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  La ración de medio pollo de la Feria

  por Antonio Magán 


 Dibujo de Pablo Gallardo

No hay Feria sin ración de medio pollo. Sí, amigos, me refiero a ese medio pollo tristón, salido del sombrero de Carpanta y que ha sido el asidero culinario de los gañanes que nos visitan desde que se acabó la posguerra en 1.975. Esa media ración de pollo que miramos con indiferencia como el enterrador de Hamlet contempla a sus calaveras.

La ración de medio pollo es una comida alternativa, no porque sea jipi, o porque no lleve clembuterol. No. Es porque el medio pollo se come cuando no queda más remedio. La oferta del medio pollo en Feria está escrita de forma huidiza y con faltas de ortografía en una pizarra no muy grande que cuelga de un palo del chiringuito. Su brevedad la hace inexplicable, indescrifable, un misterio que sólo se resuelve a golpe de cartera.

La ración de medio pollo es una comida venida a menos. De momento, los pollos actuales son del tamaño de la codorniz (algunos parecen pajaritos fritos). El capitalismo no les dejan crecer, los crían en dos meses y los matan antes de que tomen la primera comunión. La consecuencia es que la carne del medio pollo es sólo una fina capa de no se sabe qué, que tiene la misión de separar los huesos de la piel. La pechuga del medio pollo se deshace en la boca como si mascaras gazpachos dando la sensación de que el pollo más que asado está desenterrado.

Y qué me dicen del caldo. Algún día sabremos la procedencia del caldo parecido al gasóleo que le echan a los pollos mientras los asan en la máquina inquisitorial de tortura a la vista morbosa de la plebe que los huele y queda hipnotizada. La piel adquiere con tan anónimo brebaje una dureza tal, que más que crujiente, el pollo está petrificado y es imposible penetrar por esa capa de laca Nelly con la mierda de cuchillos con mango de plástico que colocan en los chiringuitos y que se doblan como floretes.

La ración de medio pollo, en el paseo de la Feria, se come mirando hacia abajo por culpa de la ristra de banderas que ondean en el techo del chiringuito. Son todas del tercer mundo, no las han podido elegir mejor. Países del Africa muy negra, desconocidos y presas de la más terrible hambruna, por eso hay que esconder el pollo con la cabeza, para no humillar al personal.

La ración de medio pollo es una comida poco romántica, nadie se sentaría con la novia a comerse un pollo a medias con las moscas para decirle que la amas. Sin embargo, sí con toda la familia para vengarte del cabrito del suegro que te lleva mártir.

Y el pan. El pan con el que se acompaña al medio pollo parece que acaba de llegar de tres días de viaje. Seco, duro, escaso, con poca molla y soso hasta la más aguda tristeza.
     Como el medio pollo no tiene casi chicha acabas cogiéndolo con las manos y cuando le vas a hincar un bocado, un amigo de toda la perra vida te da un manotazo en la espalda, saludo sincero donde los haya, y acabas derramando la salsa y con un lamparón en la chaqueta a modo de medalla al mérito incivil (chaqueta que no te has quitado porque no hay sillas). Pero sabido es que un buen día de Feria sin manchurrones de mugre no es algo completo.

Al levantar la media ración, adviertes que hay seis patatas fritas debajo, entrelazadas como en un cuadro de Tapies, delgadas, blandas, aceitosas. Las inundas de ketchup para perderlas de vista en la boca. Junto a las patatas, tísica y grasienta también agoniza una tira de color negro que despide más aceite todavía. Está carbonizada pero deja entrever un ligero tono verdoso ¡Coño, son los restos de un pimiento! Pues p´dentro y te los tragas con un largo coletazo de vino cabezón mezclado con gaseosa caliente.

Los niños se tiran los huesos de aceitunas, las sirenas de los cachivaches hacen que todo el mundo grite, te duele la cabeza y el pollo está tan frío que es imposible arrancarle una tira de carne más sin tener que quebrar los frágiles huesos que se te pueden atravesar en la garganta. No sabes si encender un cigarro o cortarte las venas.

Acabas de comer y tienes las manos manchadas de grasa pero no te puedes limpiar porque las servilletas están contadas, diez por cabeza y ni una más. Levantas la vista en busca de un servilletero pero los que están a tu alrededor conocen esa mirada y cogen el que tienen con la mano igual de guarra que la tuya y te enseñan los dientes mientras degluten.

La broma te ha costado mil duros porque las cervezas no iban en la oferta, ni el pan, ni los restos del pimiento y acabas cagándote en los muertos de la ración de medio pollo y prometes firmemente, mientras orinas en los váteres sin luz de los Jardinillos, que jamás volverás a sentarte a comer una ración de medio pollo en Feria.

Pero vuelves y vuelves cada año, porque el medio pollo es una maldición, un potro de tortura gástrica que nos recuerda cada Feria a dónde vamos y lo peor de todo, de dónde venimos.

 

Septiembre 2004


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   Nombre No lo sé       E-mail pajarito@frito.es        Fecha 7-09-2004
Je, je, clavadito. Y es así en todas las ferias que conozco...
   Nombre Odalys       E-mail odita_cu@yahoo.com        Fecha 20-02-2005
Excelente escrito, mientras lo leo me he sentido parte de la Feria y me temo que no podré enviar este mensaje sin engrasar el teclado. Muy bueno, felicitaciones!
Un abrazo

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