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Nacida el 18 de septiembre de 1964, Albacete Podría decir que en lugar de un pan bajo el brazo, traje un libro. El objeto más preciado en mi infancia era una linterna con la que leía bajo las sábanas cuando todos dormían. Esa afición a la lectura se mantiene en la actualidad, me he convertido en una “devoradora de libros” y supongo que tantas historias acaban por darte un empujoncito para intentarlo tú. Durante este curso (2004) estoy impartiendo un “Taller de Cuentos” para niños de edades comprendidas entre 4 y 6 años en un colegio de Albacete. Pensé que sería difícil porque no sabían leer ni escribir, pero ha resultado una experiencia estupenda, me he vuelto cría otra vez inventando historias sin pies ni cabeza y divirtiéndonos con los cuentos.“Las
plantas se riegan antes de que se sequen” “Lo
mejor que puedes hacer por alguien, es permitirle que haga algo por ti” . |
| Datos artísticos y literarios |
Relato y poesía |
- Incluida en el libro 13 ventanas abiertas (relatos del verano 2003 de la Biblioteca de Albacete (1901-1923) con el cuento La Bienquerida (2004, relatos, ed. Albaceteliterario.com y JCCM) - Sinceramente tuya (2004, cuentos, ed. Ediciones Torremozas), incluye dos cuentos de la autora, uno de los cuales fue 1º premio ex aequo del Certamen Ana María Matute de relatos en el año 2002 En fase de preparación: AMUSYD está interesada en publicar en un volumen los premios otorgados hasta la convocatoria del año 2003, y continuar la colección con los próximos premios. En este sentido, algún día veremos publicado mi Vivencias a través de un poema, 1º premio AMUSYD del año 2002.
Al principio escribía solo para mí. Un día descubrí que aquellos que leían mis relatos se atrevían a hacer comentarios, preguntar ideas poco claras, sugerir cambios, añadir cosas… algunos decían “Tiene posibilidades”. Entonces pensé “si soy capaz de hacer reaccionar al lector, hacer que ría, que sienta, que sufra… y si además logro sobrevivir a mi peor crítica que soy yo misma, entonces es que soy capaz de crear –a mi manera- literatura”. |
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| Datos de interés | |
Me gustas tú (Manu Chao), la lasagna, la voz de Ismael Serrano recitando y las canciones de Sabina.
No me gusta la sangre frita con cebolla, la prepotencia en las personas, ni escuchar a José María García bajo la almohada
Ángel González, sobre todo cuando “prueba el pan como los panaderos”; la excentricidad de Millás, Lajos Zilahy, Celima Bernal García, Mª de la Pau Janer y Ken Follet. (Podría estar poniendo nombres sin parar porque me gustan todos).
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| Textos del autor on-line | |
| ► Castillos de Frontera | ► Eloisa (relato) |
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Castillos de Frontera |
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Castillos
de Frontera
Si
vas a La Pobla de Claramunt podrás ver el
camino empinado que sube al castillo... Podrás
contemplar el verdor desparramándose
por la ladera, y
el mezclarse de las orquídeas salvajes, con
el viento, que arrastra la hojarasca. Descubrirás
los barrancos, cubiertos
de madreselva, que invitan a
dejar caer el cuerpo cansado en
tan mullida cama liviana. Descansarás
a mitad de camino en
improvisados bancos para peregrinos y
sentirás el aire fresco y limpio allá
en lo alto, ululante. Aparecerán,
de pronto, en
tu campo de visión, las murallas, las
almenas, la torre del homenaje, y
los ábsides de la pequeña capilla. Espiarán
los ojos ocultos, de
sus moradores ancestrales, tras
las saeteras de la piedra, esperando
tu avance. Los
muros mostrarán la imagen, de
los tiempos pasados, caminante. Las
voces resonarán, distantes, contando
historias medievales. Mirarás
desde su cima y verás de lejos a
sus hermanos de piedra: La Llacuna, La
Tosssa de Montbui, Òdena y Miralles, altivos
y eternos vigilantes. No
tendrás que soñar, Quijote, que
no son molinos los castillos, ni
aspas sus banderas ondeantes, sino
catalanes estandartes. No
habrás de luchar, Triste Figura, que
toda esta gente es amable. Ya
no quedan moros que amenacen a
los castillos de frontera. Sólo
el tiempo ganará, inevitable, la
batalla a los gigantes catalanes, dejándolos desmoronarse, “Senyor Quixot de la Taca”.
