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Me
llamo Ángel, y tengo 9 años. Vivo en la capital, en la ciudad, pero
mis padres eran del pueblo. Mi mamá se murió hace mucho, cuando nací
yo, y ahora vivo solo con mi padre. Tengo una hermana, Asun, que es más
mayor que yo y ya se ha casado y tiene un niño pequeño, pero no me
quiere. Dice que después que nací de rebote, cuando mis padres ya eran
mayores, lo hice para joder, que aunque no tenga que decir palabrotas es
así como lo dijo ella una vez. Dice mi padre que mi mamá era muy
guapa, y muy buena, y que nos quería mucho a todos. También dice que
ella está en el cielo, y que está contenta de que yo sea bueno y vaya
bien en el colegio. Pero yo no estoy contento, porque aunque me diga eso
mi padre a mí me gustaría tener una madre, como mis amigos. Hay
algunos niños que se ríen de mí porque no tengo mamá, y la seño los
castiga, pero luego me pegan. Mi padre también es muy bueno y me lo
hace todo él, y cuando va a recogerme al cole les dice a los niños que
no me peguen, pero luego siguen haciéndolo.
Voy
mucho a mi pueblo porque a mi padre le gusta mucho, pero a mí no me
gusta nada. Cuando vamos la gente nos mira mal, y muchos no nos quieren
allí ni nos dicen nada. Mi padre no les hace caso y se junta con sus
amigos en el bar y va a cazar, que le gusta mucho. Yo me tengo que ir
con él al pueblo, porque no me quiero quedar aquí con mi hermana, que
me grita y me pega y se porta mal conmigo. Allí no salgo de casa, y
cuando lo hago es con mi padre. Cuando salía a la calle solo, a jugar,
los otros niños más grandes, quitando mis amigos, me decían que yo
era un “endemoniáo” como mi abuelo, y me pegaban, y luego también
oía a señoras de esas viejas que van siempre de luto decir que yo era
el nieto del “endemoniáo”. Cuando oí eso le pregunté a mi padre,
y él me dijo que no les hiciera caso, que mi abuelo no había sido
malo, que los malos eran los demás y eran unos tontos. Después de
decirme aquello se levantó y se fue a la cocina diciendo palabrotas en
voz baja, para que yo no le oyera, pero sí que le oí.
Un
día que estaba en la piscina con mi prima Loli llegaron dos señores y
se pusieron a nuestro lado, un poco lejos. Mi prima estaba oyendo música
y yo leía un tebeo, pero oí como uno le preguntaba al otro si yo era
el nieto del “endemoniáo”, y el otro le dijo que sí, y entonces el
primero le preguntó que por qué era eso del “endemoniáo” y el
otro se lo contó. Le dijo que en el pueblo se decía que mi abuelo
jugaba a las cartas con el diablo, y que había matado ovejas sólo tocándolas.
También le dijo que una vez había matado a un hombre que le pegó. Se
pelearon, y cuando los separaron mi abuelo le dijo que esa noche el
demonio iba a ir a arrancarle el corazón, y al otro día amaneció
muerto.
Yo,
cuando oí aquello, me levanté y les dije que eran unos mentirosos, que
mi abuelo no era malo, y cuando se dieron cuenta de que los había oído
se pusieron colorados y se callaron. Entonces mi prima Loli se quitó
los cascos, y al ver lo que pasaba les dijo payasos y les regañó por
haber dicho aquello. Ese abuelo mío no era también de mi prima, pero
no le gustó que dijeran aquello conmigo delante. Nos bajamos al pueblo
y se lo contó a mi padre, y él se enfadó muchísimo y dijo algo así
como que ya los arreglaría. Luego me dijo que todo era mentira y que a
la gente les dábamos envidia porque éramos ricos y ellos eran unos
muertos de hambre. También decía que menos mal que mi madre se había
muerto antes que mi abuelo, por todo aquello que decía la gente, aunque
mi abuelo se murió a los pocos meses de nacer yo y no le conocí
tampoco.
