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MOISÉS GARCÍA SÁNCHEZ
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Nacido el 1 de marzo de 1980, en Albacete
“Dios
aprieta pero no ahoga”
“La
flor de la noche |
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Soy
de Albacete, pero Bogarra, el pueblo de mis padres, tiene mucho que ver
en como estoy educado. Supongo que como todos los pueblos de todo el
mundo, pero esa es otra historia. De
pequeño mis juguetes favoritos eran los coches de chapa, los Playmobil,
los indios y vaqueros de plástico, el Tente y una ganadería que tenía
de toros en miniatura. Luego jugué mucho en la calle y me pusieron unas
gafas muy grandes. Estudié en el Instituto Nº 5 (ahora Diego de Siloé), donde conocí a la mayor parte de mis amigos y donde empecé
a escribir para que la gente lo leyera, porque Javi Avilés me ofreció
la posibilidad de hacer Pandemónium, esa grandísima revista que rebasa
lo instituteril. Mis gafas se fueron haciendo más chic y más
coloridas. El teatro fue
durante algún tiempo mi vocación, supongo que como mucha gente de
letras, pero esa es otra historia. Durante algún tiempo pinté, me dio
por el arte y medio aprendí a tocar la guitarra, sólo por el flamenco.
Ahora se me están olvidando esas cosas. Estudio
Periodismo en Madrid porque me di cuenta a tiempo del gran disparate que
era estudiar Arte Dramático. No se qué es eso de la “vida de
estudiante”. Después de despotricar mucho contra el Periodismo me he
dado cuenta de que soy periodista y poco puedo hacer al respecto,
probablemente gracias a haber probado las mieles (y sólo las
mieles) del reporterismo, durante unas prácticas de verano un poco caóticas
en una conocida televisión regional. El paso anual por las fiestas de
mi pueblo es un rito ineludible para saber que empieza un nuevo año (en
agosto). Mis gafas ahora son de lo más normal. |
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| Datos artísticos y literarios |
Poesía |
Empecé publicando en Pandemónium. Poca cosa en Isla Desnuda. Aventis me publicó el libro de poemas “El espacio que era nuestro”. Colaboro habitualmente en Ayvelar y en la paralizada temporalmente Mirabantur. Aparezco de refilón en la antología “La Generación Fanzine”.
Te
quiero más ahora que nunca porque
sé que te puedes largar repentinamente y
estás siempre a punto de hacerlo, porque
cada vez me doy más cuenta de
que todo este tiempo pasado contigo lo
he gastado sin
medida para gastarlo todo
de una vez y que te vayas, y
que me dejes en paz, a
mi lo que en realidad me pone es
la charla y la pereza, y
todo lo demás es obsceno, qué
pretendes. Y
me muero ya por pregonar por los bares las
cosas que te he hecho y reventarte los secretos. Y
es que este grueso saco de versos, encanto, me
ayudará a retirarme un buen tiempo bajo
las palmeras, y
a beber ron y agua de coco como
un loco. Y
ahora ya me estas besando otra vez sin ganas, qué
haces, ya
habíamos hablado de esto. Sin
saliva. Y
ahora quizá te quedes ahí, pesada, mirando
permanentemente. A
la espera del poema que me deje sin
ganas de apenas hacer nada.
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| Datos de interés | |
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Realiza desde hace años el programa de
radio flamenco "Los Días Señalaitos", junto a Miguel Ángel Aguilar, y
cuya web puede visitarse en
www.losdiassenalaitos.tk Actualmente trabaja como periodista en Onda Cero Radio de Albacete.
El
flamenco
Las
noticias de interés humano
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| Textos del autor on-line | |
Bla Bla Bla
Habla, habla, habla, di como si te
fuera la vida en ello, di cosas, pero no pares, un dos tres responda otra vez, el primero que calle es una vieja en bikini, que algo quedará después de desvivirse acumulando, por lo menos un túmulo que se vea a kilómetros a la redonda, es como en esos pueblos donde hay letreros a cierta altura de las tapias que rezan aquí
llego el agua en 1812, es como en esos sueños en los no se puede dejar de correr, porque se pierde, porque se muere o se revienta, si no puedes hacer frases lapidarias, haz muchas que dilapiden, ¿vienes a dar un paseo por la palabrería? tal como se pasea, así de simple porque verbo quiere sustantivo, sustantivo busca adjetivo de mediana edad simpático, discreto y fiel, la lengua desatada pensará por ti, y es sólo tirar del hilo, recoger el sedal, y traer
a la superficie al primer salmón de la temporada, o un neumático cubierto de algas, pero bueno no está mal si tenemos en cuenta que los últimos estudios críticos comparados
afirman que el 80% de los que quieren decir mucho acaban creyendo que dijeron todo lo que querían, y en otras ocasiones tristemente célebres, absolutamente todo. Sólo los que hablen de más se salvarán. La función referencial del lenguaje
El robot consta de un sólo brazo articulado y quirúrgico, cromado en gris. Se alza sobre ese sistema de ruedas uncidas por unos bucles de cadenas planas, que se denominan no sin cierta gracia orugas, y que también llevan los tanques militares y