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Eloisa |
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ELOISA La primera vez que vi a Eloisa, no estaba bajo un almendro. La encontré sentada en la escalera de piedra que daba acceso a la puerta principal de la casa de mi padre. No pude evitar pensar que éste había hecho un mal cambio, porque lejos de ser una mujer de carnes prietas, como a él le gustaban, Eloisa era lo más parecido, en mi imaginación de cría, a un insecto palo. Toda ella era huesos y pellejo, con ojos saltones y redondos, que se me antojaba iban a salir disparados de las cuencas en que apenas se sujetaban, y esa nariz larguirucha, a tono con el resto de su cuerpo, recta, sin apenas forma y que parecía se la hubieran cincelado unas manos toscas y torpes. No, aquella mujer no era precisamente bonita, ni siquiera del montón. Era realmente espeluznante. Su cuerpo, flaco de por sí, aún lo parecía más embutido en aquel vestido negro de paño. Sus manos con largos dedos huesudos asomaban tímidamente por las mangas y se entretenían jugueteando con unas almendras verdes, todavía metidas en la membrana pardusca y dura. De vez en cuando se llevaba una a la boca y la mordisqueaba ligeramente con lo que me parecieron apenas cuatro dientes o tal vez cinco, pero no muchos más. Cuando Papá me llamó desde París diciéndome que había conocido a una mujer y que se había casado con ella, me la describió totalmente distinta a cómo yo la vi aquella mañana. Me dijo: -Eloisa es muy bonita, tiene unos rasgos muy exóticos-. ¿Qué entendería mi padre por exótico? Porque visto lo visto, esta mujer podría ser cualquier cosa menos eso. Yo me reí, en silencio, porque tampoco quería que Eloisa pensara que era una jovencita mal educada, pero aquella visión de verdad me impactó por un tiempo. Yo empecé a llamar a papá conforme me acercaba por el caminito de baldosas, casi sin atreverme a pasar por delante de aquella mujer. –¡Papá, ya estoy aquí¡-, pero él no salió de la casa como yo esperaba, corriendo, alegre, llamándome “bichito” como antaño. Aminoré el paso esperando el milagro, porque ya me quedaban apenas dos metros para llegar donde estaba sentada Eloisa. Ella me miró entornando sus ojillos, que aún me parecieron más pequeños, y sonrió mostrando la inexistente dentadura al completo, las encías y si se descuida también la campanilla. -¡Vaya –pensé yo- al menos es alegre¡-. Y le devolví la sonrisa, esperando que la cosa no pasara de ahí. Pero no, no estaba de Dios que ella se quedara callada. Lo que me pareció el chirrido de los goznes de una puerta, dio paso a una voz chillona que para colmo me pareció que tenía un ligero deje pacense. Me quité la idea de la cabeza porque papá me había dicho que Eloisa era francesa, pero aquella mujer seguía arrastrando la última vocal de cada palabra como si hubiera nacido en Badajoz o en el mismísimo Almendralejo. -¡Holaaa guapaaa!, ¿qué se te ofreceee?-. Su voz no dejaba lugar a dudas, aquella mujer no era francesa, vaya ni por asomo. Quizás se criara allí, pero desde luego de francesa tenía poco. No sé, quizás yo había idealizado su imagen muy a lo parisino, imaginando su pelo cortado a lo garçon, sus uñas largas, pintadas de rojo, más bien pechugona y cintura estrecha. Tal vez lo que cuentan de las parisinas son historias de Moulin Rouge o delicadas señoritas haciendo mohines con la boca en un almuerzo de remeros de Renoir, pero desde luego nadie me contó que hubiera mujeres como aquellas en el Quartier Latin, donde había estado viviendo mi padre hasta ahora. Dejé las maletas en el suelo, casi a los pies de aquella mujer, me senté a su lado, un escalón debajo del suyo y me quedé mirándola con cariño. Después de todo, si mi padre la había escogido para vivir el resto de su vida con ella, habría que acostumbrarse y nada costaba ser cortés en mis cortas estancias en la finca. Ella volvió a enfocar los ojos, como intentando centrar mi cara, y me estudió profundamente. Yo la miré más intensamente y ella ni se inmutó. Traspasó su vista mi cuerpo como si fuera un