Somos
ricos porque unos años antes de nacer yo a mi abuelo le tocó el Gordo
de Navidad, el billete de más dinero, y como la única hija que tenía
era mi mamá nos lo dio todo a nosotros. Entonces mi padre estaba en el
paro y teníamos poco dinero; bueno, mis padres y mi hermana Asun,
porque yo no había nacido. Mi padre me había dicho que casi nos
quitaron la casa y el coche y todo, porque no teníamos dinero para
pagarlos, y que el dinero nos vino muy bien. Con él mi padre puso una
tienda de ropa cara y ganó mucho dinero, y luego puso más y ahora
tenemos casi diez.
Una
vez le oí a una vieja que mi abuelo le había dicho al cura, el día de
antes del sorteo aquel, que le iba a tocar el gordo sólo a él, porque
había comprado todos los billetes aposta en Barcelona, y que lo iba a
hacer porque le había dado el alma al diablo. El cura le dijo cuatro
tonterías y se fue muy enfadado, pero mi abuelo se quedó donde estaba,
riéndose de él. Yo antes no me creía esas cosas, porque mi padre me
decía que eran mentira por eso de que nos tenían envidia, pero ahora
no sé.
La
casa de mi pueblo es muy grande, y dice mi padre que es la más vieja de
todas. Las paredes son de piedra, y el techo tiene unos palos de madera
muy gordos para no caerse. Fuera hay un escudo medieval, muy alto en la
fachada, que era de una orden de caballeros andantes. Por lo menos, la
casa tiene que tener setecientos años. Siempre había sido de señores
muy ricos, y tenía pinturas en el techo en algunas habitaciones, pero
mi abuelo las quitó cuando la compró.
Yo
y mi padre dormimos arriba, en dos habitaciones que están juntas, y
para entrar a la suya tiene que pasar por la mía. No cierra nunca la
puerta para oírme si me da miedo por la noche. Nuestras camas son de
madera, muy viejas, y se duerme muy bien en ellas porque los colchones
son de lana y te hundes en el medio. Sólo hay una mesita en cada
habitación, y baúles llenos de ropa y cosas viejas, pero en las
paredes no hay nada. Nunca a habido ningún cuadro. Una vez pasó una
cosa que me dio mucho miedo, hace unos meses. Yo quería poner un cuadro
del niño Jesús que había hecho con una foto que me había regalado mi
tía Jose. Mi padre subió y clavó una púa, y cuando puso el cuadro en
la pared se volvió a caer solo. Lo volvió a poner y se volvió a caer,
y cuando quiso ponerlo otra vez el cuadro salió volando y se hizo polvo
contra la pared de enfrente. Mi padre me cogió y nos bajamos corriendo.
Teníamos mucho miedo. Esa noche y las siguientes dormí con él en su
cama, y me tapaba la cabeza con las sábanas porque me parecía oír
ruidos y me daban escalofríos. Antes nunca había ocurrido nada raro,
pero luego pasaron más cosas.
Hay
otras dos habitaciones puestas igual que las nuestras, nada más que al
otro lado de una sala con cuadros muy antiguos de gente que no sabemos
quién es. En la sala también hay pájaros disecados y escopetas
colgadas de las paredes. En esa sala yo he visto luces por las noches,
pero no son luces normales. No son ni de bombilla ni de mechero. Antes,
si alguna vez me acostaba antes que mi padre, él subía alumbrándose
con el mechero para no despertarme, y veía como la luz temblaba y se
acercaba, pero esas luces que yo veía no eran así. También temblaban,
pero iluminaban todo igual y eran de color azul y naranja al mismo
tiempo pero por distintos sitios. Una vez la luz se hizo más fuerte, y
aunque me tapaba con las sábanas podía verla a través de ellas.
Pero
no sólo es eso lo que pasa en mi casa. También desde cuando empezaron
las luces, que fue hace unos meses, igual que lo del cuadro, empecé a oír
ruidos raros. Algunas veces oía que llamaban a la puerta de la calle, y
cuando iba no había nadie. A lo primero me creía que era algún
gracioso, pero luego me di cuenta de que no. Otras veces oía como
rascaban en la puerta de mi habitación cuando yo ya estaba acostado, y
me tapaba la cabeza con las sábanas y lo seguía oyendo. Era como si un
animal la arañase muy fuerte, pero mi padre nunca lo oía. Luego empecé
a oír como voces de niños hablando muy bajo, y lloraban y se quejaban.
