Lo bueno es imaginar el
cielo del color que uno quiera.
Hoy, por ejemplo, es de un
imposible azul-tonto
(a quién se le ocurre).
Lo demás es estar al otro
lado de un parabrisas viajando lejos,
con la radio encendida
será un aséptica vivisección de sentimientos,
como ranitas
microscópicas y verdes,
y yo un bisturí también
muy pequeño y afilado.
Las consecuencias son dos:
primero:
vuelvo a casa y el gato no sabe quién soy.
segundo: mi
madre se queda mirándome muy seria en la comida. Dice:
"tú sabrás lo que
estás haciendo".
El final por lo demás
predecible:
un vaso grande y
transparente de gintónic
mientras se pone el sol en
nuestra plantación de té.