fantasma, inmaterial, espectral, pero intuí que no le pasaba desapercibida al ver resbalar dos gotas cristalinas y saladas, por la emoción, desde sus lagrimales, a lo largo de la mejilla. Yo no me aparté, manteniendo el tira y afloja tácito, que nos tenía atrapadas en una dialéctica de pupilas, callada, pero vociferante en nuestros cerebros. No le pregunté, pero ella me respondió: ¿así que tú eres Carolina?. Cuanto más hablaba más me resignaba yo. No me haría falta el diccionario de francés-español que llevaba en la maleta, porque a aquella mujer la entenderían hasta los pájaros del jardín, acostumbrados al castellano toda la vida. ¡Y mira por donde, me había hecho yo ilusiones de aprender el franchute!, pero vaya, como que Eloisa poco me podía enseñar. -¡Ven aquí “Niña sureña”!. Le dije a mi hermana, que hasta aquel momento había permanecido detrás de mí, escondida, como si de mi propia sombra se tratara. Yo la llamaba así porque, al igual que Eloisa, mi pequeña hermana tenía varios huecos en su dentadura, de tal modo que cuando hablaba se le escapaba el aire, produciéndose un leve seseo que me recordaba a uno de los personajes de mi serie favorita. Lucía –así se llamaba la pequeña de la casa- contaba por aquel entonces con cinco años y una curiosidad inconmensurable, que apenas sabía disimular. Se quedó allí agazapada, hasta que no pudo aguantar más y preguntó con un hilillo de voz, que no obstante llegó a los oídos de Eloisa. -¿Y porqué no tiene dientes? ¿También se los ha llevado el “Ratoncito Pérez”? Yo me sonrojé sintiendo vergüenza ajena, pero Eloisa volvió a reírse, esta vez a carcajadas, mostrando de nuevo la ausencia de dientes. Horrorizadas, pudimos ver las dos cómo metía su mano derecha en un bolsillo y sacaba una cajita, para, tras abrirla, extraer de su interior una dentadura que colocó de inmediato dentro de su boca. Lucía dejó escapar un ¡Ooh! y su cara adoptó una mueca, mitad asco, mitad sorpresa. Pero Eloísa cambió con aquella dentadura. Ya no parecía tan vieja y su cara se hinchó levemente. De nuevo sonrió y dijo: -No, mujer, la culpa de esto la tiene la piorrea. Intenté darle un codazo suave a mi hermana previendo lo que iba a preguntar a continuación, pero no me dio tiempo y ni corta ni perezosa, Lucía soltó: -¿Te hizo mucho daño?... pues vaya puñetazo te ha soltado la mujer esa, La Piorrea... Esta vez las carcajadas de Eloisa debieron oírse hasta en “El Pirulí”, y yo, de nuevo con ese sentimiento de vergüenza, le dije a Lucía que se callara, que así estaba más guapa. Por no sé qué casualidad se me ocurrió decirle que si no se callaba nos oirían hasta en Pénjamo. Ella, de nuevo extrañada, me preguntó -¿qué es Pénjamo, Carolina?. Yo le dije –pues un sitio que está muy muy lejos... -¡Ah¡ dijo ella, ¿el quinto pino? Ahora si que no había remedio. Eloisa se moriría de un ataque de risa y a nosotras nos mataría Papá por haberle dejado sin esposa. ¡Cómo reía aquella mujer! -Vaya con la pequeña Lucía. Pero que rica eres... añadió Eloísa, mientras se le escapaban las lágrimas por tanta risa. Mi hermana adoptó entonces la viva imagen de un querubín adorable. Ladeó la cabeza ligeramente y entorno sus ojos verdes y grandes, como si le estuviera dando el sol de lleno. Dejó su boquita entreabierta y sus trenzas pelirrojas se deslizaron hacia delante enmarcando su cara ovalada, surcada por una nariz respingona y las numerosas pecas que la salpicaban. Entonces suspiró. Lo hizo como las princesas de los cuentos, como las heroínas de las novelas... y sonrío, mostrando sus mellas. Como si de repente hubiera tomado una gran confianza con Eloisa, se sentó a su lado en aquella escalera de piedra y nos quedamos allí las tres, calladas, sintiéndose solamente los enormes esfuerzos de Eloisa por no echarse a reír de nuevo, durante un tiempo que a mí se me antojó eterno. Al cabo de un rato estabamos las tres cascando por los codos. Lucía no paraba de preguntar indiscreciones a las que Eloisa contestaba amablemente. Nos contó que mi padre le había dicho que vendríamos y ella se había quedado a esperarnos mientras