Una
vez se vino a dormir a mi casa un primo de mi padre que vivía en
Valencia y que había venido a cazar con él. Se acostó en la habitación
del otro lado de la sala. Esa noche oí como los niños hablaban sobre
él, y decían que lo iban a matar y se lo iban a dar al demonio, y yo
me puse a llorar de miedo y me acurruqué dentro de la cama. Después oí
las voces al lado de mi cama, y me dijeron que no llorara, que a mi no
me iban a hacer nada, pero que al primo de mi padre lo iban a matar si
no se iba al otro día. Tenían la voz muy fina, tanto que yo nunca había
oído ninguna igual. Parecía como si tuvieran voz de gato. No me atrevía
a destaparme para verlos, pero me siguieron diciendo que mi abuelito me
quería mucho y que vendría a verme pronto. A mí me dio más miedo aún,
porque sabía que mi abuelo se había muerto de un infarto el año que
yo nací, pero ellos me dijeron que mi abuelo estaba allí, en la casa,
y que me cuidaba y siempre me vigilaba, porque yo, según dijeron ellos,
era “vital y precioso”. Luego se volvieron a ir a la sala, y miré
por una rendija entre las sábanas y vi que estaban las luces mientras
ellos hablaban. Entonces, cuando yo miré, se callaron, y yo me volví a
tapar muy deprisa y ellos empezaron a reírse.
Otras
noches los oía por otras partes de más lejos de la casa. Se oían
ruidos de cacharros y golpes, y cómo se reían mucho. Esas noches yo ya
me acostaba con mi padre, pero él no los oía porque se dormía muy
pronto. Una mañana me levanté y vi que un mueble se había caído y se
había roto. Mi padre me regañó porque creyó que había sido yo, y
aunque le dije que yo no lo había roto él no me hizo caso. Esa noche
las voces se vinieron al lado de nuestra cama y se rieron de mí porque
me habían regañado por algo que habían hecho ellos. Me dijeron que lo
habían dejado aposta para ver que hacía mi padre, y que era muy malo
por haberme reñido y que mi abuelo me quería más.
Desde
aquello, que pasó todo al principio del verano, he estado sin ir al
pueblo más de dos meses. Un fin de semana mi padre fue, pero yo preferí
quedarme con mi hermana. Vive en una casa muy grande, en un séptimo por
el centro, y tiene madera en el suelo y muchas alfombras, y todos los
muebles son muy caros. Lo sé porque me acuerdo de cuando compraron
algunos, y se los habían traído de Alemania. Mi hermana también es
rica, pero porque su marido, que se llama Juan, tiene una fábrica de
zapatos muy grande y muy importante. Él sí que se porta bien conmigo y
me deja que me acerque a mi sobrina, que ya tiene dos años y se llama
Alicia.
El
sábado aquel, por la tarde, nos quedamos solos Juan, la niña y yo. Mi
hermana se había ido a comprar e iba a llegar tarde. Yo jugaba con
Alicia y Juan veía la tele. Él me preguntó por qué no me había ido
con mi padre si siempre me gustaba irme al pueblo. Yo le dije que porque
me apetecía quedarme allí, pero él me dijo que me pasaba algo, y que
podía contárselo si quería. Al principio no quise, pero luego se lo
conté. Le dije lo de las luces y los niños, y lo que habían hecho con
el mueble y lo que me decían. Juan se enfadó mucho conmigo y me dijo
que no tenía que inventarme cosas feas de mi abuelo. Luego me preguntó
qué me habían dicho en el pueblo sobre él, y yo dije que nada, que sólo
había oído algunas cosas como aquello del “endemoniáo”. Se creyó
que me lo había inventado, pero me puse a llorar porque era verdad, y
cuando me vio se le pasó el enfado y me dijo que a lo mejor, por haber
oído esas cosas, a mí me parecía ver luces y oír a los niños, o que
a lo mejor hasta lo soñaba. Yo le pedí que no dijera nada a mi
hermana. Me dio un vaso de zumo y me dijo que no pasaba nada, que no se
lo iba a decir. Luego volvió mi hermana, y me preguntó por qué no me
había ido con mi padre, y antes de que yo le contestara Juan le dijo
que me daban miedo unos niños que me querían pegar y no había ido por
no quedarme solo. Mi hermana me dijo que cómo no iban a querer pegarme
si era tonto, y nada más cenar me acostó.
