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Bloody
Winter : Un salto cualitativo.
por Miguel
Ángel Aguilar Avilés
En
el cómic, como en la literatura o el cine, las obras cuentan una
historia valiéndose de personajes que sufren por algo: Por un
amor, porque los van a matar, porque quieren matar a alguien, por
llegar a un sitio, por irse, y así hasta el infinito (¡y más
allá!). Al lector le interesa, le emociona o le entretiene, lo
que ve en función de dos bazas fundamentales: El argumento y lo
que no es el argumento.
La
historia de El Padrino, por ejemplo, trata de una familia
de mafiosos que no quiere entrar en el negocio de la droga y que
se pelea con otras familias de mafiosos, con muchos tiros y
asesinatos de por medio. Sin embargo, lo que atrapa (con mayor
intensidad y cualidad) a los espectadores no es ese
“emocionante” argumento sino todo lo que hay detrás: la
caballerosidad de Don Vito, los dilemas éticos y
emocionales de Michael, y todos los pequeños gestos que
delatan que cada personaje esconde, literalmente, un
universo capaz de generar 10 películas sólo sobre él. La
grandeza de El Padrino, como de miles de obras del cine,
del cómic y de la literatura, no radica en su argumento
(¿podría haber argumentos más banales que los de las grandes
películas de Hitchcock?) sino en todo lo que ocultan y que,
convenientemente, nos dejan ver con cuentagotas. Y ese es el
preciso caso de Bloody Winter de Sergio Bleda.
El
argumento es el que la editorial Planeta difunde en sus reseñas y
solapas al efecto: En
el día del prematuro funeral de su madre, Ralph, un niño
recluido en una silla de ruedas, es raptado, bla, bla bla...
Todo es una excusa, como debe de ser.
No
sé si la mayoría de los lectores de cómics corren a la
tienda a comprar el
nuevo tebeo de turno en función de la violencia y el ritmo
contenido en sus páginas. Me da la impresión de que sí –o
más bien que eso es lo que piensan los sutiles y avizados
editores de tebeos-, y de que lo difícil para un autor es
poder vender (intriga, violencia, etc.) y a la vez
contar (personajes, emociones, etc.) más allá de la obviedad.
Sergio
Bleda firma en Bloody Winter un guión que, no por el
argumento y sí por lo que hay detrás y por cómo se cuenta,
marca un antes y un después en la carrera guionística del
internacional autor albaceteño.
Con
su larga trayectoria de la mano y con la última experiencia de su
álbum Duérmete niña presentes, Sergio le ha plantado
cara a un problema físico e inaplazable: Hay 48 páginas
por delante y un argumento y muchas otras cosas que contar (¿que
el autor preferiría que fuesen 148 páginas? No lo dudo ni por un
solo momento; bienvenidos, lectores todos, al mundo real). Esas
cuarenta y ocho páginas no pueden discapacitar una historia, ni
la creatividad con que –lo exigimos- debe de ser contada. Y de
ese trance Sergio sale más que airoso con este afortunado Bloody
Winter.
Como
argumento de intriga y acción, la historia está
dosificada milimétricamente –con encaje de bolillos diría yo,
a la vista del escaso número de páginas del que dispone- y las
subidas y bajadas de tensión discurren con una naturalidad nada
casual. La
historia oficial (traición, rapto, espías, asesinatos, etc.) se
desarrolla contundentemente: conduciendo al lector al
estado de inquietud, curiosidad, etc. que en cada momento el
guión requiere. Al llegar al final uno queda con la sensación de que ha
vivido una historia... miento: más de una.
Todo
ello es narrado con una estética cinematográfica
(literalmente utiliza el travelling y el zoom) que viene dada,
entre otras cosas, por las cuatro viñetas apaisadas y de
idéntico tamaño que configuran cada una de las páginas del
libro. Es este un gran acierto narrativo que, a la vista de los
resultados, le ha permitido a Sergio Bleda contarnos las cosas con
distintos recursos en los que se le nota cómodo y acertado.
Pero
la historia de serie negra, la trama de intriga, a la vez
que se sucede nos habla de lo que realmente nos interesa: Un
personaje negro que hospedaba al protagonista de pequeño (y que
con tan sólo dos frases y 3 viñetas de aparición queda en
nuestra memoria y acervo como si fuéramos el mismo protagonista.
Prodigiosa –y obligada- economía de recursos), el ayuda de
cámara del protagonista (sobre cuya relación nada se conoce
y todo se sospecha)
o la madre del protagonista (cómo es descrita a través de
un recuerdo en el que amor y desesperación, el pasado visto desde
el pasado y desde el presente, encajan: todo en
8 viñetas). Estas son las cosas que hacen
de Bloody Winter un cómic mayor de edad. La
carga de los personajes y, lo que es más importante, la
sutileza con que ésta es presentada (nada de obviedades,
tan al uso en el cómic comercial made in usa, del tipo: Hombre
que se está muriendo y mientras dice ” ¡oh, me muero!”).
El
dibujo se amolda a la narración de lenguaje cinematográfico
(estética que está presente como herramienta pero que no
es ni evidente ni esperpéntica) y brilla por mérito propio (todo
en colores grises y ocres, sin concesiones) desde la portada,
a la vista queda, hasta ese zoom de la última página en el que
alguien canturrea “las gotas de lluvia siguen deslizándose sobre mi
cabeza...”.
Lo
mejor del libro: Que te deja con la sensación de que la
historia y los personajes pertenecen a una saga mayor –en el
pasado y en el futuro- que el presente tomo (aunque eso no sea cierto)
y te deja con la intención de leer más tebeos sobre ellos, no
porque la historia se haya quedado corta sino porque: Quieres
más. Lo mejor también es el cuidado que el autor demuestra
por la narración (guión) visual. Imprescindible la escena (sólo una página,
cuatro viñetas) en la que, aparentemente, una niña saluda y se
despide de su abuelo: Un sencillo montaje digno del mejor Coppola.

Lo
peor: Los únicos personajes estereotipados son los
dos policías que actúan –gajes del guión- como narradores
de parte de la trama oficial del libro y que, salvo por una escena
que los hace prosaicos y los humaniza verosímilmente (Ray:
“No dejes que te afecte de una forma tan personal. Qué te
parece si...te acompaño arriba y... bueno...” Michelle:
“Buenas noches, Ray” Ray: “Tenía que intentarlo. ¿No?.”)
resultan un tanto planos. Son la parte menos sutil
del libro. A su vez, la historia de la trama en sí es mucho más
interesante para mostrar otras cosas (personajes, montaje, etc.)
que por el propio argumento, que es, más bien, una
correcta excusa de serie negra.
La
conclusión, tras la lectura de Bloody Winter, es que se
nos hace necesario leer y ver los dibujos de un Sergio Bleda
que no tenga que estar atento a las servidumbres de lo que se
supone que se va a vender bien. Otros registros. En Bloody winter se
asoma un autor que parece que, por el momento, calla mucho más de lo que cuenta.
¿Cómo
sería una historia actual escrita por Sergio Bleda sin
ningún condicionante comercial? ¿cómo sería su dibujo
–más allá del atrevimiento actual del formato panorámico de
las viñetas-? ¿a cuántas tintas? En todo esto me hizo
pensar Bloody Winter tras acabar la lectura de la
última de sus páginas.
Julio
2005
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Muestra del proceso de
creación de Bloody Winter:
Viñetas a lápiz, a tinta y, por último, a color. |
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