él bajaba al pueblo a comprar algunas cosas de última hora. Nos convenció para que entráramos en la casona y colocáramos el equipaje mientras ella nos preparaba un suculento almuerzo, ya que durante un rato venían amenazando unas nubes sospechosas y un airecillo fresco y húmedo, delator de la tormenta que se avecinaba. Apenas nos levantamos de los escalones, empezaron a caer esas gotas gruesas, típicas de una tormenta de verano, que en ocasiones golpeaban furiosas y con fuerza en nuestras cabezas. Con todo, a pesar de que Eloisa echó a correr como un galgo, Lucía y yo retrasamos nuestra puesta en cubierto bajo el porche, dejando que el agua empapara nuestro pelo y estuvimos danzando con el repiqueteo de las gotas en los alerones del tejado, riendo y girando, gritando y saltando, hasta que nos invadió el intenso olor a la tierra mojada. La casa se veía enorme bajo la lluvia. Mamá nos había contado que era muy antigua y que probablemente Papá la había remodelado desde la última vez que estuvimos en ella. Yo no me acordaba, apenas tendría cuatro años cuando Papá se marchó y Lucía ni siquiera había estado allí. Supe que volvía a “Zeralda” –así se llamaba la casa- aquella tarde en la que escuché a mi madre hablando por teléfono. Me llamó la atención que ella, siempre tan sosegada y alegre, alzara la voz de aquella manera, fuera de sí. Decidí escuchar agazapada detrás de la puerta y la oí replicar: -¡Pero Marcelo, hace mucho tiempo, no quieras llevarte ahora a las niñas!. Así que mi madre hablaba con mi padre... Hacía mucho tiempo, sí. Yo nunca supe dónde estaba él. Mamá se ponía triste cuando le preguntaban y yo no quería que ella llorara más. Así pues, decidí que, fuera donde fuera que estuviera mi padre, allí estaba muy bien, ¡sí señor!. Cuando Mamá colgó el teléfono me vio allí, callada, con los ojos muy abiertos. –Papá os lleva de vacaciones este año cariño- dijo ella. Y durante los pocos días que habían transcurrido, mi padre llamó numerosas veces, queriendo paliar –eso creo- la falta de llamadas durante años. Volvió a decirme bichito, como si no hubiera pasado el tiempo y me prometió no sé qué vestidos parisinos y sombreros de cintas y medias de seda y zapatos de esos “francesitas” de charol. Yo no hacía mas que preguntarme qué diría de Lucía, a la que ni siquiera conocía. ¿Y qué diría Lucía de él?. Tener un padre famoso no hizo que mi hermana y yo nos acordáramos mucho de él. Por una parte, era comprensible que para Lucía –que como he dicho antes, no lo conoció nunca- siguiera siendo un fantasma en sus recuerdos, a pesar de las muchas fotos de las revistas y esos cuadros que habíamos ido a ver, varias veces, al Prado. En mi caso, aun queriendo disfrutar la coletilla de “...si, es la hija del pintor ese famoso...”, fue bastante fácil relegarlo al fondo del cajón desastre en el que se guardan las ideas poco claras, lo que no te gusta o lo que quieres olvidar para siempre. Cuando entramos en la casa, nuestros ojos se perdieron en una estancia enorme llena de columnas y pasillos, en cada uno de los cuales se abrían puertas y se encaramaban cuadros y espejos. Se parecía más a esas salas de las galerías de arte que a los tradicionales recibidores de las casas. La luz inundaba la estancia haciendo más blancas las columnas y las paredes, y más reflectante el encerado suelo de mosaicos, repleto de figuras geométricas en blanco y negro, grandes y nítidas, que parecían abrirse en un dibujo dinámico. El chorro de luz tan magnifico provenía de un enorme rosetón, a modo de claraboya, de cristal transparente, que había en el centro de la pared del fondo, que dejaba derramar una escalera marmórea, enorme y majestuosa, para desembocar en el centro de la estancia. A mí me recordó un poco esos palacios principescos típicos de películas como “La Pimpinela Escarlata”. Las dos estabamos embobadas mirando todo aquello. No se adivinaba desde fuera el maravilloso interior, que sorprendía y nos hacía volar escaleras arriba, imaginando el resto. Como si Eloisa supiera lo que pasaba por nuestras cabezas, nos instó a