La señorita Avelina no tiene tiempo para nada
por Ana
Julia González Aswad
Me gusta Avelina. Ojalá tuviera
veinticinco años menos para que esta frase puntuase doble, y sin
embargo, ya ven, les digo que me gusta. Puede que porque tengo
la inocencia olvidada encuentro mensajes y discursos vitales en
Avelina que sin duda no me sirven para disfrutar del verdadero
contenido de este cuento, de la diversión porque sí, del encanto
de las historias narradas minuciosamente, con tacto, con
delicadeza, fresquísimas, agradables, con una línea argumental y
un estilo que ya quisieran muchas historias para adultos.
Además, se encuentra bien lejos de la
ñoñería habitual que todavía en ocasiones apelmaza y destruye las
lecturas infantiles, dios sepa por qué todavía se echa mano del
recurso de tratar a los niños como completos imbéciles, o como si
leer historias más allá del diminutivo chorreante de almíbar los
fuera a convertir en sicópatas (cosa que después serán en cualquier
caso). Por suerte esa tendencia ha ido desapareciendo poco a poco, y
ahora sólo se nos trata como a completos imbéciles ya de mayores.
Yo miro a Avelina y veo la lucha
contra el miedo, contra una misma, contra los deseos que ponen en
peligro el orden de lo cotidiano. Avelina no tiene tiempo para nada,
y mucho menos para permitirse soñar. La señorita Avelina es como yo,
como toda la gente que conozco. Tiene miedo y está rodeada de
miedosos, y por eso ha llenado las horas de pasatiempos urbanos, de
cívicos embustes, como excusa para evitar hacer lo que se debe hacer
en realidad, ser feliz. La señorita Avelina es como todo el mundo, y
a la vez, también el contrapunto de su personaje, el señor Manolete,
es el otro extremo del mismo asunto. Ese desgarbado rechoncho de
Manolete, ese elefante en la cristalería, ese saleroso agarrado a
las faldas de su madre, que siempre llega tarde, que siempre se
equivoca, no hace sino lo mismo que Avelina aunque con distintas
armas: se esconde de la verdad provocativa del orden y la
responsabilidad, de la independencia, de las obligaciones. Y se
dedica a escurrir el bulto a base de torpezas y tropiezos, y huye,
igual que huye Avelina, igual que todos huimos. Puede que por eso se
encuentren, y el desequilibrio vital de ambos se armoniza cuando los
dos lados de la balanza van de la mano.
Ojalá fuese sólo una niña, para
ahorrarme este discurso tan absurdo y decir lo que quiero decir en
realidad: me gusta Avelina, es un cuento muy chulo.
Y está bien ilustrado, lástima que con
pocos colores, y lástima que no sea un enorme álbum con tapa dura y
brillos de edición magnífica. Claro que en ese caso no sería tan
barato, y vaya si lo es. Y de todas maneras, da gusto ver con qué
inteligencia el ilustrador se ha buscado la vida para hacer bien su
trabajo desde el blanco, el negro y poco más.
P.D.: Por motivos que desconozco, el
libro ha desaparecido de la sección infantil de la librería Popular
(su tironcillo de orejas, gracias), aunque lo traen si tú lo pides.
Esperemos que se lo pueda regalar a mi sobrina Raquel antes de que
aprenda a no tener tiempo para nada.
Mayo
2007 |