Cuando
mi padre volvió, yo le pregunté si había pasado algo raro en la casa.
Él me dijo que no, y que yo no tenía por qué tener miedo, que allí
no pasaba nada. Hace unos días, ya en Agosto, me convenció para que me
fuera, porque iban a ir unos primos míos de Móstoles que llevaban sin
venir mucho tiempo. Al principió me dio miedo, porque me acordé de lo
que había pasado con el primo de mi padre, y le pregunté que si iban a
venir a casa, pero menos mal que no, porque iban a ir a la casa de mi tía
-que el hermano de mi padre es mi tío- y yo me quedé más tranquilo.
Cuando fuimos, la primera noche me quedé a dormir con mis primos porque
tenía miedo de ir a mi casa. A ellos no se lo conté, porque sabía que
se iban a reír de mí. La segunda noche también me quería quedar,
pero no pude.
Me
acosté temprano para el verano, a las once y media o así. Mis tíos y
mis primos habían ido a un pueblo de al lado a ver a unos familiares de
mi tía, y como yo no tenía nada que hacer me fui a dormir. Me quedé
durmiendo con las luces de la sala y de mi habitación encendidas, y
llevaba una cadena con una cruz que me había regalado mi tía. Cuando
llegó mi padre apagó las luces y se acostó. Me desperté a las tres
con las campanadas del reloj de la plaza, que está cerca de casa. Al
principio no me acordé de nada y quise seguir durmiendo, pero entonces
me acordé y miré a la sala. La puerta estaba entornada, y yo podía
ver la luz de la luna porque las ventanas estaban abiertas. Me sentí
bien porque no estaban las luces ni los niños, pero como aún tenía
miedo me tapé la cabeza. En cuanto lo hice cerré los ojos para
dormirme, pero luego los abrí y me volví a asustar mucho, porque las
luces estaban otra vez ahí. Cerré los ojos muy fuerte para que se
fueran, pero al abrirlos seguían donde estaban. Entonces volví a oír
a los niños. Estaban hablando entre ellos muy bajito, y de repente
volvieron a ponerse al lado de mi cama. Esa vez me dijeron que estaban
muy enfadados conmigo, y que mi abuelito lo estaba más aún. Era porque
había estado sin ir mucho tiempo, y decían que yo tenía que estar allí
todo el tiempo que pudiera porque le hacía falta a mi abuelito. Les
pregunté por qué, y fue la primera vez que me atreví a decirles nada.
Al principio se quedaron callados, como si no se esperaran que yo les
contestase, pero luego me dijeron que era para que mi abuelito no
estuviera triste, porque yo era lo único que le quedaba. Les dije que
también estaba mi hermana, pero me contestaron que como ella no iba
nunca a la casa mi abuelo no la quería. Cuando me dijeron eso empezaron
a reírse muy fuerte, y no sé como no se despertó mi padre. Luego
dijeron que no tenía que contárselo a nadie, porque sabían que se lo
había contado a Juan, y que si lo volvía a hacer me iba a arrepentir.
Fue la vez que más miedo tuve, porque luego me dijeron que yo me tenía
que ir con ellos y que a la noche siguiente iba a venir mi abuelo a
verme.
Esa
noche aún pasaron más cosas. Después de que los niños estuvieran
hablándome se quedaron al lado de mi cama. Estuvieron mucho rato
cantando una canción muy flojito, y me parece que era una nana. No
entendía bien lo que decían, pero me daba mucho miedo. Luego se
volvieron a ir a la sala, pero ya no sólo cantaban ellos. No sé de dónde,
pero se empezaron a oír unos violines tocando siempre la misma nota.