subir y buscar nuestro cuarto. Nos quedamos sin aliento cuando llegamos al principio de la catarata de escalones: Nuestros cuerpos parecían flotar delante de la vidriera del rosetón, ante el imponente chorro de luz que el sol, renacido de la tormenta, proyectaba hacia dentro. Yo miré a Lucía. Estaba preciosa rodeada de un halo brillante que hacía destacar el fuego de su rojo pelo. Miré hacia donde lo hacían sus ojos para descubrir, al otro lado del cristal, un enorme jardín salpicado de manchas de colores, pues tal era el efecto de las flores a través del rosetón, igual que un paisaje impresionista de Van Gogh, hecho a pinceladas y trazos desiguales y gruesos, como reproduciendo el follaje verde, y con las rosas, pensamientos, caléndulas y tulipanes, en mazizos bien definidos, que parecían la explosión de colores de unos fuegos artificiales. Pero lo que captó enseguida nuestra atención fue la fuente. Y más que la fuente, la figura femenina y redondeada, que dejaba escapar de entre sus manos el chorro de agua cristalina sobre una especie de bandeja, que una vez llena, se vencía por el peso y volvía a derramar su contenido acuoso, esta vez, en el estanque breve, luminoso y centelleante allí donde los rallos de sol hacían cosquillas al agua. Yo seguía absorta en la figura de la fuente, en sus largas piernas bien torneadas que nacían bajo los pliegues de una túnica semitransparente, de un color verdoso aguamarina que brillaba bajo el sol. Mis ojos iban subiendo por el talle de la mujer descubriendo el abultado pecho sensual que casi escapaba de la vestimenta. Tenía la mirada perdida en el jardín, como esperando, quizás buscando. Lo que parecía tristeza se convertía en serenidad y de sus labios escapaba, tímidamente, una sonrisa apacible. Los cabellos caían por sus hombros enroscándose, pasando de largo su cintura de avispa. Toda ella era blanca, de mármol brillante. Pero allí donde el sol la acariciaba, se adivinaban colores pastel, ahora crema, más tarde rosa pálido, de pronto verdoso, pero todos ellos apenas perceptibles. Eloisa tocó sobre mi hombro y salí del sueño dando un respingo. Ella sonreía al ver la sorpresa en nuestros ojos. Nos empujó suavemente hacia la derecha y nos señaló una puerta. El cuarto era precioso. Tenía dos camas cubiertas con colchas blancas y sedosas, llenas de puntillas y de almohadones mullidos. Los cabezales eran dorados, formando sus barrotes raros dibujos que parecían madreselvas. Había estanterías repletas de muñecas antiguas, con tirabuzones y mejillas sonrosadas de porcelana. En el centro de la pared se abría un enorme ventanal que daba al jardín. Me asomé deseando ver de nuevo a la mujer de la fuente. Las paredes estaban forradas con una especie de tela muy rica que se distribuía en guirnaldas verticales de flores menudas color rosa palo sobre beig, dando una altura increíble a la estancia. El mismo dibujo corría a lo largo de las cortinas, que se hallaban recogidas a ambos lados del ventanal, con unos cordones enganchados en unos pequeños lazos metálicos fijados en la pared. Teníamos a nuestra disposición un pequeño escritorio. Encima de él encontramos papel de colores, unos cuantos lápices, sobres y una cajita con sellos. Al otro lado se abrían las puertas de un enorme armario empotrado. Lucía se metió dentro y dijo que sería su habitación secreta. De hecho, unos días después la encontré dormida allí, rodeada de sus cosas más preciadas. Mientras deshacíamos las maletas y colocábamos nuestras ropas, un olor dulzón y almibarado invadió el cuarto. A mí se me hacía la boca agua y me vino a la mente esas tortitas con nata y caramelo o chocolate, con canela o sirope de fresa... Nos dimos cuenta del hambre que teníamos y bajamos corriendo los escalones siguiendo el aroma. Las dos irrumpimos en la cocina dando gritos de alegría y relamiéndonos de pensar en los dulces. Entonces la vimos. La mujer del jardín estaba en el centro de la cocina y papá a su lado, los dos sonrientes. Entonces mi padre dijo: -Os presento a Eloisa.
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