algunos tractores. El brazo desde lo lejos no tiene la más mínima
emoción y se divisa torpón y desaliñado tanteando en el aire, aciegas, tanteando, espantando moscas en el espacio que le delimita el precinto policial y que lo mismo sirve para disuadir a curiosos del
escenario del crimen, que para señalar el recorrido de una media
maratón. En algún momento parece que el robot se
niega, que se confunde, que se le atasca alguna duda electrónica, y vacila un momento con un temblor hierático. Pero después de todo, se acerca con inexorable matemática al cuerpo del hombre que yace en el suelo con un tiro certero de poli en la pierna. El hombre no tiene espadas de láser ni bolas
de energía ni destornilladores de estrella para luchar contra tan fantástico caballero y sólo
intenta encontrar un horizonte de asfalto a donde arrastrar su extremidad herida, escaparse del apéndice de metal que le abarca entero y le achucha, le palpa, le señala y le dice tú
tú tú cabrón, como los niños que hurgan con un palito en el
cuerpo de un gato muerto. El monobrazo, monopuntero, monodedo, monopalito, voltea varias veces al hombre-saco de patatas, y le desarregla los faldones de la camisa, la
corbata, la camiseta interior y la bragueta, hasta encontrar el artefacto adosado a su
cintura. Con un giro y un estilo muy parecido al de los baloncestistas cuando lanzan tiros
libres, arroja el cinturón explosivo cien metros más
allá, prodigiosamente bombeado, despacioso, justo y
de treeeeessss... din don!: junto dentro de un contenedor de escombros que
vuela por los aires. El cuerpo de artificieros se mira incrédulo. Little Cop no estaba programado para eso, pero quería lucirse.
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Hoy
tengo un día de los buenos buenos, día
de los de toma pan y moja y
voy a defenderlo a cucharazos de
los malos, de toda chabacanería que
me aceche con envidia el día, levantar
una jornada es más difícil que
a un niño que se parta los morros en la acera. Aquí
la tengo y lo exhibo sobre mi cabeza el
cinturón de campeón mundial de los superpesados. Es
por eso que trabajo y me desvelo, hoy
me brilla un colmillo cuando
sonrío a las mujeres hoy
no voy sino a tirar de la ironía y los mamporros la
pirueta, el lance apretado y
la finta a tanto mameluco que me venga como
Burt Lancaster, como Simbad el Marino. A mi padre. Nos
queremos mucho en mi familia. Nos
queremos a lo largo de una sardina cruda, durante
la preparación de un guiso los domingos en
la cocina cacareada y repleta de hijos por
todos lados, parece mentira que
sólo seamos tres: -Mi
padre que acecha tras la puerta-. Nos
queremos con daditos de amor
o de jamón, robándonos
el pan en la sobremesa nos
queremos conspirando en el baño un
ataque secreto a
la nueva cesta de navidad, abandonada
a su suerte en el pasillo, nuestro
amor es amor de
ciclo intestinal completo. Mi
padre busca en otoño amor
por los pinares, amores
singulares escondidos bajo la hojarasca, y
por cada hallazgo del sombrero anaranjado canta
y baila y se le emborrachan los ojos. Luego
trae enormes cestas de amor que
mi madre cocina o mete en conserva, pero
nunca del
modo prescrito para tan soberbio manjar. También
mi padre cultiva amor en
su huerta fabulosa, y se enfada mucho si
le pisas el amor guarecido entre las hojas de
una col que nace. Por
eso a mi padre se le antoja siempre mucho
amor en el frigorífico, demasiado para
consumirlo en perfecto estado, y a mi madre muy poco, pero
en el fondo se quieren -entre
otras muchas cosas- porque
ambos saben que el amor es
un vínculo de aceite que
ha enhebrado tres bocas milagrosamente.
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La paciencia.
Ngai, el dios de la tormenta masai, está preparando algo en su puchero. Hace extraños pases con las manos, salpimenta, gesticula con los ojos muy abiertos y dice
tatuca tunga, que significa abracadabra en castellano. Escupe justo en el centro del cráter del Kilimanjaro. El búfalo entretanto ha ido observando con ojos tristes de animal pacífico como las primeras gotas breves quedaban
prendidas sobre la telaraña posada en una brizna de
hierba sagrada, ha mirado extrañado al cielo, y una gota le ha acertado justo en el ojo
abierto como otro cielo. Las garzas blancas que venían sobre su lomo, tres garzas amigas, se han marchado ahora al abrigo de las acacias y el búfalo se va quedando sólo, aunque a lo lejos están algunos de la manada
comentando el partido del domingo. En medio de la planicie agostada por la estación seca, los grandes bóvidos pueden oler la humedad a cientos de kilómetros... El búfalo llevaba unos días amodorrado,
irascible y molesto sabiendo que algo tenía que pasar sabiendo que ya llegaba el momento de algo, pero no era normal ese raro olor del aire como a bulba de búfala italiana. Había
muchos mosquitos. Ahora el búfalo se queda muy quieto en medio
de África como hacen los escarabajos cuando el mismo les resopla en la coraza para darles un susto. Encoge el cuello y se deja mojar despacio, lamido por la vaca más grande de la tierra.
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