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Pelos
por Daniel
López Aroca
A
Luis Cauqui le gusta Raymond Carver. Como a otros muchos. Es
consciente de que Carver no fue el primero en escribir así, ni el
último. John Cheever, Tobias Woff, Grace Paley,
Richard Ford, son algunos de los que, antes o después de
Carver, se le parecen. Sin embargo, Carver ha sido el consagrado
como principal exponente de “este tipo de relato corto”. Pero
interesa constatar que la cosa viene de lejos, constituyendo algo
parecido a una tradición literaria norteamericana. Más
importante que todo esto es que este modo de narrar ha trascendido
mucho fuera de Norteamérica, hasta alcanzar un radio de acción
prácticamente universal.
¿Pero
esta narrativa es realmente de origen americano? ¿Se
parece esto acaso, y por poner un ejemplo ilustrativo, a Edgar
Allan Poe? Ha llegado el momento de hablar de Antón Chejov.
Posiblemente el autor ruso sí sea el promotor del relato
moderno, o al menos de una de sus vertientes más
generalizadas, y sin duda el que más ha marcado a los escritores
norteamericanos del siglo XX y hasta hoy. Son cuentos en los
que pasa poco, o no pasa nada, sucede algo sólo en la cabeza
o en el alma de los personajes, pero que tienen una rotunda
capacidad de desasosegar la mayoría de las veces, o de doler, o
de hacer reír. A mí todo esto me pasa al leer a Chejov, y sin
ánimo de ejercer de Freud, creo que me sucede porque lo que
Chejov me cuenta es real, todo, hasta lo que tiene apariencia
sobrenatural, y me temo que la realidad estimula más sentimientos
que la aventura más trepidante.
Luis
es admirador de Carver, ya está dicho; y se interesa por otros
muchos autores norteamericanos; y Chejov es uno de sus autores
preferidos (creo que Mi vida sigue siendo su obra
narrativa favorita). Y cuando se lee Pelos, la
evocación de todo esto viene de modo inmediato. En la obra de
Carver vemos desencuentros amorosos, matrimonios acostumbrados a
sus lamentable convivencia, vecinos discutibles, súbitas
apariciones de violencia, desafortunadas relaciones familiares...
Como veremos, hay bastante de esto en Pelos. Pero yo
reconozco también claramente a Chejov. No hablo sólo del estilo
"cotidiano” que antes sugería. El primer relato, Susto
o muerte, me remite inmediatamente a un cuento de Chejov en el
que también hay una tragedia con decorado de comedia, pero sobre
todo hay una melena a medio cortar. Y, aunque sea forzado, el
hecho de que el gato de mi cuento favorito se llame Trotski
, me hace evocar inmediatamente al escritor ruso (es más que
probable que Trotski conociera la obra de Chejov, y me hace
ilusión pensar que la admiraba, por mucho que sus cuentos hablen
de burgueses).
De
todos modos, ¿es Pelos un libro a la americana o a lo
Chejov? ¿En eso se queda? Yo encuentro en esta obra aspectos
bastante peculiares del autor. El tono resulta muy personal,
y sospecho que hay muchos detalles autobiográficos en las cosas
que el libro cuenta. Son por ejemplo frecuentes las evocaciones de
la infancia, y me parece que no de una infancia cualquiera. En el
libro están las relaciones entre el hermano pequeño y el mayor (Pelos),
y cómo éstas han evolucionado llegada la edad adulta (Más
pelos); el perplejo testimonio de los niños sobre el mundo
de los mayores y sus relaciones (El gato Trotski y el niño
Rubén); la complejidad de las relaciones familiares (no
tiene desperdicio el culebrón narrado en Área de
restauración rápida); la
recreación de los juguetes de hace un par de décadas poco más o
menos (G.I. Joe, los Clicks de Famobil, los videojuegos de bar,
los scalextric), y también de otros detalles cotidianos (calcetines,
pasamontañas, cordones de zapatos, un irresistible odio a la
coliflor). El niño crece y en algunos cuentos nos encontramos
cosas más “adultas”: los partidos de fútbol de los domingos,
la revista del colegio, las novelas de ciencia-ficción, Joaquín
Sabina, Batman, que se acaban convirtiendo en cosas de
anteayer, recientes pero desaparecidas o casi: Canción triste
de Hill Street, Pepa y Pepe, cartas en papel, pesetas, fotos, cintas
de coche, teléfonos fijos (es curioso que en 160 páginas
apenas haya menciones de teléfonos móviles). Están también los
amigos personales (algunos se llevan en el libro algo más que
una dedicatoria), los viajes (que realmente constituyen una
cuestión importante en la vida del autor, y en concreto el de
Marruecos me lo sé), y los vicios: el alcohol, la
adicción al teléfono, los coches, las juergas. Está también el
trabajo insatisfactorio (¡con qué facilidad reconozco en
algunos relatos la relación
real de Luis con el mundo editorial!). Y están, por
supuesto, los desencuentros sentimentales, y las dificultades
al final de las relaciones,
que suenan mucho a vivencias de cuando se es un poco más
joven.
No
faltan en la obra los misterios, todos ellos de una
naturaleza más cercana a Kafka que a Holmes: los adultos de
intenciones sospechosas, el cumpleaños múltiple, o el ventilador
que sonríe a su amo pueden servir de ejemplos. Ah, y una novela
de juventud sobre la KGB que espero de corazón que exista.
Y
están, por supuesto, los tebeos. Las referencias a tebeos
viejos son múltiples, y aparecen como salpicaduras en
diversos relatos, desde el Batman de Frank Miller
hasta los Nuevos Titanes. Pero en el relato Te invito
a un helado, para mí el mejor del libro junto al del gato
Trotski, contiene una auténtica lección magistral del mundo
del cómic de superhéroes, que tan determinante ha sido (y sigue
siendo) en la formación de muchos escritores albaceteños
actuales. Este hombre se los ha leído todos, y memoriza cada
detalle. El mundo de los aficionados a los tebeos se parece
sorprendentemente al de los cultos religiosos.
Por
último, quisiera mencionar que me gusta darme por aludido con la
cita que abre el libro, que procede de una obra de Tim
O`Brien que yo le di a leer al autor hace años. Si no fue
intencionado, finge que sí, Luis. Ah, y tenemos pendiente lo de
la KGB
junio
2005 |