Lo
hemos contado muchas veces, casi todos los que estuvimos por allí,
en aquellos días.
En
realidad, es menos de lo que parece. Sobre todo ahora, que existe
internet y que todo en general va más rápido. No es que me vaya a
poner en plan abuelo cebolleta, es que cuando no había
internet, pues no existían las comunidades de IRC, ni los foros, ni
las webs temáticas como esta; todos ellos sitios en los que uno
puede encontrar, fácilmente y sin moverse de su casa, gente más o
menos afín a un tema que le interese.
Entonces,
las cosas se hacían por carta o por teléfono, y normalmente en
papel. Si tú escribías algo y querías que alguien lo leyera, lo
tenías que imprimir y sacar copias. Era la única manera. Nada de
mandar un e-mail con un poema, ni de colgar un texto en una web. Y
si querías formar parte de una comunidad tenías que
presentarte físicamente, y eso implicaba que: a)el resto de gente
estuviese cerca de donde tú vivías y b) que llegases a contactar
de alguna manera con ese resto de gente, si es que existía.
Básicamente,
fue divertido, como espero que sea Albacete Literario, y eso ya es
bastante. Pero también sirvió para otras cosas. De entrada para
que todos nos sintiéramos arropados, es decir, para que viéramos
que había otra gente, de nuestra edad, que se dedicaba a lo mismo
que nosotros y con la que podíamos hablar de las cosas que nos
interesaban. Además, y esto quizá sea lo más importante, nos enriqueció como escritores, porque allí había autores de todos
los palos, desde los más líricos y estirados, hasta los más
realistas y cínicos. En fin, crisol de estilos, que dicen los
horteras.
Otra
de las consecuencias de aquello fue que la revista a fotocopias que
servía de tarjeta de presentación de cada grupo (en el momento de
juntarnos ninguna pasaba prácticamente del primer número) no
desapareciese por la desidia y la falta de interés. Allí, todos
encontramos a nuestro público, aunque fuese reducido, y eso
resultó fundamental para seguir en la brecha.
Estoy
hablando de la Coordinadora de Revistas Culturales, una institución
informal y sin jerarquía, ni cuotas, ni estatutos, que reunió, en
1994, en los salones del Ateneo primero y, cuando nos echaron, en
las mesas del bar Triana, a un buen grupo de jovencísimos
escritores, editores, dibujantes, etc., de Albacete. ¿Cuál era el
objetivo de la Coordinadora? Ninguno, en realidad. ¿Cuáles fueron
sus actividades? Aparte de reunirse los sábados por la tarde, nada
de nada. Entonces, ¿a santo de qué viene todo esto? Bueno,
Albacete Literario, de alguna manera, revive el espíritu de aquello
(no en vano Miguel Ángel Aguilar y Aswad estaban allí en 1994): un
espacio, esta vez en internet, sin ateneos ni trianas, en el que los
autores locales tienen presencia y donde surgen propuestas,
críticas, puyazos anónimos y demás cañonazos de energía, que
animan el cotarro.
Ángel
Aguilar, el mes pasado, hacía un llamamiento a la paz mundial entre
poetas, y la verdad es que eso estaría muy bien. Pero yo me
conformo con que nos conozcamos, y Albacete Literario es una buena
idea para eso.
Así
que parafraseando el manifiesto de la Coordinadora de Revistas
Culturales de Albacete: ¡No os quedéis solos!