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Que
tire la primera piedra
por Miguel
Ángel Aguilar Avilés
Estamos
ante una novela de personajes y, más allá, una novela de
psicología y de descubrimientos: Descubrimos los demonios, y los
ángeles, que todos podemos llevar dentro. Ya sea en la vegetativa y lastimosamente
típica vida de la joven
protagonista (con un novio al que no abandona por pura inercia) o
en los traumas y metas de cada uno de las demás figuras, que veremos
reflejados tanto en nosotros mismos como en nuestros conocidos,
familiares, etc. El logro de todo ello deviene en que no
percibimos a estos personajes (que no son más de cinco) como
curiosas descripciones antropológicas o literarias, sino que
forman parte del diario más real y cotidiano de nuestras vidas.
Ellos y sus -nuestros- sentimientos de culpa y de fracaso,
por hache o por be, son los protagonistas de la novela,
más allá de una trama que, como en la vida misma, sirve más de
decorado para las verdaderas historias (las íntimas) que para
ofrecernos un fuego de artificio épico y argumental, tan a la
usanza del cine basura y del taquillazo de acción de estos
tiempos nuestros. Redimirnos de las culpas o condenarnos por
ellas, he ahí la cuestión.
La
historia se sitúa en una ciudad ficticia, Puerto Grande, que podría estar
en cualquier parte del mundo -salvo por la delatora utilización
del euro como moneda-, y así la imaginamos como Bogotá o Albacete, al gusto de cada lector. Los
protagonistas son: el proceso de morir en cuestión de días, los mecanismos que hacen de cada persona gran
parte de lo que es (estupendo el capítulo dedicado a mostrarnos
el alma y el mecanismo psicológico, del empresario que contrata
a la protagonista) y la clarividencia para mostrar la vida,
más allá del habitual proceso de derrumbe o de supervivencia,
como la determinación de ser uno mismo el dueño de su
contento, con sus colores, y de su descontento, con sus grises y
sus culpas -la culpa protagoniza y explica cada página y cada
personaje- guardadas en el cajón nuestro de cada día. Una buena
frase a propósito de este libro, y del concepto de la culpa que
lo dibuja y compone, es la de Herman Hesse, un autor al que
El color de las palabras le debe parte de su bagaje (desde
mi humilde perspectiva de lector), y que reza: "el que quiere
nacer, tiene que romper un mundo".
Lo
mejor que sucede con este libro es que no se arrepentirá
de habérselo leído, un punto más que a favor del que no
pueden presumir infinidad de otras novelas. Si usted tiene
prejuicios acerca de la literatura de Richard Bach, esta
novela le parecerá -falsamente- algo melodramática, si no los tiene
disfrutará (además de mi felicitación por haber madurado
literaria y personalmente) de unos personajes con peso propio,
dentro de una narración que alterna con soltura las voces de
primera y tercera persona, y, sobre todo, que consigue lo que
quiere: Contarnos cosas y que las hagamos nuestras.
Lo
peor es algún tic puntual de estilo (el
uso, abusivo en mi opinión, de la palabra "alma") y el detalle
de la sinestesia de la protagonista, cuyo
tratamiento surge, se diluye y resurge con una cierta
inestabilidad guadianesca. Son algunas pinceladas formales
-bien es cierto que muy contadas- que, desde luego, no
afectan a la excelente construcción y desarrollo de la novela.
Más
de trescientas páginas que, por momentos, pueden llegar a
emocionar pero que, sobre todo, ayudan a comprender algo
más de nosotros mismos, o a recordarlo si es que la gris rutina
de nuestras vidas había empezado a empañar la memoria y la
sangre de nuestras las venas. Un libro que merece la pena.
Agosto
2004
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