Tocaban muy fuerte, y la nota sonaba muy mal, tanto que se me metía en
los oídos y me molestaba mucho, hasta casi hacerme daño. Lo que
cantaban los niños me recordaba a las canciones que cantan los monjes
esos que salen en la tele, pero más despacio y como hablando.
Luego
se ve que me dormí sin darme cuenta, porque me desperté al día
siguiente tapado con las sábanas, como me había quedado antes de
dormirme. Me despertaron los gritos de mi padre. Estaba diciendo unas
palabrotas muy feas y muy gordas de Dios y de la Virgen en el corral. Me
levanté corriendo y me asomé a la ventana con cuidado. Como él estaba
muy enfadado no quería que me viera, por si pensaba que yo había hecho
algo. Miré al corral y vi a mi padre devolviendo apoyado en la pared, y
cuando miré más allá vi una cosa muy fea y me puse a llorar. Alguien
había cogido a mi perra Lisa y la había ahorcado en las cuerdas de
tender, pero además le habían quitado la piel y se parecía a los
conejos cuando mi padre los desolla antes de freírlos. Había mucha
sangre en la pared y en el suelo. Me quedé llorando en mi cama, y no me
levanté hasta que mi padre me llamó para comer. Decía que a la perra
la había matado algún drogadicto de los del pueblo, y que la había
desollado estando viva, por la sangre que había en la pared. Yo no
quise decirle nada porque se enfadaría conmigo como Juan, pero sabía
que habían sido los niños que estaban en la sala. Estuve lo que
quedaba del día jugando con mis primos y en la piscina, pero estaba
triste porque quería mucho a mi perra, que tenía los mismo años que
yo. No tenía ganas de que se hiciera de noche, y aunque quise volver a
quedarme para dormir con mis primos mi padre no me dejó. Tenía más
miedo que las otras veces, porque me imaginaba que me iban a hacer algo
malo aquella noche.
Me
acosté en la cama con mi padre, como antes. Yo pensé que esa noche iba
a ser valiente con él al lado, y por eso no tenía tanto miedo, porque
si pasaba algo le despertaría. Pero como sabía que iban a venir no
pude dormirme. Cuando dieron las tres en el reloj de la plaza
aparecieron a mi lado sin hacer ruido y sin que me diera cuenta. Como no
tenía tanto miedo les hablé yo a ellos. Estaba muy enfadado por lo que
le habían hecho a mi perra, y quería que me dijeran por qué lo habían
hecho. Como pasó la otra vez que les hablé se quedaron callados, como
si no se esperaran que les hablara yo, pero me dijeron que la habían
matado porque mi abuelito iba a venir y no querían que le asustara,
porque a él no le gustan los perros y cuando le ven ladran. Yo sabía
que mi abuelo estaba muerto, y me acordé de que en una película que
había visto a los fantasmas les ladran los perros. Yo les dije que sabía
por qué lo habían matado, porque si mi abuelo venía el perro ladraría
y despertaría a mi padre, pero daba lo mismo porque yo podía
despertarle cuando quisiera. Los niños se rieron y dijeron que yo no lo
haría, porque si mi padre se despertaba lo iban a matar y se lo iban a
dar al diablo. Luego me dijeron que mi abuelo iba a venir a verme el día
siguiente, y quería que me portara bien.
Al
otro día, que fue ayer, le dije a mi padre lo que estaba pasando y que
nos fuéramos de allí, porque iban a pasar cosas muy malas. Mi padre se
enfadó mucho, y creyó que eso lo decía porque alguien me lo había
dicho, y que le dijera quién había sido. Aunque sabía que se iba a
enfadar más, yo le dije que no me lo había dicho nadie del pueblo. Lo
sabía porque los niños habían estado hablándome mucho tiempo, y por
eso no había querido ir antes al pueblo. Mi papá se enfadó más, como
yo me esperaba, y me dijo que esa noche iba a dormir en mi cama yo solo,
para que me dejara de tonterías. No quería que se enfadara más, y por
eso me callé.
