lo que escriben, que ningún lector se plantee si le gusta o no le gusta o vale la pena o no. Mira, majo, me parezco a tal clásico, (o tengo ecos, como dicen los idiotas), y tú eres un ignorante que se va a comprar mi libro ahora mismo y a tomarse su sopita, que mira cuántos premios me han dado los amiguetes y cómo me parezco a los Buenos, tontaco. 

También creo que este desbarajuste viene dado por el miedo que da la poesía, por el miedo que da que no funcione con un dos por dos igual a cuatro, por la subjetividad y relatividad que salpican la calidad de todo poema y de todo poeta. Los que tienen más miedo se agarran a cualquier cosa que parezca una verdad inmutable, una guía, un tronco estable y salvador en medio del naufragio de escribir. Da miedo escribir sobre los sentimientos propios, los más escondidos, contar lo más privado, da miedo lo que dirán los demás cuando lo lean, da miedo hacer el ridículo, que se rían de ti, que te insulten, da miedo contar quién eres y verte descubierto delante de extraños, frágil y a la intemperie. Da muchísimo miedo escribir poesía siendo tú. Por eso, más cómodo y sencillo es ser otro, parapetarse en las maneras del otro, y justificar la calidad propia a través de la calidad del otro, y más cuando ese otro padece del reconocimiento y el respeto universales. 

Por eso pienso que algo que en principio no tendría por qué ser una mala idea (aprender de los que saben) se transforma muchas veces, por mecanismos tan humanos como el miedo, la vanidad y la falta de personalidad poética, en un método desastroso que produce “poetas en serie”, y que forma grupos escogidos de poetas de élite que tampoco merecen tantos aplausos y que jamás supieron arriesgar su pellejo ni en un verso. 

Pero en todo este proceso lo determinante, lo crucial, es saber qué quiere conseguir cada uno con lo que escribe, para quién está escrito, qué quiere decir y por qué lo escribe, y según su personalidad y sus intenciones será necesario o no meterse a los clásicos por vena, y cada uno será cada uno. Y todo eso está muy bien, me parece a mí, porque si ocurriera lo que algunos pretenden, que todos nos apuntáramos a la Secta del Clásico del Séptimo Verso, pues mire usted, nos quedábamos sin variedad y sin locos al volante del corazón. ¡Viva la libertad de no ser nadie!
   Nombre el niño melón ha salido pepino        E-mail delasofertas@carrefour.es       Fecha 15-10-2004
"un acto artificial e hipócrita"

¿Cómo sabes que los homenajes del resto son artificiales e hipócritas? ¿Y por qué no lo son los tuyos?
   Nombre Gabriel Veraldi-Pasquale        E-mail gveraldipasquale@msn.com       Fecha 20-10-2004
Muchas gracias por no hacer concesiones a lo fácil y a lo obvio.

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