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Juegos
de construcción
por Ana
Julia González Aswad
Federico
Froebel fue un pedagogo alemán de principios del XIX, inventor
del jardín de infancia, y de una metodología que, resumiendo
mucho, procuraba
inculcar en los niños el amor al trabajo y a la creación, como
forma de crecimiento personal y de tributo divino, de
aproximación a dios. Utilizó, por primera vez, las formas
geométricas como material didáctico, lo que hoy conocemos como
juegos de construcción. Ese es el punto de partida del libro de
Javier Lorenzo Candel, y así se llama: Juegos de construcción.
El
hombre es un niño que juega con su tiempo en la ciudad, la ciudad
es un gigantesco juego de construcción que ya no cumple
ritos divinos, sino humanos, que ya no busca a dios, sino el
paso cómodo por una existencia breve que no dejará rastros.
Como en un gigantesco jardín de infancia de Froebel, desvirtuado
por el miedo a la propia existencia y a la propia no-existencia,
el hombre (el niño), en el interior de la ciudad (la madre, la
naturaleza), se aferra a lo material, cuenta los días que le
quedan, y se pierde para siempre, sin memoria, sin trascender.
Con
esta temática, el libro bien podría haber sido la típica
pesadilla lírica del poeta insufrible que habla de dios y de la
muerte con gran gozo de gongorino lloroso, pero ya ven lo que
son las cosas, no lo es. Es un libro que sirve, que hace
reflexionar, que no se pone demasiado pedante, porque, en
realidad, el poeta es frágil y está tan perdido y tan asustado
como todos estamos, y más que restregarnos verdades sentenciosas
como puños, lanza dudas que a todos nos asaltan en la misma
medida. Y son dudas razonables, vitales, humanas, son miedos
oscuros y comunes, de los que saben nuestras almohadas y nuestros
silencios.
Javier
Lorenzo divide su libro en tres partes: Juegos de Construcción,
Navegación de asombro, y Estampas. Así que yo
también iré por partes.
De
Juegos de Construcción apenas puedo decir más que bondades.
Es un poemario de lectura cómoda y profunda a la vez,
lleno de versos de los que se quedan un buen rato dando vueltas a
tu lado, algunos para siempre, y sobre todo, es un poemario
importante, todo lo que cuenta tiene dentro batallas decisivas.
Grave, adulto, muy maduro, y también muy intenso. El tratamiento
a un fondo tan complejo no se pierde en retóricas gratuitas ni en
gimoteos poéticos (salvo en contadas excepciones), tiene un matiz
elegante que no es pose, y triste, que no es ñoño, dulce sin
empalagos. Correcto y mesurado. Suele pasar cuando detrás de las
palabras hay algo que decir.
De
Navegación de Asombro (precioso título), me queda una sensación
ligeramente peor. Quizá por verse enturbiada la verdad de
intenciones que sí presenta su antecesor, quizá por cierto
amaneramiento clásico, quizá por el uso de un tono que a mí no
me habla, más convencional y oscuro, más sabido. Sin embargo,
sigue siendo enorme la carga sentimental, sigue teniendo una
fuerza muy poderosa, y las ideas que regala, y el uso de la clave
del mar para contarnos las mareas de la existencia humana lo hacen
un poemario interesante, como poco.
En
cuanto a Estampas, tiene
mucho que ver con el poemario-tipo, con el poemario que a
cualquiera se le viene a la cabeza cuando piensa en un poemario. A
excepción de los tres últimos poemas, que cierran el libro, (Estampa,
El charlatán y En pleno día), que sí recuperan
bastante la voz del poeta que me gustó en Juegos de
Construcción, el poeta que tiene la facilidad de decir
grandes cosas como si no dijera casi nada. El resto de Estampas
pasa ante los ojos del lector sin quejas, sin dolores ni
aspavientos, sin dejar ni rastro. Versos olvidables,
parecidos a otros mil que leí antes.
El
libro tiene, en general, el desencanto de la dictadura militar
del ritmo, provocada por la medida rígida de los versos,
aunque esto sea un aspecto completamente subjetivo y de gusto
personal, pero pienso que no le hace bien al sentimiento esa
obligación extraña de cuadrarlo todo, que por mucho que quiera
ser una alabanza a lo geométrico de Froebel, también me parece
que imposibilita mostrar con más crudeza el caos que siempre
muerde a las dudas existenciales. Así se pone el verso muy
educado y muy limpito, niño de comunión al que prohíben pisar
los charcos, y se vuelve frío, y a veces, hasta me molesta.
Tampoco
entiendo esa moda cosmopolita de añadir citas y títulos de
poemas en idiomas ajenos al autor, al lector, y al libro, sin
compañía de traducción. Más allá del intento de demostrar
cierta cultura a cualquier precio o causar admiración en el
jurado de un concurso, no le veo sentido. Aunque eso sí, este
tipo de cosas producen el divertidísimo efecto “traje nuevo del
emperador”, o lo que es lo mismo, preferimos la muerte antes que
reconocer que las citas en inglés son para la mayoría un
jeroglífico imposible.
Por
fortuna, el premio Fray Luis de León que condecora el libro no
pasa de ser una anécdota, el requisito indispensable para ser
publicado en Visor que, como siempre, coquetea con una
edición preciosa y elegantísima, como la dama más solicitada en
cualquier baile de la alta poesía, y la que vende más caros
sus favores.
Agosto
2004
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