Cuando
me acosté anoche puse un crucifijo encima de las sábanas y agarré la
cruz de mi cadena. Sabía que iba a venir mi abuelo, y que si era amigo
de los niños tenía que ser muy malo. A las tres, como siempre, oí a
los niños, pero estaban en la sala y hablaban con un hombre. Luego
entraron los tres a mi habitación y el hombre me dijo que me destapara
la cabeza para verle, que era mi abuelo Juan y quería verme él a mí.
Le dije que me daba mucho miedo y que no quería verle, que se fuera, y
que no lo quería porque había hecho que mataran a mi perra. Él me
dijo que los niños lo habían hecho porque mi perra quería hacerle daño,
pero que no le había gustado que lo hicieran. Yo no le creí, porque
todos los malos echan muchas mentiras, pero pareció como si me leyera
el pensamiento y dijo que lo decía de verdad. Entonces, para no tener
que destaparme, le dije que los niños me daban miedo, que quería que
se fueran, y entonces mi abuelo se lo mandó y ellos salieron a la sala.
Me volvió a decir que me destapara, y como me estaba entrando
curiosidad me destapé, pero muy despacio.
Ya
había visto la luz a través de la sábana, pero me sorprendió mucho.
Mi abuelo estaba flotando en el aire a los pies de mi cama. Era muy
mayor, tenía la cara muy arrugada y estaba casi calvo del todo,
quitando algunos pelos. Tenía la piel azul, y daba luz del mismo color.
Iba vestido como si estuviera vivo, con una camisa y un pantalón, pero
olía muy mal. Toda la habitación olía a lo mismo, a azufre. Sé cómo
huele el azufre porque en naturales, en el cole, estuvimos un día en el
laboratorio de los mayores y lo olimos. El olor se me agarraba a las
narices y a mí me costaba respirar. Mi abuelo me dijo que me
necesitaba, que yo le hacía falta donde él estaba y que me tenía que
ir con él. Lo decía todo con una voz muy suave, pero yo notaba que no
era bueno aunque hablara así. Además, sus ojos estaban muy negros y no
se veían. Era como si no tuviera. Yo le dije que no me iba a ir con él
porque era malo y me quería llevar al infierno, y entonces mi abuelo
empezó a gritarme muy enfadado y muy fuerte, tanto que yo no sé como
no se despertó mi padre. La voz le cambió y empezó a hablar con una
voz muy ronca y con eco, que me recordaba al ruido que hacen las
serpientes. Parecía como si un cantante gordo de ópera gritara desde
dentro de una cueva muy grande. También le pude ver los ojos, porque se
le pusieron rojos como si fueran ascuas de la lumbre, pero muy
brillantes, y su pelo se volvió más largo y se puso de punta, pero
moviéndose como si le soplaran desde abajo. La luz que daba se volvió
roja y de repente empezó a hacer mucho calor, como si hubiera fuego. Me
gritaba que yo era un desgraciado y un desobediente, y decía otras
cosas en un idioma que yo no entendía y que no era el inglés, porque
yo he dado inglés en el cole y sé como suena. A mí me dio tanto miedo
que me puse a llorar y a gritar muy fuerte, y mi abuelo me dijo con esa
voz que asustaba tanto que a la noche siguiente iba a venir a por mí, y
se fue de golpe volando a través de la puerta. Mi padre se despertó y
vino a mi cama. Le dije lo que había pasado, y aunque me dijo que lo
había soñado y se enfadó un poco me llevó a dormir a su cama.
Todo
esto pasó anoche, y mi abuelo va a venir hoy a por mí. Yo no sé si
decírselo a mi papá, pero es que no quiero que se enfade conmigo. Me
quiero ir de aquí, porque mi abuelo me va a llevar con él aunque yo no
quiera. Me va a llevar al infierno y allí me va a matar, estoy seguro.
A lo mejor si me matan me puedo escapar e irme de allí volando para
juntarme con mi mamá, pero lo mismo me atrapan y no me dejan que me
escape. Nunca he tenido tanto miedo como ahora, porque sé que me van a
matar en el infierno; con el demonio.
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