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Una estrella
Ha llegado una estrella;
una canción cantarle quisiera,
antes de que el tiempo traiga el olvido;
la belleza se muere como los caminos.
La estrella es pequeña, su luz es intensa;
las nubes se detienen si ella piensa
a dónde el viento del atardecer las lleva,
o por qué se vuelven grises cuando nieva.
La estrella tiene amarillo el corazón,
ama lo que vive a su alrededor,
brilla como llama blanca si algo bello viene
a llenar de asombro su estación de trenes.
Y hay una sonrisa en su sonrisa,
una lágrima en su lágrima,
una música en su música,
y una aurora en su mirada.
Cuando la estrella mira hacia la noche
hay temor a lo extraño de los dioses,
que se han llevado la luz de la ventana
y han borrado el perfil de la montaña.
Y se llena de preguntas,
quiere saber la estrella, dar nombre a las cosas,
arañar un misterio con sus manos curiosas.
Y hay una sonrisa en su sonrisa,
una lágrima en su lágrima,
una música en su música,
y una aurora en su mirada.
La estrella escribe palabras que se visten
de brillantes colores y no existen;
no deja nunca la mañana a oscuras,
y se mancha los dedos de pintura.
Cuando se despierta, sueña, y se maravilla
con las maravillas que descubre cada día.
Para ella no hay silencio, y si está sola
recuerda el silbo del viento con las olas,
las olas del mar,
que en algún lugar de la tarde que se marcha,
está.
Y hay una sonrisa en su sonrisa,
una lágrima en su lágrima,
una música en su música,
y una aurora en su mirada.
La estrella salta sobre la cama,
y cocina docenas de pastelitos
con plastilina, aceite y mermelada,
y cuenta un cuento a sus amigos
sobre una niña de arena y de corales
que ríe en el mar,
que en algún lugar de la niebla que amanece,
está.
¿Dónde están tus amigos?,
pregunta la estrella, y yo creo
haber visto una vez las estrellas más rojas
(eran las amapolas), y el lugar se ha perdido,
un lugar
que en los nombres y en los ojos cerrados para
siempre
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